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San Martín de Tours: obispo. misionero y asceta
Basó su vida en el cumplimiento fiel y obediente a la Voluntad de Dios


Por: Lamberto de Echeverría | Fuente: Mercaba.org



San Martín había nacido en Panonia (Szombathely), en Hungría, según parece, por encontrarse allí de guarnición su padre, tribuno militar. La educación la recibió, sin embargo, en Pavía. Cuando soñaba con la vida anacorética, se vio obligado a enrolarse en el ejército, y sirvió en la guardia imperial a caballo. Durante este tiempo ocurrió en Amiéns el conocido episodio de la limosna de la mitad de su capa entregada a un pobre*. También se nos cuenta, para ponderar su cualidad, el hecho de que limpiara el calzado al esclavo que le servía de ordenanza. Por fin, preparado con estas prácticas de caridad, recibe el bautismo y se ve libre de sus obligaciones militares.

Resuena entonces en Francia un nombre insigne: el de San Hilario de Poitiers. Atraído por esta noble e insigne figura, Martín acude a Poitiers y se une a los discípulos del Santo. Pese a las invitaciones de éste, rehúsa el diaconado, aunque acepta ser ordenado de exorcista.

El año 356 San Hilario se ve obligado a exiliarse al Oriente, como consecuencia de las querellas político-teológicas suscitadas por los arrianos. San Martín aprovecha este paréntesis para volver a visitar su Panonia natal, donde logra convertir a su madre. También allí ardían las controversias teológicas, y en alguna ocasión es azotado públicamente para castigar las actividades emprendidas por él contra el clero arriano. Con aquella maravillosa facilidad con que, pese a los toscos medios de comunicación entonces existentes, se desplazan los hombres en aquellos tiempos, le encontramos poco después en Milán, donde hace un ensayo de vida monástica cerca de la ciudad, hasta que el obispo arriano le expulsa. Durante algún tiempo se refugia en un islote de la costa ligur con un sacerdote. Y allí le llega la noticia de que San Hilario ha vuelto a Poitiers. Inmediatamente vuela a su lado.

Pero, en Milán y en la isla ha tomado el gusto a la vida monástica. Por eso, apoyado por San Hilario, funda un monasterio en Ligugé. Se ha dicho con mucha razón que San Martín fue "soldado por fuera, obispo por obligación, monje por gusto". Porque en Ligugé realiza Martín su más hondo deseo.

Sin embargo, aquella vida tranquila, al. margen de los afanes del cuidado pastoral y de las querellas teológicas, iba a durar bien poco tiempo. Pronto los milagros vienen a señalar, junto con la ejemplaridad de vida del abad y de los monjes, su figura a los pueblos de alrededor. La sede de Tours estaba vacante. Con el pretexto de curar a un enfermo, se le hizo venir a la ciudad. Y una vez allí, el 4 de julio del año 370 (o acaso del 71) era consagrado obispo.'



Falta hacía. Desgraciadamente el episcopado galo-romano había cedido en aquellos tiempos al espíritu del mundo, y resultaba necesario el contraste con la figura penitente del nuevo obispo de Tours. Para acentuar más la concepción que él tenía del episcopado, uno de sus primeros actos fue fundar, en cuanto pudo, un monasterio, el de Marmoutiers, junto a su ciudad episcopal, monasterio que pasaría a constituir un auténtico semillero de obispos y sacerdotes reformadores en medio del relajado clero de las Galias de entonces.

Se ha hecho notar que en San Martín vienen a concurrir las características de los tres tipos de santidad entonces conocidos: el de los ascetas, pues personalmente el Santo aparece revestido de austeridad y penitencia; el de los pontífices, como obispo de Tours; y el de los misioneros, que entonces empezaba a agregarse a los otros dos, por la extraordinaria actividad que como tal desarrolla. Le encontramos en lucha con el paganismo no sólo en su diócesis, sino incluso bien lejos de ella. Así, por ejemplo, una inscripción nos muestra al Santo bautizando a una cierta Foedula en Viena de Francia.

Su método misionero estaba basado en la decisión y la valentía. Rodeado por sus discípulos se llegaba al pueblo, convocaba la multitud, y uniendo la autoridad a la persuasión, conseguía la demolición del templo pagano y el derribo de los árboles sagrados. Hay que decir que, en especial bajo el emperador Graciano, sincero amigo del cristianismo, San Martín pudo contar en estas empresas con el apoyo de las autoridades civiles, Pero la verdad es que, independientemente de esto, su ascendiente personal debía de ser extraordinario. Prueba de ello está en el atractivo que ejerció sobre personajes de la talla de un San Paulino de Nola, un Sulpicio Severo y tantos otros que fueron saliendo de su abadía de Marmoutiers.

Si frente al paganismo su labor fue espléndida y puede decirse que prácticamente triunfante en todas las ocasiones, no le faltaron, en cambio, sinsabores en lo que se refiere a su actividad dentro de la Iglesia. Dos obispos españoles intrigantes y crueles habían llevado el caso de Prisciliano al emperador, quien decidió, impulsado por ellos, dar muerte al heresiarca y a todos sus adeptos. San Martín se conmovió ante la noticia y se dirigió a Tréveris, donde se encontraba la corte imperial, a fin de salvar la vida de los que aún sobrevivían, pues entendía que no es la violencia el mejor medio de combatir a los herejes. Lo consiguió, pero teniendo que pagar un precio que toda la vida le amargara el haber pagado: comulgar con los obispos perseguidores en el momento en que ellos consagraban al nuevo obispo de Tréveris, Félix. Este compromiso con obispos indignos, despreciados a la vez por San Ambrosio y por el obispo de Roma, le dolió profundamente. Sólo la caridad hacia los condenados a muerte pudo servir a sus ojos de disculpa para un paso como éste.

Hay un aspecto de la vida de San Martín digno de ser subrayado: sus relaciones con los funcionarios importantes y con el mismo emperador. Condescendiente en lo que podía, supo mantenerse. sin embargo, enteramente firme cuando debía. Si un día llama a las puertas de Marmoutiers un importantísimo personaje con la pretensión de sentarse a la mesa de los monjes, tendrá ocasión de ver que se le niega ese gusto, porque sus costumbres le hacían indigno de aquella compañía. Es más, el mismo emperador Máximo, en Tréveris, verá cómo el Santo da preferencia a un sacerdote, a la hora de sentarse a la mesa, sobre el mismo emperador. Juntamente con San Ambrosio contribuyó San Martín a establecer la libertad de la Iglesia para oponerse, en nombre del Evangelio, a los abusos de la autoridad civil.



Esta firmeza le atrajo enemigos. Aquellos prelados aristócratas, amigos del lujo, tibios en su fe y aseglarados en sus costumbres, no podían sufrir los ejemplos que del Santo les venían. Por todas partes ve el Santo cómo su obra es discutida y atacada. Se le reprochan sus orígenes, se le acusa de haber estado contagiado por el princilianismo, se le trata de hipócrita. Pronto ve con pena cómo los obispos reformadores formados en su escuela son relegados a un rincón, mientras los demás se entregan a inútiles y dañosas querellas de precedencia. Luchas mezquinas, triste herencia de antiguas rivalidades entre las ciudades, prefiguración de los conflictos feudales. Los concilios de las Galias se hacen tumultuosos y vanos. Al igual que San Ambrosio, San Martín se mantiene al margen de ellos, y ya octogenario, se dedica a prepararse para su muerte.

Esta le llegó en uno de los sitios más bellos de Francia, en Candes. Se trata de un pueblecito en la confluencia de los ríos Viena y Loira. Edificado sobre una colina, el paisaje que desde allí se divisa es realmente maravilloso. La iglesia está en lo alto, y aún hoy, al entrar en ella, se ve, a la izquierda, una capilla, que señala el lugar exacto en que ocurrió la muerte del Santo. Había acudido allí para apaciguar ciertas diferencias que habían surgido entre los clérigos. Se sintió desfallecer y se acostó.

Tuvo entonces lugar la escena que todo el mundo conoce, y que recoge y subraya con tanta fuerza el oficio divino en la fiesta del Santo. Sus discípulos, que le rodeaban, le pedían que continuara viviendo, porque si no su rebaño quedaría expuesto a grandes peligros. Él, entonces, contestó: ¡"Señor, si aún soy necesario, no rehúso continuar viviendo. Que tu voluntad se realice plenamente". ¡Oh feliz varón—exclama la liturgia—, que ni temió morir ni recusó la vida!"

Sus discípulos le ofrecían una cama un poco mejor preparada, pero él prefería continuar acostado sobre la ceniza y recubierto de su cilicio. "No conviene a un cristiano morir de otra suerte"—respondía—. Fija su vista en el cielo, levantadas sus manos para la oración, querían los que le rodeaban aliviar su dolor poniéndole en otra postura: "Dejadme, hermanos -les decía—, mirar al cielo más que a la tierra para dirigir desde ahora mi alma por el camino que debe conducirla hacia el Señor".

Llegó el momento culminante. Aquel grupito de hombres fieles que le rodeaba no podía ocultar sus sollozos. Él continuaba imperturbable, fijo sus ojos en el cielo, cuando se apercibió de que el demonio llegaba tratando de arrebatar su alma: "¿Qué haces tú aquí—gritó con energía sobrehumana—, bestia sanguinaria? No encontrarás más en mí que te pertenezca, maldito. El seno de Abraham me va a recoger". Y al decir esto expiró santamente.

Como una compensación a tantos ataques que había tenido que sufrir en los últimos años de su vida, de todas partes se alzó a su muerte un elocuente plebiscito de amor y veneración. La masa del pueblo le aclamó como santo. Una muchedumbre de monjes y de vírgenes concurrió a sus funerales, señalando la prodigiosa vitalidad de la institución nacida en Ligugé. Pronto se elevó una modesta capilla sobre su tumba, que San Perpet (+ 490), sucesor suyo en Tours, transformó en una importante basílica, cuyo calendario, importantísimo en la historia de la hagiografía, conocemos por San Gregorio de Tours, y que nos proporciona uno de los primeros testimonios del tiempo de Adviento.

Recientemente, en el invierno de 1952 a 1953, se han hecho excavaciones en Ligugé, con resultados sumamente interesantes. En el terreno próximo a la iglesia renacentista, han aparecido restos de dos edificios que existieron antes en aquel lugar: una pequeña villa galo-romana de los siglos II ó III, desaparecida, por lo que puede conjeturarse, el año 275, cuando la primera invasión. El segundo monumento, que parece datar de fines del siglo vi y devastado a mediados del siglo v, es único en Francia, totalmente diferente de lo que hasta ahora se conocía en tipos de villae. Presenta cierta analogía a los mausoleos antiguos: un inmenso ábside casi semicircular, de 32 metros de diámetro, cerrado por un muro frontal en el que se abren varias puertas. Un pasillo interior contornea la construcción, en torno a una área central más elevada. Exteriormente aparece una línea de columnas. ¿Se trata del mausoleo de una gran familia, único en Francia? Los técnicos se inclinan a ver una iglesia votiva dedicada a San Martín, ya que los mausoleos han sido con frecuencia el modelo de los edificios votivos paleocristianos. El recuerdo de San Martín habría sido tan excepcional que daría ocasión para un monumento único en toda Francia construido en su honor en Ligugé.

Lo cierto es que desde el principio su tumba constituyó un lugar de peregrinación. Sobre todo en la época merovingia su culto alcanza un prestigio inmenso. No falta quien vea en la palabra "capeto", con que se designaba a los reyes de Francia por entonces, una alusión a "cappatus", es decir, puesto bajo la capa del Santo, ya que los reyes Capetos se honraron siempre con el título de abades de San Martín de Tours.

A su popularidad contribuyó también la fama de los milagros. Su sucesor, San Gregorio (+ 594), se dedicó incansablemente a reunir cuantos pudo. Nada menos que cuatro libros, escritos a lo largo de su vida, dejando amplios márgenes de tiempo entre uno y otro, dedicó a contarlos. Es cierto que San Gregorio tiene por milagro muchos hechos que podríamos considerar como puramente naturales, simple recompensa hecha por Dios a una oración llena de espíritu de fe, pero sin alterar las leyes de la naturaleza: preservación de peligros, castigos a los robos o a los perjurios, liberación de prisioneros, etc. De todas formas, estas narraciones de San Gregorio reflejan una sinceridad total. El Santo marca con precisión cuál ha sido su fuente de información, si ha recibido directamente o no la noticia del caso, quiénes fueron los testigos, etc. Y de esta manera contribuye, con la narración de todos aquellos milagros, a difundir y a arraigar más y más la devoción que toda Europa sentía por el Santo. Si muchos de estos milagros no resisten la crítica moderna, no por eso dejó San Gregorio de hacernos un magnífico servicio al contárnoslo, reflejando en ellos interesantes costumbres de su época y proporcionando un precioso material a quienes más adelante tendrían que trabajar sobre estos temas.

La fisonomía de San Martín se nos ofrece firme y bien definida, pese al transcurso de tantos siglos. Fue un_asceta y un apóstol, pero fue sobre todo hombre de oración. Ni aun entre las tareas, ciertamente agobiadoras, de su episcopado, dejó de estar en continua comunicación con Dios. "Como el herrero, en el curso de su trabajo, encuentra un cierto descanso en golpear de vez en cuando el yunque —nos dice uno de sus biógrafos—, así Martín, cuando parecia hacer otra cosa, estaba siempre en oración."

Mortificado y penitente, sereno entre las adversidades y los triunfos, pobre y humilde, apartado por completo de las vanidades de este mundo, verdadero discípulo de Jesucristo. San Martín tuvo una gran influencia en toda la espiritualidad medieval. La misma historia del Derecho canónico reconoce, en el desarrollo del instituto de los obispos religiosos, una influencia decisiva de su ejemplo y su actividad a la hora de construir la figura jurídica de esta clase de obispos.

Pero su gran lección ha sido siempre la de la caridad. Su gesto en Amiéns dando la mitad de la capa fue superado más tarde, siendo ya obispo. A punto de celebrar la misa, dio su túnica entera a un mendigo. Anécdotas éstas que nos reflejan una bondad profunda, un amor ardiente al prójimo. Sus mismos milagros, como los de Cristo, son milagros de caridad. Pasó haciendo el bien, entregado, en cuerpo y alma, a su pueblo.

Aunque consta ciertamente que murió el 8 de noviembre, su fiesta se celebró, desde el comienzo, el día 11, no sólo en Tours, sino en toda la Iglesia, a la que había llegado el conocimiento del resplandor de sus virtudes.
 

* El medio manto de San Martín (el que cortó con la espada para dárselo al pobre) fue guardado en una urna y se le construyó un pequeño santuario para guardar esa reliquia. Como en latín para decir "medio manto" se dice "capilla", la gente decía: "Vamos a orar donde está la capilla". Y de ahí viene el nombre de capilla, que se da a los pequeños salones que se hacen para orar.


El artículo sobre San Martín de Tours en nuestro santoral te ofrece más información sobre él.

 







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