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Cada uno va escribiendo su propia vida
Ojalá nuestros deseos estén parecidos, en cierta manera, a los deseos de Dios


Por: Salvador Casadevall | Fuente: Catholic.net



Dios no quiere ser amado, quiere ser lo único amado.
Pero nuestro drama cristiano está que en el mundo hay cosas muy bellas.

Está el triunfo mundano, está aquella ideología que tanto nos llena, está el corazón que nos atrae a un sinfín de sentimientos, todos ellos muy agradables y placenteros, está la atracción que también solicita nuestro amor y todos ellos nos embargan con sus dulzuras y nos resistimos a aquella estricta fidelidad que es el rostro de Dios en su humana expresión que es el rostro de Cristo.

Desde Cristo, desde la cruz de Cristo, sabemos que el yo de cada uno de nosotros también tenemos un padre en el cielo, pero también tenemos una aventura personal que vivir y que crear libremente.

Dios no realiza, Dios no me va a quitar el dolor que me produce el reuma, pero me va a dar una manera distinta de vivir mi situación. El ser humano  a veces es muy poco humano, somos muy débiles. (P. José Javier Parladé)
                                                        
La mayor debilidad humana se manifiesta en  no asumir los dolores que  forzosamente debemos vivir.
Puedo tener un accidente o una desgracia, pero yo debo seguir decidiendo qué quiero hacer con mi vida. Para ello debo aceptar, asumir mi adversidad. Si la niego, no le puedo hacer frente.

Lo importante no son los hechos dolorosos que te van sucediendo en la vida.
Sino  como los enfrento, como se  reacciona.
Si te pones a coleccionar heridas, vivirás como un pájaro herido, incapaz de volar.



Para encontrar un sentido al vivir, hace falta tener un por qué. Podemos soportar cualquier cómo, si tenemos un por qué
Victor Frankl  escribió que en aquel campo de concentración nazi  de  Alemania, no sobrevivían los más fuertes sino los que tenían un fuerte sentido del por qué querían vivir.

Cuando uno no vive como piensa,  acaba pensando según  vive  (Gabriel Marcel)
La vida es el regalo que Dios nos hace.
El modo en que la vivamos, es nuestro regalo a Dios.
Hay que hacer de la vida diaria un fantástico regalo para Él.
Haz todo lo que puedas,  por  todos los medios que puedas, en todas las formas que puedas, todas  las veces que puedas, y durante el tiempo que puedas

No hay que creer que está todo escrito, cada uno va escribiendo su propia vida y así como es tu propia vida, también será tu propia muerte.
Por supuesto que es humano que le tengamos miedo a la muerte pero escribiendo mi propia vida estoy escribiendo ya, el como será mi propia forma de morir.
“La muerte es una vida vivida. La vida es una muerte que viene.” (Borges)
……..y los creyentes le añadiríamos: cuando la muerte llega la vida se hace eterna.

Los que tenemos fe en Dios, y eso es en definitiva lo que somos todos los cristianos, el que nos avisen de la proximidad de la muerte, pues es un gran favor que nos están haciendo.
¿Por qué?  Porque para el creyente, si bien  es una puerta que se cierra, lo bueno es que yo podré prepararme para entrar en esa nueva puerta que se me abre.

En definitiva la muerte humana es cerrar la puerta de todo lo que he vivido y abrir la puerta de la esperanza y hoy, en el mundo moderno de hoy, hablar de esperanza el mundo lo necesita más que nunca.



Desde siempre, para la criatura humana la muerte es inevitable y permanece como libro cerrado. Y, ciertamente, como motivo de congoja e inquietud. Porque, si hay algo más terrible, es pensar que todo termina, es estar convencido de que todo termina para uno.
El hombre está marcado por esta herencia y va llenando de nostalgia su existencia a medida que más años va juntando.

Pero desde hace más de dos milenios una noticia llena de esperanza su diario vivir. Que mejor noticia es la Pascua de Resurrección.
Es la novedad más alegre del cristianismo. Sabida por todos, al menos para los creyentes, pero la digo igual, por aquello que cuando más lo repitamos, más se nos meterá en los pliegues de nuestra alma.
La ciencia honesta no sólo demuestra que Dios existe sino que es imposible que no exista.

¿Qué dicen los que dicen no creer en Dios?
Creer en Dios es pura antigualla; la religión es el opio del pueblo, su moral una represión que mal forma la conciencia individual. Claro, lo que no nos dicen es que los que no creen en Dios, no es que no crean en nada, es que se lo creen todo, venga de donde venga.
Obedecen como corderitos todo lo que dice la publicidad en los medios de difusión: limpian con el detergente que limpia más blanco, se compran el coche mejor a un precio tirado, van de vacaciones al sitio que le indica su amigo o la agencia de al lado, y se hacen budistas porque lo es el actor de moda, cambian de pareja para  no  ser menos que su jefe, y usan el dentífrico que dice la señorita Pepi, la de la tele. ¡Faltaría más!

Y entre las cosas absurdas que uno puede encontrar en este mundo que supimos construir, está aquella pintada que alguien puso en una pared:
“Dios ha muerto”. Firmado: Nietzsche. A lo que otro replicó: "Nietzsche ha muerto". Firmado: Dios.   

Aun aquellos que en nada creen, que miran con aire sobrador ceremonias y costumbres religiosas, se sienten contaminados en algo por la Pascua.
Todo en alguna forma les llega: el cirio encendido después de la oscuridad, las campanas que tañen luego del mutismo de la Semana Santa, las festivas comidas que aguardan, los buenos deseos compartidos y el huevo revestido de chocolate que cubre un regalito, símbolo de la vida encerrada en él.
Y hasta el que aprovechó la semana santa para irse de vacaciones.
A todos les llegan los días santos de alguna manera.

Para el creyente significa que detrás de la muerte aparece nuevamente la vida. Para el no creyente, si que la muerte es un final escalofriante, es la negrura.
Para uno que ha vivido, terminar en la nada absoluta, debe ser un paso desesperante. Para un creyente es un paso de alegría.
Lleno de misterio, si queréis, pero de alegría al fin.
Una alegría llena de esperanza. Una alegría sin esperanza no existe.

Paco Lucía creó un disco, -”Luzía” en homenaje a su madre de 85 años que así se llamaba.
--Mi madre era de esas típicas madres: cariñosa, bondadosa, buena cocinera, con una capacidad increíble para reírse y disfrutar de la vida: una persona que te daba calidez y seguridad.
A pesar de sus 85 años parecía llena de vida. Siempre decía que se sentía bien, a pesar de no tener salida.
Se despidió serenamente, como hace la buena gente cuando se va de este mundo.
Serenamente y despidiéndose de los que se ama. Así muere la buena gente.

En su último libro, “Mi testamento filosófico”, el pensador francés Jean Guitton escribió su imaginaria muerte:
La noche en que morí pasaron extrañas cosas en mi apartamento parisino,
Todo comenzó cuando yo agonizaba tranquilamente. Era centenario o me faltaba poco. No sufría, casi no me angustiaba y mientras me extinguía, pensaba. Pero también esperaba.

Santa Teresa de Ávila, suspiraba: O vida larga, o vida que no se vive, o que gran soledad, o que vida sin remedio, pues,  ¿Cuándo Señor?  ¿Cuándo?  ¿Hasta cuándo?
Es el lamento de un alma enamorada. Lamentos de ser admirados de EL, de ser compartidos. Luego añadía la Santa: Por ventura, no desearé, desear?

Esto es más comprensible. Es algo más llevadero.
Una cosa es desear morir y otra cosa muy distinta es desear tener deseos de morir, donde la santa desea su encuentro con el Señor y desea que se incremente esos deseos.

Nosotros buscamos otra cosa. No deseamos la muerte. Tampoco deseamos tener deseos de morir. Solo pedimos una muerte que cuando llegue sepamos aceptarla y que Dios quiera que tarde en llegar. Que sea muy tarde su llegada.
Nuestra debilidad humana hace que nadie desee tener deseos de morirse.
En una palabra, deseamos alejar la muerte de nuestro pensamiento, aunque tenemos la certeza de su existencia.

Con todo, en el PADRENUESTRO seguimos diciendo, “venga a nosotros tu reino” Nosotros nos olvidamos que la muerte es el encuentro con el Padre.
Nos olvidamos que es el camino de una vida mortal para iniciar una vida inmortal para toda la eternidad.

 Dios es el primero que desea que lleguemos a su encuentro para toda la eternidad.
¿Alguna vez hemos pensado que la muerte es el encuentro con Dios?
Ese Dios lleno de misterio.
Mejor que pensar en nuestros mínimos deseos de encontrar a Dios, debemos pensar en los enormes deseos que Dios tiene de encontrarnos a nosotros.
De poseernos por entero.
Etgar Keret, escritor israelita, nos cuenta lo que le pasó a su hijo en la escuela cuando le preguntaron sobre el creer en Dios: mi tía cree que existe Dios, mi madre cree que no y mi padre y yo todavía no lo hemos decidido.
Lo que si nos dice: que si hay un Dios…….nos ama.

Esto es lo que tenemos que pensar.
El gran deseo que Dios tiene de nosotros.
Ojalá nuestros deseos estén parecidos, en cierta manera, a los deseos de Dios.

                                                

 







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