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Muerte en la Luna de Miel
Testimonio de un matrimonio


Fuente: Libro: Secretos del Amor



26 de septiembre de 1997


-¿Estás seguro que quieres casarte conmigo?
-Sí, te amo, y estoy seguro.
-Pero si tengo cáncer… y me puedo morir en cualquier momento.
-No me importa el cáncer. Yo te amo a ti. Te quiero…

Con estas palabras nos abrazamos, y sellamos nuestra existencia. Nos miramos a los ojos, y nos entendimos. Una fuerza misteriosa nos metía prisa. Y, por fin, el día grandioso: ¡nuestra boda! Los últimos preparativos. El traje para ella: un ángel en la tierra. El organista, listo para el canto de entrada. La iglesia, con un olor casi divino.

-Me siento un poco mal.
-No te preocupes, querida, todo saldrá bien, muy bien; el buen Dios y nuestra Madrecita del Cielo lo tienen todo preparado.
-Es verdad, ¿por qué temer?
-Te quiero.
-¿Por qué eres tan bueno conmigo?
-¡Oh…! No… Yo soy sólo un pobre hombre. Dios, Dios es muy bueno con nosotros.

“Hasta que la muerte nos separe”… La misma fuerza misteriosa ahora quemaba mis entrañas de felicidad. Le puse el anillo en su dedo y grité, en mi corazón: “Sí, te quiero, y no te dejaré sola ni un instante”. No hice más que repetirlo durante toda la misa, con más fuerza y volumen que el órgano de la iglesia: “¡Sí, te quiero. Te quiero!”

Días después nos disponíamos a vivir nuestra luna de miel. Me sentía el hombre más feliz del mundo. Cuando el amor llena una vida, no hay dolor que no se derrita. El amor abrasa montañas. Pero cuando desaparece el amor… todo se convierte en hielo. Y así fue. Un día, en medio de la luna de miel, el cáncer estranguló su corazón. La mató. Y me pareció pasar del país de las maravillas a un desierto congelado… No podía creerlo. Muerta.

Nunca pensé que se fuera tan pronto. Es verdad que los doctores decían que… Pero, ¿por qué en aquel momento? ¿Por qué tan rápido? Yo había cumplido mi promesa. Nunca la dejé sola. Estuve junto a ella…

Fue el día más negro de toda mi vida. Simplemente tenías ganas de morirme yo también.

Pasó un día.

Y… de nuevo, aquella fuerza misteriosa sacudió el sepulcro en que estaba encarcelado, y como a Lázaro, oí que me gritó “a ti te lo digo, ¡sal fuera!” Sí, el buen Dios y nuestra Madrecita del Cielo lo tienen todo preparado. En aquella situación sentí el llamado de Dios al sacerdocio.

Difícil de creer, sí, pero así fue. Dios sabe lo que hace, dónde, cuándo, cómo, con quién…, pero ¡lo hace todo tan bien!

Sucedió todo demasiado rápido. Mi vida giró de rumbo repentinamente, bruscamente, pero serenamente. No hubo en mí deseos egoístas cuando me casé con ella, sabiendo que tenía cáncer. No tengo tampoco ahora planes egoístas en mi vocación. Tengo la conciencia tranquila de haber amado y de seguir amando a Dios, sobre todas las cosas, y a los hombres, mis hermanos –y desde luego a mi esposa- con todo mi corazón. Tuve la gracia –porque fue una gracia- de serle fiel hasta que nos separó la muerte. Ahora quiero serle fiel a Dios, hasta que la muerte me una a Él en la eternidad. Rece por mí, por favor, para que así sea.

En fin, no sé si esto era lo que buscaba. Ésta ha sido la historia de mi matrimonio y éste es mi camino, ahora, hacia el sacerdocio. A ella…, que me ve desde el cielo, la siento muy cerquita, y –estoy seguro- sé que nunca me deja solo.

Para ella…, con el favor de Dios, para ella será mi primera misa…

Reflexión:

-No sé qué decir… Después de leer tu maravilloso testimonio, me fui a dialogar con Jesucristo en la Eucaristía. He rezado por ti. Ya lo creo, eres un gran hombre. Te he encomendado, como me lo has pedido, para que perseveres en tu vocación hasta la muerte. He encomendado a tu esposa.

Le he pedido a Jesús te dé la dicha de celebrar una y cientos de misas, todas las que Él quiera concederte, por ella, y por tu familia, y por todas aquellas personas que más amas. Porque el corazón del sacerdote se dilata y se ensancha amando a las almas encomendadas, ¿no es verdad?
¡Qué hermoso saberse puente entre Dios y los hombres! Y qué felicidad, cuando sabes que las personas que lo cruzan son tus seres más queridos.

Amigo mío, te agradezco tu fortaleza, tu nobleza y tu generosidad. Yo también estoy en camino al sacerdocio. Ciertamente no he sufrido tanto como tú. Te admiro y… te pido que nos encomendemos mutuamente. ¡Hasta el altar y siempre!

Este artículo es parte del libro "Secretos del Amor" del Juan Ramón de Andrés


 

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