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Curso ¿Qué me falta todavía? 10.Hablar con Dios

Curso ¿Qué me falta todavía? 10.Hablar con Dios
No olvides que “el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. (...) La oración no es otra cosa que la unión con Dios.


Por: P. Joaquín Caldevilla Bujalance | Fuente: Catholic.net


















Curso ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI




Autor y Asesor: Joaquín Caldevilla Bujalance

Fuente: Libro ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
Índice y presentación del libro

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10. HABLAR CON DIOS




“Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la multitud que está alrededor, para que crean que Tú me enviaste». Y después de decir esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!»” (Juan 11, 41-43)


Aquí vemos a Jesús rezando. La palabra “oración” es una de las que aparece con frecuencia en cualquier libro religioso o de catequesis. Tú quizá la has oído también muchas veces desde tu más tierna infancia: a tus padres, a tus hermanos, a algún profesor o profesora, a un sacerdote... Y tienes cierto conocimiento práctico de ella, pues alguna vez has rezado, o has leído, alguna oración. Es algo que está muy metido en el cristianismo, y en otras religiones parece que más: basta ver cuántas veces rezan cada día los musulmanes o los judíos. Pero ¿por qué es tan importante la oración? Una pista: piensa despacio en quién es Dios y en quién eres tú, y todo lo que has recibido de Él, y verás más claro que “toda la vida del hombre y todo su tiempo deben ser vividos como alabanza y agradecimiento al Creador. Pero la relación del hombre con Dios necesita también momentos de oración explícita, en los que dicha relación se convierte en diálogo intenso, que implica todas las dimensiones de la persona”375.

¿Te has preguntado qué significa en realidad, en el fondo, ser cristiano? Si hicieras una encuesta entre las personas que te rodean, encontrarías en la práctica varias respuestas, que no se oponen entre sí:
- Asumir unas normas de vida (mandamientos) y defender y vivir unos valores: una
ética.
- Afirmar unas verdades (Credo) con las que se está de acuerdo: una doctrina.
- Participar con otros en unas ceremonias (Misa) y en ciertas reuniones o actividades:
un grupo.
Pero no. Sientes en tu interior que falta algo, y algo importante. Porque la auténtica vida cristiana tiene que ver con una realidad muy interior, que orienta la vida. Ser cristiano no consiste tampoco en formar parte de un grupo de voluntarios (de tiempo libre) que hace alguna obra buena cada día. Significa mucho más que eso. Implica tener una experiencia profunda de Dios, “sentirlo” dentro de ti, y a tu alrededor. Es atreverte a tener una relación muy personal con Él, entretejida con tus ocupaciones diarias: el estudio y el trabajo, la familia, el deporte y la diversión, la participación en la vida política, social y económica. Es hacer de todo eso ocasión de una conversación con Dios, con un Padre que nos ha hecho hermanos de su Hijo (Jesús), y nuestra alma casa donde habita su Espíritu. Pues Él quiere hablar contigo cada día como lo hacía con Moisés: “cara a cara, como se habla con un amigo”376.

Vista así, la oración ya no es como un “pegote” en tu vida o una carga que has de llevar, como una obligación añadida desde fuera por otras personas que te dicen que debes hacerla porque “es bueno para ti”. La oración es algo muy íntimo, es un diálogo confiado y una amistad fuerte y sencilla con Alguien que está a tu lado y cuida de ti, que te quiere mucho, y con quien puedes hablar de todo lo que te pasa, y también de lo que “le pasó” a Él: “orar es hablar con Dios. Pero, ¿de qué? –¿De qué? De Él, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles, preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos de gracias y peticiones (...) En dos palabras: conocerle y conocerte: «tratarse»”377. Comprobarás entonces que encajan muchas cosas que antes no lograbas entender, y que esa conversación te va enriqueciendo interiormente. La oración no es fácil de explicar, también porque no hay un único modo de hacerla; se parece a un viaje largo e intenso por un país desconocido: aunque lo hagan varias personas a la vez, cada una lo vive interiormente de manera distinta, se fija en cosas diferentes y lo cuenta después de modo diverso.

Ese diálogo, para que sea interesante y eficaz, requiere poner ilusión y una cierta atención. Pues el misterio de Dios se nos muestra en el silencio interior. “Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia (...) De ese silencio tiene necesidad el hombre de hoy, que a menudo no sabe callar por miedo de encontrarse a sí mismo, de descubrirse, de sentir el vacío que se convierte en demanda de significado; el hombre que se aturde en el ruido. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa palabra”378. Esa relación con Dios se fortalece –como toda amistad– con
trato y constancia, y obra verdaderas transformaciones. A veces deseamos hacer cambios profundos en nuestra vida, incluso radicales; pero no siempre nos acordamos de quien más y mejor puede ayudarnos a realizarlos, porque conoce nuestra debilidad y además tiene la medicina para ella.

En una ocasión se encontraba san Bernardo hablando en público de la importancia de pedir ayuda a Dios para animarnos a hacer el bien y para mejorar. Le interrumpió uno de los que asistían y le dijo, con cierta ironía: “Al fin y al cabo, ¿qué es lo que has hecho tú? ¿Qué premio puedes esperar, si todo lo hace Dios? Da gloria a Dios, que te dio todo gratuitamente, y procura vivir a partir de ahora de tal modo que no seas ingrato a los beneficios recibidos de Él, y te hagas digno de recibir otros nuevos”. “Excelente consejo, por cierto, el que me das, le contesté, pero mejor sería que me dieras la fortaleza necesaria para cumplirlo, pues es más fácil conocer lo que se debe hacer que hacerlo; pues una cosa es indicar el camino a un ciego y otra muy distinta proporcionar vehículo al que está cansado de andar (...). Una cosa es indicar al caminante el modo de no extraviarse y otra suministrarle alimentos y darle energías para que no desfallezca en mitad de su viaje”379. No te preocupes. Dios ya contaba con tus pocas energías, y te ha proporcionado también el alimento y las fuerzas: los sacramentos, y la presencia de su Espíritu en ti, Dios en Persona, con quien puedes hablar y que actúa en tu alma.

No se puede vivir sin raíces. Son ellas las que sujetan el árbol a la tierra que lo nutre. Sin ellas en poco tiempo muere. Un cristiano que no está unido a Dios por la oración es como un árbol sin raíz: se va quedando hueco, sin contenido ni cuerpo380. Pero no hay que ser impacientes. La vida del espíritu crece poco a poco, en el silencio, como las plantas, como la vida humana en el seno materno. No reces sólo para que Dios te oiga; reza para escucharle tú. Acostúmbrate a dedicar cada día unos pocos minutos a estar a solas con Dios, y hablar con Él muchas cosas: lo que te ha pasado, por fuera y por dentro, lo que te preocupa, lo que te ha alegrado, o entristecido, o hecho sufrir. Y esa amistad irá cambiando tu vida –aunque al principio pueda parecer a veces algo fría y rutinaria–, hasta llegar a sentir a Dios como lo más necesario, y sus “asuntos” como algo también tuyo, y como lo más importante para ti.

Cuando tratas a alguien que no conoces, al principio el trato es un poco “formal”, se intercambia algún saludo acostumbrado, se pregunta por la salud y la familia, y se habla de cosas que no “comprometen”: el tiempo, alguna noticia de actualidad, etc. La misma conversación podrías mantenerla con otra persona cualquiera casi sin cambiar las palabras; aunque, por tratarse de dos personas, siempre incluye algo de afecto, y le deseas de verdad “buenos días”. Pero a medida que el trato se hace frecuente, y crecen la amistad y la intimidad, se empieza a hablar también de temas personales, las palabras son más fluidas y vivas, se dicen más en serio, salen de más hondo y, por eso, también calan más hondo en el otro. Cada vez nos “comprendemos” mejor, ya no son necesarias tantas explicaciones. Se conoce ya un poco el alma del otro, y se va sabiendo tratarla. Al llegar a este momento, el gesto sustituye a menudo a la palabra: basta una sonrisa, un leve movimiento de los ojos, una pequeña inflexión de la voz, para decir muchas cosas. El diálogo se ha hecho ya muy personal. Y cuando se va a decir algo a veces se comprueba con sorpresa que al otro se le había ocurrido lo mismo: el encuentro es casi total, la intimidad casi espontánea381.

Pues este mismo proceso se da en la relación con Dios: “Empezamos con oraciones vocales, que muchos hemos repetido de niños: son frases ardientes y sencillas, enderezadas a Dios y a su Madre, que es Madre nuestra (...) ¿No es esto –de alguna manera– (...) demostración evidente de confiado abandono? ¿Qué se cuentan los que se quieren, cuando se encuentran? ¿Cómo se comportan? (...) Primero una jaculatoria, y luego otra, y otra..., hasta que parece insuficiente ese fervor, porque las palabras resultan pobres...: y se deja paso a la intimidad divina, en un mirar a Dios sin descanso y sin cansancio. (...) Mientras realizamos con la mayor perfección posible, dentro de nuestras equivocaciones y limitaciones, las tareas propias de nuestra condición y de nuestro oficio, el alma ansía escaparse. Se va hacia Dios, como el hierro atraído por la fuerza del imán. Se comienza a amar a Jesús, de forma más eficaz, con un dulce sobresalto”382. Hay un crecimiento, un progreso, en la oración.

No te preocupes si alguna vez notas que Dios ha tocado tu corazón, lo ha acariciado dulcemente, y a la vez sientes inseguridad, temor, y dudas: quisieras experimentar siempre la cercanía de Dios, y parece que Él no está, que se ha ido, pues sólo hay silencio. Le ha pasado a otros antes que a ti. Es que Dios habla también con su silencio: quiere que tu amor a Él sea más desinteresado, y que comprendas mejor el vacío interior que sienten los que vi- ven lejos de Él, para no caer en su mismo error y poder tú ayudarles mejor. Pero, de ordinario, quiere hacernos participar de su riqueza íntima. Por eso, si eres constante en la oración llega un momento en que la presencia de Dios va llenando de suavidad muchos momentos de tu vida, como el rocío o la lluvia fina empapan la tierra, dando color y hermosura al jardín de tu alma. De todos modos, en la oración lo decisivo no son las buenas sensaciones – que te sientas bien al rezar–, sino las buenas actitudes que se crean en ti durante ese tiempo.

Pero si ese silencio aparece al comienzo, cuando llevas poco tiempo haciendo oración, es diferente. Y es que no es normal –ni puedes pretender– que Jesús te dé todo lo suyo, y te abra su intimidad, desde el principio, cuando sólo estás empezando a conocerle. Hace falta primero que pases un tiempo contándole tú, y que haya un mayor conocimiento mutuo, para que pueda hablarte al corazón: necesita comprobar que vas a entenderle cuando te hable, y que empiezas a sintonizar con Él, con sus cosas. Porque algunos parece como si huyeran de Dios, como si las ocupaciones y asuntos de la vida les alejaran de Él, y sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena. “No es cristiano pensar en la amistad divina exclusivamente como en un recurso extremo. ¿Nos puede parecer normal ignorar o despreciar a las personas que amamos? Evidentemente, no. A los que amamos van constantemente las palabras, los deseos, los pensamientos: hay como una continua presencia. Pues así con Dios”383.

Descubrir esto exige quitarse los cascos e interrumpir la música que te aíslan, y atreverse a sintonizar el dial de Dios sin miedo a escucharle. Pues la oración te tiene que ayudar también a hacer realidad los deseos de Dios para tu vida. Pero ¿cómo lograrás conocer esos deseos si no le preguntas a quien los ha pensado? ¿Y te atreverás a preguntarle, si no le conoces lo suficiente? Además, ¿cómo conseguirás hacerlos realidad si no le pides también las herramientas y consejos necesarios? Él está deseando darte todo lo que necesitas para ello – e intenta hacerlo comunicándose a través de situaciones, circunstancias y personas–, pero respeta tu autonomía personal: no te habla claramente si no le preguntas, aunque esto le haga “sufrir” un poco. No estaría bien que te sucediese lo que cuenta el Evangelio de uno de los Apóstoles: “Felipe –le contestó Jesús–, ¿tanto tiempo como llevo con vosotros y aún no me conoces?”384. El principal problema que puede haber es la falta de entendimiento: el pensar que Dios no sabe lo que es mejor para ti; o que no tiene derecho a meterse en tu vida sin más, y para evitarlo cortas la conexión, desconectas de Él.

Pero así no se arreglan las cosas. ¿Has sentido alguna vez “miedo” o “temor” a Dios, o te lo has imaginado como alguien muy serio y exigente? Él no es como a veces lo pintan algunos: es Bueno, quiere hacernos felices y evitarnos muchos problemas y complicaciones, sólo le mueve el Amor. “Para una vida feliz es preciso un entendimiento mínimo con Dios. Sólo si esta relación de fondo funciona bien, las otras relaciones podrán ser justas. Por eso es importante aprender, a lo largo de toda una vida y desde la juventud, a pensar con Dios, a sentir con Dios, a querer con Dios, de modo que desde aquí surja el amor. De esa forma el
amor se convierte en el elemento de fondo de nuestra vida”385. “Eso significa hacer espacio a Dios cada día en nuestra vida, comenzando desde la mañana con la oración y luego dando
tiempo a Dios (...) No perdemos nuestro tiempo libre si se lo ofrecemos a Dios. Si Dios entra en nuestro tiempo, todo el tiempo se hace más grande, más amplio, más rico”386. ¿No has “sentido” alguna vez tu necesidad de Dios? ¿No has escuchado nunca en tu interior su lamento ante tanta indiferencia humana?


Dios: A menudo me recuerdas a alguien, tu sonrisa la imagino sin miedo, invadido por la ausencia
me devora la impaciencia;
me pregunto si algún día te veré.


Ya sé todo de tu vida, y sin embargo no conozco ni un detalle de ti;
el teléfono es muy frío,
tus llamadas son muy pocas,
yo sí quiero conocerte y tú no a mí. Por favor...


Tú: La primera vez pensé se ha equivocado;
la segunda vez no supe que decir.

Las demás me dabas miedo:
tanto loco que anda suelto;
y ahora sé que no podría vivir sin ti
.387


Hay que abrir las ventanas del alma, y aprender a “mirar hacia dentro”. Entonces se oye a Dios, casi hasta su “respiración”, sus “latidos”. El problema surge cuando hay algo que se agita en tu interior y “cierra el paso” a Dios, a su Luz y su Amor; y en ocasiones puede llegar incluso al “bloqueo mental”. Algunos santos han usado un ejemplo para explicar esto: cuando el agua de un charco está agitada y turbia, no se puede ver el fondo ni tampoco la propia cara reflejada; por eso, cuando el alma está “turbia” (sucia) y “agitada” (desordenada), no puede descubrir a Dios en la oración, ni llegar a conocerse bien a sí misma – que es otro de los objetivos de la oración– con ayuda de la luz que Él nos da, pues sólo los limpios de corazón pueden ver a Dios388. O, usando otra comparación también antigua, el alma es como una pluma muy ligera que, cuando no está mojada ni sucia de barro, con la mínima corriente de aire se levanta y es capaz de volar tan alto como el viento la empuje389.

“Habiéndome convencido de que debía volver a mí mismo, penetré en mi interior, siendo tú mi guía, y ello me fue posible porque tú, Señor, me socorriste. Entré, y vi con los ojos de mi alma, de un modo u otro, por encima de la capacidad de estos mismos ojos, por encima de mi mente, una luz invariable; no esta luz ordinaria y visible a cualquier hombre, por intensa y clara que fuese y que lo llenara todo con su magnitud. Se trataba de una luz completamente distinta. Ni estaba por encima de mi mente, como el aceite sobre el agua o como el cielo sobre la tierra, sino que estaba en lo más alto, ya que ella fue quien me hizo, y
yo estaba en lo más bajo, porque fui hecho por ella. La conoce el que conoce la verdad”390.
¿Has sentido alguna vez, muy dentro, la grandeza de Dios y tu pequeñez ante Él? Eso es ya orar.

Y cuando existe suficiente limpieza en nuestro interior, y buscamos sinceramente a Dios, se comienzan a entender mejor sus “razones” y sus “planes”, que antes quizá nos pa- recían caprichosos o incluso injustos:


Hoy empecé a andar y sin fijarme no sé cómo llegué frente a su calle, pero al notar mi error, al girarme,
miré hacia atrás, sin querer, y vi su imagen. Y recordé su voz bromeando en las tardes, diciéndome: qué harás si hay cambio de planes.
391


Pero si Dios me conoce y ya sabe todo lo que necesito, ¿por qué no me lo da directa- mente?, ¿por qué tengo que rezar? “Debemos orar, lo primero de todo porque somos creyentes. En efecto, la oración es el reconocimiento de nuestros límites y de nuestra dependencia: venimos de Dios, somos de Dios y retornamos a Dios. Por lo tanto, no podemos menos de abandonarnos en Él, nuestro Creador y Señor, con plena y total confianza (...) La oración es, ante todo, un acto de inteligencia, un sentimiento de humildad y de reconocimiento, una actitud de confianza y de abandono en Aquél que nos ha dado la vida por amor.

La oración es un diálogo misterioso, pero real, con Dios, un diálogo de confianza y de amor (...) Debemos orar también porque somos frágiles y culpables. Es preciso reconocer humilde y realmente que somos pobres criaturas, con ideas confusas (...), frágiles y débiles, con necesidad continua de fuerza interior y de consuelo”392. Son la fe y la humildad las que nos llevan a orar, a querer hablar con Dios, de nuestra vida y también de la suya (la de Jesús).

¿Sorprendido/a? ¿Te resulta novedoso todo esto? ¿O no sabes cómo llevarlo a la práctica? Entonces conviene retroceder en el tiempo para ver qué hacían los cristianos de los primeros siglos. “El cristiano reza en cualquier lugar y reza en toda circunstancia, bien sea durante un paseo o cuando va en compañía de otros, o cuando reposa, o también al comienzo de una obra espiritual. Y cuando en el interior de su alma alimenta un pensamiento y con gemidos inenarrables invoca al Padre”393. “Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo”394. “Una mujer ocupada en la cocina o en coser una tela puede siempre levantar el pensamiento al cielo e invocar al Señor con fervor. Uno que va al mercado o viaja solo, puede fácilmente rezar con atención. Otro que está en su bodega, ocupado en coser los pellejos de vino, está libre para levantar su alma al Maestro”395.

Un gran teólogo de esa época animaba a mantenerse constantemente en la presencia de Dios hablando con Él como se habla con alguien presente; y, del mismo modo que muchos de nuestros pensamientos proceden de lo que hemos ido almacenando en la memoria, ayuda mucho en la oración el recuerdo de Dios, presente dentro de nosotros, que capta todos nuestros movimientos, hasta los más leves o interiores396. “Cuando te sientes a la mesa, ora. Cuando comas pan hazlo dando gracias al que es generoso. Si bebes vino, acuérdate del que te lo ha concedido para alegría y para alivio de enfermedades. Cuando te pongas la ropa, da gracias al que benignamente te la ha dado. Cuando contemples el cielo y la belleza de las estrellas, échate a los pies de Dios y adora al que con su Sabiduría dispuso todas estas cosas. Del mismo modo, cuando sale el sol y cuando se pone, mientras duermes y despierto, da gracias a Dios, que creó y ordenó todas estas cosas para provecho tuyo, para que conozcas, ames y alabes al Creador”397.

Para ellos era algo natural, casi espontáneo. Pero rezar no es algo que pueda darse por supuesto. Es preciso aprender a orar, como los primeros discípulos: “Señor, enséñanos a orar”398. En la oración hay que lograr que se desarrolle un diálogo con Jesús que nos convierta en sus íntimos y nos permita permanecer en Él durante el día. “Sí, queridos hermanos y hermanas, nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas «escuelas de oración», donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el «arrebato del corazón». Una oración intensa, pues, que sin embargo no aparta del compromiso en la historia: abriendo el corazón al amor de Dios, lo abre también al amor de los hermanos, y nos hace capaces de construir la historia según el designio de Dios”399.

Sin embargo, en la actualidad es fácil encontrar personas que a veces buscan en prácticas orientales (yoga, zen) el equilibrio y la paz interior, perdidos a causa del activismo y el fuerte estrés de la vida. Quienes tenemos la suerte de creer en Jesús, Salvador del mundo, podemos enseñar el alto grado de interioridad a que nos puede llevar la oración, entendida como relación personal con Dios, sencilla y serena, de corazón a corazón, sin barreras ni temores. Existen también cristianos para quienes la oración se parece a un pueblo deshabitado: hay edificios, calles, puertas que chirrían, ventanas que golpean con el viento... Asisten a ceremonias religiosas, repiten las oraciones “oficiales”, pero falta lo personal, falta la vida, el deseo de encontrarse con Dios, de mantener una amistad y una conversación habitual con Él. O sólo existe en unos pocos momentos, para tranquilizar la conciencia. Pero eso no atrae nada.

La confianza y el amor se demuestran por la constancia: cuanto más grandes son aquellos, mayor es ésta. Y por eso la oración puede durar todo el día. “Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua también es la oración. No en vano dijo el Apóstol: Orad sin cesar. ¿Acaso sin cesar nos arrodillamos, inclinamos la cabeza, elevamos nuestras manos, para que pueda afirmar: Orad sin cesar? Si decimos que sólo podemos orar así, creo que es imposible orar sin cesar. Pero existe otra oración interior y continua, que es el deseo. (...) Si no quieres dejar de orar, no interrumpas el deseo. Tu deseo continuo es tu voz, es decir, tu oración continua. Callas cuando dejas de amar. ¿Quiénes se han callado? Aquellos de quienes se ha dicho: Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría. La frialdad en el amor es el silencio del corazón; el fervor del amor es el clamor del corazón”400.

Pues la oración es como un adelanto, pobre e imperfecto pero real, de lo que será el Cielo, el descanso y el gozo definitivo con Dios. Es sentir, en muchos momentos del día, su cercanía y cuidado amoroso, que llena de paz y de alegría a quien lo experimenta. Pero vivir en esa atmósfera de fe, de presencia de Dios, no quiere decir olvidarse de los problemas diarios, o ser demasiado místico en sentido peyorativo (pues tiene un sentido positivo). Cuando una persona está unida de verdad a Dios, también se ocupa de los que le rodean y de la sociedad, y sabe “hacerle presente” en todos los asuntos y lugares: “cuánto me gustaría que cualquier cosa que hiciéramos, y en cualquier postura del cuerpo, estuviéramos, al mismo tiempo, elevando constantemente nuestras mentes a Dios, que esta suerte de oración es la que más le agrada. Poco importa a dónde se dirijan nuestros pasos si nuestras cabezas están puestas en el Señor. Ni importa lo mucho que andemos porque nunca nos alejaremos bastante de Aquél que en todas partes está presente”401.

Llegamos así a un importante aviso para navegantes, que explica por qué muchas personas que han comenzado a hacer oración no siguen haciéndola pasado un tiempo: la oración no “funciona”, no termina de “enganchar”, cuando no está unida a la vida. Si tienes el hábito de pensar casi exclusivamente en ti mientras realizas tus ocupaciones diarias, o de actuar sin contar apenas con Dios ni hacerle intervenir en tu vida, o mejor, sin ponerle en el centro y en la cumbre de todo (pues ése debe ser su lugar), puedes caer en el error de creer que en la oración se trata de pensar sólo en Dios, en un Dios extraño, “puro” y “celestial”, que no se mezcla con las cosas de este mundo. Y, al comprobar que no lo consigues, que te distraes con frecuencia y no avanzas en tu objetivo, acabar desanimándote y abandonando la oración.

Y es que estarías intentando algo que es imposible. Te habrías “partido” por dentro en dos mitades: una que querría vivir siempre en el Cielo, toda metida en Dios; y otra empeñada en vivir todo lo de esta tierra, pero toda para ti. Esa división sería la manifestación en la oración de tu propia división vital: si tienes la costumbre de pensar en ti sin pensar en Dios, de pensar en tu trabajo, en tus asuntos y en los demás afanes de tu vida sin acordarte de Dios, llevarás esa separación también a la oración402. Lo lógico será que las circunstancias de tu vida tengan una gran relación con el contenido de tu oración; pero sin olvidar la importancia y la centralidad de la vida de Jesús, que vino a vivir a la tierra como un hombre más para experimentar mejor nuestras dificultades –viviéndolas en su propia carne–, y también para ofrecernos un modelo de vida a imitar.

Por otro lado, ¿no te has desconcertado a veces cuando, después de acudir a Dios durante un tiempo, no consigues lo que pides? Quizá has dejado entonces de rezar, de confiar en Él, porque –dices– “no sirve para nada”. Pero la oración auténtica no es un procedimiento mecánico que produce exactamente el resultado que desea quien pide. No es que si uno pide con mucha fe acertar el pleno de la quiniela, Dios se las va a arreglar para que los goles se distribuyan de tal manera que todo al final cuadre. Eso sería tomar a Dios por una especie de geniecillo de Aladino, dispuesto siempre a satisfacer nuestros deseos, al pronunciar las palabras mágicas adecuadas. Tampoco hay que entender ese “con mucha fe” sólo como un autoconvencerse mucho de que aquello va a salir403, olvidando que la fe supone siempre situarme ante Dios: Quién es Él, quién soy yo, y qué debe cada uno al otro, con independencia de mis ideas y de mis deseos.

¿No te has preguntado nunca por qué Dios puede querer que le pidamos muchas cosas, y a veces durante mucho tiempo, “haciéndose de rogar”? Es verdad que no podemos conocer del todo cómo “piensa” Dios, pero nuestra mente puede intuir algo, como una chispa sabe algo del fuego. Unos ejemplos: ¿no reconoces más fácilmente que lo que tienes es don de Dios, y no fruto de tu capacidad o tu esfuerzo, cuando tienes que pedirlo con humildad? ¿No experimentas que eres más libre cuando no se te obliga a aceptar algo, y tienes que demostrar que realmente lo quieres pidiéndolo durante largo tiempo? ¿No notas que se va creando una mayor confianza entre tú y Dios a medida que vas pidiendo, tanto cuando recibes lo que pides como cuando no lo recibes pero te das cuenta de que aquello no te convenía, como los niños con sus padres y madres? Además, el tener que pedir, a veces en situaciones difíciles o dolorosas, ¿no facilita que te hagas algunas preguntas importantes –y decisivas para tu vida–, que no te habrías planteado en serio si no tuvieses nada que pedir?

Es precisamente en ese tiempo de conversación con Dios donde encontramos las respuestas a nuestras preguntas, incluso a las que no acabamos de formular conscientemente. Pues Él mismo, que conoce lo más íntimo de cada uno de nosotros, “acude en ayuda de nuestra flaqueza: porque no sabemos pedir como conviene; pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables”404. Es en esa soledad acompañada donde la intimidad se hace posible y, con ella, el conocer los deseos de Dios para ti. Por eso a no pocas personas la oración les produce un cierto miedo: es el temor a encontrarse cara a cara con Dios, a descubrir cómo deben orientar sus vidas, y hasta dónde han de llevar sus pasos405. Es lo que le pasa también a una niña o un niño cuando se ha portado mal y vuelve a casa: no se atreve a mirar a los ojos a su madre, pues “Los ojos son el punto donde se mezclan alma y cuerpo” (Charles Friedrich Hebbel).

Y es que a Dios, a Jesús, se le puede mirar de muchas maneras: con intención de aprender de Él, y de cambiar lo que va mal; o, en el extremo opuesto, con la actitud de aquellos fariseos, al curar Jesús en sábado –el día en que no se podía trabajar– a un hombre que tenía una mano seca, en la sinagoga de Nazaret, su pueblo: “Nada más salir, los fariseos se pusieron de acuerdo con los herodianos para ver cómo acabar con él”406. “Por eso vemos a esas multitudes de Francia e Italia que abandonan completamente la religión. No tienen impresa en sus corazones la vida de nuestro Señor y Salvador tal como nos la dan los evangelistas. Creen sólo con la inteligencia, no con el corazón”407, y no aman realmente a Aquél en quien dicen creer.


Hablar con Dios es a lo que se llama orar. Contar nuestras penas y alegrías, pedir ayuda, dar gracias como lo hacemos con nuestros amigos, sólo que más íntimo: con Dios. La gran diferencia es que Dios siempre nos escucha, nunca está preocupado por algo que no seamos nosotros. Y cuando nos equivocamos nos hace ver nuestros errores y nos guía por el camino más adecuado. Aunque también hay otras formas de oración: la caridad con los demás, el empeño por mejorar cada uno interiormente, el ocuparse en hacer de la pro- pia vida algo de provecho en el mundo, etc., también son de algún modo oración. Pero es muy difícil mantenerse en ellas sin esa conversación diaria con Dios: a fin de cuentas sólo somos trabajadores de su campo, dependemos de Él, necesitamos sus instrucciones para hacer bien nuestra tarea. La oración no es sólo hablar, también es escuchar (KAROL).


En la oración tú abres a Dios tu intimidad, pues Él ya te entregó la suya antes: la ha hecho visible al revelarse a los hombres mediante su Palabra, y sobre todo en Jesús. Se trata de que haya un diálogo, un intercambio real. Los dos protagonistas de la oración sois Dios y tú. En todo momento puedes dirigir tu mirada hacia Jesús: lee su vida, reflexiona sobre su ejemplo y sus palabras, tal como se nos muestran en el Evangelio, y allí encontrarás lo que buscas, antes o después. Es lo que han hecho generaciones y generaciones de cristianos, especialmente los santos: “Si te tengo ya dichas todas las cosas en mi Palabra que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo responder ahora que sea más que esto? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho, y hallarás en él aún más de lo que pides y deseas”408. El Evangelio, la vida de Jesucristo, ha de ser tu manual de instrucciones. Así será muy difícil que haya aburrimiento en esa conversación, y Él irá influyendo en ti, en tu vida, cada vez más, con su marcada personalidad.


El canasto de carbón

Un anciano pasaba una temporada en una granja en las montañas de Kentucky (USA) con su nieto pequeño. Cada mañana, el abuelo se sentaba temprano en la mesa de la cocina para leer un poco de su vieja y estropeada Biblia. Su nieto quería ser como él, y buscaba algo en que imitarle. Un día el chico le preguntó: “Abuelo, yo intento leer la Biblia; me gusta pero no la entiendo, y lo que logro comprender se me olvida en cuanto cierro el libro. ¿Qué tiene de bueno leer la Biblia?”. El abuelo, en silencio, dejó de echar carbón en la estufa y le dijo: “Baja el canasto de carbón, ve al río y tráeme el canasto lleno de agua”. El muchacho, sorprendido, hizo tal y como su abuelo le dijo, aunque toda el agua se salió por las rendijas antes de que él pudiera llegar a la casa.

El abuelo se rió y dijo: “Tendrás que moverte un poco más rápido la próxima vez”, y lo envió nuevamente al río con el canasto para intentarlo de nuevo. Esta vez, el muchacho corrió más rápidamente, pero de nuevo el canasto estaba vacío antes de que llegara de vuelta a casa. Respirando con dificultad, dijo: “Abuelo, es imposible llevar agua en un canasto”, y buscó un balde. El anciano le contestó: “yo no quiero un balde de agua; yo quiero un canasto de agua. Tú puedes conseguirlo. Debes intentarlo más”. Y salió a la puerta para mirar de nuevo los esfuerzos del muchacho.

A estas alturas el chico ya sabía que era imposible, pero quería demostrar a su abuelo que, aun corriendo tan rápido como fuese posible, el agua se saldría antes de que llegase a la casa. El muchacho sacó de nuevo el agua y corrió mucho, pero cuando llegó donde estaba su abuelo el canasto estaba nuevamente vacío. Ya casi sin aire, dijo: “¡Mira, abuelo, es intil!”. “¿Por qué piensas que es inútil?”, dijo el anciano. “Mira dentro del canasto”. El chico miró el canasto y por primera vez comprendió que el canasto tenía un aspecto diferente. En lugar de encontrarse sucio de carbón, estaba totalmente limpio.

“Hijo –explicó el abuelo–, esto es lo que pasa cuando tú lees la Biblia. Tal vez no puedes entender o recordar todo, pero cuando la lees cambia tu interior. Ésa es la obra de Dios en nuestras vidas: nos va cambiando desde dentro, y poco a poco va imprimiendo en nosotros una imagen de su Hijo”.


Poco más que añadir. En la oración lo más importante no es lo que nosotros hacemos, sino lo que hace Dios en nosotros durante ese tiempo. Es imposible ponerse cerca del fuego y no calentarse409, cerca de la luz y no ver. Por eso en la oración no hay límites, como no los hay en el amor: puedes llegar todo lo lejos que quieras, hasta muy dentro del “corazón” de Dios. Basta que te entregues a Él y le dejes “trabajar” dentro de ti, y así Jesús te transforma
por dentro, te ayuda a identificarte con sus sentimientos, sus ilusiones, su vida, hasta que llegas a necesitarle para todo:


Cada vez que veo tu fotografía descubro algo nuevo
que antes no veía y me hace sentir lo que nunca creí.


Siempre te he mirado indiferente, eras tan sólo un amigo
y de repente lo eres todo, todo para mí, mi principio y mi fin.

Dame tu alegría, tu buen humor, dame tu melancolía, tu pena y dolor, dame tu aroma, dame tu sabor,
dame tu mundo interior.

Dame tu sonrisa y tu calor,
dame la muerte y la vida, tu frío y tu ardor, dame tu calma, dame tu furor,
dame tu oculto rencor.

Mi norte y mi guía, mi perdición,
mi acierto y mi suerte, mi equivocación,

eres mi muerte y mi resurrección, eres mi aliento y mi agonía
de noche y de día. Te lo pido por favor
que me des tu compañía,
de noche y de día lo eres todo.
410


No olvides que “el tesoro del hombre cristiano no está en la tierra, sino en el cielo. (...) La oración no es otra cosa que la unión con Dios. Todo aquel que tiene el corazón puro y unido a Dios experimenta en sí mismo como una suavidad y dulzura que lo embriaga, se siente como rodeado de una luz admirable. En esta íntima unión, Dios y el alma son como dos trozos de cera fundidos en uno solo, que ya nadie puede separar. (...) vuestro corazón es pequeño, pero la oración lo dilata y lo hace capaz de amar a Dios. La oración es una degustación anticipada del cielo, hace que una parte del paraíso baje hasta nosotros. (...) es como una miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo. En la oración hecha debidamente, se funden las penas como la nieve ante el sol. (...) Hay personas que se sumergen totalmente en la oración, como los peces en el agua, porque están totalmente entregadas al buen Dios. Su corazón no está dividido”. “Es algo muy hermoso esta unión de Dios con su pobre criatura; es una felicidad que supera toda nuestra comprensión” 411.

Quizá pienses: vista así, la oración no tiene mucho que ver con mis ocupaciones y aspiraciones. Todo lo contrario. Si aprendes a sumergirlas diariamente en ella, si las vas hablando con Dios, sentirás que ya no son sólo “tuyas”, que ya son de los dos. De ese modo, la oración es capaz de cambiar el mundo:


SEÑOR:
Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes
y a no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles. Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxito, no me quites la humildad.
Si me das humildad, no me quites la dignidad. Ayúdame siempre a ver la otra cara de la medalla,
no me dejes culpar de traición a los demás por no pensar igual que yo.
Enséñame a querer a todos como a ti mismo y a no juzgarme como a los demás. No me dejes caer en el orgullo si triunfo, ni en la desesperación si fracaso.
Más bien, recuérdame que el fracaso es la experiencia que precede al triunfo.
412


Si la vives así, en la oración encontrarás varias cosas importantes: luz para acertar con el camino, decisiones concretas para recorrerlo bien, y fuerza e impulso para superar todos los obstáculos. Te llenarás de ilusión por las cosas de Dios, mirarás de un modo nuevo y más comprometido todo lo de este mundo, te sentirás muy feliz... Y experimentarás cada vez como un nuevo nacimiento, un volver a empezar:


Siento que mi alma se encuentra perdida, que se junta la noche y el día.
Siento que si te veo

terremotos recorren todo mi cuerpo.

Antes de llegar siquiera a conocerte mucho antes ya te quería,
como algo inalcanzable:
así, así, así, así te quería.

Quiero un mundo nuevo,
mi corazón no lo compra el dinero;
quiero palmas que acompañen a mi alma.

Haces que se vaya mi melancolía, me devuelves de nuevo a la vida. Resurrección.
413





Notas
375 Beato JUAN PABLO II, Carta apostólica Dies Domini (“El día del Señor”), 31.V.1998, n. 15.
376 Cfr. Éxodo 33, 11.
377 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Camino, n. 91, 73ª ed., Rialp, Madrid 2002, págs. 33-34.
378 Cfr. Beato JUAN PABLO II, Carta apostólica Orientale lumen (“La luz del Oriente”), 2.V.1995, n. 16.
379 Cfr. S. BERNARDO, Tratado de la gracia y el libre albedrío, I.
380 Cfr. F. SUÁREZ, La vid y los sarmientos, 3ª ed., Rialp, Madrid 1993, pág. 49.
381 Cfr. F. M. MOSCHNER, La oración cristiana, Rialp, Madrid 1955, págs. 51-55.
382 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 25ª ed., Rialp, Madrid 1999, pág. 412.
383 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Amigos de Dios, 25ª ed., Rialp, Madrid 1999, pág. 357.
384 Juan 14, 9.
385 J. RATZINGER, Mirar a Cristo, Edicep, Valencia 1990, pág. 115.
386 BENEDICTO XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15.VIII.2005.
387 Miguel RÍOS, Santa Lucía. Obviamente, lo de “Dios” y “Tú” no está en la canción.
388 Cfr. por ejemplo S. AGUSTÍN, Sermón 2 sobre la Ascensión del Señor; está comentando Mateo 5, 8.
389 Cfr. JUAN CASIANO, Colaciones, 9, 4.
390 S. AGUSTÍN, Confesiones, 7, 10.
391 LOS SECRETOS, Cambio de planes (letra de Enrique Urquijo y Jesús Redondo).
392 Beato JUAN PABLO II, Audiencia con los jóvenes, 14.III.1979.
393 CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata, VII, 7.
394 S. JUAN CRISÓSTOMO, Éclogas de diversas homilías, 2.
395 S. JUAN CRISÓSTOMO, Homilía V sobre Ana, IV, 6.
396 Cfr. ORÍGENES, Tratado sobre la oración, VIII, 2.
397 S. BASILIO, Homilía sobre la mártir Julita.
398 Lucas 11, 1.
399 Cfr. Beato JUAN PABLO II, Carta apostólica Novo millenio ineunte (“Al comienzo del nuevo milenio”), 6.I.2001, nn. 32-33.
400 S. AGUSTÍN, Comentarios sobre los Salmos, 37, 13-14.
401 Sto. TOMÁS MORO, La agonía de Cristo, 3ª ed., Rialp, Madrid 1989, págs. 35-36. Esto lo escribió estando ya pre- so en la Torre de Londres, poco antes de ser decapitado por el rey Enrique VIII...
402 Cfr. J. TISSOT, La vida interior, 10ª ed., Herder, Barcelona 1947, págs. 450-451.
403 Cfr. F. SUÁREZ, La vid y los sarmientos, 3ª ed., Rialp, Madrid 1993, págs. 115-116.
404 Cfr. Romanos 8, 26-27.
405 Cfr. F. SUÁREZ, La vid y los sarmientos, 3ª ed., Rialp, Madrid 1993, pág. 126.
406 Cfr. Marcos 3, 1-6.
407 Carta de J. H. NEWMAN a la Sra. Bowden (12.V.1872). ¡Qué diría hoy el Cardenal Newman si levantara la cabeza y mirara a tantos países de Europa...!
408 Cfr. S. JUAN DE LA CRUZ, Noche oscura del alma, II, 22, 5. Esto nos lo dice un hombre famoso por su gran vida espiritual y su gran unión con Dios...
409 Cfr. J. PHILIPPE, Tiempo para Dios, 8ª ed., Rialp, Madrid 2005, págs. 53-54. Un poco más adelante (pág. 55) cita un ejemplo que usaba Santa Teresita de Lisieux: los cirujanos, para operar sobre el cuerpo del enfermo lo anestesian, y así hace Dios cuando actúa en el alma.
410 Luz CASAL, Lo eres todo.
411 Tomado de S. JUAN MARÍA VIANNEY: cfr. A. MONNIN, Esprit du Curé d’Ars, París 1899, págs. 87-89.
412 Oración compuesta por Mahatma GANDHI.
413 AMARAL, Resurrección (letra de Eva Amaral y Juan Aguirre).








¡Ahora toca a ti!



Cap. 15: HABLAR CON DIOS

Cuestiones para la reflexión para comentar en los foros del curso




1) ¿Por qué sucede que muchas personas que comienzan a orar (hablar con Dios) dejan pronto de hacerlo? ¿Qué actitudes básicas exige la oración para que sirva a quien ora?

2) Explica la diferencia entre oración vocal, meditación y oración de contemplación. ¿Cuál te parece más importante y por qué? ¿Cómo se logra cada una?

3) ¿Tiene la oración algo que decir a nuestra vida diaria, o es más bien un olvidarse de todo para no pensar en ella? ¿Se puede conseguir que la oración vaya transformando la vida de una persona? ¿Cómo?

4) Comentarios o sugerencias a esta lección del curso?


Sugerencia práctica para vivir esta semana



- Acostúmbrate a meditar la Palabra de Dios (pasajes del Evangelio y del Nuevo Testamento, Salmos, etc.) en tus momentos de oración, pidiendo a Dios que te ilumine sobre ellos.

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