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Mirar a La Eternidad
Dios nos ha dado momentos de una grandísima felicidad y algunos otros de pruebas muy difíciles


Por: Sr. Rodrigo Ahumada y Sra. Francisca Rojas | Fuente: Libro: Secretos del Amor




Santiago de Chile, Chile
26 de octubre de 1997

El 13 de enero de 1998 cumpliremos 8 años de matrimonio. Él tiene 34 y yo 32. Cinco hijos: Juan de Dios (6 años), Teresa de Jesús (5 años), Bernardita de Lourdes (3 años), Pedro y Santiago de Cristo Rey (mellizos de 1 año).

Dios nos ha dado momentos de una grandísima felicidad y algunos otros de pruebas muy difíciles.

De felicidad podríamos enumerar y enumerar y no acabaríamos en varias hojas, pero algunos de los momentos que más nos han marcado en el amor de Dios como matrimonio y como familia son los siguientes: el momento del Sacramento del matrimonio y la luna de miel; los momentos en que nos confirmaban la llegada de un hijo y el momento mismo del parto; la alegría de ser padres terrenales en el sentido amplio de la palabra: educación, crecimiento espiritual, formación de cada personalidad, valores, etc.; el apoyo incondicional de las familias cercanas (abuelos, tíos, hermanos) en momentos difíciles, ofreciéndonos tanto su ayuda económica como su apoyo moral; el aprender juntos a ponernos en las manos de Dios, confiar plenamente en Él, dejándonos que Él moldee nuestras vidas; el conocer y tomar como forma de vida lo que ofrece el Regnum Christi (movimiento católico de apostolado) –que no es otra cosa que conocer y amar a Jesucristo mismo- para entregarlo a cada uno en la familia y entre los amigos; el haber conocido a una señorita consagrada del Regnum Christi, quien hizo que Dios “calara” en nuestra vida espiritual, individual y familiar; los momentos en que nos hemos podido “escapar” de casa y renovarnos como matrimonio en pequeños viajes.

Los momentos más difíciles han sido: el postergarnos muchas veces como matrimonio por las exigencias de los niños –cosa que hacemos gustosos, pero que no deja de costar en muchas ocasiones-; la ausencia, en gran parte por el trabajo excesivo, de Rodrigo para sacar adelante la empresa propia y, por ende, para que a la familia no le falte nada; las enfermedades recurrentes de uno de los mellizos –vimos muy cercana la muerte, pero es un dolor del cual Dios nos quiso librar-; el sentir la soledad de una manera muy fuerte con respecto a mi marido; el sentir que uno hace muchas veces y por tiempos prolongados de Papá y de Mamá al mismo tiempo, porque el marido no tiene el tiempo suficiente para la familia; las incomprensiones por ambas partes, y algunas pequeñas “peleas” –pues éstas traen siempre divisiones y tristezas en el alma-; otra dificultad grande han sido las suegras, con sus imprudencias, celos, desatinos…, pues pueden romper la unidad del matrimonio.

¡Pero todo se supera…! Somos un matrimonio que confiamos y rezamos mucho juntos. Todo es para bien. Todos los momentos difíciles pasan y dejan su huella positiva.

Nos preguntamos con frecuencia: “¿por qué Dios permite estas cosas?” Y nos respondemos: “si Dios permite estas pruebas, es que nos quiere enseñar algo concreto”.

Si dentro de los planes de Dios estábamos nosotros como matrimonio, a Él le entregamos los problemas, para que por medio de su gracia, nos permita superarlos y superarnos. Así ha sido en concreto.

Nos ha mantenido unidos hasta este momento el tomar con seriedad el compromiso que significa el matrimonio. Y desde luego, el tener a Dios y a la Virgen como centro de nuestras vidas. El ver más allá de lo terrenal, el mirar a la eternidad –el aquí de nuestras vidas realmente es un momento, ¡el cielo es eterno!-. Queremos, con la gracia de Dios, y estamos empeñados en lograr que nosotros y cada hijo llegue a ser santo y así poder decirle a
Dios: “¡Cumplimos!”

Además, otro medio que nos ha mantenido unidos es el frecuentar al sacramento de la confesión. Así como la paciencia y la esperanza han sido un puente de unión fundamental en nuestro matrimonio. Y por último, el preparar e impartir charlas para novios también nos hace revisarnos como matrimonio y nos hace ver que la comunicación es fundamental para esta unión.

Si hoy volviera a comenzar nuestro matrimonio no cambiaría lo que hemos vivido: ello nos ha hecho crecer y madurar; creemos que nos ha hecho mejores personas.

Creemos que Dios, con todas nuestras limitaciones, defectos y virtudes, se da cuenta de que hemos querido hacer lo mejor posible para ser una familia y un matrimonio como Él manda. Si hemos fallado, y muchas veces así ha sido, le pedimos humildemente perdón y… volvemos a comenzar.

Nos gustaría vivir los últimos años que Dios quiera aún concedernos con la misma fidelidad hacia Él y hacia nosotros, como hasta ahora lo hemos hecho. Quisiéramos que nuestras vidas nunca dejen de estar impregnadas de la Palabra de Dios y que nuestra fe siga firme en las pruebas difíciles y en los momentos de felicidad. Ojalá que seamos instrumentos suyos para mostrar a nuestro alrededor que sólo por Él vale la pena esta vida.

Ojalá que al fin de nuestros días, podamos renovar nuestro compromiso matrimonial con el mismo amor y entusiasmo que la primera vez.

Reflexión:

La vida, un punto en medio de la eternidad, un latido del corazón, apenas un parpadeo. ¡Qué insondable misterio el de la vida humana, y más aún, el de la eternidad!

Pensamos poco en la eternidad. Nos es difícil, ya lo creo. Acostumbrados como estamos al barro de este mundo, ¿cómo poder siquiera imaginar la eternidad? Gozar plenamente, totalmente, eternamente de Dios, con los santos, con los seres queridos, con los amigos, para siempre, para siempre, para siempre. No una tarde, ni un verano, ni un año. Después de 977,346,234 millones de años… eso sólo será el inicio, nada, un segundo, un chispazo, comparado con la eternidad que nos espera. Y pensar que la felicidad de toda esa millonada de años, depende de 20, 50, 80 años…

¡Es un misterio abrumador! Cuánto nos ayudaría, como lo hace esta pareja, el mirar más allá, el pisar esta tierra sin mirarla y hundir nuestro corazón en la misma eternidad. Al fin y al cabo todo pasa. Sólamente queda lo que hayamos hecho, con amor, por Dios y por nuestros hermanos, los hombres.

Este artículo es parte del libro "Secretos del Amor" del Juan Ramón de Andrés


 

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