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Entre la autoridad y la permisividad: La importancia de los límites
Las normas, los límites y la autoridad.


Por: Mª del Carmen González Rivas | Fuente: sontushijos.org



“Puesto que los padres han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima obligación de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como los primeros y principales educadores de sus hijos".

Así se recoge en la exhortación apostólica Familiaris Consortio.
 


Y es que la educación de los hijos es una de las tareas más importantes que ocupa a la familia. Los padres son los encargados de educar y potenciar a sus hijos en el proceso de convertirse en persona. A grandes rasgos educar supone dar seguridad, afecto, transmitir valores, saber poner límites y decir no. Y para saber educar quizá no se necesitan grandes cosas sino partir de lo esencial como lo supo transmitir San Juan Bosco “La base de toda educación es una cuestión del corazón”.

Sin embargo es cierto que en cuestión de la educación de los hijos uno de los temas que más suelen inquietar a los padres son los que tienen que ver con las normas, los límites y la autoridad. Todos sabemos que hoy en día en general el concepto de autoridad tiene mala prensa en cualquier ámbito porque lo de estar dentro de una jerarquía parece no gustarnos, y así ha pasado en la familia, si nos dirigimos al diccionario de la Real Academia Española obtenemos la definición en la que se denomina a la familia como a “grupo de personas emparentadas entre sí que viven juntas”, a pesar de lo simplista de la definición y de lo que podríamos criticarle, una de las ideas que estaban implícitas en la definición era el concepto de autoridad, que desde 1984 desapareció de la nueva edición del RAE.

Por todo ello vemos que la Institución Familiar ha perdido en gran medida como tal su autoridad, obviando las palabras siempre vivas de nuestro beato Juan Pablo II ¡“Familia se lo que eres”! La familia se ha doblegado ante una sociedad que la ha señalado como poco democrática; pero pasa lo que pasa y es que una familia no puede reducirse a una democracia, y esta idea así la expone el filosofo Fernando Sabater: “Para que una familia funcione educativamente es imprescindible que alguien en ella se resigne a ser adulto”.

Así es hay que recuperar la figura del adulto, la figura del padre y de la madre que siguiendo una jerarquía están por encima de los hijos, y en esta tarea son ellos los que tienen que creérselo, -no puedo pedir a mi hijo que respete unos límites si yo antes no se para que se lo digo y si no me creo con autoridad-. Y en esto ambos padres deben de estar en sintonía. No vale que uno sea el bueno y el otro el malo, pues de esta manera los niños van en busca de alianzas. Los padres son los que ponen las normas y los límites, no hay democracia en una familia, hay una jerarquía y hay que respetarla.

Pero en esta misión a veces nos percatamos como tantas veces que la autoridad fracasa y caemos dos posibles errores:

- El Autoritarismo: que el hijo haga todo lo que le digan sus padres anulando su personalidad convirtiéndose en una persona sumisa. A veces nuestros propios impulsos o nuestro cansancio pueden llevarnos a esta actitud con nuestros hijos. No debemos olvidarnos que los padres somos figuras de contención si nos descontrolamos nosotros, nuestros hijos sentirán que nadie puede contenerlos o controlarlos.
- La Permisividad: un niño cuando nace no tiene conciencia de lo bueno/malo. Los adultos somos los que hemos de decirle lo que está bien o lo que está mal. Nos invade el miedo a no frustrar a nuestros hijos. Y con ello evitamos esa experiencia que realmente lleva a crecer desde algo negativo que sucede y que favorece su responsabilidad. Pero nos equivocamos porque los niños necesitan referentes. Un hijo al que nadie le corrige cree que sus padres no le valoran.

A todo esto los límites son: reglas, normas o acuerdos que permiten una adecuada convivencia, se necesitan para mantener un orden interno y son un marco de referencia. Nos encontramos desde el nacimiento con un conjunto de normas que están fijadas por la propia naturaleza: la necesidad de alimentarse, descansar, etc. También nuestra sociedad y cultura nos fijan esta serie de normas o pautas de comportamientos. No quiere decir con esto que estemos presos de normas, la persona es libre y sociable, pero para que la convivencia sea posible, su libertad debe respetar la de los demás. Con lo cual los límites no son incompatibles ni crean ambientes restrictivos.

Cuando Logramos poner límites en la familia nos damos cuenta que se consiguen muchos beneficios, entre otros: promovemos el desarrollo de la identidad personal de nuestros hijos, les aportamos mayor atención y mayor cariño y mayor confianza en sí mismos.

Y por último siempre es importante que tengamos en cuenta una serie de características que deben ser:
1. Razonables y a la medida de los hijos.
2. Pocos e importantes.
3. Justos.


Así como una serie de principios para establecerlos:

1. Cuanto antes mejor.
2. Siempre con acuerdo entre los padres/cuidadores para la transmisión de valores.
3. Definirlos de manera clara y sencilla y específica.
4. Formularlos de manera positiva.
5. Cuidar las formas y buscar el mejor momento.
6. Incorporar a los hijos al establecer las normas y límites.
Conforme van creciendo, es conveniente contar con ellos para poner una norma nueva o modificar otra ya establecida.

Por lo tanto concluimos que poner normas y límites en la familia es algo valioso que significa definir lo que cada miembro puede y debe realizar. Fijar límites en la educación de nuestros hijos, es aportarles referencias con las que desarrollar su personalidad y sus criterios para tomar decisiones. Es nuestra manera de comunicarles que nos importan, de darles una mayor atención y cariño.



 

 





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