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El silencio de Jesús (Primera parte)
El acontecimiento más trascendente de la historia, la encarnación del Hijo de Dios, tuvo lugar en el más absoluto silencio


Por: P. Juan Carlos Ortega, L.C. | Fuente: http://www.la-oracion.com



La Sagrada Escritura habla del silencio de Dios y del silencio del hombre. Veamos cómo ha vivido el silencio el hombre/Dios, Jesucristo, verdadero y único modelo de todo cristiano y persona consagrada.


Este hombre vivió escondido, desconocido, ignorado de los hombres de su tiempo. El hombre perfecto, Jesús, fue amante solícito del silencio. Consideremos a grandes rasgos la predilección de Cristo por el silencio, a lo largo de su paso por la tierra.


En silencio en la vida oculta
Todo su deseo es llegar a este mundo en silencio. En el silencio de la oración, pide el consentimiento a María. La Virgen y el ángel son los únicos testigos del hecho grandioso: “y el verbo se hizo carne” (Jn 1, 14), en el silencio. El acontecimiento más trascendente de la historia, la encarnación del Hijo de Dios, tuvo lugar en el más absoluto silencio. Dios así lo planeó, Dios así lo quiso y Dios así lo realizó.


Para nacer en Belén (Cfr. Lc 2, 7) también buscó la soledad y la compañía de almas interiores: María y José. San Lucas narra algunas escenas sin borrar el ambiente de silencio: Jesús calla, María se emociona, José se admira. Los tres se entienden en el silencio de la noche.


A excepción de la pérdida de Jesús en el templo a la edad de doce años (Cfr. Lc 2, 42-52), nada sabemos de sus primeros años de su vida. La presencia de Jesucristo en Nazareth, no tuvo ningún esplendor exterior, no tuvo de particular otra cosa que su prolongada duración. El Evangelio resume todos aquellos años de Jesucristo en esta frase: “crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y ante los hombres” (Lc 2, 51-52). Es decir, aquel ocultamiento e inactividad aparentemente absurdos, poseían el mismo valor redentor y santificador de los actos de su ministerio público, porque en los dos períodos era idéntico en su corazón el espíritu de entrega absoluta a la voluntad santísima del Padre. Su vida oculta transcurrió, sin duda, en la unión con Dios, en la interiorización querida como una preparación remota para su ministerio apostólico. No fue una cosa soportada pasivamente por Jesucristo. Todo lo contrario, fue un deseo ardiente de Cristo, fue una preocupación sincera por enriquecerse interiormente, para unirse fácilmente con Dios Padre y lograr ese equilibrio, que le sería sumamente útil para la vida pública.




El silencio en la vida pública
Realiza la preparación inmediata a su ministerio apostólico en el silencio de la oración: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lc 4, 1) “para ser tentado por el diablo” (Mt 4, 1). En el recogimiento y unión con Dios, Jesús se fortalece para derrotar al príncipe de las tinieblas. Cristo salió victorioso del combate.


En el ejercicio de su ministerio apostólico siempre hizo el bien, obró grande milagros, pero nunca buscó el ruido ni la publicidad. Por el contrario, tuvo un cuidado esmerado para que su obra quedara oculta: “mira, no lo digas a nadie” (Mt 8, 4) o “mirad que nadie lo sepa” (Mt 9, 30) eran recomendaciones que hacía a leprosos y ciegos tras ser curados de sus enfermedades. Semejantes recomendaciones sólo pueden venir de un alma que ama y está convencida del valor formativo de la virtud del silencio.


Especial interés para conocer el corazón silencioso de Cristo son los momentos posteriores a la multiplicación de los panes y de los peces. “Jesús, sabiendo que iban a venir para arrebatarle y hacerle rey, se retiró de nuevo al monte a orar” (Jn 6, 15), “y al atardecer estaba solo allí” (Mt 6, 23). Sin duda Cristo sentía más satisfacción en la unión con el Padre que en la posesión de una corona real. ¿Por qué? Porque vivía interiormente, porque amaba el silencio, no la barahúnda mundana, llena de ligereza y superficialidad.
Constantemente, a lo largo de su ministerio apostólico, se apartaba a orar solo. En el silencio externo, y sobre todo interno, se encuentra más fácilmente a Dios. Además, su deseo es que todos sus seguidores sepan orar en un ambiente de silencio y soledad: “tú, cuando ores, entra en tu cámara, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en el secreto, y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6, 6).


La próxima semana publicaremos la segunda parte del silencio de Jesús, es decir, aquellos pasajes que hablan sobre el silencio de la Pasión y la Resurrección.

 



 

 

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