Menu


La tempestad y la calma del Día de las Madres
Si reconocemos pues lo que vale el amor materno, debemos pagar amor con amor, pero no en cariñitos, versos, flores (y hasta visitas relámpago) en ciertas fechas solamente


Por: Salvador I. Reding Vidaña | Fuente: Catholic.net



Sí, el Día de las Madres es como una tempestad, en que las ciudades parecen volverse locas, se desquicia el tráfico, los restaurantes se llenan de gente, las florerías hacen su gran negocio del año, y hay tiendas que reciben a los compradores de regalos maternos de última hora.

Como en muchas tempestades, los días previos son de gran actividad creciente, según se acerca la fecha. En general, se trata de compras de regalos, tanto de los destinados al hogar como a uso y disfrute personal de las madres. Las ventas de electrodomésticos son las mayores del año.

Es tan importante en nuestra cultura popular el Día de las Madres, que se programan viajes, a veces de largas distancias, para acompañar a la mamá esa fecha. Se programan también las reuniones familiares o citas para comer en algún lugar público (con o sin reservación).

Y el mero día, es fantástico, realmente es de reconocimiento por todos del papel que cada madre desempeña en la formación familiar y ciudadana. Y debe reconocerse que prácticamente todas las expresiones de reconocimiento a la mamá, son auténticas, salen del corazón. Y así lo ven, aprecian y reciben las madres de familia.

Los teléfonos suenan y suenan, los correos electrónicos y las redes sociales se inundan de felicitaciones a las madres de familia, vivas y difuntas. Tiempo antes era el correo formal el que se inundaba de tarjetas de felicitación, como también se hacía en Navidad y el 14 de febrero.

Pero hay que distinguir entre dos cosas, las felicitaciones propiamente dichas, y los reconocimientos al trabajo de la madre, sobre todo de las que jefaturan hogares o son el eje central de las familias bien integradas (lo normal). Sus desvelos, privaciones, cuidados, educación en valores, sacrificios que llegan a costarles la salud. Sus grandes muestras de cariño y mucho más, se reconocen el Día de las Madres.

En ese día, hijos, esposos y padres felicitan y tratan de agradar lo más posible a las madres de familia. Lo hacen las familias, las escuelas con fiestas los días previos, las organizaciones sociales, políticas y comunitarias, todos quieren felicitar, reconocer y alabar a las madres. Las oraciones y recuerdos de las fallecidas se multiplican, se dicen misas, en fin, todo es alboroto por las mamás, las abuelas y la Virgen María.



Pero como en toda tormenta, viene la calma, y al día siguiente, el mundo familiar se olvida de esa vorágine de actividades para festejar a las madres. El mundo vuelve a su normalidad, los viajeros a su lugar de partida y las madres amas de casa a sus labores de cuidado del hogar y de los hijos.

Así que hay que insistir en algo que se repite con frecuencia, pero que parece llegar siempre a oídos sordos: a la madre hay que atenderla, ayudarla, y manifestarle cariño todo el año, sí, todo el año, no solamente en su gran fiesta anual.

De poco sirve que le den regalos, abrazos, besos, atenciones unas cuantas horas si para efectos prácticos la dejan que se las arregle sola o casi sola el resto del año. Muchos de los sacrificios de las madres no deberían existir, si los varones y las hijas se ocuparan de ayudar más a mamá todo, pero todo el año.

Hay maridos que ensalzan y hasta realmente reconocen el valor de la dedicación materna, pero no tienen empacho en engañarlas sin remordimiento, en dedicar su tiempo y dinero a divertirse mientras la mujer “se mata” en la casa y hasta trabaja al mismo tiempo: “pobrecita de mi vieja ¡cómo la admiro!”, dicen.

Hay hijos tan reconocedores de lo que reciben de su madre que lo pueden decir a quien quiera oírles: “tengo la mejor mamá del mundo”. Pero a la hora de ayudarla en las labores domésticas, simplemente se hacen los desentendidos.



¿Y las abuelas, que ayudan a su familia en el cuidado y educación de los nietos? La vida dura les cobra factura, y aparecen enfermedades que requieren cuidados. ¿Se les dan las facilidades de sanación, reposo y alivio, se les da tiempo de compañía para que no enfermen de soledad? Hay que pensarlo.

Deberíamos fomentar una nueva cultura de celebrar a mamá, a las abuelas, trescientos sesenta y cinco días, y no sólo uno. Debemos extender la atención a las madres a todos los días, para que no tengamos que hacerlas pasar tantos afanes, fatigas y sacrificios que no existirían en parte si las tratáramos como el 10 de mayo (casi) nada más. Tampoco agregar solamente sus días de cumpleaños y del santo, o de Noche Buena, Navidad y Año Nuevo.

Si reconocemos pues lo que vale el amor materno, debemos pagar amor con amor, pero no en cariñitos, versos, flores (y hasta visitas relámpago) en ciertas fechas solamente. Hacerles la vida más ligera de trabajos, más placentera y sobre todo, como ellas lo hacen con los hijos, dedicarles tiempo, más tiempo y más tiempo para acompañarlas. Llamarles por teléfono diariamente, que sepan que su retoño la tiene en su corazón, y en alerta para lo necesite de pronto, y que le manda muchos besos y abrazos.

Visita nuestra comunidad Familias Católicas  de Catholic.net
Te invito a suscribirte a nuestros servicios y novedades directamente a tu correo electrónico aquí
Si tienes alguna duda puedes escribir a nuestros servicio de consultores aquí

 

 





Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!