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El hombre es Unidad Bio-Psico-Espiritual
Un gran problema en la actualidad es el reduccionismo


Por: Humberto Del Castillo Drago | Fuente: CEC



La persona humana es por su propia naturaleza una unidad bio (cuerpo), psiche (alma), espiritual (espíritu). El ser humano constituye una Unidad inseparable. Es por eso que la mirada objetiva y adecuada de la persona es la mirada integral, considerándola como unidad; reflexionando sobre la integración de sus tres dimensiones fundamentales.

La palabra “unidad” hace entender que el ser humano no es un compuesto, una suma de partes o elementos. No son tres naturalezas ni tres personas, sino una. Esta visión trial es presentada ya en el Nuevo Testamento por San Pablo: «Que Él, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma, y el cuerpo, se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo» (1 Tes. 5, 23). Entonces, al entender la unidad integral de cuerpo, alma y espíritu, que se afectan entre sí, la persona comprende que tiene tres dimensiones: la dimensión corporal, la dimensión psicológica y la dimensión espiritual.

Al explorar cada una de esas dimensiones, se puede notar que gracias a la corporalidad (dimensión corporal) la persona puede manifestarse, representarse y expresarse. Es el cuerpo la instancia que media la relación entre el yo y el mundo (Polaino, 1975). De modo que sin el cuerpo sería imposible estar en el mundo y establecer relaciones con él. En lo que se refiere a la dimensión psicológica, se encuentra la vivencia interior de la persona; ideas, criterios, emociones, sentimientos, pasiones, motivaciones, deseos, sensibilidad y percepción, entre otros. Es en esta dimensión donde se estructura la aproximación a la realidad, debido a que le permite a la persona entrar en contacto con el mundo que le rodea.

Por último, la dimensión espiritual es la que le permite al hombre transcender su naturaleza y es por ella capaz de abrirse a Dios. El espíritu (pneuma) es el núcleo, la dimensión más profunda del ser del hombre que San Pablo describe con propiedad como “el interior” o el “hombre interior” (2 Cor. 4,16). Es el punto de contacto con Dios y con los valores trascendentales. La persona posee una realidad espiritual que permanece en su interior a pesar de los cambios físicos o psicológicos que pueda experimentar, y es lo que subsiste después de la muerte. Es importante no confundir la dimensión espiritual con lo religioso, pues no son equivalentes; sin embargo, lo religioso se constituye un ámbito de despliegue de ese mismo espíritu.

En este contexto, resulta importante explicar qué es la mismidad, la cual viene inscrita en lo más íntimo del ser del hombre desde su concepción, es la que lo define como persona única e irrepetible, y que si bien es cierto, comparte con otros distintas características, su mismidad no es igual a la de nadie más.



¿Qué es la identidad personal?

Schnake (2012), en la conferencia sobre la identidad personal, personalidad y sexualidad en el I Seminario Psicología y Persona Humana, dice que “la identidad personal es aquello que nos identifica con nuestro ser más íntimo, que nos permite reconocernos como persona humana única en el tiempo y que nos orienta en la dirección del desarrollo de la plenitud de nuestro ser”. Hay que decir entonces que la identidad personal está conformada por distintos elementos y dimensiones que la persona va descubriendo, madurando y desplegando. La mismidad es el núcleo, el sello más íntimo, más profundo de la identidad. Pero, ésta es más amplia, pues está conformada por tres aspectos que tiene todo ser humano: ser persona, ser cristiano y la vocación particular. La identidad es aquello que otorga continuidad a la persona en el tiempo, es lo que hace que siga siendo ella misma, a pesar de los cambios que pueden ir afectándola.

El ser humano es unidad y la dimensión espiritual es la más importante, pero no anula a las demás dimensiones, sino que existe una jerarquía. De manera que es lo espiritual lo que dirige y nutre la realidad corporal y psicológica. Quien pretenda la realización humana sólo saciando las necesidades físicas o buscando la armonía psicológica sin la vida espiritual, permanecerá frustrado, incluso en el ámbito físico y psicológico.

Un gran problema en la actualidad es el reduccionismo: esto significa que el ser humano al tratar de entenderse a sí mismo, se inclina a tomar una parte de lo que ve y convertirla en la explicación global de su realidad personal y del mundo que le rodea. En este sentido, se pueden distinguir cuatro ilusiones con las que la persona tiende a reducirse; estas son: identificar el ser y la realización con el cuerpo, pensamientos, sentimientos o con mis realizaciones y personajes. Estas serán estudiadas a continuación.

Primero, cuando el ser humano sólo se constituye el cuerpo en parte central de su vida se cumple la ilusión de: “Me creo mi cuerpo”, lo idolatra y le rinde culto como si fuese lo más importante de su vida. Tres claras manifestaciones de culto a la dimensión física de la persona son los vicios hermanos de la gula, la pereza y la lujuria. Segundo, cuando el hombre cae en el “me creo mi pensamiento”, está aferrado a sus ideas, pensamientos y razonamientos. Se deja envanecer y ensoberbecer con sus planes y proyectos personales, sin importar los de los otros; no escucha a nadie, se cree la medida de todas las cosas.



Tercero, cuando está presente el “me creo mis sentimientos o emociones”, el individuo “endiosa” su mundo emocional y sólo sabe reaccionar desde sus gustos y caprichos. Cuarto, cuando el ser humano opta por el “me creo mis realizaciones y personajes”, vive esclavizado a sus roles, personajes y máscaras. Reduce su vida al “rol” o “personaje” y se olvida de quién es.

 





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