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Un árbol de esperanzas
Un árbol de esperanzas

El árbol de Navidad nos evangeliza para evangelizar.


Por: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Gustavo Daniel D´Apice



Un árbol de esperanzas

Los antiguos germanos creían que el mundo y todos los astros estaban sostenidos por las ramas de un árbol gigantesco llamado el “dios Odín”, al cual le rendían un culto especial. Cantaban y danzaban alrededor de él, adornándolo con antorchas.

San Bonifacio (siglo VII) fue quien evangelizó Alemania e Inglaterra. En sus incursiones misioneras derribó el árbol que representaba al dios Odín, y en el mismo lugar plantó un pino, símbolo del amor perenne de Dios, al que adornó y colocó luces de velas.

El pino es un árbol de la familia de las coníferas que, como el abeto, permanece siempre verde. No se mustia ni se seca: Siempre está dando vida y frutos. Es signo de esperanza.

Remitió enseguida al árbol de la cruz, que tampoco se seca nunca, sino que por el poder de la Resurrección de Jesús está dando siempre frutos de vida, y vida en abundancia (Juan 10,10).

Los adornos pronto pasaron a ser rojos, signo del Amor de Dios hacia nosotros, derramado por el Espíritu Santo que nos fue dado (Rom. 5,5), y que Jesús manifestó dando la vida por nosotros.

El amor se manifiesta más cuando se sufre por el ser amado. Más aún cuando se da la vida por él.

La luz de las velas significaron a Jesús Luz del mundo (Juan 8,12. 9,5). Pronto se cambiaron por luces, titilando en este mundo, mientras que en la eternidad la Luz de Jesús será clara y completa, sin titilación alguna.

Tienden a la luz del cirio encendido en la Vigilia Pascual, del cual toman luego la luz los padrinos para los nuevos bautizados.

Durante toda la edad media desde el año 700 esta costumbre se extendió por Europa, y llegó a América a través de los misioneros.

Nos enseña que nosotros también, como el árbol verde, debemos dar frutos de vida: virtudes y valores que adornen nuestra vida y enriquezcan a los demás.

Como los rojos adornos, nuestra vida también debe estar marcada por el fuego del amor, que comparte y es solidario y paciente con los otros.

Y como las luces, debemos participar de la Luz de Jesús y ser luz para los demás, ya sea con nuestros ejemplos, con nuestra palabra, con nuestra escucha silenciosa, con nuestra guía y consejo cuando sean necesarios.

Además contemplamos que nuestros árboles de Navidad están cargados de regalos.

Jesús es el Gran Regalo del Padre entregado por Amor.

Nuestros regalos, aún los más simples y sencillos, participan del Gran Regalo del Padre, y son una solicitud para con nuestros hermanos más necesitados.

Por eso, lo más importante es el amor con que se entregan.

Es más, el regalo más importante es darnos a nosotros mismos y nuestro tiempo a favor de los demás.

Y finalmente acompaña el Obispo de Mira, Asia, San Nicolás, al cual los germanos quitaron de su nombre la N, la i y la o, por lo que quedó Claus. Sus vestiduras rojas de Obispo, su larga barba blanca de anciano sabio y piados, la bolsa para los pobres en una mano y la luz del Evangelio de Jesús en la otra, nos enseña a compartir.

Su nombre quedo “de Bari” porque los italianos llevaron sus reliquias a esa ciudad, y acompaña al Árbol de la Navidad porque se lo celebra el 6 de diciembre, siempre en pleno tiempo de espera del nacimiento de Jesús.

Gustavo Daniel D´Apice
Profesor de Teología
Pontificia Universidad Católica






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