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¿En qué consiste la fe sobrenatural?
«Quien cree en el Hijo tiene la vida eterna, mas quien no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (ib. 3,36).


Por: Dom Columba Marmion | Fuente: Jesucristo vida del alma



2. Naturaleza de la fe: asentimiento al testimonio de Dios proclamando que Jesús es su Hijo

Pero me diréis: ¿en qué consiste la fe?-Hablando en general puede decirse que la fe es una adhesión de nuestra inteligencia a la palabra de otro. Cuando un hombre íntegro y leal nos dice una cosa, la admitimos, tenemos fe en su palabra; dar su palabra a alguien es darse uno mismo.

La fe sobrenatural es la adhesión de nuestra inteligencia, no a la palabra de un hombre, sino a la palabra de Dios.-Dios no puede ni engañarse ni engañarnos; la fe es un homenaje que se tributa a Dios considerado como verdad y autoridad supremas.

Para que este homenaje sea digno de Dios, debemos someternos a la autoridad de su palabra, cualesquiera que sean las dificultades que en ello encuentre nuestro espíritu. La palabra divina nos afirma la existencia de misterios que superan nuestra razón; la fe puede sernos exigida en cosas que los sentidos y la experiencia parecen presentarnos de muy distinta manera a como nos las presenta Dios; pero Dios exige que nuestra convicción en la autoridad de su revelación sea tan absoluta, que si toda la creación nos afirmara lo contrario, dijéramos a Dios, a pesar de todo: «Dios mío, creo, porque Tú lo has dicho».

Creer, dice Santo Tomás, es dar, bajo el imperio de la voluntad, movida por la gracia, el asentimiento, la adhesión de nuestra inteligencia a la verdad divina [Ipsum autem credere est actus intellectus assentientis veritati divinæ ex imperio voluntatis sub motu gratiæ. II-II, q.2, a.9].



El espíritu es el que cree, pero no por eso está ausente el corazón; y Dios nos infunde en el Bautismo, para que cumplamos este acto de fe, un poder, una fuerza, un «hábito»: la virtud de fe, por la cual se mueve nuestra inteligencia a admitir el testimonio divino por amor a su veracidad. En esto reside la esencia misma de la fe, bien que esta adhesión y este amor comprendan, naturalmente, un número de grados infinito.- Cuando el amor que nos inclina a creer, nos arrastra de un modo absoluto a la plena aceptación, teórica y práctica, del testimonio de Dios, nuestra fe es perfecta, y, como tal, obra y se manifiesta en la caridad [Fides nisi ad eam spes accedat et caritas neque unit perfecte cum Christo, neque corporis eius vivum membrum efficit. Conc. Trid., sess. VI, cap.7].

Ahora bien, ¿cuál es, en concreto, ese testimonio de Dios que debemos aceptar por la fe? -Helo aquí en resumen: Que Cristo Jesús es su propio Hijo, enviado para nuestra salvación y nuestra santificación.

Sólo en tres ocasiones oyó el mundo la voz del Padre, y las tres para escuchar que Cristo es su Hijo, su único Hijo, digno de toda complacencia y de toda gloria: «Escuchadle» (Mt 3,17; 17,5; Jn 12,28). Este es, según lo dijo nuestro Señor mismo, el testimonio de Dios al mundo cuando le dio su Hijo. «El Padre que me envió es quien dio testimonio de mí» (Jn 5,37. Véase todo el pasaje desde el v. 31).- Y para confirmar este testimonio, Dios ha dado a su Hijo el poder de obrar milagros: le ha resucitado de entre los muertos. Nuestro Señor nos dice que la vida eterna está supeditada a la aceptación plena de este testimonio. «Esta es la voluntad del Padre que me envió: que todo el que vea y crea en el Hijo, tenga la vida eterna» (Ib 6,40. +17,21); e insiste con frecuencia sobre este punto: «En verdad os digo que quienquiera que crea en Aquel que me envió, tiene la vida eterna... ha pasado de la muerte a la vida» (ib. 5,24).

Abundando en el mismo sentimiento, escribe San Juan palabras como éstas, que no nos cansaremos nunca de meditar: «Tanto amó Dios al mundo, que llegó a darle su único Hijo». ¿Y para qué se lo dio? «Para que todo el que crea en El no, perezca, antes bien, tenga la vida eterna», y añade a guisa de explicación: «Pues no envió Dios a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que por su medio el mundo se salve; quien cree en El, no es condenado, pero el que no cree, ya está condenado por lo mismo que no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios» (Jn 3, 16-18). «Juzgar» tiene aquí, como hemos traducido, el sentido de condensar, y San Juan dice que quien no cree en Cristo ya está condenado; fijaos bien en esta expresión: «Ya está condenado»; lo que equivale a enseñar que el que no tiene fe en Jesucristo en vano procurará su salvación: su causa está va desde ahora juzgada. El Padre Eterno quiere que la fe en su Hijo, por El enviado, sea la primera disposición de nuestra alma y la base de nuestra salvación. «Quien cree en el Hijo tiene la vida eterna, mas quien no cree en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él» (ib. 3,36).

Atribuye Dios tal importancia a que creamos en su Hijo, que su cólera permanece -nótese el tiempo presente: «permanece» desde ahora y siempre- sobre aquel que no cree en su Hijo. ¿Qué significa todo esto? Que la fe en la divinidad de Jesús es, en conformidad con los designios del Padre, el primer requisito para participar de la vida divina; creer en la divinidad de Jesucristo implica creer en todas las demás verdades reveladas. Toda la Revelación puede considerarse contenida en este supremo testimonio que Dios nos da de que Jesucristo es su Hijo; y toda la fe, puede decirse que se halla igualmente implícita en la aceptación de este testimonio. Si, en efecto, creemos en la divinidad de Jesucristo, por el hecho mismo creemos en toda la revelación del Antiguo Testamento que encuentra toda su razón de ser en Cristo; admitimos también toda la revelación del Nuevo Testamento, ya que todo cuanto nos enseñan los Apóstoles y la Iglesia no es sino el desarrollo de la revelación de Cristo.

Por tanto, el que acepta la divinidad de Cristo abraza, al mismo tiempo, el conjunto de toda la Revelación; Jesucristo es el Verbo encarnado; el Verbo expresa a Dios, tal cual Dios es, todo lo que El sabe de Dios; este mismo Verbo se encarna y se encarga de dar a conocer a Dios en el mundo (ib. 1,18). y cuando mediante la fe recibimos a Cristo, recibimos toda la Revelación.

De modo que la convicción íntima de que nuestro Señor es verdaderamente Dios constituye el primer fundamento de toda la vida espiritual; si llegamos a comprender bien esta verdad y extraemos las consecuencias prácticas en ella implicadas, nuestra vida interior estará llena de luz y de fecundidad.




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