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Curso ¿Qué me falta todavía? 4. La Pureza del Corazón

Curso ¿Qué me falta todavía? 4. La Pureza del Corazón
En esta lección se tratará de explicar como el amor entregado y generoso, permanente, es el único ambiente adecuado para la digna transmisión de la vida, y la base necesaria para edificar bien una sociedad humana que quiera ser duradera.


Por: P. Joaquín Caldevilla Bujalance |




Curso ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI


















Autor y Asesor: Joaquín Caldevilla Bujalance

Fuente: Libro ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
Índice y presentación del libro

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Lección cuatro: LA PUREZA DEL CORAZÓN



En esta lección se tratará de explicar como el amor entregado y generoso, permanente, es el único ambiente adecuado para la digna transmisión de la vida, y la base necesaria para edificar bien una sociedad humana que quiera ser duradera.

Recuerda que si tienes dudas concretas consulta la Guía donde encontrarás la solución a aspectos prácticos, metodológicos y los pasos para registrarte en los foros del curso.

Nuestro Asesor y autor del curso estará disponible en el consultorio virtual de Don Joaquín Caldevilla Bujalance y también responderá preguntas generales en los foros del curso.


¡Buen estudio!


“Llegó, pues, a una ciudad de Samaría, llamada Sicar, junto al campo que dio Jacob a su hijo José. Estaba allí el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era alrededor de la hora sexta. Vino una mujer de Samaría a sacar agua. Jesús le dijo: Dame de beber. Sus discípulos se habían marchado a la ciudad a comprar alimentos (...) A continuación llegaron sus discípulos, y se asombraron de que hablara a solas con una mujer. Pero ninguno le preguntó: ¿Qué buscas?, o ¿qué hablas con ella?”(Juan 4, 5-27)



Si hay algo verdaderamente importante para muchas personas, quizá hoy más que nunca, es el amor: sentirse amado, aceptado, valorado. Especialmente en tiempos de tanto sufrimiento familiar, laboral y social. Y, entre los distintos amores, el que se lleva la palma es el amor entre un hombre y una mujer. No es casualidad que gran parte de los libros y películas que se producen y venden se resume en eso: una historia de amor más o menos ro- mántica, a la que se añaden otras cosas para “rellenar”. Ese amor es, para muchas personas, uno de los impulsos más potentes que hay en su interior. Y aunque algunos lo corrompan buscándolo por motivos perversos, en sí mismo es muy bueno, es algo natural, propio del ser humano.

Aunque ese amor, en el caso del matrimonio, no es sólo amor romántico: hay en juego algunos bienes (de los hijos, de la sociedad, de los propios esposos) que tienen sus derechos y han de ser protegidos convenientemente, mediante una institución que los asegure. Enton- ces, suele suceder que cuando el amor no es responsable, sino sólo espontáneo, sin otro compromiso que dejarse llevar por la emoción de cada momento, la institución del matri- monio y su exigencia de fidelidad y permanencia suelen ser vistos como una cárcel para el amor.

Pero volviendo al texto, ¿por qué fueron tan mal pensados los apóstoles, y dudaron de Jesús al verlo con aquella mujer? ¿Acaso no habían comprobado ya suficientemente que Él tenía un corazón puro? Además, ¿no era Jesús amigo de Marta y María, hermanas de su amigo Lázaro, y les visitaba con frecuencia? Entonces, ¿es que consideraban algo malo la inclinación afectiva o sexual? ¿O más bien les sorprendió lo desacostumbrado de la situa- ción, pues en otras ocasiones Jesús había manifestado ya claramente que en su corazón ha- bía un orden inequívoco, y que los asuntos de su Padre eran lo primero, principal y único, lo absolutamente imprescindible?

Hoy no pocos ridiculizarían esta escena. Y es que si deseas vivir una vida como Jesús, y ser capaz de amar con un corazón puro y limpio, lo tienes difícil. Con frecuencia y desde muchos ángulos –los medios de comunicación, los lugares de ocio y descanso, las costum- bres sociales e incluso las leyes– se ofrece una visión deformada de la relación varón-mujer, te encuentras justo lo contrario. Y en tu interior se libra una batalla entre ciertos impulsos y tendencias –que en opinión de algunos habría que dejar sueltos– y lo que tu razón y tus creencias te indican que debes hacer. Hay para muchas personas una fuerte contradicción in- terior y exterior. Y tu propia experiencia te hace intuir que sólo con ayuda de fuera (de Dios, de los demás) se puede lograr la victoria. Y que hay que contar con Dios (rezar), y ser pru- dente, humilde y paciente, y exigirse y controlarse..

Pero hay también otro modo de enfocar las cosas. ¿Has pensado alguna vez que toda pasión humana responde a una necesidad y a un deseo de la persona: un amor grande y noble satisface más y da mayor felicidad que un amor pequeño y egoísta, una esperanza gran- de anima más a vencer los obstáculos sin desanimarse, etc.? La pureza no consiste en un desprecio de la realidad corporal del amor, no es un rechazo de lo que Dios ha hecho bueno. Una persona que, tras convertirse a Dios y cambiar su vida, se volviese contra su cuerpo no habría ascendido verdaderamente hacia el espíritu: se parecería a un viajero que, caminando por la ladera de una montaña, pasase de una vertiente a otra pero sin cambiar de altitud. En la verdadera conversión hay ascensión: se alcanza la cima de la montaña, desde la cual el ojo abarca las dos vertientes con la misma mirada. Por eso el santo, libre ya del pecado, se inclina con más compasión que nadie sobre el cuerpo y el pecado, rotas las cadenas que a ellos le ataban. Es necesario ser libre para poder visitar y ayudar a los prisioneros126.

La sexualidad es algo muy profundo y arraigado en cada persona: no se limita a los aspectos corporales, sino que llega hasta lo más hondo de su ser, hasta su dimensión psicológica y espiritual, dando un colorido característico a su vida. Y cuando se focaliza, cuando se concentra y se expresa por medio del afecto, pone en juego todo lo que la persona implica, todo lo que significa. ¿No has sentido a veces la necesidad de materializar, de expresar externa y hasta físicamente, el amor: un beso, una caricia? Decididamente, el amor y la afectividad son algo profundamente humano, algo bueno. Pero sería ingenuo no reconocer que pueden ser vividos de manera inadecuada, tanto en las acciones como en los deseos: te basta mirar a tu interior.

Por eso, para que el amor y la afectividad permanezcan en su lugar y no se descontrolen, para que el espíritu domine y oriente lo corporal, a veces conviene suprimir ciertas ma- nifestaciones, sin que por ello ese amor pierda nada de su fuerza interior: más aún, así se pu- rifica. Quien no sabe decirse “no”, quien no sabe esperar, tampoco sabe querer: es egoísta, busca su propio interés, no valora el respeto debido a los demás. Incluso los amantes más vulgares aman un poco con su alma: tienen sentimientos que rebasan el deseo de la simple unión corporal; y los esfuerzos y sacrificios que se imponen para verse y estar juntos, la es- peranza misteriosa que habita en ellos y que transfigura su vida en un instante, demuestran una aspiración quizá algo confusa y desviada, pero realbhacia algo absoluto y eterno que el placer corporal sin más no puede dar.

En el caso de los novios y esposos, el amor a la otra persona pasa por encima de cualquier cosa que ella nos pueda dar, y esto se nota más cuanto más amor se tiene, cuanto más “limpio” (sin intereses personales que lo manchen o degraden) es ese amor. Es claro que “Uno no se casa porque la tierra necesita estar poblada, se casa porque está enamorado” (G. K. Chesterton). Es de sentido común. Sin embargo, esto no se opone a que haya algunos resultados propios de ese amor: aquello de “creced y multiplicaos”127 ya está contenido como en germen en la simpatía amorosa, es el fruto que acompaña a la flor. Los hijos crean nue-
vos lazos entre los esposos-padres, nuevos motivos para ayudarse mutuamente y quererse, y
para superar las dificultades que inevitablemente surgirán:


Tenemos que hablar y compartir algún momento. Tenemos que hablar y decidir qué esta pasando entre los dos, de qué puedo hacer si mis ojos huyen de los tuyos sin querer.

Tenemos que hablar sin resignarnos a los gestos. Tenemos que hablar de que la niña
ya no se porta igual, de cómo cambio,
de que va creciendo y necesita nuestra unión.

Tenemos que hablar porque sabemos que aún es hora de reconducir algunas cosas sin demora,
de cómo tu y yo
vemos que la vida va tejiendo su traición.

Tenemos que hablar porque son tantos los amigos que con el tiempo han separado sus caminos;
de qué estuvo mal
y de si a nosotros también nos ocurrirá.

Y es que somos dos gaviotas contra el viento y si cruzamos nuestras alas
ya no podremos volar;
porque nuestro amor no es una broma, ni es un juego ni perdona,
y puede herirnos de verdad, dejándonos soledad.128



¿No te llama la atención que ningún otro compromiso afectivo, ningún otro vínculo social, sea definido y coronado por un sacramento, sólo el matrimonio? Los lazos que unen el amigo al amigo, el gobernante a su pueblo, etc., ni son sacramentales ni irrevocables; in- cluso uno puede desligarse de los votos religiosos, pero no de las promesas del matrimonio. La importancia excepcional que un cristiano atribuye al matrimonio se debe ante todo a que ve en él una imagen de la intimidad de Dios: dos Personas unidas entre Sí por un gran Amor-Entrega-Don que busca ser total y es tan fuerte que origina una nueva Persona; Amor que ya se manifestó, aunque veladamente, al crear al hombre como dos en relación, varón y mujer.

Este amor entregado y generoso, permanente, es el único ambiente adecuado para la digna transmisión de la vida, y la base necesaria para edificar bien una sociedad humana que quiera ser duradera. Y el acto sexual, una donación biológica y vital íntegra, debe por ello reservarse hasta el momento de la manifestación sincera y pública, irrevocable, de esa en- trega, que es el matrimonio. El amor es bueno, es positivo, cuando es auténtico, respetuoso, cuando no busca su propio interés129 sino lo que es bueno, cuando respeta su modo “natural” (correcto) de manifestarse.

Pero hay que ser realistas: en el amor no todo es idílico, hay problemas. Implica inevi- tablemente un choque de personalidades. Este choque no se produce de repente, sino que se va preparando poco a poco, y se nota al principio en pequeños detalles. Durante el noviazgo, él y ella han hecho un esfuerzo para moldearse cada uno según la personalidad del otro: han procurado evitar, en lo posible, expresar opiniones que molestarían al otro; han ocultado a veces los propios gustos e inclinaciones, los propios defectos. Sin darse cuenta de ello, y ba- jo el efecto de una coacción que espontáneamente se imponían a sí mismos, han falseado su propia imagen, al menos en parte. Una vez casados y pasada la euforia del principio, esa tensión se afloja, y va desapareciendo el maquillaje, y él y ella vuelven a ser los mismos de siempre. Entonces reaparecen costumbres antiguas, y se revalorizan opiniones y actitudes de antes. La personalidad se afirma con su verdadero rostro despojada de todas las máscaras que la vida en común, compartida por entero, hace ahora imposible.

Hablar de “novios” es hablar de una pareja juvenil, entusiasta, radiante, que apuesta toda su vida por su amor. En tal situación, decir a unos enamorados que hay que ser pruden- tes, que el amor tiene sus peligros, que el mañana puede reservarles sorpresas... todo eso les crispa. Piensan que se trata de consejos de viejo carca, o de madre desencantada, y confían interiormente en que el fuego de su amor les preservará siempre de los ataques de la vida. Sin embargo, los fracasos matrimoniales están ahí, son una triste y frecuente realidad: pare- jas rotas, hijos desquiciados, familias que sufren... Si se tratara de invertir dinero en algún negocio, pondrían mucho cuidado en medir el riesgo, por miedo a perder su capital; y lo que se arriesga en el matrimonio es mucho más: toda su felicidad. Y es que el amor se venga te- rriblemente de los que han ignorado sus dimensiones y sus exigencias. El corazón no es fácil de controlar cuando se enciende su fuego. Y al derrumbarse lo arrastra todo consigo.

Conclusión: con el amor no se juega. Unos novios que, en alguna medida, no tuviesen una sana inquietud, correrían un gran riego de fracasar. Deben examinar con frecuencia su amor, a fin de comprobar su calidad130. Es obvio que hay una Física del amor (la atracción corporal juega un papel), y mucho más una Química del amor (los sentimientos, el cariño, la simpatía). Pero también hay una Lógica del amor (sólo es total lo que es para siempre), e incluso una Matemática del amor (aspectos “positivos” y “negativos”), con sus propias leyes, y hay que razonar y ver si “cuadran los números”, y sacar conclusiones: compatibilidad de caracteres, convicciones personales y valores fundamentales compartidos, proyecto común de futuro, sacrificios que se está dispuesto a asumir para realizarlo...

El primer efecto de un dique consiste en comprimir el curso de un río; el segundo es hacer más profundas y más limpias sus aguas. La necesidad de sufrir y vencer la prueba del tiempo obra sobre los novios y esposos como una criba que separa la cáscara del grano: po- co a poco lo despoja de sus elementos accidentales e ilusorios para retener sólo el núcleo in- corruptible; transforma la pasión en amor verdadero, lo decanta y purifica. No hay por qué dejarse llevar por el primer impulso, por lo primero que se siente. Hay que ser capaz de con- trolar el propio corazón, para no “romper” ni hacer un daño quizá irreparable a otros, crean- do situaciones o expectativas que, si se tuercen luego, pueden terminar muy mal: alcohol, drogas, suicidio...


Las cartas que tú a veces me mandabas y nunca leí
estaban marcadas con palabras que pronto aprendí;
que juegas y apuestas fuerte sin límite de pasiones
si apuestas por la reina de corazones.

Doy todo lo que puedo dar,
Me he acostumbrado a apostar sin ganar.

Rey de copas fui por todo lo que vi junto a ti, junto a ti.

Las cosas que vivimos y recuerdo contigo o sin ti
me han enseñado a retirarme a tiempo:
mi apuesta es huir.
No cambio mis pensamientos por juegos de perdedores
que apuestan por la reina de corazones.131



Pero entonces, ¿cómo hacer para conseguir ese amor puro y limpio, ese amor respe- tuoso y a la vez vital? Dando al cariño un contenido, un fundamento, espiritual –creciente como fruto de la diaria entrega mutua– e incluso religioso. Así el amor se hace más fuerte y sincero. Quizá has tenido ya experiencia de ello, en tu familia, o a tu alrededor: un amor verdaderamente fundado en Dios, capaz de querer al otro pasando por encima de sus limitaciones y debilidades, de sus cosas menos buenas, y fortalecido por la oración frecuente, está más preparado para superar los inevitables golpes de la vida. Si además de su amor les une Dios, el cemento de unión es más fuerte. La película La ganadora, basada en una historia real, cuenta los avatares de una familia numerosa irlandesa en la década de 1960 en EE.UU. Lo pasaron muy mal, pero ni el tener un marido alcohólico y algo inmaduro –un accidente frustró su carrera de prometedor cantante–, ni las muchas dificultades económicas que su- frieron, consiguieron apagar o enfriar el amor en una madre increíblemente generosa, ena- morada, alegre y súper creativa, además de creyente.

Es cierto que la unión espiritual se ve reforzada por la corporal, pero ésta última no es la fundamental. ¿No tienes a veces la sensación de que nuestra sociedad está demasiado “sexualizada”, saturada de erotismo? Se escribe y habla hasta la saciedad –en libros, perió- dicos, revistas, películas, TV, fiestas– de sexualidad madura e inmadura, de sexo seguro e inseguro, de orientación o inclinación sexual libre y reprimida... ¿Cuál puede ser la causa de esta desespiritualización del amor que sufrimos actualmente, de esa “hipertrofia” de lo corporal, a veces obsesiva? ¿Por qué tanta insistencia en lo que tenemos en común con los ani- males –la biología, los instintos, el cuerpo–, y tan poca en el cariño inocente y limpio, en la pureza, en el amor espiritual, que es lo específicamente humano? Así se explica el despres- tigio que sufren hoy en tantos lugares algunos estilos de vida que priman el amor espiritual sobre el placer corporal: sacerdotes, religiosas, personas entregadas a Dios y a la caridad con los débiles y marginados...

Aunque en algunos casos se está volviendo a hacerlo, y sin complejos, todavía es raro encontrar películas, canciones, espectáculos, programas de TV donde se hable de la maravi- lla y la grandeza del amor espiritual, del amor desinteresado y profundamente humano. Es triste ver cómo muchos “reducen el amor a la simple experiencia de placer personal o mero goce sexual”. “¿Cómo no reconocer en todo esto la carcoma de una mentalidad consumista que ha desviado lentamente el amor de aquel contenido trascendente, en el que se manifiesta una chispa del fuego que arde en el mismo corazón de la Santísima Trinidad? Es necesario volver a llevar el amor a su fuente eterna”132. Así la pureza en el amor recibe “un nuevo sentido. No es un «no» a los placeres y a la alegría de la vida, sino el gran «sí» al amor como comunicación profunda entre las personas, que exige tiempo y respeto, (...) capaz de generar la vida y de acoger generosamente la vida nueva que nace”133 de la mutua entrega.

El amor entre un hombre y una mujer no consiste en dejarse llevar sólo por el instinto, por unas sensaciones momentáneas: ha de ser una entrega guiada sobre todo por el espíritu. “Hay que rezar una vez antes de ir a la guerra, dos veces antes de aventurarse en el mar, tres veces antes de casarse” (proverbio ruso). Tenemos en la Biblia un ejemplo luminoso de có- mo Dios puede ser el vínculo de unión más fuerte entre los esposos. Tobías, un chico joven, había emprendido un largo viaje para encontrar un remedio para la ceguera de su padre, y Dios puso a su lado un ángel para que le guiara y le protegiera en el camino. Además, Dios le hizo conocer en ese viaje a la que sería su mujer, Sara, que era pariente lejana suya. Y, ya casados y agradecidos a Dios por haberles hecho conocerse, en la noche de bodas ambos rezaron juntos a Dios para que les concediera llegar a ancianos sanos y unidos134.

¿Te parece anticuado o cursi? Sigue leyendo: “los jóvenes, sean chicos o chicas, saben que tienen que vivir para los demás y con los demás, saben que su vida tiene sentido en la medida en que se hace don gratuito para el prójimo. Ahí tienen origen todas las vocaciones, tanto las sacerdotales o religiosas, como las vocaciones al matrimonio o a la familia. También la llamada al matrimonio es una vocación, un don de Dios. Nunca olvidaré a un mu- chacho, estudiante del politécnico de Cracovia, del que todos sabían que aspiraba con de- cisión a la santidad. Ése era el programa de su vida; sabía que había sido «creado para cosas grandes», como dijo una vez san Estanislao de Kostka. Y al mismo tiempo ese muchacho no tenía duda alguna de que su vocación no era ni el sacerdocio ni la vida religiosa; sabía que tenía que seguir siendo laico. Le apasionaba el trabajo profesional, los estudios de ingenie- ría. Buscaba una compañera para su vida y la buscaba de rodillas, con la oración. No podré olvidar una conversación en la que, después de un día especial de retiro, me dijo: «Pienso que ésta debe ser mi mujer, es Dios quien me la da». Como si no siguiera las voces del pro- pio gusto, sino en primer lugar la voz de Dios. Sabía que de Dios viene todo bien, e hizo una buena elección. Estoy hablando de Jerzy Ciesielski, desaparecido en un trágico incidente en Sudán, donde había sido invitado para enseñar en la universidad, y cuyo proceso de beatificación ha sido ya iniciado”135.

Se trata de creer que es posible vivir la pureza de corazón en un mundo algo desorien- tado, y con un enorme fondo bueno, creado por Dios. Pero algunos no acaban de entenderlo, y piensan que esto sólo pueden lograrlo unos pocos que se sacrifican y deciden renunciar a disfrutar de la vida (una vida, claro está, entendida de manera un poco egoísta): “¿Qué quieres que hagamos? ¿Subirnos al monte y hacernos monjes? Y eso que decís es lo que me ha- ce llorar: que penséis que la modestia y la pureza son propias de los monjes. No. Cristo puso leyes comunes para todos. Y así, cuando dijo «el que mira a una mujer para desearla» (Mateo 5, 28), no hablaba con el monje, sino con el hombre de la calle (...) Yo no te prohíbo casarte, ni me opongo a que te diviertas. Sólo quiero que se haga con templanza, no de manera impúdica (...) No pongo por norma que os vayáis a los montes y desiertos, sino que seáis buenos, modestos y puros aun viviendo en medio de las ciudades”136.

Una fe intensa en Dios, una esperanza confiada en su ayuda, un amor comprometido con Él, son la mejor garantía de que sabremos amar bien a los demás. Pero para alcanzar ese amor se requiere una preparación, un entrenamiento. “Como sacerdote, me di cuenta muy pronto de esto. Sentía una llamada interior en esta dirección. Hay que preparar a los jóvenes para el matrimonio, hay que enseñarles el amor (...) Siendo aún un joven sacerdote aprendí a amar el amor humano (...) Si se ama el amor humano, nace también la viva necesidad de dedicar todas las fuerzas a la búsqueda de un «amor hermoso». Porque el amor es hermoso. Los jóvenes, en el fondo, buscan siempre la belleza del amor, quieren que su amor sea bello. Si ceden a las debilidades, imitando modelos de comportamiento que bien pueden calificar- se como «un escándalo del mundo contemporáneo» (y son modelos desgraciadamente muy difundidos), en lo profundo del corazón desean un amor hermoso y puro. Esto es válido tanto para los chicos como para las chicas”137.

Por eso, resulta contrario a la civilización del amor el llamado “amor libre”, que es presentado muy frecuentemente como fruto de un sentimiento “auténtico”, mientras de hecho destruye el amor: seguir el “verdadero” impulso afectivo, en nombre de un amor “libre” de condicionamientos, en realidad significa hacer a la persona esclava de los instintos. Explota las debilidades humanas dándoles un cierto “marco de nobleza” con la ayuda de la seducción y con el apoyo de la opinión pública. Se trata así de “tranquilizar” las conciencias, creando una “coartada moral”, pero sin tener en cuenta todas sus consecuencias138. Pues con ello “también la sexualidad se despersonaliza e instrumentaliza: de signo, lugar y lenguaje del amor, es decir, del don de sí mismo y de la acogida del otro según toda la riqueza de la persona, pasa a ser cada vez más ocasión e instrumento de afirmación del propio yo y de satisfacción egoísta de los propios deseos e instintos”139.

Algunos piensan que aman cuando se sienten bien con su “media naranja”, cuando están a gusto con ella; y que el amor no existe cuando hay que renunciar a ese sentimiento o a ese gusto, cuando hay que entregar algo y sacrificarse, renunciar. Pero el amor no es sólo un sentimiento. Los sentimientos van y vienen. Pueden ser una maravillosa chispa inicial, pero no son la totalidad del amor: es propio de la madurez del amor que abarque todas las potencialidades del hombre e incluya a la persona en su integridad140. Lo más importante que hemos de hacer en la vida es aprender a amar bien, a reflejar en nuestra vida la lógica del don y de la entrega que es la misma vida íntima de la Santísima Trinidad.

La vida es el tiempo que se nos ha dado para que buena parte de la tendencia egoísta de nuestro amor (el eros), con la que todos nacemos, y que es fácil percibir en los niños, se vaya purificando y transformando en un amor que se manifieste como entrega sincera y don desinteresado de sí (el agapé). Y aunque sólo en la vida eterna nuestro amor será totalmente puro, sin mezcla ni fraude, ahora podemos alcanzar un alto grado de rectitud y sinceridad en nuestro corazón, donde ese amor gana o pierde calidad: “nada hay fuera del hombre que, al entrar en él, pueda hacerlo impuro; las cosas que salen del hombre, ésas son las que hacen impuro al hombre”141.

¿Qué es la pureza del corazón? Es considerar y valorar a una persona por sí misma, alegrándose por sus virtudes, queriéndola con su forma de ser. Es ver lo global. Contemplar también y amar su espíritu, admirar la belleza de su alma. Cuando de veras se quiere a alguien, cualquier pensamiento impuro u obsceno no hace más que herir el amor que sentimos. Nos desvirtúa, no nos hace libres para amar bien, pues vemos la belleza corporal, que es efímera, sin preguntarnos cuáles son los dones que Dios le ha dado a esa persona.

La moral cristiana en este punto se fundamenta sobre pilares lógicos y obvios, pienso que incluso desde una posición no creyente. Porque amamos a la vez con el espíritu y el cuerpo, y cuando se juega con el cuerpo y con su significado y dignidad se daña la intimidad de otros; tanto yo como el otro nos sentimos infravalorados. No todo es amor, no es oro todo lo que reluce. Por eso nadie “sospechó” realmente de Jesús cuando hablaba a solas con la samaritana: su amor sí es desinteresado, y su sonrisa y su mirada limpia nos hacen descu- brir lo más grande que hay en nosotros (KAROL).


Muchos se han dado cuenta, aunque a veces algo tarde, de que un corazón en el que no habita la pureza acaba siendo, antes o después, un corazón triste y deprimido, que sufre y se amarga por haber malgastado sus energías y su tiempo yendo tras una apariencia de felicidad. Pero aún entonces hay solución, si se reconoce el error:


Cuando la pena cae sobre mí el mundo deja ya de existir,
miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos.

Para encontrar la niña que fui y algo de todo lo que perdí,
miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos.

Sueño con noches brillantes al borde de un mar de aguas claras y puras
y un aire cubierto de azahar.

Cada momento era especial, días sin prisa, tardes de paz,
miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos.

Yo quisiera volver a encontrar la pureza, nostalgia de tanta inocencia
que tan poco tiempo duró.

Cuando la pena cae sobre mí quiero encontrar aquello que fui,
miro hacia atrás y busco entre mis recuerdos, vuelvo hacia atrás y busco entre mis recuerdos.142



No caben aquí las visiones pesimistas. Contamos con una gran ayuda: Dios, su Espíri- tu Santo, puro Amor desinteresado, que se vuelca en nuestros corazones en los sacramentos y cuando nos dirigimos a Él con humildad. Vivir así quizá te parezca difícil, o un poco utó- pico. Pero escuchas en tu interior una voz nítida, inequívoca, que te susurra: “se puede ser moderno y, a la vez, profundamente fiel a Jesucristo”143, y “te basta mi gracia”144. Partes con ventaja, pues un amor puro, limpio, es siempre más hermoso, más romántico, más atrac- tivo e incluso divertido, y llena más a quien lo vive. Además, ¿nunca te has preguntado qué amor es más auténtico, más grande: el de un chico y una chica que lo están pasando bien en una discoteca, o el de una madre en el hospital junto a la cama del marido o del hijo enfer- mo, durmiendo mal y renunciando a muchas cosas? ¿Cuál es más desinteresado? ¿Cuál es más amor?
A veces es precisamente en los momentos duros o críticos cuando se comprueba el verdadero rostro de un amor, sin máscaras ni apariencias: cuidando día tras día al padre o la madre, que no pueden valerse por sí mismos; repartiendo sonrisas y alegría cuando algo nos está haciendo sufrir; tratando bien a quien no lo ha hecho con nosotros; sabiendo educar los propios impulsos y afectos y respetar al otro para poder entregarse totalmente después, en alma y cuerpo, en el matrimonio. El verdadero amor se manifiesta más cuando cuesta sacri- ficio: “el amor es grande y auténtico no sólo cuando parece sencillo y agradable, sino tam- bién y sobre todo cuando se confirma en las pequeñas o grandes pruebas de la vida. Los sen- timientos que animan a las personas manifiestan su más honda consistencia en los momentos difíciles”145.

¿No te parece que cuantos más “alicientes” exteriores necesita el amor –placer corpo- ral, intereses económicos, “escapatorias” legales o sociales–, más “impuro” es? La pureza del amor se mide por el número de enemigos que es capaz de afrontar sin morir, y su impu- reza por el número de aliados necesarios para subsistir. Y al derrumbarse esos frágiles apo- yos, con ocasión de una prueba (enfermedad, pobreza, fracasos), se ve si el edificio cons- truido contenía algo más que los muros o estaba vacío. Además, el amor auténtico no nece- sita manifestaciones aparatosas. No aumenta con una mayor “divulgación” o “publicidad”: es sobre todo transmisión íntima entre dos de un secreto; es una comunicación y entrega a través de lo más profundo de cada uno de ellos (la imagen de Dios), como dos árboles en- tremezclan sus raíces en el interior de la tierra.

Pero aún hemos de subir un escalón más. El amor no es propiedad exclusiva de los no- vios o esposos. También forma parte de la vida espiritual, pues mientras estamos en este mundo ninguno somos sólo espíritu, y hemos de amar a Dios con todo nuestro ser, también con nuestra sensibilidad y nuestros afectos, gobernados por el espíritu. Esta sublimación (purificación e intensificación) del amor es lo que potencia a los santos, hasta el punto de que pueden hacer por Dios cosas con mayor facilidad que aquella con la que otros hacen co- sas por su propio interés: han desplazado su centro interior de atracción desde ellos hasta Dios; siguen el camino ascendente con tanta facilidad como otros siguen el descendente; son atraídos hacia el cielo como otros hacia la tierra; invierten las leyes de la gravedad y caen hacia arriba, aunque no sin cierto esfuerzo de su parte146.


Lo que siempre me llama la atención de este pasaje del Evangelio es que Jesús estaba fatigado del camino; y se sienta, y además pide agua: ¡como si Él no tuviera a su disposi- ción un montón de medios para descansar y beber...! Pero quiere pedir ayuda, porque está agotado. ¿Por cuántos pueblos habrá andado? ¿Cuánto habrá discutido con los fariseos?

¿A cuántos enfermos habrá curado? ¿A cuántos niños habrá tomado en brazos y habrá en- tretenido? ¿Cuántas veces habrá explicado a los apóstoles lo mismo? Pero, a pesar de to- do, se sigue interesando y desviviendo por cada persona, aunque ya no pueda más. Porque ama mucho (KAROL).


Y así hemos llegado a la cumbre. En cualquier caso, recuerda cuál es la clase de amor que has de buscar: el verdadero amor, chispazo de Dios en ti, que no se reduce a lo físico o romántico, que es la aceptación de todo lo que el otro es, de lo que ha sido, de lo que será, pero también de lo que ya nunca podrá ser. Muchas personas lo han entendido y lo viven así, y su amor es fuerte, constante, decidido, invencible: casi divino. Un ejemplo para termi- nar. Al final del librito con las letras del CD recopilatorio de una famosa cantante encontra- rás, después de una larga lista de agradecimientos, una carta breve de ella a su marido, Re- né, al que habían descubierto un cáncer unos meses antes, y que murió pocos años después:

Querido René:
Cuando nosotros decidimos casarnos hace cinco años prometimos, ante los hombres y ante Dios, ayudarnos y estar totalmente entregados y dedicados el uno al otro, en los bue-
nos y en los malos momentos, en la salud y en la enfermedad.

El año pasado, con sus tristezas y preocupaciones, me hizo llevar a la práctica con toda su fuerza estos propósitos.
Amor mío, prometo de nuevo que siempre estaré allí para ti, pase lo que pase. Te quiero más cada día... y para siempre.
Céline.147




Notas

126 Cfr. G. THIBON, La crisis moderna del amor, 4ª ed., Fontanella, Barcelona 1976, págs. 79-80, 90-94, 103 y 117.
127 Cfr. Génesis 1, 28.
128 PRESUNTOS IMPLICADOS, Tenemos que hablar.
129 Cfr. 1 Corintios 13, 5.
130 Cfr. P.-E. CHARBONNEAU, Noviazgo y felicidad, 8ª ed., Herder, Barcelona 1994, págs. 127-128 y 95-97.
131 LOS SECRETOS, Reina de corazones (letra de Enrique Urquijo).
132 Cfr. Beato JUAN PABLO II, Mensaje a los jóvenes desde el Monte del Gozo, Santiago de Compostela,
19.VIII.1989.
133 Cfr. BENEDICTO XVI, Audiencia al Pontificio Instituto Juan Pablo II, 13.V.2011.
134 Está recogido en un libro del Antiguo Testamento: Tobías 8, 4-8.
135 Beato JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, pág. 132.
136 S. JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 7, 7. Y lo escribe en el siglo IV...
137 Beato JUAN PABLO II, Cruzando el umbral de la esperanza, Plaza & Janés, Barcelona 1994, págs. 132-133.
138 Cfr. Beato JUAN PABLO II, Carta a las familias, 2.II.1994, n. 14.
139 Beato JUAN PABLO II, Encíclica Evangelium vitae (“El Evangelio de la vida”), 25.III.1995, n. 23.
140 Cfr. BENEDICTO XVI, Encíclica Deus caritas est (“Dios es amor”), 25.XII.2005, n. 17.
141 Marcos 7, 15.
142 Luz CASAL, Entre mis recuerdos.
143 Idea repetida por el beato JUAN PABLO II durante su última estancia en España (3-4.V.2003).
144 2 Corintios 12, 9.
147 Céline DION, All the way... A decade of songs (traducción nuestra).






¡Ahora toca a ti!

Cap. 4: LA PUREZA DEL CORAZÓN Cuestiones para la reflexión para comentar en los foros del curso



1) ¿Por qué, sin ser la virtud más importante (lo es la caridad), es tan fundamental la pureza-castidad en la vida cristiana? ¿Qué bienes pone en juego?

2) ¿Qué recomendaciones y consejos prácticos darías a unos novios para vivir la pureza antes del matrimonio?

3) ¿Qué relación encuentras entre el amor humano entre dos novios o esposos, y el amor a Dios verdadero de cada uno de ellos?

Sugerencia práctica para vivir esta semana



Reza a Dios con frecuencia: “Señor, que sepa querer a cada persona como Tú quieres que la quiera, ni más ni menos”.



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