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Interculturalidad
La misión a la que está llamada la lleva a buscar siempre formas nuevos y nuevos lugares para testimoniar el seguimiento a Cristo


Por: Germán Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net



 

Fenomenología actual.
La vida consagrada es por sí dinámica. La misión a la que está llamada1 la lleva a buscar siempre formas nuevos y nuevos lugares para testimoniar el seguimiento a Cristo y las verdades escatológicas que dicho seguimiento comporta. Esta dinamicidad la abre por tanto a confrontarse constantemente con culturas diversas de las que le han dado origen. Tal ha sido la historia de diversos Institutos religiosos que a lo largo de los años han sabido aceptar en su seno a personas provenientes de muy distintas culturas, amalgamándose todas ellas, sin perder su identidad, en una sola cultura.

Dicho fenómeno, por lo menos en Occidente, ha sufrido un cambio drástico, dando origen a un fenómeno completamente nuevo. Si anteriormente la simbiosis de culturas se realizaba en forma paulatina y los elementos culturales externos o ajenos a la cultura de origen se incorporaban en forma lenta y pausada, permitiendo una asimilación mutua de forma que el carisma pudiera expresarse en la nueva cultura y a su vez, la cultura pudiera aportar elementos novedosos al carisma, con la finalidad de desarrollarlo2 y llevarlo a al plenitud, hoy el fenómeno de inculturación es diverso.

Partiendo de una realidad emergente como era, y es, la falta de vocaciones en Europa, muchas congregaciones e institutos religiosos, durante los años pasados, se dieron a la tarea de buscar vocaciones en culturas diversas a las de la cultura de origen. La asimilación mutua de la cultura al carisma y del carisma a la cultura que anteriormente se llevaba en forma paulatina, espontánea y reducida, ahora se lleva acabo, o se trata de llevar a cabo en forma rápida, forzada y ampliada.3 Rápida porque las nuevas generaciones están cubriendo un hueco dejado por las personas consagradas ancianas y el relevo debe llevarse a cabo sin dilación de tiempo, interrumpiendo la sabia andadura del tiempo, que ayuda a las personas a madurar y a asimilar una cultura diferente a la propia. Forzada, pues en muchos casos no se da un espacio adecuado de libertad en dónde la persona pueda expresar de la mejor manera posible su propia cultura. No debemos olvidar que algunas de esas instituciones, haciendo caso omiso de las indicaciones dadas por el Magisterio de la Iglesia, realizan la primera formación no en la cultura de origen, sino en una cultura muy diversa. Si el hecho de adaptarse a las exigencias de la vida consagrada llega a ser difícil, en muchos casos esta dificultad es aumentada por la necesidad que la persona tiene de adaptarse a una cultura distinta a la suya. Y por último, la asimilación cultural se está llevando a cabo en una forma ampliada, pues si antes eran pocas las personas que provenían de una cultura diversa a la cultura de origen del carisma, ahora son muchas, y jóvenes, las personas de proveniencia diversa que deben adaptarse a la cultura del carisma, creando fuerte tensiones.

Además de las tensiones ya enunciadas, no debemos olvidar que al factor de la interculturalidad se añade el fenómeno de la intergeneracionalidad, del que ya hemos hablado en otro de nuestros artículos. En la mayoría de los casos, las personas que provienen de una cultura diversa a la cultura de origen del carisma son jóvenes y tienen que convivir con personas más bien ancianas. Muchas de estas ancianas no están preparadas para relacionarse con personas jóvenes, o les cuesta mucho el salir de un esquema propio para abrirse a otras personas, a otras culturas. Son persons quizás que han dado su vida por la congregación y que no entienden, ya sea porque no pueden o porque no quieren entender, las nuevas tácticas de la congregación. Por otra parte, las mismas religiosas jóvenes, provenientes de otra cultura, además del ya mencionado problema de la inculturación, tienen que enfrentar el problema de adaptarse a convivir con personas que en muchos casos triplican o cuadriplican su edad.




Los retos de la interculturalidad.
Los retos a los que se enfrenta la vida consagrada, de acuerdo a la fenomenología que hemos presentado representan uno de los puntos prioritarios en el gobierno de las congregaciones y en la vida diaria de las comunidades. No es posible pensar en congregaciones o comunidades divididas por la cultura, la raza o la lengua. Oír hablar de religiosas de cierta nacionalidad de una congregación que no pueden relacionarse con sus mismas hermanas de congregación de otra nacionalidad, resulta una realidad chocante y aberrante, además de ser en sí contradictoria de lo que deberían ser las personas consagradas en relación a la asimilación cultural, es decir, personas expertas en la comunión.4

Estos retos suponen una coordinación de esfuerzos en forma coral para lograr la integración cultural de las religiosas, así como la adaptación del carisma a la cultura de estas religiosas. Para que un organismo se adapte a los cambios, debe permanecer fiel a sí mismo. La congregación no puede renunciar a su propio carisma, si quiere vivir de acuerdo a su propia identidad. La capacidad de adaptación está en función de la propia identidad, pues quien sabe quién es, quien conoce su propia identidad, se adaptará a todas las circunstancias si dejar de ser él mismo.

Por ello, uno de los retos que hoy más que nunca supone la interculturalidad es el reto de la propia identidad. Quien impone su manera de ser, de comportarse, sin conocerse a sí mismo, demuestra el miedo de perder lo que no conoce, lo que no sabe. Quien no sabe quién es, al enfrentarse con un ser que conoce perfectamente su identidad, podrá sentirse atraído por esta personalidad, o podrá luchar denodadamente por mantenerse fiel a algo que no conoce. Pero quien es idéntico, quien se conoce a sí mismo, no tendrá temor de enfrentarse a una nueva cultura, y lejos de avasallar, de acometer, de opacar, a partir de lo que es, es decir, a partir de su propia identidad, podrá construir puentes de unidad que permitan ser a la otra persona, en su diversidad cultural, y al mismo tiempo podrá inculturar el carisma en esas personas, sin atropellar su propia identidad cultural.

Se habla entonces del reto no ya de la inculturación sino de la multiculturalidad, es decir del pluralismo de culturas cobijadas por un solo carisma. No es la multiculturalidad el refugio a la libre expresión de sí mismo, sino que es la posibilidad de convivencia fraterna de identidades a veces opuestas o disímiles, pero que han aprendido a convivir entre sí, a crear unidad y comunión porque han aprendido previamente a vivir el mismo carisma.

El reto se presenta por tanto en la esfera de la formación, una formación eminentemente carismática que permita a cada persona expresarse en su propia cultura para desarrollar el mismo carisma. El carisma será por tanto el factor que una a todos los miembros de la congregación, pudiendo llegar a hablarse de una unidad que se realiza en un pluralismo de culturas. No se trata por tanto de formar seres uniformes, idénticos, apocados en su libertad. Se trata de formar seres libres que vivan el propio carisma. Por libertad debemos entender esa capacidad de ser idéntico a sí mismo, de ser sí mismo y decidir llevar a cabo el plan de Dios sobre la propia vida.5



No se pide a nadie que renuncie a su propia cultura, sino que se deje penetrar del carisma, para que con la cultura que haya recibido, exprese el carisma. De esta forma el carisma será “vivido, custodiado, profundizado y desarrollado” por todos los miembros del Instituto.

 

NOTAS

1 “A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión « conformadora » con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 16.

2 No debemos olvidar que un carisma no es una pieza de museo para ser contemplada, sino una gracia de Dios que se debe vivir, aplicar y desarrollar constantemente, tal y como lo afirma el Magisterio de la Iglesia: “El carisma mismo de los Fundadores se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne.” Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.

3 L’inculturazione della vita consacrata, in Camilo Maccise, Cento temi di vita consacrata, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 2007, p. 375 – 378.

4 “A la vida consagrada se le asigna también un papel importante a la luz de la doctrina sobre la Iglesia-comunión, propuesta con tanto énfasis por el Concilio Vaticano II. Se pide a las personas consagradas que sean verdaderamente expertas en comunión, y que vivan la respectiva espiritualidadcomo « testigos y artífices de aquel ?proyecto de comunión' que constituye la cima de la historia del hombre según Dios ».El sentido de la comunión eclesial, al desarrollarse como una espiritualidad de comunión, promueve un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer la Iglesia en hondura y en extensión. La vida de comunión « será así un signo para el mundo y una fuerza atractiva que conduce a creer en Cristo.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 46.

5 Amedeo Cencini, Verginità e celibato oggi, per una sessualità pasquale, Edizioni Dehoniane Bologna, Bologna 2005, p 167 – 171.

 

 

 

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