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Sed perfectos como Mi Padre Celestial es perfecto
Respondiendo fielmente al llamado de Dios, siendo modelos de conducta, podemos llegar a la santidad


Por: Cristiandad.org | Fuente: Cristiandad.org




A lo largo de la historia de la cristiandad, han existido personas excepcionales en las que especialmente posamos nuestra atención en la actualidad para ser guiados por ellos, para pedirles ayuda, intercesión, esclarecimiento. Por ser modelos perfectos de acción en alguno o todos los campos de su vida, por haber respondido fielmente al llamado que Dios hace a cada uno de sus hijos, siguiendo el camino que Jesús nos mostró durante su paso por la tierra, se convirtieron en hijos dignos de ser llamados cristianos, por encarnar en sí las virtudes y cualidades de Aquel a quien amaban y deseaban seguir.

En el primer capítulo, primer párrafo de "La Imitación de Cristo" de Tomás Hemerkem de Kempis, leemos la siguiente reflexión: "El que me sigue no anda en tinieblas. Son palabras de Cristo que nos exhortan a imitar su vida y costumbres, si queremos ser de veras iluminados y vernos libres de toda ceguedad del corazón". Así comienza un libro que nos va guiando por el camino de ir despojándonos de nosotros mismos y asemejándonos cada vez más al Señor, y así es como han actuado esas resplandecientes almas de las que venimos hablando.

Pero de pobre forma estaríamos ilustrando al lector sobre esas grandes personas si no explicamos un poco más sobre la forma en que la Iglesia se forma un juicio a la hora de proponernos a cada una de ellas como un modelo a seguir.

Se puede entender la denominación de "santo" en tres sentidos: 1. Todo aquel que está en el Cielo, ya que participa de la visión beatífica del Señor y está confirmado en la gracia, 2. Todos los cristianos que están en gracia de Dios participan de la Su santidad, y por eso San Pablo usa la Palabra "santos" para referirse a los fieles (2 Cor. 13,12; Ef. 1,1), ya que por el bautismo somos liberados del pecado e injertados en Cristo, que es Dios, el Santo de los Santos. y 3. Aquellos que son reconocidos por la Iglesia y se presentan como modelos de conducta e intercesores ante Dios.

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