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"Me alegro de padecer..." (VII)
"Me alegro de padecer..." (VII)

San Pablo se alegra de sus padecimientos, porque sufre unido a Jesús, "completando" su pasión. Y porque así opera en él el poder transfigurante de la resurrección de Jesús.


Por: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Ediciones "Dialogando"





7. Comentario breve a la Salvifici Doloris.

PARTÍCIPES DE LOS SUFRIMIENTOS DE CRISTO.

19. Todo hombre está llamado a participar de la redención con su propio sufrimiento.

Jesús elevó el sufrimiento humano a la categoría de “redención”.

Por lo que todo hombre, con su sufrimiento, puede participar del sufrimiento redentor de Jesús.

20. “Llevo siempre en mi cuerpo la muerte de Jesús, para que también su Vida se manifieste, sabiendo que el que resucitó a Jesús también a nosotros nos resucitará con Él” (2 Co 4, 8-11. 14).

La elocuencia de la cruz es completada por la elocuencia de la resurrección, en la que se halla una luz completamente nueva para enfrentar la vida, las dudas, las angustias, la preocupación.

“Así como abundan en nosotros los sufrimientos de Cristo, también abundan sus consuelos” (2 Co 1, 5).

Hay que ofrecerse a Dios como “hostia viva, santa y agradable a Él” (Rom. 12, 1).

En Jesús, los sufrimientos humanos tienen un nuevo contenido y un nuevo significado.

Esto llevó a escribir a Pablo en Gál. 2, 19-20: “Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, es Cristo el que vive en mí. Vivo de la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”.

Por lo que Cristo se une especialmente con el hombre que sufre, mediante la Cruz.
“Sólo me gloriaré en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál. 6, 14).

21. Pero la cruz alcanza al hombre juntamente con la resurrección.

Son 2 momentos de un solo acontecimiento pascual.

Los testigos de la pasión son a su vez los testigos de la resurrección.
“Conocer a Jesús y el poder de su resurrección, para participar así de sus sufrimientos, a ver si también yo alcanzo la resurrección de entre los muertos” (Flp. 3, 10-11).

El apóstol Pablo experimentó antes la fuerza de la resurrección y después, en esta luz, llegó a “participar de sus padecimientos”.

Su experiencia de la cruz parte del encuentro con el Resucitado.

Antes participa especialmente de la resurrección. Por eso surge tanto en él el tema de la “gloria”.

Mediante los propios sufrimientos se devuelve a Jesús “amor por amor”.

Y mediante este sufrimiento se MADURA para el Reino.

22. La resurrección revela la gloria que en la cruz está como ofuscada, oscurecida.

Los que participan del sufrimiento de Jesús, están llamados a participar también de esta gloria.

“Padecemos con Él, para ser con Él glorificados... Los padecimientos de ahora no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros”. (Rom 8, 17-18).

“Por una breve tribulación, nos está reservado un eterno tesoro de gloria” (2 Cor. 4, 17-18).

Hay que “alegrarse” en sus padecimientos, para exultar de gozo en la manifestación de su gloria. (1 Ped. 4- 13).

La resurrección es manifestación de la gloria, que corresponde a la elevación de Cristo en la Cruz.

Ante los ojos de los hombre, la cruz fue expoliación.

A los ojos de Dios fue elevación.

En la Cruz Jesús realiza su misión, y cumpliendo la Voluntad de Dios se realiza a sí mismo como hombre.

En la debilidad se manifestó su poder y en la humillación su grandeza.

En el sufrimiento el hombre, varón y mujer, demuestra su grandeza moral, su madurez espiritual (“Padre, perdónalos...”).

La resurrección de Jesús reveló “la gloria del siglo futuro” y confirmó “el honor de la Cruz”.

Muchos sufren, sino por Cristo, por causas justas y loables, lo que confirma la gran dignidad del hombre.

23. Siempre el sufrimiento es una dura prueba a la que es sometida la humanidad.

Pablo dice que se gloría en sus debilidades para que habite en él la fuerza de Cristo (2 Cor 12, 9). Y que todo lo puede en Aquel que lo conforta (Flp. 4, 13).

Jesús desciende en la debilidad humana como la primera parte del misterio pascual de cruz y resurrección, por lo que todos los sufrimientos humanos pueden ser alcanzados por la misma fuerza de Dios, la fuerza de la resurrección que sigue a la pasión.

Sufrir es hacerse receptivos a la acción de las fuerzas salvíficas de Dios.

Son las dos caras de una misma moneda: Una es la cara de la Cruz, la otra la de la Resurrección y la gloria.

Ambas caras están juntas aquí en la tierra.

En el Reino la moneda será con las dos caras de la Resurrección y la Vida.

El misterio pascual es como si a un espejo le presentara la figura de la Cruz.

Me devuelve la de la Resurrección.

24. Pero Pablo VA MÁS ALLÁ.

¡Se alegra de padecer!
Por los otros, y completa en él lo que falta a los padecimientos de Cristo, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia (Col. 1, 24).

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo.

En esta imagen, Él es la cabeza, y quiere estar particularmente unido con los miembros de este cuerpo que sufren.

El que sufre unido a Él, “completa” la pasión de Cristo.

Aunque a ésta no le falte nada, Jesús ha dejado un “lugarcito” para que incorporemos nuestros sufrimientos a su sufrimiento amoroso, y así el nuestro tenga significado y valor redentor unido al Suyo.

Nos hacemos “partícipes” de sus propios sufrimientos con los nuestros.

Es como si la redención de Jesús permaneciera constantemente abierta a todo amor que se expresa en el sufrimiento humano.

En esta perspectiva, la redención, ya realizada, se actualiza en forma constante.

La redención de Cristo, completa, podemos decir que NO LA HA CERRADO.

Incorpora a ella nuestro propio sufrimiento amoroso, dándole significado y valor.

La redención vive y se desarrolla pascualmente (en sus dos caras de cruz y resurrección, muerte y vida, oscuridad y luz) en la historia del hombre.









































































































































































































































































































































































































































































































































































Así, cada sufrimiento humanos llevado con amor, ”COMPLETA” su pasión.

La Iglesia es como aquel espacio temporal en el que los sufrimientos humanos completan los de Jesús.
La Iglesia introduce en el tiempo y en el espacio temporal los recursos de la redención. Ella recoge los sufrimientos humanos para hacerlos partícipes de la salvación obrada por Jesucristo. Y se inclina con veneración ante cualquier sufrimiento humano, sabiendo que por el poder redentor de Cristo, “completa” su pasión y participa de la gloria de su resurrección.


Gustavo Daniel D´Apice
http: //es.catholic.net/gusdada
http: //webs.uolsinectis.com.ar/gusdada





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