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Curso ¿Qué me falta todavía? 2. Trabajar Sirviendo

Curso ¿Qué me falta todavía? 2. Trabajar Sirviendo
El compromiso Cristiano nos llama a convertir la profesión (o estudio, que es también un trabajo) en una ayuda generosa a los demás, y contribuir a que el sentido de responsabilidad y de servicio sea más fuerte que el deseo de beneficios.


Por: P. Joaquín Caldevilla Bujalance | Fuente: Catholic.net



Curso ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
















Autor y Asesor: Joaquín Caldevilla Bujalance

Fuente: Libro ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
Índice y presentación del libro

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Lección dos: Trabajar Sirviendo



En esta segunda lección tocaremos la realidad del mundo del trabajo donde ya no se distingue bien trabajo y tiempo libre, donde la responsabilidad va más allá de las propias fuerzas y, cómo el compromiso Cristiano nos llama a convertir la profesión (o estudio, que es también un trabajo) en una ayuda generosa a los demás, y contribuir a que el sentido de responsabilidad y de servicio sea más fuerte que el deseo de beneficios.

Recuerda que si tienes dudas concretas consulta la Guía donde encontrarás la solución a aspectos prácticos, metodológicos y los pasos para registrarte en los foros del curso.

Nuestro Asesor y autor del curso estará disponible en el consultorio virtual de Don Joaquín Caldevilla Bujalance y también responderá preguntas generales en los foros del curso.
¡Buen estudio!

2. TRABAJAR SIRVIENDO



“Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?» Entonces
Jesús, tomando la palabra, dijo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y
cayó en manos de unos salteadores que, después de haberle despojado, le cubrieron
de heridas y se marcharon, dejándolo medio muerto (...). Pero un samaritano
que iba de camino llegó hasta él y al verlo se movió a compasión, y acercándose
vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino, lo hizo subir sobre su propia
cabalgadura, lo condujo a la posada y él mismo lo cuidó. Al día siguiente, sacando
dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: Cuida de él, y lo que gastes de más te
lo daré a mi vuelta»”
(Lucas 10, 29-35)

¡Qué actuales resultan estas palabras, no sólo por lo de los salteadores (abundan los ladrones y las bandas), sino también por la indiferencia de tantas y tantos ante estas situaciones! Algunos incluso parecen haber convertido el robo, la corrupción, la injusticia y el burlar las leyes en un verdadero “trabajo profesional”, y a veces de sofisticada ingeniería financiera y legal. Recuerdan a tantas películas de gangsters y polis corruptos que saturan la TV. ¿Por qué no puedo quedarme con unos miles de euros de una empresa que tiene millones de beneficios, si no hay ninguna probabilidad de que me descubran? ¿Por qué me voy a avergonzar de querer enriquecerme sin ningún límite, a costa de hundir a otros competidores más pequeños? ¿Por qué no investigar, aunque sea de modo poco respetuoso y seguro, con embriones humanos si con ello puede mi empresa realizar negocios millonarios59?

Aunque, siendo sinceros, injusticias a gran escala y poderosos que abusan los ha habido en todas las épocas y lugares, no se trata de un invento moderno: “Quitada la justicia, ¿qué son los reinos sino grandes piraterías? ¿Y qué son las piraterías, sino pequeños reinos? También éstas las forman un puñado de hombres, regidos por el poder de uno principal, ligados por un pacto de sociedad, y que se reparten el botín según las normas de sus decretos. Si este mal crece, porque se le añaden hombres perdidos que se adueñan de lugares, fundan sedes, ocupan ciudades, someten pueblos, con mayor evidencia toman el nombre de reino (...) Elegantemente, pero con verdad, respondió un pirata preso a Alejandro Magno, cuando éste le preguntó qué le parecía tener devastado el mar. Él contestó con arrogancia: «Lo mismo que a ti te parece tener devastada toda la tierra. Sólo que a mí, por hacerlo con una pequeña nave, me llaman ladrón, y a ti, por hacerlo con una gran escuadra, emperador»”60.

Ante este panorama es fácil que te asalte una duda: ¿para qué trabajar y esforzarme tanto, si luego me explotan otros, y además viene una crisis económica y pierdo todo lo ganado durante años? Y, con la duda, una cuestión más profunda: ¿cuál es el verdadero sentido del trabajo humano, de la labor profesional? Hasta bien entrado el siglo XX, bastantes profesiones reclamaban una dedicación y entrega grandes a los demás: “¡Cuánto tiene «de buen samaritano» la profesión del médico, de la enfermera u otras similares! Por razón del contenido «evangélico» encerrado en ella, nos inclinamos a pensar más bien en una vocación que en una profesión”61. Maestros, empleadas de hogar, boticarios... Muchos años dedicados a un trabajo igual en un mismo lugar, con pocas comodidades o ventajas económicas, buscando prestar un servicio a quienes lo necesitaban.

Todo esto ha cambiado, en parte por la mejora de las comunicaciones y de los servicios públicos. Entonces, ¿se puede seguir hablando todavía de vocación profesional, y de servicio, en un mundo globalizado donde para no pocos ya no tiene valor la fidelidad a la empresa, al banco, al despacho; donde un futbolista juega una temporada (o media) en un equipo y la siguiente en el equipo rival simplemente porque le pagan más, o un alto directivo se pasa a la competencia llevándose con él los secretos industriales antes celosamente guardados? ¿Qué nos ha pasado? ¿Dónde hemos equivocado el camino?

El trabajo ha tenido diversa consideración a lo largo de la historia. Para los griegos, y
casi hasta el Renacimiento, era indigno del hombre libre, algo que debían realizar los esclavos o los siervos, sobre todo el trabajo manual. En el siglo XVI, por cierto influjo calvinista62 y de algunos humanistas del Renacimiento (Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro, Luis Vives...), empieza a recuperarse el trabajo como un deber impuesto por Dios a todo hombre; de hecho, así lo instituyó Dios al principio63, y lo recuerda San Pablo: “el que no trabaje, que no coma”64. Con la llegada de la Revolución Francesa esto se llevó hasta el extremo, apelando a la solidaridad y considerando la pereza como un crimen social; y lo mismo sucedió en los EE.UU. (cuyos fundadores fueron puritanos de raíz calvinista), y en los distintos regímenes totalitarios que han sacudido Europa durante el siglo XX. Pero las sociedades que han convertido el trabajo en algo absoluto también lo han deshumanizado: China, Japón...El lema de muchos hombres sería: “El trabajo fue su vida”, lo único en su vida.

De hecho, con este planteamiento se transforma al obrero en un autómata o un robot sin pensamiento, en un ejecutor de tareas diminutas y en una simple pieza de una maquinaria, como se vio ya en el siglo XIX con la Revolución industrial en Inglaterra. Después la cosa cambió, aunque no mucho al principio: la dirección pasó a controlar al trabajador con el cronómetro (hay que fichar), exigiéndole una obediencia ciega, y estimulándole con el salario según resultados. En los últimos años parecería haberse dado un cambio a esta situación en algunos lugares: horarios más flexibles, personalización del tiempo de trabajo, trabajo a tiempo parcial, etc.; también en los estilos de dirección en las empresas: movilizar, implicar, potenciar la autonomía, desburocratizar, crear un consenso alrededor de proyectos y valores, buscar adhesión y motivación, etc.

Todos estos aspectos son positivos, y encierran una nueva valoración de la aportación de cada persona en su trabajo, que hace pensar en un cambio de mentalidad. Aunque en algunos casos esas palabras son sólo una tapadera que esconde realidades bien distintas: invasión de la vida privada (no se distingue bien trabajo y tiempo libre), desarrollo estresante (la flexibilidad exige a cambio una entrega mayor a la empresa y un estar siempre al límite de las propias capacidades), degradación de las condiciones laborales (contratos-basura o muy inestables, alargamiento de la jornada laboral, precariedad de la protección social ante el despido o la jubilación). Esto ha sido en parte compensado por una mayor sensibilidad social hacia los derechos de los trabajadores, y una petición de más ética en las profesiones y los negocios.

Pero a pesar de estas correcciones en la tendencia, todavía estamos sufriendo las consecuencias de aquella exageración. El trabajo ha dejado de ser una vocación personal para ser un elemento de una estructura externa, controlado mediante técnicas cada vez más perfectas. Y el trabajador ha pasado de sentirse un órgano vivo del cuerpo social a ser una pieza intercambiable de la gran máquina social. En muchos ámbitos ya no importa tanto “el hombre que trabaja” sino “el trabajo del hombre”; ya no importa la persona cuanto su producción, su rendimiento y eficacia.

El trabajo ha dejado de ser un sentido, una orientación de la vida, para ser sólo un medio para adquirir bienes y dinero. Muchos han olvidado que “el trabajo está «en función del hombre» y no «el hombre en función del trabajo»”, y que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido «se hace más hombre»”65. Por eso, hoy es frecuente encontrar gente que no busca un trabajo, sino un puesto de trabajo (un sueldo), y que a la vez está deseando llegar cuanto antes a la edad de la jubilación... Para ellos el trabajo no tiene valor en sí, es simplemente instrumento para otra cosa: el dinero, que es lo realmente deseado.

Daría la impresión de que toda la obra y la “maquinaria” salida de las manos y del esfuerzo del hombre se hubiese levantado, poderosa, frente a su autor y, como dotada de vida propia, lo condicionase, lo sometiese, lo dominase. En no pocos se ha despertado incluso el temor a un desarrollo tecnológico incontrolado, y algunos llegan a profetizar que estamos cerca del terrible “paso del Ecuador”, descrito en Terminator III: en esa película, se llama así al momento en que la red mundial de ordenadores Skynet (“red celestial”) se hace con el control de sí misma, y empieza a funcionar sola y a dominar todos los sistemas informáticos y telemáticos con independencia del hombre, y con capacidad de repararse a sí misma y construir ella sola nuevos robots y ordenadores...

Hay un claro desequilibrio entre un progreso técnico y material muy veloz y, paralelamente, una gran falta de humanidad y energía moral. Y sus frutos trágicos se notan especialmente en las “sociedades de la abundancia”, que han eliminado la miseria o la extrema pobreza, que desconocen el hambre (el problema es la obesidad, también la infantil), que poseen servicios médicos eficaces, que proporcionan un buen acceso a la cultura y la educación –incluso superior–, que tienen escaso desempleo y en todo caso altos subsidios para aliviarlo y adecuados sistemas de seguridad social, que gozan de una jornada laboral suave y de abundantes medios de diversión, etc. Sociedades que, al mismo tiempo, muestran desoladoramente los más altos índices de suicidio, de neurosis, de depresión, de aborto, de anticoncepción, de divorcio, de malos tratos, de desintegración familiar, de drogadicción, de alcoholismo, de pornografía, de explotación sexual, de aburrimiento y cansancio vital66.

Es cierto que las cuestiones técnicas y económicas son complejas, y que sus adelantos
generan también muchos aspectos beneficiosos para grandes masas de gente. Pero llama la atención que Europa y EE.UU. gasten miles de millones de dólares en almacenar y destruir productos alimenticios que no se consumirán jamás, o premien a veces la improductividad de sus campesinos con subvenciones que superan ampliamente el total de la ayuda humanitaria al Tercer Mundo. Por otro lado, el hombre ha logrado cosas realmente increíbles: viajes espaciales, avances antes inimaginables en telecomunicaciones e informática; pero, a pesar de ello, no consigue ser feliz. El problema es que entendemos el progreso como bienestar, y traducimos erróneamente bienestar por dinero. Con dinero se producen y se compran cosas que luego se usan y disfrutan. El juego consiste en producir y consumir frenéticamente67.

A la vista de este panorama, es fácil caer en la tentación de preocuparme sólo de mi éxito profesional. En un corazón así, no resulta fácil encontrar tiempo para trabajar ayudando a otros. En un mundo así, un arquitecto buscará acumular premios internacionales haciendo casas raras y costosas, antes que diseñar edificios hermosos pero a la vez útiles y cómodos para las personas y las familias; un médico, experimentar con riesgo para los enfermos a fin de publicar artículos en revistas prestigiosas y ser conocido y recibir más subvenciones, antes que investigar durante años en silencio para encontrar terapias seguras que mejoren la salud de muchos; un científico, inventar cosas que le hagan pronto famoso y rico, antes que centrarse en descubrimientos que lleven a un verdadero progreso; un empresario, duplicar los beneficios y comerse a otros competidores más pequeños, antes que preocuparse de dar trabajo a más personas; un político, hacer leyes que le permitan mantenerse en el poder, antes que tomar medidas difíciles pero que suponen un verdadero bien para los ciudadanos.

Un mundo así no es deseable, no es bueno, destroza muchas vidas; pero parece ser el mundo hacia el que vamos, si no hacemos algo.

El brillante chico de la City68

Mathew Courtney, de 27 años, contratado desde 2002 en un prestigioso bufete de abogados de Londres con sede en la famosa Fleet Street, se dirigió al terminar su intensa jornada de trabajo a la Tate Gallery. Eran las once y media de la noche. A pie, desde la City londinense, zona de las grandes empresas, firmas y despachos, es un paseo refrescante, y pasas por delante de la catedral de San Pablo y por el Puente del Milenio de Norman Foster.

Según se decía, trabajaba más de 16 horas diarias los siete días de la semana, tenía una carga de trabajo brutal, y la presión iba aumentando cada mes. Pero no había motivo de queja: era considerado, a pesar de su corta edad, uno de los mejores abogados de Londres, ganaba más de 80.000 euros al año, y en poco tiempo –y gracias a los éxitos que iba cosechando– llegaría a alcanzar unos ingresos anuales de 1,5 millones de euros. Millonario a los 35 años.

Aquella noche subió a la séptima planta de la Tate Gallery, y se sentó en el restaurante a tomar algo. Entonces recibió una llamada. Los testigos dicen que sacó su Blackberry, atendió el teléfono, se levantó, dejó el restaurante y se dirigió al descansillo. Poco después se precipitaba por el hueco de la escalera: más de 24 metros de caída. Las heridas en la cabeza y en el pecho le causaron la muerte. ¿Un accidente? Quizá. La policía abrió una investigación... por suicidio. Parece que no resistió más tanta presión. Su trabajo fue su vida, su dios... y también su destrucción.

Quizá se trate de un caso extremo, aunque no son infrecuentes en los periódicos. Pero todo tiene una explicación. Vuelve a repetirse en muchos corazones la escena de Belén: “en la posada no había sitio. En cierto modo, la humanidad espera a Dios, su cercanía. Pero cuando llega el momento, no tiene sitio para Él. Está tan ocupada consigo misma de forma tan exigente, que necesita todo el espacio y todo el tiempo para sus cosas y ya no queda nada para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios. Y cuanto más se enriquecen los hombres, tanto más llenan todo de sí mismos y menos puede entrar el otro”69. Pero esta situación puede cambiar, debe cambiar, en parte gracias a quienes creemos en Dios, como ya explicaba San Pablo70. El trabajo no es la estación de llegada: es el tren que me lleva hacia ella. Por eso, si el tren se desvía, si me aleja de mi destino, hay que bajarse en la próxima estación y tomar otro tren. “El error de nuestra época consiste en que sus hombres no quieren ser útiles sino importantes” (Winston Churchill).

Hay que darle otro rumbo a ese trabajo, hay que trabajar con otra mente y de otra manera. Hay que inventar nuevos estilos de trabajo y de empresa, en donde el beneficio no sea lo más importante, aunque sea bueno e incluso necesario71. Se trata de instaurar una nueva civilización, un modo de trabajar y de dar a cada uno lo que le corresponde o, al menos, todo lo posible de lo que necesita, con una delicadeza, un respeto y un deseo de ayudar, con un amor tan grande, que faciliten comprender mejor, tanto al que da como al que recibe, la gran dignidad de cada persona humana, su condición de imagen de Dios, de hijo de Dios: “El hombre siempre será más importante que su trabajo: su dignidad va más allá de sus obras”72. Entonces el trabajo de cada día, todo trabajo honrado, se convierte en servicio a los demás, y llegar a ser ocasión para unirse con Dios, con sus deseos: es una vocación, una "llamada” e “invitación” de Dios. Sólo depende del modo como se viva, y no principalmente de la importancia social que se le asigne73.

Cuenta una antigua historia que en un lugar había tres canteros picando grandes bloques de piedra. Un caminante que pasaba por allí preguntó al primero: “¿Qué haces?”. El cantero respondió enfadado: “¿Acaso no lo ves? Rompo unas piedras”. Al pasar al lado del segundo cantero le hizo la misma pregunta, y éste le respondió con cara triste y poca ilusión: “trabajo para ganar dinero y sacar adelante a mi familia”. Al llegar donde estaba el tercer cantero, vio que estaba contento y alegre, y se atrevió a hacerle la misma pregunta: “¿Y tú qué haces?”. El cantero le respondió con cara de felicidad: “¡construyo una catedral!”. Todos dijeron la verdad, pero sólo uno de ellos había captado el significado profundo de su trabajo, sólo él había logrado ser feliz haciéndolo, sólo a él le servía para unirse con Dios y buscar el bien de muchos.

Bastantes cristianos ya desde los primeros tiempos trabajaron con ese espíritu: “Convencidos de que Dios se encuentra en todas partes, nosotros cultivamos los campos alabando al Señor, surcamos los mares y ejercitamos todos nuestros demás oficios cantando sus misericordias”74. Imagina un mundo en el que cada profesión intentase realizar plenamente la idea que Dios tenía al principio, el motivo para el que quiso que existiera ese trabajo. Un mundo en el que, respetando las reglas propias de cada actividad –reglas, por tanto, “naturales”, es decir, anteriores a cualquier decisión de Estados y Gobiernos–, nadie pretenda a toda costa el triunfo y el éxito, sino hacer las cosas de modo que puedan ser útiles a los demás; un trabajo bien hecho, con la constancia y el cuidado de los detalles que sabe poner un artista o un buen profesional. ¿Te parece imposible, utópico, irrealizable? ¿Piensas que los cristianos somos de otro planeta, y no tenemos nada que aportar al mundo laboral, económico, político y social? ¿No será quizá que no has captado todavía, en todo su alcance y profundidad, qué es el cristianismo, qué significa ser cristiano?

Recuerda aquellas palabras de Jesús: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? (...) Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte (...) Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos”75. Otros antes que nosotros ya consiguieron bastante en esa línea, en los primeros siglos del cristianismo.

Y después, a lo largo de toda la historia del mundo occidental, la fe cristiana ha sido a menudo un correctivo de los errores o abusos que se iban cometiendo en muchas profesiones. Por eso, no tengas miedo a plantearte tu vida y tu trabajo como un servicio a los demás, como una contribución a construir un mundo laboral y profesional mejor, más humano.

Pero hay todavía un problema. Puedes quizá pensar que ese espíritu de servicio en el trabajo sólo es posible vivirlo de verdad en algunas (pocas) ocupaciones limpias, no contaminadas, libres de toda sospecha: voluntario de una ONG, asistente social, responsable de buenas relaciones laborales en una empresa, etc. Y que en las demás profesiones es imposible, y tienes que ensuciarte si quieres llegar arriba. Es una tentación muy fuerte, visto el ambiente en que nos movemos. Pero, como todas las tentaciones, se puede vencer, hay otras posibilidades. Recuerda a aquel samaritano del que hablaba Jesús: después de curar al herido le llevó a una posada, y luego se marchó, pues tenía que volver a su trabajo diario, que era también un servicio a los demás. “Después de los primeros cuidados de asistencia al herido, el buen samaritano se dirige al posadero. ¿Qué hubiera podido hacer sin él? De hecho, el posadero, permaneciendo en el anonimato, realizó la mayor parte del trabajo. Todos pueden actuar como él cumpliendo sus propias tareas con espíritu de servicio”76.

Todas las profesiones honradas ayudan, todas ellas tienen un lugar en el plan de Dios;
lo importante es que todos sumemos, que todos aportemos. Aunque es cierto que algunos trabajos –a menudo poco valorados– constituyen de modo evidente una entrega constante y muy desinteresada, un inmenso acto de amor: el de una madre de familia en el hogar, como educadora, psicóloga y gestora insustituible, además de “directora de personal” y “relaciones públicas”; el de una persona ocupada en cuidar a otras enfermas o dependientes a llevar una vida con mayor calidad; el de un “heroico” profesor de Secundaria intentando transmitir no sólo un libro a sus alumnos, sino principalmente un estilo de vida que les facilite el crecer como personas; o el de los guías espirituales en sus comunidades (los sacerdotes católicos y los popes ortodoxos, pero también los rabinos judíos, los imanes musulmanes, cada uno a su nivel), fomentando con sus consejos una vida verdaderamente espiritual entre los hombres, y con ella la paz, la fraternidad, la convivencia y la comprensión mutua.

A los creyentes nos “corresponde testificar cómo la fe cristiana –más o menos conscientemente percibida e invocada por todos– constituye la única respuesta plenamente válida a los problemas y expectativas que la vida plantea a cada hombre y a cada sociedad. Esto será posible si los fieles laicos saben superar en ellos mismos la fractura entre el Evangelio y la vida, recomponiendo en su vida familiar cotidiana, en el trabajo y en la sociedad, esa unidad de vida que en el Evangelio encuentra inspiración y fuerza para realizarse en plenitud” 77. Esta unidad interior, en el centro del alma, permite trabajar con una actitud de servicio verdaderamente desinteresado, colaborando así a edificar el mundo según la mente de Dios. Entonces, la responsabilidad de hacer bien el propio trabajo aumenta, y hasta la actuación más técnica se hace buena o mala según el objetivo con que se realiza78. Dios y los demás necesitan de mi preparación (estudio) y de mi competencia profesional, que se convierten de este modo, para la gran mayoría de las personas, en parte principal de su vida espiritual y de su misión como cristianos: “allí donde están vuestras aspiraciones, vuestro trabajo, vuestros amores, allí está el sitio de vuestro encuentro cotidiano con Cristo. Es, en medio de las cosas más materiales de la tierra, donde debemos santificarnos, sirviendo a Dios y a todos los hombres (...): en un laboratorio, en el quirófano de un hospital, en el cuartel, en la cátedra universitaria, en la fábrica, en el taller, en el campo, en el hogar de familia y en todo el inmenso panorama del trabajo, Dios nos espera cada día”, pues “hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir” 79. Hay que ir creando grupos de profesionales prestigiosos que, cada uno en su lugar, asociados o colaborando entre ellos, tengan la ilusión por ir mejorando algunas cosas.

Pero, visto así, ¿no quita entonces la religión libertad al trabajo, y a la ciencia y la técnica? ¡Claro que no! Cada profesión tiene sus propias reglas; pero distinción no quiere decir separación o independencia. Las partes del cuerpo son distintas, pero han nacido para vivir todas unidas entre sí y ayudándose mutuamente; si se separan se destruyen, mueren, pues dejan de recibir el influjo de algo que está en todas ellas y las vivifica: el alma, el espíritu. El agua y la esponja han nacido el uno para el otro: son distintos, pero si no existiera el agua, los líquidos, no tendrían sentido las esponjas; además, por el hecho de estar el agua empapando en todas sus partes a la esponja, no deja de ser esponja: más aún, encuentra su pleno sentido al ser empapada, al dejarse llenar por el agua. Esto mismo sucede con el trabajo de un cristiano: está tan iluminado por su fe, tan impulsado por su esperanza, tan empapado por su caridad, que no puede dejar de manifestarse como contribución al bien, como servicio.

¿Has visto cómo se construye un gran puente, o una presa, o cómo se realiza una operación quirúrgica, o cómo interpreta una sinfonía una gran orquesta de muchos músicos? ¿Has pensado en la tremenda fuerza, transformadora de la sociedad y creadora de belleza, que tendría la suma del trabajo de muchas personas ayudándose unas a otras para hacer el bien, cada una aportando al conjunto los dones que ha recibido y desarrollados al máximo? ¿Cuál es el verdadero progreso social: llegar a fabricar más cosas de modo cada vez más rápido y más barato, o dirigir todas las profesiones a que sumen esfuerzos para hacer el mundo más humano? Hace tiempo, un hombre no cristiano dijo a la Madre Teresa de Calcuta, al conocer su casa de acogida en Kalighat: “Vuestra religión tiene que ser verdadera, pues os da la fuerza para llevar a cabo estas cosas”. Para ella estaba claro: “Nuestro trabajo es nuestro amor en acción”80.

Este pasaje del Evangelio me hace pensar en la capacidad que tiene el hombre para salir de su egoísmo y mirar al de al lado. Es una capacidad que hace a la persona grande; pues, cuando yo veo a alguien así, me parece un gigante. Pero a la vez es una capacidad tan heroica... porque supone olvidarme por un momento de mi prisa, de mi obra, de mi cometido, de mi nota... En una palabra, de “mi triunfo”. Dejando paso para que otro triunfe, sea feliz, y viva mejor, yo desaparezco, me esfumo. Esto me recuerda a una obra de arte sin firma, que todo el mundo admira y reconoce, aunque no puedan felicitar al autor. Pero eso es lo de menos, ya que esa obra cumple su misión: plasmar y transmitir belleza (KAROL).

Anímate y prueba tú también a convertir tu profesión (o tu estudio, que es también un
trabajo) en una ayuda generosa a los demás, y contribuir a que el sentido de responsabilidad y de servicio sea más fuerte que el deseo de beneficios. Y si no sabes cómo, investiga un poco en el Evangelio: descubrirás muchas cosas sencillas que tú también puedes hacer. Si consigues vencer la tentación de actuar sólo por interés personal o “de cara a la galería” habrás ganado una importante batalla, que te hará muy feliz y humanamente mucho más valioso que muchos de los que te rodean:

Trabaja como si no necesitaras el dinero.
Ama como si nunca hubieses sido herido.
Baila como si nadie estuviera mirando.
Canta como si nadie escuchara.
Vive como si fuera el Cielo en la Tierra.



Notas
59 Cfr. D. ÁLVAREZ - J. DE LA TORRE, 100 preguntas básicas sobre Ética de la Empresa , Dykinson, Madrid 2004,
págs. 4 y 17-20.
60 S. AGUSTÍN, La ciudad de Dios , 4, 4. Simpático el pirata...
61 Beato JUAN PABLO II, Carta apostólica Salvifici doloris (“Del dolor salvador”), 11.II.1984, n. 29.
62 Juan CALVINO fue uno de los principales reformadores protestantes del siglo XVI; influyó más en Suiza y parte de
Francia, pero sus ideas se extendieron por todo el mundo anglosajón, especialmente en EE.UU.
63 Cfr. Génesis 1, 28; 2, 15.
64 2 Tesalonicenses 3, 10.
65 Cfr. Beato JUAN PABLO II, Encíclica Laborem exercens (“Ejerciendo el trabajo”), 14.IX.1981, nn. 6 y 9.
66 Cfr. J. M. IBÁÑEZ LANGLOIS, Doctrina Social de la Iglesia , EUNSA, Pamplona 1987, pág. 291. Se trata de males
comunes a sociedades de muy diversa estructura económica, como el capitalismo norteamericano, el socialismo escandinavo,
e incluso el socialismo comunista allí donde, a pesar de sus limitaciones, consiguió cierta prosperidad (las antiguas
Alemania del Este y Checoslovaquia).
67 Cfr. J. R. AYLLÓN, Desfile de modelos. Análisis de la conducta ética , 3ª ed., Rialp, Madrid 1998, pág. 144.
68 Con datos del diario El Mundo (19.II.2007, pág. 33).
69 BENEDICTO XVI, Homilía , 25.XII.2007.
70 Romanos 8, 19-21: “la creación espera ansiosa la manifestación de los hijos de Dios. Pues la creación se ve sujeta a la
vanidad, no por su voluntad, sino por quien la sometió, con la esperanza de que también la misma creación sea liberada
de la esclavitud de la corrupción para participar de la libertad de la gloria de los hijos de Dios”.
71 Cfr. BENEDICTO XVI, Encíclica Caritas in veritate (“La caridad en la verdad”), 29.VI.2009, n. 41: “ El predominio
persistente del binomio mercado-Estado nos ha acostumbrado a pensar exclusivamente en el empresario privado de tipo
capitalista por un lado y en el directivo estatal por otro”. Pero ser empresario tiene un significado principalmente humano,
y permite una variedad más amplia de objetivos en la empresa.
72 Beato JUAN PABLO II, Encuentro con los trabajadores en Bahía Blanca (Argentina), 8.IV.1987.
73 De modo semejante se expresó en muchas ocasiones san JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, que veía el trabajo
como un medio y ocasión que Dios ha dado al hombre para relacionarse con Él, y una herramienta para desarrollarse
a sí mismo y mejorar el mundo: cfr. Amigos de Dios , 25ª ed., Rialp, Madrid 1999, págs. 99-120.
74 CLEMENTE DE ALEJANDRÍA, Stromata , VII, 7.
75 Mateo 5, 13-16.
76 Beato JUAN PABLO II, ¡Levantaos! ¡Vamos! , Plaza & Janés, Barcelona 2004, págs. 107-108.
77 Cfr. Beato JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici (“Los fieles laicos”), 30.XII.1988, n. 34.
78 Beato JUAN PABLO II, Encíclica Centessimus annus (“Al cumplirse el centenario”), 1.V.1991, n. 36: “la opción de
invertir en un lugar y no en otro es siempre una opción moral”.
79 S. JOSEMARÍA ESCRIVÁ DE BALAGUER, Conversaciones , 17ª ed., Rialp, Madrid 1989, págs. 235-236.
80 Beata TERESA DE CALCUTA, Orar. Su pensamiento espiritual , Planeta, Barcelona 1997, pág. 199.




¡Ahora toca a ti!



Cap. 2: TRABAJO Y SERVICIO

Cuestiones para la reflexión para comentar en los foros del curso



1) ¿Cuáles te parece que son las razones por las que se ha perdido en muchos lugares el sentido del trabajo como servicio a los demás, y a la sociedad?

2) ¿Es compatible ser buen cristiano con ser un mal trabajador, con no esforzarse por hacer bien y mejorar en el propio modo de trabajar?

3) Explica por qué el trabajo, vivido cristianamente, y respetando sus leyes propias (naturales, dadas por Dios), no limita la libertad del cristiano en su actuación en la sociedad.

4) ¿Algún comentario o sugerencia sobre el tema de esta lección?


Sugerencia práctica para vivir esta semana





- Acostúmbrate a elevar tu corazón a Dios antes de comenzar y al terminar tu trabajo cada día, pidiéndole que te ayude a realizarlo bien, como Él espera de ti.



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