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La tristeza y el aborto
Cuando una mujer queda embarazada y no desea al hijo (por razones físicas, psíquicas o sociológicas) se enfrenta a una situación dolorosa que puede originarle tristeza, y la tristeza predisponerla a decisiones inhumanas


Por: Dr. Juan Cardona | Fuente: catholic.net





Cuando al ser humano le amenaza la tristeza puede reaccionar de modos humanamente contraproducentes: o bien se paraliza, inhibiendo sus facultades de superación, o cae en la trepidación ansiosa en busca de placeres compensatorios, o trata de libertarse de su tristeza mediante actitudes de agresión culpando al prójimo como causante de sus propias insatisfacciones.

Esta última reacción es la que se produce en el aborto provocado. Cuando una mujer queda embarazada y no desea al hijo (por razones físicas, psíquicas o sociológicas) se enfrenta a una situación dolorosa que puede originarle tristeza, y la tristeza predisponerla a decisiones inhumanas - por cruentas y regresivas - que después revertirán sobre ella misma de modo más incisivo y angustioso.

Ante esta situación (embarazo no deseado), caben muchas soluciones, pero la respuesta más egoísta, primaria e irresponsable, consistirá en desembarazarse del hijo engendrado. En este caso la mujer se endurece, se hace insensible hacia el nuevo ser engendrado por ella y a pesar de ella, y toma la decisión de eliminarlo. Se persuade -o le persuaden- de que la agresión mortal al embrión, al fin y al cabo, no es tan importante, porque le han inducido a considerarlo sólo como un mero proyecto de vida -o como un quiste, dicen algunos-, y no como una realidad humana distinta de ella misma. Lo agrede, lo elimina, pensando que así se va a liberar del dolor y de la tristeza que la gestación y el alumbramiento de una nueva vida le va a ocasionar.

Pero la naturaleza humana tiene unas leyes universales que los políticos y legisladores no pueden contradecir: ante una actitud y respuesta desnaturalizada, la naturaleza se venga. La mujer que ha provocado el aborto puede acorazarse, atrincherarse, tras un discurso de razonadas sinrazones, pero tarde o temprano se enfrentará con una realidad: ha suprimido una vida humana, por muy incipiente que fuese.

Los psiquiatras hemos tratado depresiones subsiguientes al aborto provocado que denuncian el vacío existencial originado por la pérdida (en este caso, voluntaria) de valores (en este caso, un hijo) que dan sentido a la vida. El aborto provocado produce un vacío existencial determinante de la depresión, la tristeza, los sentimientos de culpabilidad. Es habitual oír decir a estas mujeres -cuya conciencia aún no se ha marchitado-: "me siento vacía". "Mi vida no tiene sentido". y lo dicen con un deseo desgarrador de que se les ayude a reencontrar el valor y sentido de sus vidas.

Si la tristeza planteada por la posibilidad de un hijo no deseado se elude mediante el recurso de la represión abortiva, el efecto regresivo no se hace esperar: la tristeza se hace más incisiva y el dolor más agudo, por que se ha recurrido a la solución desnaturalizada del egoísmo, del endurecimiento, de la agresividad.

Por consiguiente, el replanteamiento actual del aborto provocado no tiene defensa más que en mentes ignorantes, enfermizas o degradadas, quizás víctimas inocentes o no tan inocentes de manipulaciones ideológico-políticas.
 








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