La sociedad y el enfermo mental
La sociedad y el enfermo mental
Por: Francisco José Audije Pacheco | Fuente: agea.org

De tal forma es así, que se han producido avances importantes en el conocimiento del cerebro, aunque sabemos que es un órgano con tantas posibilidades que estos avances aún se quedan cortos para lo que falta por descubrir; sin embargo, desde el punto de vista del lugar que ocupan los enfermos mentales en la sociedad, nos encontramos en una especie de prehistoria, en la que se han hecho algunos progresos, como el abrir los sanatorios psiquiátricos para que estos enfermos se inserten en la sociedad, pero la sociedad no ha puesto en funcionamiento mecanismos para que esto ocurra.
¿Por qué a una persona postrada en una silla de ruedas, o a un invidente, se le abren cada vez más las puertas, y un esquizofrénico, por ejemplo, debe guardar en secreto su limitación para que no se le discrimine a todos los niveles?
En primer lugar, un loco puede pasar desapercibido como enfermo y disminuido, de la consciencia de los que le rodean. Se suele decir que los locos estarán locos, pero no son tontos, es más, suelen tener un coeficiente de inteligencia bastante alto, pero eso no evita que tengan otras limitaciones, derivadas unas veces de la medicación, cuyos efectos secundarios, en muchas ocasiones, les dificultan llevar un ritmo normal de vida; y otras veces se dan limitaciones derivadas del propio trastorno, siendo éstas las que más rechazo provocan en el entorno, ya que califican a la persona de rara, sui géneris, o incluso peligrosa, y en la sociedad nos educan para ser uniformes y tendemos a encerrarnos en nuestro círculo de uniformidad, de manera que si rechazamos a los que, siendo normales, son diferentes a nosotros, cuánto más rechazaremos a los que son diferentes a los diferentes. Por lo tanto, las personas que reciben tratamiento psiquiátrico no serán disminuidos o discapacitados al estilo de una persona que le falta un brazo o que no puede oír, pero sí tienen limitaciones que, a pesar de todo, no harían vano el esfuerzo social por adaptarse a ellas, como ya se ha hecho con otros colectivos también limitados.
En segundo lugar, se echa mucho en falta una o unas organizaciones que aglutinen a las víctimas de la enfermedad y a sus familias, que suelen ser las que cargan con el peso del problema. Hoy día, al menos en los países desarrollados, sólo las organizaciones que encierran a un número apreciable de afiliados tienen poder de presión y de convicción frente a las instituciones, y en general frente a la sociedad. Ésta sería la mejor forma de concienciar al mundo y, además, de prestarse apoyo entre los interesados en todos los sentidos, incluido el sentido moral de no sentirse solo.
Los cristianos, que formamos una comunidad bastante significativa, podemos y debemos desechar los escrúpulos y poner cada uno, en la medida de nuestras posibilidades, nuestro granito de arena. Para ello, como siempre, hay que volver la vista a Jesús y contemplarle curando endemoniados, los cuales en muchos casos lo que tenían realmente eran trastornos mentales. Hay que fijarse en cómo, sin temor ni reparo, se acercaba a lacras mucho peores como la lepra, cuyos enfermos eran confinados y abandonados hasta su muerte. Jesús nunca discriminó a nadie, ni siquiera a sus enemigos, para los que pedía el perdón y daba siempre otra oportunidad, es más, entregó su vida por ellos, sobre todo por ellos, porque decía que no había venido a curar a los sanos, sino a los enfermos, y lo decía en el doble sentido físico y espiritual.
Un enfermo mental tiene que luchar contra dos realidades: la que le expone su alterado cerebro y la que le exponemos los demás. Si nosotros, que sólo luchamos contra una realidad de estas dos, hacemos valer la ventaja que contamos y, mediante la comprensión, la paciencia y un poco de sacrificio, que son tres importantes cualidades del amor, contribuimos a que estas personas se adapten entre nosotros, habremos reforzado la lucha contra su mal y podrán sumar más energías en la otra lucha por la integración social.
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