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Inspiración bíblica
Enseñanza del Magisterio de la Iglesia acerca de la inspiración bíblica


Por: P. Lic. Ricardo E. Clarey, IVE | Fuente: iveargentina.org



En los últimos tiempos hemos asistido a un pulular de teorías diversas acerca de prácticamente todos los grandes temas de la especulación teológica: Dios uno y trino, Jesucristo, la Iglesia, los sacramentos, el sacrificio eucarístico, la vida moral del hombre, etc. No siempre, lamentablemente, la reflexión teológica se guió por aquello que es de suyo el criterio cierto de la penetración de los contenidos de la fe: la fundamentación en la Escritura y en la Tradición, y la fidelidad a la interpretación y exposición autorizada de las fuentes de la Revelación que proporciona el Magisterio de la Iglesia.

También el misterio de la inspiración divina de los libros bíblicos ha sido objeto de consideración, como no podía ser menos, ya que es éste el fundamento de la condición privilegiada de estos textos, tanto para la vida como para la especulación cristiana. Si son el locus theologicus primero, se debe sustancialmente a que han sido escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo y por ende tienen a Dios por Autor.

¿Cuál es, en concreto, la enseñanza del Magisterio de la Iglesia acerca de esta condición esencial, peculiarísima, de los libros bíblicos, condición que los distingue y los coloca cualitativamente por sobre cualquier otra obra literaria de la humanidad, al margen de su valor literario? Nos centraremos, para mostrar este punto, en la enseñanza pontificia y conciliar a partir del Concilio Vaticano I, hasta diversas intervenciones de Juan Pablo II, pasando por el Magisterio de León XIII, Benedicto XV, Pío XII y el Concilio Vaticano II.

A fin de facilitar la exposición temática, expondremos en puntos separados ante todo las afirmaciones centrales acerca de la condición de la inspiración bíblica[1]. Como consecuencia se advierte que ciertas afirmaciones doctrinales acerca de la inspiración de la Escritura deben rechazarse por no conformarse a la enseñanza magisterial católica.


1. Ante todo, la inspiración bíblica es una acción o influjo positivo de Dios sobre el autor humano: “El [Dios]... los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran...”[2]; “el escritor sagrado es órgano, es decir, instrumento del Espíritu Santo, [y actúa] bajo el influjo de la divina moción”[3]; “escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor”[4].


2. Esta acción es sobrenatural: León XIII habla de que Dios “movió con su influjo sobrenatural”[5]; “Dios, con su gracia, aporta a la mente del escritor luz...; mueve, además, su voluntad y le impele a escribir...”[6]; los autores humanos obran “bajo el influjo de la divina moción”[7].


3. Dios es verdadero autor de estos libros: el Concilio Vaticano I declaró que estos libros “habiendo sido escritos [conscripti] por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor”[8]. Esta enseñanza dogmática es reafirmada y citada unánimemente en el Magisterio posterior[9].


4. La acción divina se expresa suficientemente con la analogía de la causalidad: Dios es causa principal en la inspiración bíblica. “Dios debe ser considerado como causa principal [causa princeps] de todo sentido y de todas las sentencias de la Escritura”[10].


5. En consecuencia, el autor humano se constituye en instrumento, si bien vivo y racional, del Autor principal. “El Espíritu Santo se ha servido de hombres como de instrumentos para escribir”[11]; “El escritor sagrado, al escribir su libro, es órgano, es decir, instrumento del Espíritu Santo, pero instrumento vivo y racional”[12]; “en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó...”[13].


6. El autor humano actúa de modo libre en la redacción de los libros bíblicos, bajo la inspiración del Espíritu Santo: “en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios”[14]; el autor humano “bajo el influjo de la divina moción, de tal manera hace uso de sus facultades y energías, que por el libro nacido de su acción puedan todos fácilmente colegir la índole propia de cada uno y, por así decirlo, sus singulares características y rasgos”[15].


7. En consecuencia, Dios obra en ellos y por ellos (Concilio Vaticano II)[16].


8. En este influjo de la inspiración, Dios ilumina sobrenaturalmente sus inteligencias: “Ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que El quería”[17]; “Dios, con su gracia, aporta a la mente del escritor luz para proponer a los hombres la verdad en nombre de Dios”[18].


9. Dios les mueve sobrenaturalmente la voluntad: “[Dios] mueve su voluntad y le impele a escribir”[19]; “Dios de tal manera los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran..., que ellos [lo que Dios quería] lo quisieran fielmente escribir (fideliter conscribere vellent)”[20].


10. Dios les dio una asistencia constante y especial: “[Dios] le asiste [al autor humano] de manera especial y continua hasta que acaba el libro”[21]; “[Dios] los asistió mientras escribían”[22].


11. Los autores humanos expresaban correcta e infaliblemente lo que querían transmitir: “Porque El de tal manera los excitó y movió con su influjo sobrenatural..., que ellos... lo expresaron aptamente con verdad infalible (apte infallibili veritate exprimerent)”[23]; “(…) en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería. Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras que nuestra salvación”[24]. Así, no solamente la inspiración bíblica permite al hagiógrafo tener un juicio exacto, sino una expresión adecuada. Esta importante afirmación nos da el fundamento de la psicología sobrenatural de los géneros literarios.


12. En consecuencia, los libros sagrados tienen como autor a Dios y al hagiógrafo: “Él los excitó y movió con su influjo sobrenatural para que escribieran, y los asistió mientras escribían, de tal manera que ellos concibieran rectamente todo y sólo lo que El quería, y lo quisieran fielmente escribir, y lo expresaran aptamente con verdad infalible; de otra manera, El no sería el autor de toda la Sagrada Escritura.”[25]; “Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando Él en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.”[26] Al punto que “todo aquello que el hagiógrafo afirma, anuncia o insinúa (quod hagiographus asserit, enuntiat, insinuat) debe considerarse como afirmado, enunciado o insinuado por el Espíritu Santo”[27].


13. Entre los criterios para investigar la naturaleza y efectos de la inspiración, al igual que para todo lo que se refiera a otras aspectos de la doctrina bíblica, se encuentra ante todo la fidelidad a la enseñanza de los Padres y del Magisterio (pontificio y conciliar). “Todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios”[28].


14. Otro criterio fundamental es la analogía del carisma de la inspiración bíblica con el misterio de la encarnación del Verbo: “Pues así como el Verbo sustancial de Dios se hizo semejante a los hombres en todo, excepto en el pecado, así también las palabras de Dios, expresadas en lengua humana, se hacen en todo semejantes al humano lenguaje, excepto en el error”[29].


15. Un tercer criterio es la fidelidad a la enseñanza de los Doctores católicos, en especial de Santo Tomás de Aquino: “Parece digno de especial mención el que los teólogos católicos, siguiendo la doctrina de los Santos Padres, y principalmente la del Angélico y Común doctor, han explorado y expuesto -con mayor precisión y sutileza que solía hacerse en los pasados siglos- la naturaleza y los efectos de la inspiración bíblica”[30].


De manera particular es urgente nuestro tiempo estudiar y conocer íntimamente la doctrina y la visión de Santo Tomás por la necesidad de fundamentar de modo convincente y firme no sólo el status epistemológico de las ciencias exegéticas, sino también la misma posibilidad de una labor hermenéutica: en este trabajo de fundamentación han fracasado todas las corrientes filosóficas contemporáneas, incluida la metafísica heideggeriana de corte existencialista. Por este motivo Juan Pablo II advierte contra una forma actual de fideísmo: el biblicismo, “que tiende a hacer de la lectura de la sagrada Escritura o de su exégesis, el único punto de referencia para la verdad”[31]. Y este fideísmo bíblico surge de no aceptar “la importancia del conocimiento racional y de la reflexión filosófica para la inteligencia de la fe”[32]. Solamente se supera este peligro de nuestros días recurriendo a la fundamentación racional de una metafísica válida[33], y sólo la metafísica tomista lo es, ya que “su filosofía es verdaderamente la filosofía del ser y no del simple parecer”[34].

Estas son, sintéticamente, las principales enseñanzas del Magisterio de la Iglesia en relación a la naturaleza de la inspiración. Es claro que no pueden tomarse como esquemas u opiniones personales, hablando, por ejemplo, de teoría psicológica o esquema leonino (en alusión a la presentación descriptiva que hace la Providentissimus Deus del hecho inspirativo). Por el contrario, las intervenciones magisteriales son afirmaciones que mantienen toda su fuerza, y que más bien han de tomarse como puntos firmes a partir de los cuales ofrecer una explicación a las cuestiones aún abiertas (carácter comunitario de la inspiración, relación entre inspiración y verdad, etc.). De hecho, a las acusaciones de que han sido objeto en múltiples ocasiones muchas de estas enseñanzas magisteriales han seguido intentos inconsistentes y sumamente endebles de soluciones alternativas[35]. Todo esto no hace más que estimular la acción de los teólogos y exegetas en orden a profundizar en el conocimiento de esta realidad admirable que es la inspiración de los Sagrados Libros.


Comentarios al P. Ricardo Clarey





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Notas:

[1] Nos ha sugerido esta presentación la exposición que propone M. Tuya – J. Salguero, Introducción a la Biblia, I (Madrid 1967) 97-98.

[2] León XIII, Providentissimus Deus [en adelante PD], 46. Esta cita está referida también por Benedicto XV, Spiritus Paraclitus [en adelante SP], 17.

[3] Pío XII, Divino afflante Spiritu [en adelante DAE], 19; EB 556.

[4] Concilio Vaticano II, Dei Verbum, 11.

[5] PD, 46.

[6] SP, 11; EB 448.

[7] DAS, 19; EB 556. Lo mismo en DV, 11.

[8] Sesión III, Const. Dei Filius, c. 2; EB 77.

[9] PD, 46; DAE, 1 [EB 538]; DV, 11.

[10] SP, 10-11; EB 448. Esta afirmación de Benedicto XV es una explicitación de lo que se afirma en el Concilio Vaticano I y en la Providentissumus Deus. Asimismo, las afirmaciones del Magisterio posterior, incluido el Concilio Vaticano II, se mantienen en la misma línea de considerar a Dios como causa principal sin mencionar explícitamente su causalidad principal.

[11] PD, 46; EB 125. Citado en SP, 17.

[12] DAE, 19; EB 556.

[13] DV, 11.

[14] DV, 11.

[15] DAE, 19.

[16] DV, 11.

[17] PD, 46.

[18] SP, 11.

[19] SP, 11.

[20] PD, 46.

[21] SP, 11.

[22] PD, 46.

[23] PD, 46.

[24] DV, 11.

[25] PD, 46.

[26] DV, 11.

[27] Pontificia Comisión Bíblica, Respuesta acerca de la parusía en las cartas de san Pablo, 18/6/1915 [AAS 7 (1915) 357-358], I: EB 415. La expresión ha sido reproducida parcialmente por el Concilio Vaticano II en DV, 11: “como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo...”.

[28] DV, 12. En el mismo sentido se expresa Juan Pablo II, Catequesis del 24/4/1985, 5-6; Catequesis del 1/5/1985.

[29] DAE, 20; EB 559. De modo semejante DV, 13: “Las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres”. Juan Pablo II lo desarrolla en los números 6 y 7 de su discurso a los miembros de la Pontificia Comisión Bíblica con motivo de la presentación del documento “La interpretación de la Biblia en la Iglesia”, el 23 de abril de 1993.

[30] DAE, 19.

[31] Fides et Ratio (FR), 55.

[32] Ibidem.

[33] FR, 92 – 97.

[34] FR, 44.

[35] Un ejemplo gráfico es la afirmación irónica con la que K. Rahner hace alusión a la exposición magisterial de la inspiración bíblica, especialmente en León XIII: “Esta interpretación aquí sólo insinuada de la inspiración de la Escritura puede también entenderse de tal manera que hoy no merezca necesariamente el reproche de mitología” (Curso fundamental sobre la fe [Barcelona 51998] 432), luego de lo cual presenta su teoría que suena más mitológica que la postura que critica (a pesar de la advertencia de que con esta teoría que él propone “aquí [no] sea posible invocar el auxilio de una teoría psicológica especial de la inspiración”, Ibidem). De hecho, autores que rescatan otros elementos de la teoría rahneriana, insisten no obstante en que “es confusa en su misma formulación básica” (A. Artola, La Escritura inspirada, Deusto-Bilbao 1994, 180).


 

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