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Evangelizar en el propio carisma
La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada es más en el orden del ser que en el del hacer


Por: German Sanchez Griese | Fuente: Catholic.net



Introducción.
Con el período de la renovación, sugerido e iniciado a partir del Concilio Vaticano II, la vida consagrada ha sufrido profundos cambios que le han permitido adecuarse a las exigencias del mundo contemporáneo. Siguiendo las directrices marcadas por el mismo Concilio, la vida consagrada ha reflexionado sobre sí misma para conocerse más y mejor y ofrecer los frutos de esta reflexión al mundo contemporáneo, en forma de coadyuvar a la transmisión del evangelio.

Dicha reflexión le ha permitido en muchos casos jugar un papel preponderante en la tarea de la evangelización, que era, en última instancia, uno de los propósitos esenciales del Concilio: renovar para evangelizar . La renovación ha significado para muchas Congregaciones un retorno a los orígenes de forma que se han encontrado con el Fundador y han tomado nuevamente las riquezas del carisma, escondidas o empolvadas bajo el paso del tiempo y la incrustación de elementos culturales ajenos a las intenciones y al patrimonio espiritual del fundador. Para muchas de ellas no ha sido fácil este re-encuentro y hay quienes aún fatigan por lograr el verdadero camino para lograr la renovación.

Un fruto inequívoco de esta renovación son las fuerzas que se han desplegado para la evangelización. Y esto no podría ser de otra manera. Quien descubre quién es, quién tiene clara su identidad y su misión, se lanza con una fuerza arrolladora a poner al servicio de los demás lo que ha recibido. Se repite nuevamente la parábola de la mujer samaritana (Jn. 4, 1 – 42) en dónde al descubrir el don del Señor, corre presurosa para comunicarlo a los demás. Quien tiene clara conciencia de quién es, puede transmitir a los demás lo que es. Primero el ser, luego el hacer, como claramente lo ha subrayado Benedicto XVI en la exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis: “Los consagrados y las consagradas, incluso desempeñando muchos servicios en el campo de la formación humana y en la atención a los pobres, en la enseñanza o en la asistencia a los enfermos, saben que el objetivo principal de su vida es « la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios ».La contribución esencial que la Iglesia espera de la vida consagrada es más en el orden del ser que en el del hacer.”

Esta reapropiación del ser, esta conciencia de saber lo que se es, se debe sin lugar a dudas al conocimiento de sí mismo, es decir de la propia identidad como persona consagrada. Si la evangelización no es otra cosa que dar a conocer a Jesucristo y la vida consagrada no es más que el ejercicio continuo de la contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios, la evangelización se reduce por tanto a transmitir la propia identidad. Bien sabemos que esta identidad queda resumida en el conocimiento del propio carisma. Un conocimiento más experimental que teórico, de manera que pueda informar toda la vida consagrada. El carisma es algo que no puede quedarse en los escritos del Fundador, en las constituciones o en el patrimonio espiritual del fundador. Tiene su origen en esas fuentes pero empapa todas las realidades de la persona consagrada, impulsándolo a vivir el evangelio con la radicalidad con la que la vivió el fundador o la fundadora. Es ésta radicalidad la que lleva a la vida consagrada a reproducir la misma santidad, la misma creatividad y la misma audacia que los fundadores , en la tarea de dar a conocer el evangelio.

Analizaremos en este artículo cuáles son las características y los elementos esenciales de la evangelización, de acuerdo al magisterio de la Iglesia, para luego investigar la forma en que se puede evangelizar con el propio carisma. Lo cual supone, por lógica, un conocimiento y una vivencia práctica del carisma de la congregación.

Evangelizar en la época del postconcilio.
Hemos mencionado que el Concilio Vaticano II buscaba renovar muchas de las estructuras de la Iglesia para acercarse al hombre y poder así evangelizarlo. Esta misión le viene del mandato de Jesucristo: “Id y enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Yo estaré con vosotros siempre hasta la consumación del mundo” (Mt., 28,19-20). Es por tanto un mandato del Señor que obliga a toda la Iglesia. No es un punto opcional para la Iglesia. Así lo recuerda Lumen Pentium, despejando dudas sobre la obligatoriedad del mandato de Cristo, en un momento histórico en el que se cuestionaba la libertad de las personas. Anunciar no es imponer, proponer no es sujetar. “Este solemne mandato de Cristo de anunciar la verdad salvadora, la Iglesia lo recibió de los Apóstoles con la encomienda de llevarla hasta el fin de la tierra (cf. Act., 1,8). De aquí que haga suyas las palabras del Apóstol: " ¡Ay de mí si no evangelizara! " (1Cor., 9,16), por lo que se preocupa incansablemente de enviar evangelizadores hasta que queden plenamente establecidas nuevas Iglesias y éstas continúen la obra evangelizadora. Por eso se ve impulsada por el Espíritu Santo a poner todos los medios para que se cumpla efectivamente el plan de Dios, que puso a Cristo como principio de salvación para todo el mundo. predicando el Evangelio, mueve a los oyentes a la fe y a la confesión de la fe, los dispone para el bautismo, los arranca de la servidumbre del error y de la idolatría y los incorpora a Cristo, para que crezcan hasta la plenitud por la caridad hacia El.”5

Con el fin de adecuar el proceso de evangelización a los tiempos actuales, la Iglesia, en el documento Ecclesiam suam, da algunas directrices concretas sobre esta renovación en la misión, de dónde conviene anotar: “El deber congénito al patrimonio recibido de Cristo es la difusión, es el ofrecimiento, es el anuncio, bien lo sabemos: Id, pues, enseñad a todas las gentes(43) es el supremo mandato de Cristo a sus Apóstoles. Estos con el nombre mismo de Apóstoles definen su propia e indeclinable misión. Nosotros daremos a este impulso interior de caridad que tiende a hacerse don exterior de caridad el nombre, hoy ya común, de "diálogo".”6 Y de esta forma, desgraciadamente, se inicia una serie de equívocos sobre la misión, que para muchos se reduce a un mero diálogo sin propuesta efectiva del evangelio. Así , durante varios decenios, para muchas mujeres consagradas, la misión viene reducida a un mero coloquio afectivoen donde lo que importa es más la forma que el fondo. Para muchos vale más el proceso humano de amistad, que el empuje evangelizador, en el respeto siempre de la libertad del hombre. Son años preciosos perdidos para la misión, que se reflejarán posteriormente en la pérdida de numerosas obras de evangelización. Y pensamos nosotros a la misión tradicionalmente entendida, sino a la misión de dar a conocer el evangelio a todas las personas. De esta forma en Europa, al menos tres generaciones quedarán sin evangelizador, debido a este equívoco.

Pablo VI volverá nuevamente a explicitar este proceso de evangelización, enfocándolo principalmente en la conversión interior del hombre y en la evangelización de la cultura, de forma que queda despejada la duda sobre el valor de evangelizar en una cultura contraria a la Buena nueva. Insiste en el proceso interior de la evangelización como germen para la evangelización de la cultura: “Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad: "He aquí que hago nuevas todas las cosas". Pero la verdad es que no hay humanidad nueva si no hay en primer lugar hombres nuevos con la novedad del bautismo y de la vida según el Evangelio. La finalidad de la evangelización es por consiguiente este cambio interior y, si hubiera que resumirlo en una palabra, lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos.”7 Y más adelante recalca la importancia de la evangelización individual, como elemento indispensable para la evangelización de la cultura: “Sectores de la humanidad que se transforman: para la Iglesia no se trata solamente de predicar el Evangelio en zonas geográficas cada vez más vastas o poblaciones cada vez más numerosas, sino de alcanzar y transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación. Posiblemente, podríamos expresar todo esto diciendo: lo que importa es evangelizar —no de una manera decorativa, como un barniz superficial, sino de manera vital, en profundidad y hasta sus mismas raíces— la cultura y las culturas del hombre en el sentido rico y amplio que tienen sus términos en la Gaudium et spes, tomando siempre como punto de partida la persona y teniendo siempre presentes las relaciones de las personas entre sí y con Dios.”8

Juan Pablo II recibe una Iglesia en la que aún resuena vigoroso el mensaje del Concilio Vaticano II, pero es necesario aplicarlo con decisión en vastos sectores de la sociedad. Una sociedad, que como había vaticinado el mismo Concilio, cambia a pasos agigantados. Son estos cambios los que hacen necesario la adaptación de la misión, comenzándose a hablar por primera vez de una nueva evangelización o reevangelización. Impostación que se seguirá utilizando a lo largo de estos últimos dos decenios, pero que muchas veces no ha sido del todo acogida, especialmente por la vida consagrada femenina. “Las diferencias en cuanto a la actividad dentro de esta misión de la Iglesia, nacen no de razones intrínsecas a la misión misma, sino de las diversas circunstancias en las que ésta se desarrolla. Mirando al mundo actual, desde el punto de vista de la evangelización, se pueden distinguir tres situaciones. En primer lugar, aquella a la cual se dirige la actividad misionera de la Iglesia: pueblos, grupos humanos, contextos socioculturales donde Cristo y su Evangelio no son conocidos, o donde faltan comunidades cristianas suficientemente maduras como para poder encarnar la fe en el propio ambiente y anunciarla a otros grupos. Esta es propiamente la misión ad gentes. Hay también comunidades cristianas con estructuras eclesiales adecuadas y sólidas; tienen un gran fervor de fe y de vida; irradian el testimonio del Evangelio en su ambiente y sienten el compromiso de la misión universal. En ellas se desarrolla la actividad o atención pastoral de la Iglesia. Se da, por último, una situación intermedia, especialmente en los países de antigua cristiandad, pero a veces también en las Iglesias más jóvenes, donde grupos enteros de bautizados han perdido el sentido vivo de la fe o incluso no se reconocen ya como miembros de la Iglesia, llevando una existencia alejada de Cristo y de su Evangelio. En este caso es necesaria una « nueva evangelización » o « reevangelización ».”9

Por último, el proceso de evangelización recurre a distintos agentes. En nuestro caso conviene estudiar aquello que ha dicho el Magisterio para la vida consagrada. Tomamos pie de lo escrito en Vita consecrata: “Es necesario, pues, estar abiertos a la voz interior del Espíritu que invita a acoger en lo más hondo los designios de la Providencia. Él llama a la vida consagrada para que elabore nuevas respuestas a los nuevos problemas del mundo de hoy. Son un reclamo divino del que sólo las almas habituadas a buscar en todo la voluntad de Dios saben percibir con nitidez y traducir después con valentía en opciones coherentes, tanto con el carisma original, como con las exigencias de la situación histórica concreta. Ante los numerosos problemas y urgencias que en ocasiones parecen comprometer y avasallar incluso la vida consagrada, los llamados sienten la exigencia de llevar en el corazón y en la oración las muchas necesidades del mundo entero, actuando con audacia en los campos respectivos del propio carisma fundacional. Su entrega deberá ser, obviamente, guiada por el discernimiento sobrenatural, que sabe distinguir entre lo que viene del Espíritu y lo que le es contrario (cf. Ga. 5, 16-17.22; 1 Jn. 4, 6). Mediante la fidelidad a la Regla y a las Constituciones, conservan la plena comunión con la Iglesia. De este modo la vida consagrada no se limitará a leer los signos de los tiempos, sino que contribuirá también a elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales. Todo esto con la certeza, basada en la fe, de que el Espíritu sabe dar las respuestas más apropiadas incluso a las más espinosas cuestiones. Será bueno a este respecto recordar algo que han enseñado siempre los grandes protagonistas del apostolado: hay que confiar en Dios como si todo dependiese de Él y, al mismo tiempo, empeñarse con toda generosidad como si todo dependiera de nosotros.”10

Impresiona sin lugar a duda la llamada a una actuación concreta para afrontar los problemas de la evangelización, especialmente en los sectores más necesitados. Es un llamamiento a una acción decisiva para contrarrestar el avance del proceso de la pérdida del sentido de Dios en el mundo. Tal pareciera, y es verdad, que toca desarrollar a la vida consagrada un papel preponderante en la evangelización y en la nueva evangelización. “Para hacer frente de manera adecuada a los grandes desafíos que la historia actual pone a la nueva evangelización, se requiere que la vida consagrada se deje interpelar continuamente por la Palabra revelada y por los signos de los tiempos. El recuerdo de las grandes evangelizadoras y de los grandes evangelizadores, que fueron antes grandes evangelizados, pone de manifiesto cómo, para afrontar el mundo de hoy hacen falta personas entregadas amorosamente al Señor y a su Evangelio. «Las personas consagradas, en virtud de su vocación específica, están llamadas a manifestar la unidad entre autoevangelización y testimonio, entre renovación interior y apostólica, entre ser y actuar, poniendo de relieve que el dinamismo deriva siempre del primer elemento del binomio». La nueva evangelización, como la de siempre, será eficaz si sabe proclamar desde los tejados lo que ha vivido en la intimidad con el Señor. Para ello se requieren personalidades sólidas, animadas por el fervor de los santos. La nueva evangelización exige de los consagrados y consagradas una plena conciencia del sentido teológico de los retos de nuestro tiempo. Estos retos han de ser examinados con cuidadoso y común discernimiento, para lograr una renovación de la misión. La audacia con que se anuncia al Señor Jesús debe estar acompañada de la confianza en la acción de la Providencia, que actúa en el mundo y que «hace que todas las cosas, incluso los fracasos del hombre, contribuyan al bien de la Iglesia»”11 Y señala al carisma el papel preponderante para la evangelización, papel que analizaremos a lo largo de este artículo. “Para una provechosa inserción de los Institutos en el proceso de la nueva evangelización es importante la fidelidad al carisma fundacional, la comunión con todos aquellos que en la Iglesia están comprometidos en la misma empresa, especialmente con los Pastores, y la cooperación con todos los hombres de buena voluntad. Esto exige un serio discernimiento de las llamadas que el Espíritu dirige a cada Instituto, tanto en aquellas regiones en las que no se vislumbran grandes progresos inmediatos, como en otras zonas donde se percibe un rebrote esperanzador. Las personas consagradas han de ser pregoneras entusiastas del Señor Jesús en todo tiempo y lugar, y estar dispuestas a responder con sabiduría evangélica a los interrogantes que hoy brotan de la inquietud del corazón humano y de sus necesidades más urgentes.”12





Una asignatura pendiente…
Desde que Cristo antes de su ascensión nos dejó su mandato de “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo…” (Mt. 28, 19) los cristianos tenemos una asignatura pendiente: la evangelización del mundo. Diversas han sido las etapas por las que ha tenido que pasar la evangelización y nunca podemos dar por supuesto aquel dicho de que “tiempos pasados siempre fueron mejores”. Cada uno de los períodos históricos ha tenido sus avatares y sus vicisitudes y siempre el Espíritu ha asistido a hombres y mujeres en esta gran tarea.

Junto con la fe en la misión, la esperanza en los logros y el amor que debe inflamar cada acción evangelizadora, conviene que los hombres y mujeres empeñados en la evangelización analicen los signos de los tiempos con el fin de desarrollar mejor su cometido. Los tiempos actuales piden a la vida consagrada femenina que aproveche al máximo todos los recursos a su disposición como pueden ser el personal, los medios y, sobretodo, el tiempo. Los resultados podrán medirse por el amor y la eficacia con la que la mujer consagrada sepa asignar a todos esos recursos su papel dentro de la evangelización. La mejor asignación de los recursos escasos no sólo es obra de la economía, sino del amor, pues como ha dicho un autor espiritual de nuestros tiempos no querer lo mejor para del Amado es indiferencia, lo contrario del amor (Marcial Maciel).

Nuestra sociedad no es ni mejor ni peor que las sociedades que han existido en otros tiempos. Partir de un juicio peyorativo o laudatorio sería partir de un presupuesto falso, lo cual no permitiría al evangelizador ser objetivo en el buscar los medios más adecuados para “enseñar a guardar todo lo que Cristo nos ha mandado”(Mt. 28, 19). Debemos dar por supuesto que el programa de trabajo es el mismo, ayer, hoy y siempre: “El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del « hacer por hacer ». Tenemos que resistir a esta tentación, buscando « ser » antes que « hacer ».”13 De esta forma, los evangelizadores del nuevo milenio, aquellos que llevarán a cabo el mandamiento de Ir y enseñar deben primero ser antes que hacer. El programa se centra por tanto en tener a Cristo como el eje de todo el programa de la evangelización, expresado en el mismo documento de Juan Pablo II, antes citado: “No se trata, pues, de inventar un nuevo programa. El programa ya existe. Es el de siempre, recogido por el Evangelio y la Tradición viva. Se centra, en definitiva, en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén celeste. Es un programa que no cambia al variar los tiempos y las culturas, aunque tiene cuenta del tiempo y de la cultura para un verdadero diálogo y una comunicación eficaz. Este programa de siempre es el nuestro para el tercer milenio.”14

Necesariamente los evangelizadores deben tomar en cuenta el tiempo y la cultura si quieren en verdad que el evangelio penetre en la vida de las personas y pueda así cambiar la cultura de la sociedad. Pero bien sabemos que la tarea que nos une a todos los agentes de la evangelización es precisamente la nueva evangelización proclamada por Juan Pablo II y recogida en todas las exhortaciones que hablan sobre la situación de la Iglesia en el mundo.

Así, para Oceanía leemos: “La generazione attuale di cristiani è chiamata e inviata a realizzare una nuova evangelizzazione tra i popoli dell´Oceania, una nuova proclamazione della permanente verità evocata dal simbolo della Croce del Sud. Questa chiamata alla missione pone grandi sfide, ma apre altresì nuovi orizzonti, ricolmi di speranza e persino di un senso di avventura.”15

En África encontramos: “Es necesario, pues, « que la nueva evangelización esté centrada en el encuentro con la persona viva de Cristo ».« El primer anuncio debe tender, por tanto, a hacer que todos vivan esa experiencia transformadora y entusiasmante de Jesucristo, que llama a seguirlo en una aventura de fe ».Tarea, ésta, singularmente facilitada por el hecho de que « el africano cree en Dios creador a partir de su vida y de su religión tradicional.”16

Para Asia, el mensaje es: “La nueva evangelización, como invitación a la conversión, a la gracia y a la sabiduría, es la única esperanza auténtica para un mundo mejor y para un futuro más luminoso. La cuestión no consiste en si la Iglesia tiene algo esencial que decir a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sino más bien si lo puede decir con claridad y de modo convincente.”17

Y en el continente americano, precisamente en dónde Juan Pablo II acuñó el término nueva evangelización, leemos: “Al aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino que Él nos ha conquistado a través de su misterio pascual.”18

Y para Europa tenemos lo que puede ser una exclamación desgarradora, nacida de un gran corazón de padre que ha nacido y vivido en suelo europeo: “¡Iglesia en Europa, te espera la tarea de la « nueva evangelización »! Recobra el entusiasmo del anuncio. Siente, como dirigida a ti, en este comienzo del tercer milenio, la súplica que ya resonó en los albores del primer milenio, cuando, en una visión, un macedonio se le apareció a Pablo suplicándole: « Pasa por Macedonia y ayúdanos » (Hch 16, 9). Aunque no se exprese o incluso se reprima, ésta es la invocación más profunda y verdadera que surge del corazón de los europeos de hoy, sedientos de una esperanza que no defrauda. A ti se te ha dado esta esperanza como don para que tú la ofrezcas con gozo en todos los tiempos y latitudes. Por tanto, que el anuncio de Jesús, que es el Evangelio de la esperanza, sea tu honra y tu razón de ser. Continúa con renovado ardor el mismo espíritu misionero que, a lo largo de estos veinte siglos y comenzando desde la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, ha animado a tantos Santos y Santas, auténticos evangelizadores del continente europeo.”19

Hemos querido extendernos en la colección de textos sobre la nueva evangelización, para darnos cuenta de la importancia que tiene en nuestro tiempo y para todas las culturas. Los retos a los que se enfrenta nuestra sociedad son variados y difíciles20 , pero no imposibles de superar. Y son los mismos retos los que perfilan el tipo de evangelización que se requiere para imbuir de evangelio las realidades terrenas. La tarea que hoy llama a nuestra puerta es la de la nueva evangelización, “compromiso, no de re-evangelización, pero sí de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión.”21 Es hoy un imperativo para toda la Iglesia. El ardor, el empuje, el celo apostólico, la militancia son términos que de alguna manera quieren expresar la característica principal que deberá seguir la transmisión del mensaje en el Tercer milenio. Términos que han desaparecido del lenguaje de la vida consagrada femenina.




¿Quiénes son los actores de la nueva evangelización?
Nos debe quedar claro que el trabajo de la nueva evangelización es un trabajo destinado a todos los católicos. Si en algo ha insistido el Concilio es en la corresponsabilidad de todos los bautizados por propagar la buena noticia. No hay ya cristianos de primera o de segunda clase, meros espectadores del trabajo de otros. Todos somos corresponsables en la evangelización del mundo: “Por lo cual todos los hijos de la Iglesia han de tener viva conciencia de su responsabilidad para con el mundo, han de fomentar en sí mismos el espíritu verdaderamente católico y consagrar sus fuerzas a la obra de la evangelización.”22

Como toda obra eclesial, la evangelización contempla una división de funciones, manteniendo siempre la unidad. Esta división no se realiza por la importancia que unos puedan tener por encima de otros, sino sobre la base de los oficios que cada uno está llamado a realizar por ministerio propio. Tenemos así como al sucesor de Pedro le toca la labor de enseñar la verdad23 , a los obispos, sucesores de los Apóstoles, la autoridad de enseñar24 , el testimonio es función esencial para los religiosos25 y para los laicos la de instaurar el reino de Cristo en todas las realidades terrenas26 . Son por tanto distintas funciones en orden a realizar con mayor eficacia la labor de la evangelización.

De esta diferencia queremos partir para expresar una realidad nada despreciable en la nueva evangelización: la importancia que tienen las mujeres consagradas de frente a los laicos. El magisterio de la Iglesia ha expresado en los últimos años la imposibilidad de llevar a cabo la tarea de la nueva evangelización sin la ayuda de las almas consagradas, y en especial de las mujeres consagradas: “También el futuro de la nueva evangelización, como de las otras formas de acción misionera, es impensable sin una renovada aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres consagradas.”27 . Pero esta ayuda, lejos de ser algo irreal o meramente imaginaria, viene a sintetizarse en el ardor misionero como catalizador de todas las funciones que deben llevarse a cabo en la evangelización. A nuestro parecer, la función primaria de las mujeres consagradas es saber transmitir el ardor por la nueva evangelización, ardor que se traduce en impulso misionero.


¿En qué consiste el empuje evangelizador?
Bien sabemos que la evangelización requiere de distintas etapas. “La evangelización, hemos dicho, es un paso complejo, con elementos variados: renovación de la humanidad, testimonio, anuncio explícito, adhesión del corazón, entrada en la comunidad, acogida de los signos, iniciativas de apostolado.”28 Todos estos elementos no pueden vivirse bajo la perspectiva de una institución social en donde se deben cumplir determinados procesos para ser admitido. El proceso puede llevarse a cabo por distintos agentes de la evangelización, sin importar que éstos sean sacerdotes, religiosos o laicos. Sin embargo, deben ser vividos, sostenidos e impulsados por el amor. Este es el elemento que hace que se verifiquen los demás pasos del proceso. Sin este amor, que podemos traducir por ardor misionero o empuje evangelizador, es muy fácil desvirtuar la labor evangelizadora o caer en la desesperación, el cansancio, la tristeza. Evangelizar hoy en ciertos ambientes no es nada fácil. Pensemos lo que significa anunciar el evangelio en sociedades como la europea en donde tal parece que los hombres viven un agnosticismo práctico29 , o sociedades que nunca han oído hablar de Jesucristo como en ciertos lugares de Asia o de África, e incluso enfrentar peligros de todo tipo de frente a quienes rechazan el evangelio de Jesucristo. Sin un ardor misionero que mantenga siempre vivo el interés por evangelizar, es difícil poder perseverar en esta tarea.

El empuje misionero nace teológicamente hablando del mismo amor de Dios hacia la humanidad, que no duda de enviar a su Hijo para la salvación de los hombres. Y este mismo celo o ardor lo vemos en Jesucristo, que viene enviado por el Padre para cumplir con una misión30 . El empuje misionero brota de un verdadero amor a Cristo y un amor al prójimo que impele a contagiar la felicidad del evangelio que cada evangelizado vive en primera persona. Quien en verdad vive un proceso de conversión constante no puede dejar de experimentar una felicidad tal que se traduce en compromiso por transmitirla a los demás. La evangelización no es más que compartir lo que se vive. Y es precisamente este afán, esta ilusión la que se traduce en fuerzas, en energías por utilizar nuevos métodos, nuevas técnicas y por conquistar, uno a uno, almas para Cristo31 .

Hoy vivimos la nueva evangelización en todo el mundo. Sin embargo, los resultados son muy diversos. Ahí en dónde se vive el ardor misionero, pueden verse comunidades católicas gozosas de vivir el evangelio. Los resultados no están asociados por tanto a la aplicación del proceso evangelizador, sino al empuje evangelizador con el que se aplica dicho proceso. En lugares en donde el amor es el fundamento de la predicación evangelio, los resultados se ven a todas luces. Y este amor, este fervor por anunciar el evangelio se alimenta, de acuerdo a las palabras del apóstol San Pablo: “Vuestra caridad sea sin fingimiento; detestando el mal, adhiriéndoos al bien; amándoos cordialmente los unos a los otros; estimando en más cada uno a los otros; con un celo sin negligencia; con un espíritu fervoroso; sirviendo en el Señor; con la alegría de la esperanza; constantes en la tribulación; perseverantes en la oración; compartiendo las necesidades de los santos; practicando la hospitalidad”(Rm. 12, 9 – 13).

Sin este celo evangelizador fácilmente los obstáculos aparecerán y serán imbatibles: “Dicha falta de fervor se manifiesta en la fatiga y desilusión, en la acomodación al ambiente y en el desinterés, y sobre todo en la falta de alegría y de esperanza.”32 Por ello es necesario fomentar constantemente este empuje evangelizador. No es una virtud con la cual se nace, sino que como toda virtud hay que cultivar. Para ello, los evangelizadores harán muy bien en tomar conciencia de la misión. Saber que lo que está en juego es la salvación de las almas, y no sólo de las almas en general, sino de cada una de las almas en forma individual. La evangelización no es un proceso en masa, sino un proceso individual que propone un mensaje y que tiene que ser aceptado en la libertad de las personas33 . Por ello el evangelizador debe reflexionar siempre en lo que Dios ha puesto en sus manos como valor infinito para sus prójimos. “Debe comprender (el evangelizador) que su misión se identifica con la misión de Cristo y, por tanto, que su vocación y su vida se injertan en la historia de la salvación. Desde el momento en que percibió la llamada de Dios (como evangelizador), su historia personal se ha convertido en historia sagrada.”34

¿Por qué las mujeres consagradas poseen este “empuje” evangelizador?
Hemos visto cómo el Concilio Vaticano II ha despertado la conciencia por un renovado empeño en la labor de la evangelización, descubriendo de manera especial el carácter apostólico de los laicos. No puede concebirse por tanto un laico de brazos cruzados es decir, un bautizado que no se empeñe en transmitir el mensaje del evangelio. Como la misión de la Iglesia es una, todos los fieles estamos llamados a participar en ella, cada uno desde su vocación específica, ya que, si bien la misión es una, no todos participamos en la misión de la misma manera.

Hay quien tiene que enseñar, quien debe santificar, quien tiene que gobernar. Y esto es evidente en el ámbito de la vida consagrada, en donde cada carisma específico posee una misión particular dentro de la misión general de toda la Iglesia. No puede por tanto, como algunos autores aducen en nuestros días, reducirse la variedad carismática por razones de escasez de personal, dificultad por afrontar los retos de apostolado35 , etc. Puede hablarse de cooperación entres los carismas, pero no de desaparición de los carismas, pues se perderían campos muy específicos de la misión de la Iglesia, además de dones muy específicos.

Y así como existe esta diversidad de carismas entre las congregaciones religiosas, cooperando cada una de ellas en la misión de la Iglesia, así los laicos y las mujeres consagradas realizan labores específicas para completar esta misión. “Es cierto que la misión de la Iglesia es única en el sentido que no tiene otra misión que Cristo le ha confiado. Y también es cierto que es común a cada cristiano la misión fundamental de vivir y actuar siempre en modo coherente con las exigencias de la vida cristiana. Pero esto no permite reducir la misión global de la Iglesia a la misión que puede y debe realizar cada persona cristiana, ni permite afirmar que la misión es totalmente idéntica a todos y cada uno de los cristianos.”36 Sin establecer una jerarquía de inútiles consecuencias, podemos decir que existe una misión en la Iglesia para los laicos y una misión en la Iglesia para las mujeres consagradas.

En la mujer consagrada la misión está especialmente unida a la nueva y especial consagración que recibe al momento de consagrarse perpetuamente a Dios. Por la especial dedicación que tiene a Dios, la mujer consagrada no sólo puede dedicarse íntegramente a las obras específicas que le marca la congregación o el instituto religioso, sino, y más importante todavía que las obras, puede dedicar todo su ser a la misión de la Iglesia. Es decir, pone todo su ser a disposición de la misión de la Iglesia. De esta manera se establece una simbiosis entre vida consagrada y vida de la Iglesia: la vida de una mujer consagrada sólo puede ser entendida dentro, en y para la misión de la Iglesia. Por ello, en la medida en que la mujer consagrada se conforme más con la persona de Cristo, en esa medida podrá cumplir mejor con la misión que la Iglesia le ha encomendado.

Y no nos estamos refiriendo meramente a las obras apostólicas cuando hablamos de misión. Más bien pensamos en el testimonio personal, ya que la vivencia de los consejos evangélicos es de por sí una gran obra de apostolado, pues permiten contemplar ya en esta tierra los bienes de la otra vida, de los cuales los consejos evangélicos son ya prenda de la visión beatífica. “En realidad la misión apostólica, antes que en la acción, consiste en el testimonio de la propia entrega plena a la voluntad salvífica del Señor.”38

La vida de una mujer consagrada es por tanto una vida en constante misión, porque su vida y la misión de la Iglesia han quedado unidas perentoriamente en el momento de la consagración religiosa, hasta poder llegar a exclamar con San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí.” (Gal. 2, 20). Este carácter especial de su misión puede ser vivido, sin embargo con diversas tonalidades, de acuerdo al amor que cada mujer consagrada tenga por Cristo y por la humanidad. Puede ser mediocre y transcurrir la vida replegada en sí misma. Puede ser un amor lleno de reparos y así pasarán los años en el miedo, en las entregas a medias. O puede ser un amor que lo lleve a entregar todo, a pesar de las dificultades, y entonces será un amor lleno de empuje, de celo por las almas. Sólo quien se deja poseer verdaderamente por Dios, es capaz de hacer algo por ella misma y por los demás. “El fuego del amor, que el Espíritu infunde en los corazones lleva a interrogarse constantemente sobre las necesidades de la humanidad y sobre cómo responder a ellas, sabiendo que sólo quien reconoce y vive la primacía de Dios puede realmente responder a las auténticas necesidades del hombre, imagen de Dios.”39

Y para vivir este empuje evangelizador, la mujer consagrada no se encuentra sola, pues cuenta con el carisma de la Congregación. Es allí, en la espiritualidad, en las sanas tradiciones, en la vida fraterna en comunidad, en las diversas obras de apostolado, en donde encuentra la fuente, las energías y los medios para forjar este celo por las almas. Si la vida de la mujer consagrada es una constante donación al Padre, por el Hijo, a través del espíritu Santo, el carisma es el punto de convergencia de la llamada del Padre a seguir la vida del Hijo. Y el Papa Juan Pablo II, haciéndose eco de las disposiciones conciliares que pedía, como punto esencial para la renovación de la vida consagrada el volver a los orígenes40 , proponía la vida de los fundadores como un ejemplo para vivir en el empuje misionero: “Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.”41 Es por ello que la mujer consagrada puede tener un empuje evangelizador, pues está llamada a reproducir las cualidades evangelizadoras más específicas de su fundador.


¿Cómo puede comunicar el empuje evangelizador?
La evangelización no es una labor meramente institucional en donde a través de unas estructuras, un programa, un guía y un calendario, se obtienen los resultados deseados. La conversión verdadera de las almas, el seguimiento de Cristo, requiere, cierto, de algunas planeaciones e instituciones que la sostengan, pero sobretodo es necesario la labor de hombre y mujeres apasionados por la misión para seguir de cerca de cada una de las almas confiadas y no desfallecer frente a las dificultades y los avatares propios de la misión.

La nueva evangelización no podrá llevarse a cabo sin un seguimiento personalizado a los agentes de la evangelización y a las almas evangelizadas. Son más bien pasos individuales que deben ser vividos en primera persona y acompañados por alguien que sirva de maestro y de guía. Aún más, en nuestra sociedad contemporánea, refractaria a los valores espirituales y trascendentes, apoyándose en un individualismo exasperado, este acompañamiento se convierte en un elemento esencial del proceso de evangelización. Pensemos por ejemplo en la Iglesia en Italia, en dónde Benedicto XVI ha hecho referencia al problema de la fragilidad, especialmente entre los jóvenes. Urge por tanto una ayuda personal espiritual a estas personas que se encuentran desorientadas en la vida, por falta de una identidad clara, definida y fuerte.
Para quien es evangelizado, el acompañamiento espiritual, la dirección espiritual, no puede ser un elemento impuesto, sino propuesto. Es fruto de un amor personal a la persona que viene acogida en el seno de una nueva comunidad, la comunidad ya evangelizada. Es el amor a la misión, el empuje misionero, el ardor por la misión, la que hace capaz de poner a disposición de las personas que viven este paso del neo-paganismo a la vida de fe, momentos de diálogo, de confronto, de evaluación personal. Sólo de esta manera se puede transmitir la fe con plenitud, como una experiencia personal y no como una serie de normas o datos que deben ponerse en práctica. Si la evangelización es ante todo una transmisión de un mensaje, esta transmisión no puede renunciar a su carácter personal.

Y para quien es agente de evangelización, el ejemplo de las mujeres consagradas, dedicadas de por vida a la misión, resulta significativo el hecho de poder contar con ellas como “expertas” no sólo en las técnicas de la evangelización, sino en la animación de dicha evangelización. La mujer consagrada, con el patrimonio espiritual que posee puede ser la inspiradora de programas de evangelización, pero sobretodo, puede animar y dirigir dichos programas de evangelización. A través del coloquio frecuente, de la revisión de dichos programas, la mujer consagrada puede animar comunidades de evangelización en los diversos puestos que la obediencia le ha asignado, sirviéndose de los laicos para llegar a lugares en dónde ella no puede llegar.

No es necesario estudiar mucho para transmitir el empuje evangelizador a los laicos a través de la dirección espiritual. Basta que la mujer consagrada desarrolle un gran don que ha recibido y que le permite entender a los hombres hasta en el más íntimo de sus sentimientos. Un don que para el neófito se hace caricia materna en su camino de la fe y para el agente evangelizador se convierte en mano segura y firme en su trabajo apostólico. Es el don de la maternidad espiritual. “una vez purificados algunos aspectos de la personalidad, el ofrecimiento de sí se eleva a Dios con mayor pureza y generosidad, y revierte en los hermanos y hermanas de manera más sosegada y discreta, a la vez que más transparente y rica de gracia. Es el don y la experiencia de la paternidad y maternidad espiritual.”42


Carisma y empuje evangelizador.
El carisma, como experiencia del Espíritu constituye una fuerza única para la nueva evangelización. Los elementos que lo constituyen encierran características que hacen posible la nueva evangelización, pudiendo decir incluso, que quien vive el carisma está ya participando en la evangelización. Analizaremos cada uno de los elementos del carisma para comprender con profundidad lo que hemos mencionado.

Todo carisma nace de una necesidad apremiante que se da en la Iglesia. Si bien es cierto que esta necesidad surge en un tiempo y en un lugar geográfico determinado, proporciona al fundador la posibilidad de emprender un itinerario hacia Dios, de forma que le permita hacer la experiencia del Espíritu, de la que nacerá el carisma. Dios permite que el fundador vea dicha necesidad no sólo desde el punto de vista material, sino sobretodo desde el punto de vista espiritual. La parte humana es tan sólo el reflejo o la parte externa de la persona de Cristo que sufre en esa parte del cuerpo místico. El fundador busca por tanto no sólo dar un consuelo o ayuda a esos hombres que Dios ha puesto en su camino, sino a Cristo que sufre en esos hombres. Podemos afirmar que el fundador logra abstraerse del tiempo y lugar en el que se da la necesidad apremiante para ver, sin límites de tiempo o de espacio, al Cristo que sufre en los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares43 . Esa abstracción queda plasmada en los fines de la congregación que por inspiración de Dios llega a fundar. Los fines de la congregación representarán por tanto las formas en que los discípulos del fundador a lo largo del tiempo vendrán a subsanar no sólo una necesidad material o espiritual, sino sobretodo la forma en que ayudarán a paliar los sufrimientos de Cristo.

Este proceso de saber ver más allá de los aspectos materiales de la realidad apremiante, permite a la mujer consagrada el tener una visión de fe y ver a Cristo en los hombres y las mujeres a los que ha sido llamada a ayudar, a través del carisma. Se genera por tanto un especial seguimiento de Cristo del que nace un grande amor a Él, hecho vida en el apostolado. Se ama a Cristo que sufre en los hombres, especialmente a los hombres a los cuales el carisma viene a ayudar. Pero este amor a Cristo que sufre es un amor con unas características del todo particulares que le vienen de la forma en que el Fundador expresó ese amor. La mujer consagrada debe ser capaz de identificar estas peculiaridades del amor, y que mejor que ella, que siendo mujer, logra captar las fibras más sensibles del corazón, la filigrana del amor, sus aspectos más específicos.

Si hemos dicho que la evangelización no es más que el anuncio de la persona de Cristo, las mujeres consagradas que viven su identidad carismática, son misioneras por excelencia, ya que su vida toda no es más que anunciar al Cristo que ellas contemplan en la necesidad apremiante que el carisma les presenta todos los días. Su trabajo y el testimonio de vida vivido siempre en continua tensión por ver y servir a Cristo en los demás, es un ejemplo que ayuda a cualquier persona a encontrarse con Cristo, centro de la evangelización. Si como decía Pablo VI, el mundo tiene más necesidad de testigos que de maestros, las mujeres consagradas que viven carismáticamente su vida serán testigos de la existencia de un Cristo al cuál ellas sirven y aman con las facetas típicas de su carisma, concretizadas en una espiritualidad, en un apostolado, en un estilo de vida. Podemos establecer por tanto que el empuje evangelizador se equipara con el carisma, cuando la mujer consagrada vive fielmente su vida consagrada. No será necesario crear actividades extra a las propias generadas por el carisma, si en verdad de se quiere evangelizar. Bastará el testimonio y el mismo trabajo apostólico para llevar a cabo la evangelización. Pero mucho de esta labor evangelizadora depende de la intencionalidad con que viva su identidad carismática. Si quien debe vivir el carisma no arde de amor por él, no vive con pasión su apostolado buscando servir a Cristo en las personas que el carisma le permite encontrar, la evangelización es seguro que no se lleve a cabo.

Por si esto no bastara para demostrar que la mujer consagrada que vive su carisma es ya evangelizadora, tomemos otro elemento del carisma, esto es, el amor a Cristo. El fundador, por medio de la experiencia del Espíritu, ha captado de forma original y específica algún misterio de Dios o de la persona de Cristo. Esta comprensión específica de Cristo o del misterio de Dios genera en ella un amor original. Un amor que va a Dios y a todos los hombres.

Este amor es el que la sostendrá a lo largo de toda su vida y en todas las actividades que deba emprender para lograr que el carisma se materialice en su trabajo. Es éste amor al que nos referíamos cuando mencionábamos en este mismo apartado que el empuje evangelizador sólo puede ser sostenido si está animado por un amor. La mujer consagrada que vive su identidad carismática alimenta y vive diariamente este amor cuando busca amar al Cristo o al misterio de Dios que el carisma le propone. No tendrá que inventar nada, no tendrá que buscar subsidios para la evangelización, si en verdad está animada por este amor.

Para ello, es necesario que conozca con detalle la experiencia del Espíritu que ha hecho su fundador y se enamore diariamente del Cristo que le viene presentado por el carisma. Sin el conocimiento claro y preciso de este Cristo, será muy difícil que se logre enamorar de Él, pues nadie se enamora de una idea o de un proyecto. “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva.”44 Así, la mujer consagrada, si conoce el carisma, tiene delineado todo un programa para conocer el amor, vivir el amor y transmitir el amor, de forma tal que su vida se confunda prácticamente con un empuje evangelizador, pues quien ha conocido el amor no puede permanecer tranquilo, tiene necesidad de darlo a los demás.

Carisma y empuje evangelizador se convierten en sinónimo cuando la mujer consagrada se deja conquistar por el Cristo como le viene presentado y vivido por el fundador. La vuelta a los orígenes que tan fuertemente ha sido auspiciada por el Vaticano II y recomendada por Pablo VI y Juan Pablo II, es posible realizarla, al menos en una parte, cuando las discípulas del fundador se deciden a amar a Cristo y a amarlo en el prójimo con las mismas características con que lo amó el fundador. Sin duda alguna que cada persona amará a Cristo con sus connotaciones muy particulares, pero si se vive una escuela de amor, la enseñada por el fundador, esas connotaciones particulares brillarán aún más. Y quien resultará beneficiado en última instancia, además de la misma mujer consagrada, lo será sin duda el hombre de nuestro tiempo que al ver el empuje avasallador de unas mujeres que viven el amor, se sentirán llamados a conocer este amor, que no es sino la esencia de la evangelización.


NOTAS
1 Juan XXIII, Constitución apostólica Humanae salutis, 25.12.1961.
2 “La adecuada adaptación y renovación de la vida religiosa comprende a la vez el continuo retorno a las fuentes de toda vida cristiana y a la inspiración originaria de los Institutos, y la acomodación de los mismos, a las cambiadas condiciones de los tiempos.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2.
3 Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, 22.2.2007, n. 81.
4 “Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 37.
5 Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 21.11.1964, n. 17.
6 Pablo VI, Encíclica Ecclesiam suam, 6.8.1964, n. 64.
7 Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, 8.12.1975, n. 18
8 Ibidem, n. 19 y 20.
9 Juan Pablo II, Encíclica Redemptoris Missio, 12.07.1990, n. 33.
10 Juan Pablo II, Exhortación apostólica postinodal Vita Consecrata, 25.3.1996, n. 73
11 Ibidem, n. 81
12 Ibidem.
13 Juan Pablo II, Carta apostólica Novo Millennio ineunte, 6.1.2001, n. 15.
14 Ibidem., n. 29.
15 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Oceania, 27.11.2001, n. 13. No existe la traducción oficial del texto en español.
16 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Africa, 14.9.1995, n.57.
17 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Asia, 6.11.1999, n.29
18 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in America, 22.1.1999, n.66
19 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 45.
20 No es nuestro objetivo en este capítulo hacer un elenco detallado de todos los retos a los que se enfrenta la nueva evangelización en el mundo. Bástenos señalar que algunas de las características más importantes pueden resumirse en lo dicho por Juan Pablo II en la Carta apostólica Novo Millennio ineunte, 6.1.2001, n. 51.
21 Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea del Celam en Port-au-Prince, 9.3.1983.
22 Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 36
23 “El Sucesor de Pedro, por voluntad de Cristo, está encargado del ministerio preeminente de enseñar la verdad revelada. El Nuevo Testamento presenta frecuentemente a Pedro "lleno del Espíritu Santo", tomando la palabra en nombre de todos. Por eso mismo San León Magno habla de él como de aquel que ha merecido el primado del apostolado. Por la misma razón la voz de la Iglesia presenta al Papa "en el culmen —in apice, in specula—, del apostolado". El Concilio Vaticano II ha querido subrayarlo, declarando que "el mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) se refiere ante todo e inmediatamente a los obispos con Pedro y bajo la guía de Pedro".” (Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 67)
24 “A los obispos están asociados en el ministerio de la evangelización, como responsables a título especial, los que por la ordenación sacerdotal obran en nombre de Cristo (103), en cuanto educadores del pueblo de Dios en la fe, predicadores, siendo además ministros de la Eucaristía y de los otros sacramentos.” (Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 68).
25 “Los religiosos, también ellos, tienen en su vida consagrada un medio privilegiado de evangelización eficaz. A través de su ser más íntimo, se sitúan dentro del dinamismo de la Iglesia, sedienta de lo Absoluto de Dios, llamada a la santidad. Es de esta santidad de la que ellos dan testimonio. Ellos encarnan la Iglesia deseosa de entregarse al radicalismo de las bienaventuranzas. Ellos son por su vida signo de total disponibilidad para con Dios, la Iglesia, los hermanos.” (Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 69).
26 “Su tarea primera e inmediata no es la institución y el desarrollo de la comunidad eclesial —esa es la función específica de los Pastores—, sino el poner en práctica todas las posibilidades cristianas y evangélicas escondidas, pero a su vez ya presentes y activas en las cosas del mundo. El campo propio de su actividad evangelizadora, es el mundo vasto y complejo de la política, de lo social, de la economía, y también de la cultura, de las ciencias y de las artes, de la vida internacional, de los medios de comunicación de masas, así como otras realidades abiertas a la evangelización como el amor, la familia, la educación de los niños y jóvenes, el trabajo profesional, el sufrimiento, etc.” (Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 70).
27 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita Consecrata, 25.3.1996, n. 57.
28 Concilio Vaticano II, Decreto Ad gentes, 7.12.1965, n. 24.
29 “En la raíz de la pérdida de la esperanza está el intento de hacer prevalecer una antropología sin Dios y sin Cristo. Esta forma de pensar ha llevado a considerar al hombre como « el centro absoluto de la realidad, haciéndolo ocupar así falsamente el lugar de Dios y olvidando que no es el hombre el que hace a Dios, sino que es Dios quien hace al hombre. El olvido de Dios condujo al abandono del hombre », por lo que, « no es extraño que en este contexto se haya abierto un amplísimo campo para el libre desarrollo del nihilismo, en la filosofía; del relativismo en la gnoseología y en la moral; y del pragmatismo y hasta del hedonismo cínico en la configuración de la existencia diaria ».(16) La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera.” Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Post-sinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 9.
30 “Ser Iglesia es ser misión. En primer lugar porque la Iglesia nace del movimiento que se inicia en el seno del Abbá y que envía a su Hijo al mundo para reunir a todos los hijos dispersos. La missio Dei tal como se refleja en la misión del Hijo es la razón de ser de la Iglesia: tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único; tanto amo Dios al mundo que le entregó a la Iglesia, <> (LG9). La Iglesia nace también de la missio Dei, en cuanto misión y e-misión del Espíritu.” José C.R. García Paredes, Teología de la vida religiosa, BAC, Madrid, 2002, p. 167.
31 Debemos cuidar de no quedarnos ahogados en los métodos, las estructuras, los planes. Muchas veces las diócesis y las congregaciones religiosas producen planes pastorales que son verdaderas joyas de la evangelización, pero que quedan atrapados en la burocratización. Así lo ha expresado Alessandro Pronzato cuando dice: “El peligro en nuestros días, en el campo de la caridad cristiana, puede ser el dar una importancia mayor a la organización, a las estructuras, a las formas exteriores. La burocratización termina por sofocar la espontaneidad, anular la búsqueda de relaciones personales, cancelar la atención a los individuos en particular.” Alessandro Pronzato, Alla ricerca delle virtù perdute, Piero Gibraudi editore, Milano, 2000, p. 199.
32 Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelio nuntiandii, 8.12.1975, n.80.
33 Al hablar de celo misionero, ardor y empuje evangelizador no debemos olvidar que esta cualidad no está peleada con la libertad de las personas. Nuestra época, tan reacia a las dictaduras militares y tan favorable a la libertad individual hasta llegar a exaltar la libertad como valor supremo, ve con ojos cautelosos todo aquello que haga referencia con militancia, conquista de las almas, lucha y combate. Nada más lejos del concepto de ardor y empuje misionero que no es sino un término que quiere expresar el amor de caridad hacia los hombres que busca contagiar la felicidad del evangelio, utilizando para ello los más y mejores medios lícitos puestos a disposición del evangelizador. Recordemos a este respecto las palabras de Pablo VI: “Sería ciertamente un error imponer cualquier cosa a la conciencia de nuestros hermanos. Pero proponer a esa conciencia la verdad evangélica y la salvación ofrecida por Jesucristo, con plena claridad y con absoluto respeto hacia las opciones libres que luego pueda hacer —sin coacciones, solicitaciones menos rectas o estímulos indebidos—, lejos de ser un atentado contra la libertad religiosa, es un homenaje a esta libertad, a la cual se ofrece la elección de un camino que incluso los no creyentes juzgan noble y exaltante. O, ¿puede ser un crimen contra la libertad ajena proclamar con alegría la Buena Nueva conocida gracias a la misericordia del Señor? O, ¿por qué únicamente la mentira y el error, la degradación y la pornografía han de tener derecho a ser propuestas y, por desgracia, incluso impuestas con frecuencia por una propaganda destructiva difundida mediante los medios de comunicación social, por la tolerancia legal, por el miedo de los buenos y la audacia de los malos? Este modo respetuoso de proponer la verdad de Cristo y de su reino, más que un derecho es un deber d

 

 

 

 

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