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El silencio de Dios en la Biblia
El silencio de Dios está cargado de amor. Su silencio es como la antesala de la gran efusión de amor que es su Palabra


Por: P. Juan Carlos Ortega, L.C. | Fuente: http://www.la-oracion.com



El silencio de espera
Aunque san Juan claramente afirma en su prólogo que “la Palabra era Dios” (Jn 1, 1) la reflexión teológica y espiritual no duda en decir que también “Dios es silencio”.
Parecería que el silencio de Dios en la Biblia expresa dos actitudes diferenciadas en Dios. Por una parte, el silencio de Dios está cargado de amor. Su silencio es como la antesala de la gran efusión de amor que es su Palabra.
Así el Génesis nos presenta el silencio del caos que precede a la palabra creadora: “Todo era un silencio informe” (Gen 1, 2). A ese silencio se contrapone la exuberancia de la Palabra creadora y amorosa de Dios que no cesa de decir: “hágase”.


Silencio de Dios fue también lo que experimentó Noé durante el diluvio. Tras la indicación divina de construir el arca, Dios enmudece, calla. Pasaban los días y el Patriarca abría la ventana de su corazón para escuchar la palabra divina que es vida, y no recibía respuesta. Este silencio del diluvio precedió a la nueva creación y a la promesa divina de mantener siempre su obra creadora.
Como silencio es presentado también la esclavitud del pueblo escogido bajo el dominio egipcio. Durante este período, Dios es silencioso y parece ausente de la historia de su pueblo. Pero el silencio de Dios es sólo aparente. Él contemplaba a su pueblo. “Dios miró” (Ex 2, 25) y decidió actuar. Con su mirada de amor dio inicio los prodigios de la historia de la liberación.
El exilio babilónico es considerado también como un tiempo en el que Dios estuvo mudo. “Mucho tiempo callé, estuve en silencio, me contuve” (Is 42, 14). Se trata de un silencio reprimido de Dios que evoca, como la imagen del parto usado por el profeta, la nueva época histórica que está por iniciar en la que “tornaré en luz las tinieblas” (Is 42, 16).


Un silencio que prepara la revelación
Todos estos silencios de Dios terminan en una efusión del amor divino que bendice con la abundancia de su Palabra la sequía a la que parecía estar sometida el alma durante su silencio. Quizá fuera esto lo que Dios quiso enseñar a Moisés cuando éste quiso ver el rostro de Dios: “al pasar mi gloria, te pondré en una hendidura de la peña y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver”. (Ex 33, 22-23). El misterio divino conlleva dos presencias de Dios: por delante va su lado invisible, su rostro siempre oculto que precede a su lado visible, pero siempre de espaldas a nosotros. Son las dos vertientes de lo divino: silencio y revelación.


El silencio del alejamiento
Hemos reflexionado sobre el silencio de Dios que precede a una gran expresión de su amor por medio de la revelación de algún aspecto de su palabra: creadora, liberadora, reveladora, vocacional…
Pero hay un silencio en Dios que inquieta mucho más al hombre. Es aquel silencio que viene, al menos aparentemente, cargado de alejamiento divino. “¿Hasta cuándo Yahveh pediré auxilio, sin que tú escuches, clamaré a ti, sin que tú salves?” (Ha 1, 2); “¿Por qué ves a los traidores y callas cuando el impío traga al que es más justo que él?” (Ha 1, 13). Estas eran las quejas de Habacuc.


Miqueas es más explícito: “clamarán entonces a Yahveh, pero él no les responderá: esconderá de ellos su rostro en aquel tiempo, por los crímenes que cometieron” (Mi 3, 4). Y Dios guarda silencio por medio de Ezequiel, como castigo por la poca generosidad de su pueblo: “Yo haré que tu lengua se te pegue al paladar, quedarás mudo y dejarás de ser mi censor, porque son un pueblo rebelde” (Ez 3, 26).




Las razones del silencio de Dios
En efecto, Dios espera en silencio para remover el corazón del hombre y hacerle volver a su amor: “Yahveh, no te quedes callado, Señor, no estés lejos de mí” (Sal 35, 22). “Hacia ti clamo, Yahveh, roca mía, no estés mudo ante mí; no sea yo, ante tu silencio, igual que los que bajan a la fosa” (Sal 28, 1).
De este modo, el alma toma conciencia que este silencio, más que expresión de la ira divina, expresa, en cambio, la paciencia de Dios ante la infidelidad del hombre (Cfr. Is 57, 11). Este mismo sentimiento fue experimentado también por Jeremías en su interior: “Yo decía: ‘no volveré a recordarlo, ni hablaré más en su nombre.’ Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía.” (Jer 20, 9). De ahí que el hombre de fe no deje de invocar a su Dios: “Grito hacia ti y tú no me respondes, me presento y no me haces caso” (Job 30, 20); “¡Oh Dios no te estés mudo, cese ya tu silencio y tu reposo, oh Dios! (Sal 83, 2).
Poco a poco el alma, purificada de sí misma y convertida hacia el Señor, está preparada para el nuevo encuentro con su Dios. Pero aún así debe recordar, como vivió Elías, que la Palabra divina se puede escuchar solamente en el silencio. Después del huracán, del temblor, del fuego, “el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, se cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. [Entonces] le fue dirigida una voz…” (1 Re 19, 12-13).
En resumen, para el alma el silencio/palabra de Dios no es solamente un misterio de su amor infinito. El alma vive también el silencio de Dios como un drama histórico. Es esta la experiencia de los profetas. Y no dudaría decir, que es también el drama de cada uno de nosotros que llevamos la Palabra de Dios en nuestro corazón y, en cambio, muchas veces escuchamos el silencio de Dios y el silencio del hombre ante su palabra. Ante este silencio de amor divino y de dolor interior humano, el Señor logra que cada uno de nosotros, permanezcamos siempre en una sana tensión de búsqueda de lo divino.

 

 

 

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