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Los celos te muerden las venas
¡Qué importante resulta, pues, el conocerse bien antes de casarse!


Por: Jesús Alvarado y Graciela Reyes | Fuente: Libro: Secretos del Amor




¡Qué momentos tan hermosos los de la boda! Parece que sucedió ayer mismo, y sin embargo ya han pasado 25 años, tiempo durante el que hemos madurado y hemos crecido mucho, tanto humana como espiritualmente.

Ha habido momentos muy felices: cuando nos casamos, cuando nació cada uno de nuestros hijos, cuando salimos como pareja y como familia, cuando hemos acudido a encuentros matrimoniales, cuando juntos resolvemos los problemas y podemos encontrar una solución adecuada a los mismos. Tendríamos mucho que decir sobre cada uno de estos momentos, pero, pues, son cosas muy sencillas, que todos, quien más quien menos, las hemos experimentado en nuestras familias.

Reflexionando un poco sobre este cuarto de siglo, encontramos que hemos tenido dos causas de nuestras rachas más difíciles.

La primera causa, de momentos de auténtica tortura interior, fue cuando se comenzó con la duda de la infidelidad y la desconfianza del otro a la palabra dada. Es algo muy angustioso, doloroso, indescriptible: el pensar que la persona a quien le has entregado todo, absolutamente todo, de repente, te traiciona, te vende, te relega, te usa, te compara, te olvida,...

Empiezas a imaginarte al “otro” o a la “otra”: ¿qué se dirán?, ¿qué se prometerán?, ¿qué harán?... Los celos te muerden las venas y quieres estrangular a alguien.

Gracias a Dios en nuestro caso no fue más que la duda interior, imaginaciones y, en el fondo, el amor que nos teníamos. Realmente no hubo tal traición. Pero nos podemos imaginar lo tremendamente duro que ha de ser para esas parejas, en las que la infidelidad está al orden del día...

Y nos hemos dado cuenta que -a pesar de lo que sucede en la realidad- la televisión, las telenovelas, las películas, siempre nos presentan todo lo contrario. Nos engatusan y nos prometen la felicidad en ciertos comportamientos, formas de vivir, etc., cuando, en realidad, haciendo eso que ellos dicen uno vive en un infierno interior. No, a nosotros ya no nos engañan, aunque parezca muy bonito, en la vida real es otra cosa bien diversa.

Y la segunda fuente de una cierta intranquilidad o cierto desencanto, fue cuando cada uno comenzó a descubrir en el otro que no era como cada uno quería o soñaba, que el otro tenía sus defectos. En nuestro caso eran cosas sencillas, propias del carácter, del temperamento, del modo de hablar o de vestir.

Quizá a otras parejas les ha pasado lo mismo o algo parecido -de algunos casos nos consta porque ellos mismos nos lo comentan en forma simpática-. Y no hay que pensar en cosas del otro mundo.

Pueden ser cosas sencillas, incluso secundarias: él ronca mucho por la noche y a ella le crece “bigote”; él fuma mucho y ella es muy introvertida con los familiares; él tiene un desorden en el despacho y ella barre hasta las huellas dactilares, etc. etc. etc.

En fin, que nosotros nos dimos cuenta que el otro no ocupaba el lugar de un dios. Que en los grandes viajes -como el de la vida- no siempre el camino es llano.

Todo esto lo pudimos superar, primero, a base de mucha confianza entre nosotros y de un renovado fervor en nuestro amor; segundo, con la aceptación serena, humilde, realista, del otro; y tercero, mediante el apoyo exterior y el consejo cercano de personas que supieron orientar nuestras vidas hacia una mayor unión con Dios.

La verdad es que hemos de decir que esos mismos problemas y la forma en la que los hemos resuelto, nos han servido para unirnos más estrechamente. Como que la dificultad aquilata el amor y el sacrificio lo abrillanta un poco más. Y es justo este amor el que nos une como pareja y, por deducción lógica, nos mantiene unidos a nuestros hijos.

No cambiaríamos nada. Sin embargo, seguiríamos creciendo y madurando, con la gracia de Dios –incluso en medio de nuestros enojos y nuestros problemas-, y sobre todo con nuestro amor.

Deseamos vivir juntos y terminar nuestra vida como la iniciamos en el matrimonio: con ilusiones, sueños y ganas de vivir. Y poniendo de antemano y en primerito lugar a Dios como nuestro Juez -nuestro “réferi”-.

Reflexión:

El otro no es un “dios”. Buen chispazo éste para todos nosotros, porque de una manera u otra -lo digamos o no- todos andamos buscando un pequeño ‘dios’ para nuestras vidas, con la esperanza que de él obtendremos todo lo que necesitamos, y si no todo, al menos lo fundamental: el amar y el ser amados.

Aspiración más que legítima, justa y necesaria. Pero la cuestión no es si debo amar o si debo ser amado, sino a quién amar, y por quién ser amado.

No encontraré por la calle a Venus, la diosa griega del amor, ni a Marte, el dios de la guerra; no amaré al gato “Fifí” ni al perrito “Gugú”. ¿A quién amaré? Será un hombre o será una mujer. Alguien que respira con la misma arcilla que yo; cuya piel, un día tersa como el terciopelo, acabará por arrugarse como la mía, pero en cuyo espíritu inmortal flota un soplo de Dios, como en el mío. A esa persona le daré todo lo que soy, tengo y valgo. Y, por ello, tengo que acertar.

¡Qué importante resulta, pues, el conocerse bien antes de casarse! Conocer sus cualidades, sus virtudes, sus capacidades, y también conocer sus defectos, sus arrebatos, sus ‘tics’ –no para despreciar al otro, ni muchísimo menos, sino para aceptarle y para ayudarle a superarse-. Conocimiento que significa, sobre todo, unión de corazones, de sentimientos, de ilusiones, de sueños, de proyectos, de pareceres, de opiniones, de ideales,...

Este artículo es parte del libro "Secretos del Amor" del Juan Ramón de Andrés


 

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