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¡No! A la esclavitud
¿No será la droga una reacción al vacío espiritual de nuestro tiempo?


Por: Juan Luis Martínez y Juan Pablo Ledesma | Fuente: regnumchristi.org



Corría el siglo XIX, y la Marina Real Inglesa surcaba los mares en busca de barcos atestados de esclavos. Había que acabar con tanta atrocidad.

El tráfico de esclavos era sumamente lucrativo. Las plazas hervían ante las nuevas ofertas. Los subastadores gritaban: «Un negro joven, trabajador, honesto y educado, recién traído de África Occidental. Sólo 955 dólares, señores, ¿Quién da más?. ¡Adjudicado!». Se oían por doquier los latigazos o el último grito de los esclavos antes de ser ahorcados por insumisión o intento de fuga.

«Y ¿a qué viene ahora el tema de la esclavitud?» -te preguntarás-. ¿Crees que es un problema del pasado? Yo no lo diría con tanta seguridad y tan rápido.

Sólo tienes que salir a la calle y te saltarán a la vista las huellas de la esclavitud. Si paseas por un parque, como el famoso parque «Platzspitz» de Zurich, o por ciertos lugares recónditos y aislados, no tardarás en pisar jeringas y jeringuillas con alguna gota de sangre todavía.

Los esclavos de hoy, ya no llevan cadenas, ni grilletes, ni las espaldas cubiertas de latigazos. Podrás distinguirlos por sus rostros angustiados, frías, deformados. Los brazos tatuados de tantos pinchazos. Una mirada perdida y cabizbaja. Aunque no veas sus cadenas, ahí están, una toxicodependencia pesada e insoportable, capaz de destruir la libertad y felicidad humana.

Pero estos esclavos no surgen como los de antaño. Los responsables de su esclavitud no son ni los ricos ni los cultivadores de algodón ni nadie, son ellos mismos. El primer paso hacia la esclavitud dependió de un sí o de un no personal. La escena la narra muy bien un anuncio de la fundación de ayuda contra la drogadicción, en uno de los anuncios publicados en el diario ABC:

«Tengo algo para ti. NO. Venga, hombre, NO. Prueba un poco. NO. Te gustará. NO. Vamos, tío. NO. ¿Por qué? NO. Vas a alucinar. NO. No te cortes. NO. ¿Tienes miedo? NO. No seas gallina. NO. Sólo una vez. NO. Te sentará bien. NO. Venga, vamos. NO. Tienes que probar. NO. Hazlo ahora. NO. No pasa nada. NO. Lo estás deseando. No. Di que sí. NO.». Y concluye con estas palabras: «En el tema de la droga TÚ tienes la última palabra».

Algunos, sin embargo, no han sabido decir que no. Probaron un poco por curiosidad, les gustaba, les alucinaba, se encontraban como en una luna de miel, no querían ser "gallinas", y después, por desgracia, no han podido romper las cadenas, viven esclavizados.

Muchos adolescentes y jóvenes comenzaron con unos «inocentes porros» o unas anfetaminas a la salida de la discoteca y después desembocaron en la mortífera heroína.

«La heroína es mi pastora, siempre me falta, en ciénagas oscuras me hace descansar, me conduce hacia aguas turbulentas y destruye mi alma. Me guía por sendas de maldad en aras de su empeño. Caminaré por un valle de desgracia y temeré todo mal. Porque tú, heroína, estás conmigo, tu aguja y tu cápsula me intentan alentar. Quitas la comida de la mesa de mi familia, borras de mi mente la razón y mi copa de tristeza no cesa de rebosar. La adición a la heroína me acechará todos los días de mi vida. Y moraré en la casa de los condenados por años sin fin».

Este salmo, escrito a máquina, lo halló el policía Bill Hepler, del departamento de policía de Long Beach. En el dorso del papel aparecían escritas a mano las siguientes palabras:

«De verdad éste es mi salmo. Soy una mujer joven de veinte años de edad, y durante el año pasado y seis meses he transitado el callejón de pesadilla de los drogadictos. Quiero dejar de consumir drogas y hago todo lo posible, pero no lo logro. La prisión no me curó. Tampoco la hospitalización. El médico le dijo a mi familia que hubiera sido mejor y más caritativo si la persona que logró engancharme con la droga me hubiera hecho volar los sesos de un balazo, ¡y hubiera sido mejor! ¡Dios mío!, ¡hubiera sido tanto mejor...!».

¿Cómo se deja uno aprisionar por la droga? No se cae en la trampa de buenas a primeras. Más bien la droga entra en la vida de una persona como la semilla que echa raíces en un terreno por largo tiempo preparado.

Los toxicodependientes suelen ser "enfermos de amor" no han sido amados. Un aviso publicitario para los padres de familia, los maestros, los amigos, y todo el que quiera sentirse aludido.

Con frecuencia a los esclavos de la droga les han faltado motivos suficientes para esperar en el mañana, para invertir en el presente mirando al futuro. Les faltan ganas de vivir.

¿Cómo es posible que nuestra sociedad, abanderada en el campo de la libertad y de la democracia, admita la esclavitud de la droga?

Los jóvenes necesitan retos e ideales, no pueden vivir en un sinsentido, malgastar su vida. El joven busca realizarse, persigue la felicidad, pero no la halla ni en el sexo, ni en la droga.

¿No será la droga una reacción al vacío espiritual de nuestro tiempo? ¿No buscarán saciar la sed de infinito con el oasis ilusorio de la droga? ¿No será la esclavitud de la droga una muestra del vacío de nuestra sociedad?

El drogadicto se parece a Aquiles que corre y corre con la lengua fuera, pero sin alcanzar a la tortuga de la felicidad. Nunca la alcanzará pues la felicidad de la droga es falsa.

Cuando se canse de correr buscará una fuga pero, por desgracia, en vez de escapar resultará atrapado y enganchado por la droga. Sentirá los latigazos del síndrome de abstinencia o "mono" y los grilletes de la dependencia. Y así, decepcionado, sin valores eternos y sin saborear la auténtica felicidad, pasará a engrosar las cárceles de la esclavitud, a lucir las cadenas de la drogadicción.

Ojalá, amigo lector, te unas a nosotros para gritar a todo el mundo: «¡No! a la esclavitud, ¡Sí! a la felicidad».




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