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El Siervo Sufrienter de Isaías. Jesús: Getsemaní y Gólgota. (VI)
El Siervo Sufrienter de Isaías. Jesús: Getsemaní y Gólgota. (VI)

Isaías es llamado el Quinto Evangelista porque 6 siglos a.C. ve la pasión con una impresionante nitidez. Se cumple en Getsemaní y en el Gólgota.


Por: Gustavo Daniel D´Apice | Fuente: Ediciones "Dialogando"





6. Comentario breve a la Salvifici Doloris.

JESUCRISTO: EL SUFRIMIENTO VENCIDO POR EL AMOR (Continuación).

17. Las Escrituras debían cumplirse. Isaías, 6 siglos antes de Cristo, anunciaba sus padecimientos y su glorificación. A tal punto de ser llamado “el quinto evangelista”, sin conocer a Jesús.

Son los cuatro cánticos del Siervo de Yahvé, o del Siervo Sufriente.

El más renombrado es el Cuarto, en Is. 53.

Parece verlo con sus propios ojos.

Con agudo realismo, parece ver la pasión, corporal y espiritualmente.

Es más expresivo y conmovedor que los mismo evangelistas.

Habla del “Varón de dolores”, familiarizado con el sufrimiento, menospreciado por los hombres, ante quien se oculta el rostro, no tenido en cuenta, soportó y cargó nuestros dolores, castigado, abatido, herido, traspasado, molido por nuestros crímenes, por sus llagas hemos sido curados.

Aquí se lee la pasión de Jesús: la detención, la humillación, las bofetadas, los salivazos, el juicio injusto, la flagelación, la coronación de espinas, la crucifixión, la agonía.

Se ve la profundidad del sufrimiento de Jesús, que inocentemente carga con los pecados de todos los hombres de todos los tiempos, en profundidad (gravedad) y en extensión (número).

(Leer los cuatro cánticos y como trabajo práctico colocar lo que más le conmueve en relación con Jesús. Is. 42,1-7; 49, 1-9; 50, 4-11; 52,13-53,12)).

Ésta es la verdadera causa del sufrimiento del Redentor del hombre.

Es un sufrimiento “sustitutivo” y redentor, que “quita el pecado del mundo”, porque lo asumió con amor, lo que es capaz de superar el mal de todo pecado, y de crear el bien allí donde hay ausencia del mismo.

El sufrimiento de Jesús tiene dimensiones humanas, pero con una profundidad e intensidad únicas, por ser Dios.

Podemos decir que así como su amor es infinito, también lo es su sufrimiento.

La extensión y profundidad del mal sólo podía ser abarcada por la extensión y profundidad del Amor del Hijo de Dios, que coloca el bien de la salvación donde está el mal de la condenación, en las relaciones del hombre con Dios.

18. El Poema o Cántico del Siervo Sufriente se cumple en Getsemaní (huerto de la agonía) y en el Gólgota (lugar de la crucifixión).

Jesús sufre voluntaria e inocentemente.

Es el mismo interrogante de Job: ¿Por qué sufre el justo?

Pero Jesús no sólo lleva la pregunta, sino que lleva también el máximo de la respuesta posible a ese interrogante.

Y la respuesta la da con su propio sufrimiento, en lo que San Pablo llamará “la doctrina de la Cruz”.

En vida Jesús acepta anticipadamente este sufrimiento.

Sin embargo, en Getsemaní su oración es llamativa: Pide al Padre que, de ser posible, aleje de Él ese sufrimiento. Sin embargo, antepone la Voluntad de Dios a su deseo como hombre.
Y esto por tres veces.

Prueba la verdad de su amor por la verdad de su sufrimiento aceptado.

El sufrimiento es padecer el mal, ante el cual nos estremecemos.
Y Jesús pide verse libre de Él.

Tenemos con Él una semejanza y una diferencia. Semejanza en que como Él sufrimos, aunque con distinta intensidad.
Semejanza en que aceptamos y obedecemos la Voluntad de Dios, aunque a veces nos cuesta y nos rebelamos.

b) Ahora pasamos al tema del Gólgota, donde Jesús, desde la cruz, pronuncia las palabras: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (ver también el Salmo 22 (21)).

Experimenta el abandono y la lejanía de Dios. Dios le da la espalda y Él le da la espalda a Dios.

Estar separado de Dios, ser rechazado por Él.(En el infierno ésta es la pena de daño, en forma permanente, eterna).
Es la ruptura con Dios.
ES LA CONSECUENCIA DE HABER CARGADO CON LOS PECADOS DE TODOS LOS HOMBRES DE TODOS LOS TIEMPOS, EN PROFUNDIDAD Y EN EXTENSIÓN.

“A quien no conoció el pecado, DIOS LO HIZO PECADO POR NOSOTROS” (II Cor 5, 21).
“Maldito el que cuelga del madero”, decía el Antiguo Testamento.

Es el máximo sufrimiento espiritual posible: Estar lejos de Dios.

El sufrimiento físico lo experimentó en sus heridas y el psicológico y emotivo en el abandono y traición de sus amigos.

Y todo esto dentro de la unión inseparable del Padre y del Hijo en el seno de la Santísima Trinidad.

Así realiza la Redención, y expirando puede decir: “Todo está consumado” (Jn. 19, 30).

Se cumplen las Escrituras. El sufrimiento humano ha alcanzado su culmen en la pasión de Jesús. Es la máxima expresión de él. En una dimensión y orden nuevo:
UNIDO AL AMOR INCONDICIONAL.

“Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo Único, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga Vida Eterna” (Jn. 3, 16).

Crea el bien por medio del sufrimiento, allí conde está el mal, por medio del amor.

De la máxima expresión del mal, que es la Cruz, por medio de su sufrimiento amoroso, crea y saca el mayor bien, que es la Redención, la Vida Eterna y la Resurrección.

Donde estaba la lejanía de Dios por el pecado, nos da la vida de Dios mediante la gracia.
En vez de la muerte, nos da la Resurrección corporal.

Del mal aparente que es la Cruz, brotan ríos de vida.

El sufrimiento amoroso es respuesta al interrogante sobre el mismo, porque crea el bien sacándolo incluso del mal, por medio del amor.





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