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Curso ¿Qué me falta todavía?: 5. Una Personalidad que atrae

Curso ¿Qué me falta todavía?: 5. Una Personalidad que atrae
¿Qué significa tener personalidad? ¿Cuáles son la sprincipales características de ella?


Por: P. Joaquín Caldevilla Bujalance | Fuente: Catholic.net
















Curso ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI




Autor y Asesor: Joaquín Caldevilla Bujalance

Fuente: Libro ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
Índice y presentación del libro

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Lección cinco: UNA PERSONALIDAD QUE ATRAE




“En aquellos días apareció Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea y diciendo: «Haced penitencia porque está al llegar el Reino de los Cielos». Éste es aquél de quien habló el profeta Isaías diciendo: Voz del que clama en el desier- to: «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas». Llevaba Juan una vesti- dura de pelo de camello con un ceñidor de cuero a la cintura, y su comida eran langostas y miel silvestre. Entonces acudía a él Jerusalén, toda Judea y toda la comarca del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pe- cados” (Mateo 3, 1-6)




Esta situación se repitió poco después con Jesús. Incluso antes de hacer su primer mi- lagro, convertir agua en vino en unas bodas en Caná de Galilea, ya tenía a su alrededor un grupo de discípulos, gente que le seguía para escucharle y verle actuar, pues había algo en él que les atraía. Y eso aunque lo que decía no era siempre agradable ni cómodo de hacer. Como aquella ocasión en la sinagoga de Nazaret, su pueblo. Ya era famoso, por sus milagros y sus enseñanzas, gozaba de cierto prestigio, la gente hablaba de él. “Sin duda me aplicaréis aquel proverbio: «Médico, cúrate a ti mismo. Cuanto hemos oído que has hecho en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu tierra». Y añadió: «En verdad os digo que ningún pro- feta es bien recibido en su tierra»”. A continuación les puso dos ejemplos de cómo Dios pre- firió ayudar a algunas personas extranjeras antes que al pueblo de Israel, por su falta de fe en Él. El final es de película: “Al oír estas cosas, todos en la sinagoga se llenaron de ira y se levantaron, le empujaron fuera y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaba edificada su ciudad para despeñarlo. Pero él, atravesando por en medio de ellos, se fue”170.

¿Has intentado imaginarte cómo debió ser la mirada y la presencia de Jesús, capaz de paralizar a un grupo de personas muy irritadas y dispuestas a matarlo? Pero ya en otros momentos había demostrado que era capaz de salir vencedor en situaciones difíciles: cuando expulsó a los mercaderes del Templo de Jerusalén con un látigo de cuerdas por haber con- vertido ese lugar de oración en un mercado171; o al devolverles a los sacerdotes y escribas judíos varias “patatas calientes” cuando le preguntan –con evidente mala idea– si se debe pagar el impuesto al César o no172, o de quién será mujer tras la resurrección la que ha esta- do casada con siete hombres sin dejar hijos173; o cuando les contesta con otra pregunta que les deja descolocados y en evidencia174. Y es que Jesús sabe bien que es importante que ha- ya primero una buena actitud en el corazón para poder aceptar lo que tiene que decir. No busca hacer frases bonitas, sino ayudar a pensar; por eso no responde a los que no quieren entenderle, a los que no buscan de verdad dialogar ni aprender.

Una atracción y admiración parecida sintieron muchas personas pocos años después por san Pablo; y eso que desde que se encontró con Jesús en el camino de Damasco su vida fue una continua aventura, llena de largos viajes, amenazas y peligros de muerte, con gran- des sufrimientos. Pero gracias a él encontraron a Dios y se hicieron cristianos miles de hombres y de mujeres, judíos y de otras culturas. Debió de ser alguien muy influyente, que no dejaba indiferente, pues en varias ocasiones intentaron matarlo para intentar parar su gran influencia: cuando fue detenido en Jerusalén, poco antes de ser llevado prisionero a Roma, “al amanecer, los judíos principales se reunieron y se comprometieron bajo juramen- to a no comer ni beber hasta haber dado muerte a Pablo. Los conjurados eran más de cuarenta”175.

En una de sus cartas, a los cristianos de Corinto, cuenta las dificultades que tuvo que superar: “Cinco veces recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno, tres veces me azota- ron con varas, una vez fui apedreado, tres veces naufragué, un día y una noche pasé náufra- go en alta mar. En mis frecuentes viajes sufrí peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi raza, peligros de los gentiles, peligros en ciudad, peligros en despoblado, peli- gros en el mar, peligros entre falsos hermanos; trabajos y fatigas; bastantes noches sin dor- mir, con hambre y sed, con frecuentes ayunos, con frío y desnudez. Y aparte, mi responsabi- lidad diaria: la preocupación por todas las Iglesias. ¿Quién desfallece sin que yo desfallez- ca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase de dolor?”. “En Damasco, el gobernador del rey Aretas custodiaba la ciudad para detenerme; y, por una ventana, fui descolgado en una espuerta muralla abajo y pude escapar de sus manos”176. Hay material de sobra para un thriller...

Pablo ha sufrido mucho, ha trabajado mucho, y ni siquiera las cadenas de la cárcel le desaniman, ni disminuyen su amor y su preocupación por los demás. En su carta a los cris- tianos de Filipos, escrita mientras estaba preso en Roma o Éfeso, les dice: “Quiero que se- páis, hermanos, que las cosas que me han ocurrido han servido para difundir más el Evange- lio, de modo que, ante todo el pretorio y ante todos los demás, ha quedado patente que me encuentro encadenado por Cristo”. “Sólo importa una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo, para que, tanto si voy a veros como si estoy ausente, sepa que estáis firmes en un solo Espíritu”, “y sin dejaros intimidar en nada por los adversarios”. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos”. “No os preocupéis por nada; al contrario: (...) presentad a Dios vuestras peticiones con acción de gracias. Y la paz de Dios que supera todo entendimiento custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”177.

Es el suyo un espíritu valiente, atrevido, indomable: un ánimo fuerte. Estando predi- cando en Listra, donde curó a un inválido de nacimiento, unos judíos envidiosos vinieron desde Antioquía e Iconio y engañaron a la masa del pueblo –que había pensado que Pablo era una especie de dios– volviéndola contra él. Entonces “apedrearon a Pablo y le arrastra- ron fuera de la ciudad, creyéndole muerto. Pero rodeado de los discípulos se levantó y entró en la ciudad. Y al día siguiente marchó con Bernabé a Derbe”178. ¡Qué fuerza! Todavía con el cuerpo lleno de heridas y hematomas, manchado de sangre, mareado, con dolor en todos sus huesos, se marcha de viaje: está demostrando a los judíos quién es el que manda. Pero Pablo, además de fuerte es una persona sensible y afectuosa, y que da seguridad a su alrede- dor, como en aquella emotiva despedida de los presbíteros (ancianos) de Éfeso, en la arena de la playa de Mileto, a punto de embarcar preso hacia Roma: “En cuanto acabó de hablar se puso de rodillas y rezó con ellos. Entonces rompieron todos a llorar y abrazándose al cuello de Pablo le besaban, afligidos sobre todo porque les había dicho que no volverían a ver- le. Y le acompañaron hasta la nave”179.

Esta gran armonía entre firmeza de convicciones y suavidad de carácter, entre discre- ción al hablar y gran sinceridad, entre capacidad para conseguir todo lo que se propone y sentimiento de su pequeñez, también la han logrado otros muchos santos y santas, antiguos y de nuestros días. ¿Cómo lo consiguen? ¿Qué tienen todos ellos en común? Algo muy sen- cillo: una gran personalidad, fruto del trabajo conjunto de sus dones naturales y de la acción de Dios en su alma, con el convencimiento de estar llamados a hacer algo importante. Y empapado todo ello de humildad: lo que doy es lo que he recibido, como la luna no refleja su propia luz sino la que le viene del sol. Entonces, el edificio así construido es muy sólido, la vida así modelada es muy firme, y muy valiosa.


Juan, ¿por qué atraías tanto? A simple vista pareces un tipo raro, y quizá por eso mu- chos se paraban a verte y a escucharte... Pero luego tenías la atracción de la Verdad, y so- bre todo la atracción de la Humildad. Tú enseñabas el camino, pero no eras el Camino; en- señabas la verdad, pero no eras la Verdad. Y lo sabías: sabías que eras sólo un intermedia- rio entre ellos y Jesús. Por eso tus palabras eran sencillas y sinceras, y la gente confiaba en ti (KAROL).


El gobierno más difícil es el gobierno de uno mismo, pues exige estructurar y jerarqui- zar un montón de cosas: libertades, derechos, deberes, responsabilidades, sentimientos, gus- tos, afinidades, aficiones. Y la capacidad de coordinar todo eso es lo que desde el tiempo de los griegos (Aristóteles) se ha llamado prudencia (distinta del apocamiento y de la astucia), el arte de elegir bien en el caso concreto, la capacidad para apuntar y acertar a un blanco en movimiento. Una capacidad que requiere experiencia, y ésta tiempo y estudio180. Hace falta organizar valores, y saber aprovechar lo valioso que otros me pueden aportar, hasta llegar a ser como el vino de barrica: sabe mejor, tiene más “personalidad”; ha recibido cosas de fuera, y las ha incorporado creativamente a su propia vida, y le han servido para dar lo mejor de sí mismo.

Dejarse llevar por los impulsos, hacer lo que apetece sin pensar en las consecuencias ni en los demás, es demasiado fácil y vulgar para ser interesante. Y además no es nuevo: “Los jóvenes de hoy aman el lujo, tienen manías y desprecian la autoridad. Responden a sus padres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros” (Sócrates). Como cuenta san Agustín, en el libro donde relata su vida y conversión, Las Confesiones, el verdadero motivo por el que fue a Roma el año 383 a dar clase y dejó Cartago (norte de África), donde enseñaba, fue haber oído que los adolescentes de Roma eran más correctos y tranquilos, por la rigurosa disciplina a que estaban sometidos, y no podían entrar en las aulas que no fueran las suyas sin permiso ni interrumpir o armar alboroto, como hacían de manera grosera los de Cartago, además con chulería: la rebelión en las aulas, y el fracaso escolar, tampoco son de ahora. Y lo mismo se podría decir de otras muchas cosas. Pero cabe otra actitud: no conformarme con lo que soy para llegar a ser lo que quiero y todavía no soy.


Dicen que soy un libro sin argumento, que no sé si vengo o voy,
que me pierdo entre mis sueños.


Dicen que soy una foto en blanco y negro, que tengo que dormir más,
que me puede mi mal genio. Dicen que soy una chica normal,
con pequeñas manías que hacen desesperar;
que no sé bien dónde está el bien y el mal, dónde está mi lugar.

Y ésta soy yo, asustada y decidida, una especie en extinción,
tan real como la vida.
Y ésta soy yo, ahora llega mi momento;
no pienso renunciar,
no quiero perder el tiempo.181



Y es que la principal prueba a que el hombre es sometido en su vida consiste en en- frentarse consigo mismo. Hay en él una lucha entre los dos grandes sistemas que gobiernan su vida: de un lado, el de lo que cree ser aparentemente; y, de otro, el de lo que en realidad es, aunque no es algo cerrado y admite el despliegue de nuevas posibilidades. Al principio la lucha se establece por el propio prestigio, por la imagen grata que de nosotros, en el curso del tiempo, hemos ido construyendo. Después, entre ese sistema de autoexaltación y la realidad más modesta, pero auténtica, que efectivamente somos182. Es, en definitiva, un combate –que se prolongará toda la vida– entre el orgullo-mentira y la humildad-verdad sobre mí mismo.


Es interesante recapacitar sobre cuáles son las cosas en las que buscamos nuestra felicidad: digo cosas, porque lo corriente hoy día es vivir para las cosas y no para las personas. Y nos encontramos con un personaje llamativo: Juan Bautista, despojado de casi todo lo material y movido por Dios a predicar y vivir en el desierto. Un desierto, por otro lado, no sólo en lo referente al paisaje, sino también a los corazones vacíos que él intentaba llenar con sus algunas veces duras, pero siempre acertadas, palabras. El hecho es que un hombre extraño, tan extraño como su dieta alimenticia, es capaz de atraer y no precisamente con frivolidades o discursos facilones. ¿Por qué? Porque en el fondo todos buscamos la Verdad, y a veces no sabemos buscarla en donde está, y nos perdemos en cosas superfluas. Y además hay un problema: el camino es diferente para cada persona, aunque para todos pasa siempre por el centro de su corazón (KAROL).


Hay quienes piensan que lo que cuesta esfuerzo, lo que se hace sin facilidad, no se ha- ce del todo libremente. Confunden libre con espontáneo, y espontáneo con auténtico. Todo lo espontáneo sería bueno porque es auténtico, y es auténtico porque “sale solo”, sin tener que esforzarse. Pero es sólo de una tierra cultivada, desbrozada, bien trabajada, de donde sa- len buenos cultivos: si dejamos que la tierra dé espontáneamente, lo que más encontraremos en ella serán malas hierbas, cardos, zarzas. Los caprichosos, los que ahora quieren una cosa y poco después lo contrario, no son más libres por no estar sometidos a nada ni a nadie. Los que se comprometen con las cosas valiosas e importantes, como el árbol que se sujeta a la tierra y se enraíza en ella, están mejor capacitados para dar más fruto. Un daltónico ve lo ro- jo verde, y lo ve con una gran claridad, pero se equivoca. Ser auténtico tiene mucho que ver con aceptar la realidad tal como es, sin intentar falsificarla. Una persona que ha bebido de más puede mostrarse espontánea y demasiado sincera, pero su situación en ese momento no es de verdad auténtica, y va “sin frenos” y se puede estrellar183.

A algunos les gustaría no tener que responder ante nadie (ni siquiera ante ellos mis- mos) de sus acciones. Pero si todos hicieran eso, si cada uno rellenase a su gusto y capricho su propia conciencia, la sociedad sería el caos. Otros, en cambio, no saben lo que quieren y están siempre dudando y descontentos: “Toda mi vida quise ser alguien. Ahora veo que te- nía que haber sido más concreto” (Jane Wagner); “Para quien navega sin rumbo ningún viento es favorable” (Séneca). No han madurado lo suficiente, no conocen bien cómo son las cosas. Como explica una antigua historia.


Isogai el humilde

En un remoto lugar del Japón vivía un picapedrero llamado Isogai. No ganaba mucho dinero, sólo lo suficiente para vivir y para mantener a su familia. Un día, al volver del trabajo muy cansado, se quedó profundamente dormido y comenzó a soñar. Se imaginó en la cantera, picando un gran bloque de piedra, mientras por el camino cercano pasaba el empe- rador montado en una carroza toda de oro. Y deseó ser el emperador. Y así fue: en un ins- tante se vio subido a la carroza y vestido con vestiduras de oro. Pero pronto las cosas cam- biaron: hacía un sol de justicia, no corría nada de aire y comenzó a ahogarse por el calor y el sudor.

Entonces, mirando al sol y su potencia, deseó ser el sol. Y así fue: de repente se vio en lo alto del cielo iluminando toda la tierra con su luz. O, al menos así creía, pues pronto vio como un cúmulo de nubes le impedía difundir su luz; y se vio impotente ante ellas. Intentó esquivarlas por uno y otro lado, pero no consiguió nada. Entonces, no contento con esto, deseó ser una nube. Y así fue: comenzó a moverse por el aire con la satisfacción de ser ca- paz de tapar al sol y oscurecerlo. Y vio que también tenía fuerza con el agua que albergaba para empapar la tierra. Y se sintió orgulloso de su potencia.

Pero después, mirando hacia abajo, vio un río que con la fuerza de su caudal arrasaba las tierras e iba a desembocar al mar. Entonces, envidiando su potencia, deseó ser un río desbordado. Y así fue: en un instante se convirtió en una fortísima corriente de agua que lo arrastraba todo. Y volvió a sentirse satisfecho de sí mismo. Pero de repente se encontró en una orilla una enorme roca, que el agua no conseguía mover ni un milímetro. Y, a pesar de toda la fuerza con que la embistió una y otra vez, la roca no se movió. Estando en éstas, bas- tante desanimado, vio como se acercaba un hombrecito, que con un pequeño pico fue mi- nando la roca hasta conseguir romperla en varios trozos. Entonces Isogai se despertó. Al día siguiente volvió a su trabajo en la cantera, alegre por su poder y su fuerza.

Si tienes hermanos menores, habrás comprobado que los niños pequeños hacen mu- chas veces sólo lo que les gusta. Son incapaces todavía de reconocer los vínculos (deberes, responsabilidades) que les unen a otras personas (padres, hermanos, amigos, etc.), y de me- dir las consecuencias de sus actuaciones y decisiones: son irresponsables, inmaduros. Y es que, además del interés, son los compromisos que impulsan a obrar bien los que ayudan a crecer humanamente a las personas. Es importante para madurar elegir bien los vínculos,

elegir los que me enriquecen realmente. Por eso, en esos momentos intensos de su oración en el huerto de los olivos, poco antes de morir, Jesús muestra que una cosa es lo que “le pi- de el cuerpo”, y otra distinta lo que quiere hacer, lo que ha elegido, a lo que se ha compro- metido: “Padre mío, si es posible, haz que pase de mí este cáliz; pero no sea como yo quie- ro, sino como quieras Tú”184. Está claro: no me apetece es distinto de no quiero.
Y en esto se demuestra también mi personalidad, mi capacidad para imponerme yo, para mandar sobre las cosas. Ya lo explicaba Pablo, hombre de gran personalidad: “«Todo me está permitido». Pero no todo me conviene. «Todo me está permitido». Pero no me deja- ré dominar por nada”185. De este modo se construye el hombre interior, el que es capaz de resistir la tortura psicológica y los campos de concentración. Hay que desarrollar la propia
capacidad de autosuperación, de abnegación (autosacrificio, negación propia), si quieres tener una personalidad segura, que resista bien los muchos golpes que da la vida. Puedes ser como esa flor que vence y logra salir por entre el asfalto de la carretera o de la gran ciudad. Y para ello, has de atreverte a afrontar cosas difíciles, aunque el resultado positivo no se consiga inmediatamente: “La gota horada la piedra, no por su fuerza, sino por su constancia” (Ovidio).

Supongamos que un día un hombre arriesga y pierde su vida por salvar a otro. Es evi- dente que su actitud vital en ese momento, la tensión y el miedo que sin duda sintió, queda- ron de algún modo reflejados en un cambio bioquímico en su cuerpo y su cerebro, y mani- festado en alguna medida en su sangre. A nivel molecular, su heroicidad podría expresarse en concentración de adrenalina o de cualquier otra molécula mensajera. Pero si se inyectara esa sangre en las venas de otra persona, no la transforma por sí misma en un héroe. Esas reacciones son sólo los efectos o huellas biológicas de su biografía, pero no la causa de esa biografía, que tiene más que ver con sus decisiones y sus actitudes. La adquisición de nueva información deja una huella, modifica la estructuración de las neuronas en el cerebro, pero después de haber decidido o actuado a favor o en contra.

Por eso, cada persona es fruto en parte de su dotación genética y biológica, en parte de la educación y la cultura recibidas, y en parte del ambiente en que se ha desarrollado y las relaciones humanas que ha establecido. Pero, sobre todo, de las decisiones que ha tomado, de su propia conducta, de los hábitos (beneficiosos o perjudiciales) que ha contribuido a crear a lo largo de su vida. Existen, por ejemplo, personas incapaces de tomar decisiones y de reaccionar ante hechos graves, por falta de emociones. Pero otras veces se trata de una pasividad debida a un estilo de vida que huye del esfuerzo. Y seguro que has conocido a gente –incluso joven– llena de manías y bastante “rarita”... La personalidad es como cultivar un campo: influyen la tierra y el clima, pero sobre todo lo que siembras y cómo lo trabajas día a día.
A tu alrededor encuentras cada día muchos factores que dificultan forjar tu personali- dad, y tener una interioridad: la prisa; el afán social de productividad y rendimiento; el tener que procesar gran cantidad de “información basura” que nos abruma; la superficialidad en tantas relaciones humanas... Y esto ha dado lugar a un tipo de persona que, a veces incluso desde niño, tiende a estresarse, agobiarse, obsesionarse, crisparse, y que no tiene tiempo; una especie de robot especializado en muchos pequeños trabajos, pero incapaz a menudo de descubrir la riqueza de su mundo interior. Tú no debes dejarte atrapar en esa trampa, en esa tela de araña que la sociedad superdesarrollada ha tendido tan astutamente186. Algunos ya han caído: no son capaces de parar –internet, chat, videojuegos, música, películas...-, no sa ben poner un límite; han perdido el control de sí mismos, por falta de un sólido contrapeso interior.

Pero tener personalidad no consiste en que nada te importe o te afecte, ni tampoco simplemente en ser rebelde o inconformista, y menos aún en ser raro o extravagante: es algo más profundo. A veces se da una situación algo curiosa: dos personas que persiguen un mismo objetivo que exige un cierto esfuerzo (dejar de fumar, por ejemplo), y una de ellas lo consigue y la otra no. Entonces es frecuente que una (la que no ha podido) comente: “Es que tú tienes mucha fuerza de voluntad. No sabes la envidia que me das”. Al decir esto da a en- tender que considera la voluntad como un don innato, recibido sólo por ciertos privilegia- dos; y, como a ella no le ha tocado esa suerte, piensa que no sólo está en desventaja sino que está libre de responsabilidad; ha fracasado, pero no es su culpa. Y, sin embargo, muy proba- blemente no es así. La experiencia muestra que la voluntad se puede aumentar mediante el aprendizaje: querer no es solamente cuestión de deseos impulsivos, sino de capacidades y tendencias adquiridas mediante la educación.

¿No tienes la sensación de que la voluntad está mal vista y desprestigiada en nuestros días? Y no sólo por un cierto rechazo del esfuerzo y el sacrificio (necesario incluso para ha- cer crecer y fortalecer los músculos), sino también por el uso que hizo de ella Nietzsche187 en su concepción del superhombre y la voluntad de poder –como violencia hacia otros– que late en toda dictadura. Pero, en su justa medida, la voluntad es necesaria: todos alabamos a quien alcanza una meta importante y costosa, o a quien gana una competición, pues el deseo de éxito, de construir una personalidad sólida y vencer desafíos que exigen una continua autosuperación, es algo que todos llevamos dentro. Es necesario recuperar el valor de la voluntad personal, no sólo para ser capaces de actuar responsablemente y cumplir bien nuestras obligaciones con los demás, sino sobre todo para hacerse con las riendas de la propia vida.

Entonces, una voluntad firme y decidida deja de ser algo exclusivo de superhombres y supermujeres para convertirse en una herramienta que ayuda a adquirir libertad, propia de personas inteligentes y suficientemente autónomas188. Así lo afirman los sabios de todos los tiempos: “Las grandes almas tienen voluntades, las débiles sólo deseos” (proverbio chino); “Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica juntas: la voluntad” (Albert Einstein); “Allá donde la voluntad es firme, las dificultades dismi- nuyen” (Nicolás Maquiavelo). Lo compruebas cada día. Y esa voluntad te hace optimista y te ayuda a triunfar en muchos momentos.


El dulce aroma del café189

En una ocasión una chica se quejaba de su vida a su padre, y de cómo las cosas le re- sultaban muy difíciles. No sabía cómo hacer para ir adelante, y pensaba que se daría pronto por vencida ante tantas dificultades como encontraba. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema aparecía otro. Su padre, chef de cocina, la escuchó atenta- mente, y luego le pidió que la acompañara a su lugar de trabajo. Una vez allí, llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego. Pronto el agua de las tres ollas estaba hirviendo. En una echó zanahorias, en otra huevos, y en la última granos de café. Dejó hervir todo sin decir ni una palabra. La hija esperó con impaciencia, preguntándose qué estaría haciendo su padre.

A los veinte minutos, su padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los colocó en otro plato. Finalmente, coló el café y lo puso en un tercer recipiente. Mirando a su hija le dijo: “Querida, ¿qué ves?”. “Zanahorias, huevos y ca- fé”, fue su respuesta. Entonces la hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias; ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Des- pués de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. En último lugar le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras lo tomaba.

Humildemente la hija preguntó: “¿Qué significa esto, papá?”. Él entonces le explicó: “Hija, los tres elementos se han enfrentado a la misma adversidad: el agua hirviendo; pero han reaccionado de forma diferente.
- La zanahoria llegó al agua fuerte, dura, soberbia; pero después de pasar por el agua hirviendo se ha quedado débil, fácil de deshacer.
- El huevo ha llegado al agua frágil: su cáscara fina protegía su interior líquido, pero después su interior se ha endurecido.
- Los granos de café, sin embargo, son únicos: han cambiado el agua”.

“¿Cuál eres tú, hija?”, le preguntó. “Cuando la dificultad llama a tu puerta, ¿cómo res- pondes? ¿Eres una zanahoria, que parece fuerte, pero cuando el sufrimiento y el dolor te to- can, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza? ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable y un espíritu fluido, pero que después de una muerte, una separación, un despido, una piedra en el camino, se vuelve duro y rígido? Por fuera te ves igual, pero ¿eres amarga- da y áspera, con un espíritu endurecido? ¿O eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviendo, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor. Si eres así, cuando las cosas se pongan peor tú reaccionarás de forma positiva, sin dejarte vencer y harás que las cosas a tu alrededor mejoren, que ante la adversidad exista siempre una luz que ilumina tu camino y el de la gente que te rodea. Por eso, no dejes jamás de esparcir con tu fuerza y actitud el dulce aroma del café”.

Quizá ahora entiendes mejor el sentido de los mandamientos, pues con ellos Dios nos hace madurar y nos protege a unos de otros: no mates, no robes, no engañes, no abuses de los demás, sino trátales con respeto. “Si con Jesucristo y con su Iglesia volvemos a leer de manera siempre nueva el Decálogo del Sinaí, penetrando en sus profundidades, entonces és- te se nos revela como una gran enseñanza. Es ante todo un «sí» a Dios, a un Dios que nos ama y nos guía, que nos apoya y que además nos deja nuestra libertad, es más, la transforma en verdadera libertad (los primeros tres mandamientos). Es un «sí» a la familia (cuarto man- damiento), un «sí» a la vida (quinto mandamiento), un «sí» a un amor responsable (sexto mandamiento), un «sí» a la solidaridad, a la responsabilidad social y a la justicia (séptimo mandamiento), un «sí» a la verdad (octavo mandamiento), y un «sí» al respeto del prójimo y a aquello que le pertenece (noveno y décimo mandamiento). En virtud de la fuerza de nues- tra amistad con el Dios viviente, nosotros vivimos este múltiple «sí», y al mismo tiempo lo
llevamos como indicador del recorrido por nuestro mundo”190.

Dios no gana nada con nuestras obras buenas, ni pierde nada con nuestras obras malas; nos lo dice por nuestro bien, para ayudarnos a construirnos bien por dentro y a vencer el mal que tiende a crecer en nuestro interior y a proyectarse fuera. El consumismo que domina nuestra sociedad lo sabe bien y se aprovecha de ello: como una relación débil llena menos que una relación fuerte, intensa, hace falta tener muchas cosas, muchas dependencias –y cuanto más superficiales mejor–, para sentirse bien. Pero esto desemboca en una sociedad

inhumana, donde se llega a “fabricar” a las personas “por encargo” (con alerón trasero, en verde metalizado...); y a tratar a las mayores o enfermas como si fueran máquinas: se arre- glan en el “taller” (hospital) sólo mientras compense productiva y económicamente.

Quien tiene una personalidad bien labrada es difícilmente manipulable, sabe cómo orientarse, y detectar y sortear los arrecifes que pueden dañar el barco o incluso hundirlo. “Ni la droga, ni el alcohol, ni el sexo, ni un resignado pasivismo acrítico –eso que vosotros llamáis «pasotismo»– son una respuesta frente al mal. La respuesta vuestra ha de venir des- de una postura sanamente crítica; desde la lucha contra una masificación en el pensar y en el vivir que a veces se os trata de imponer; que se ofrece en tantas lecturas y medios de comunicación social. ¡Jóvenes! ¡Amigos! Habéis de ser vosotros mismos, sin dejaros manipular; teniendo criterios sólidos de conducta. En una palabra: con modelos de vida en los que se pueda confiar, en los que podáis reflejar toda vuestra generosa capacidad creativa, toda vuestra sed de sinceridad y mejora social, sed de valores permanentes dignos de elecciones sabias”191.
Pero no basta con eso. “Ser amigos de Cristo y dar testimonio de Él allí donde nos en- contremos exige, además, el esfuerzo de ir contracorriente (...) no tengáis miedo, cuando sea necesario, de ser inconformistas en la universidad, en el colegio y en todas partes”192. En re- sumen: ideas propias, sano sentido crítico, pensar las cosas, no ser masa. Aprendiendo a dis- tinguir las voces de los ecos, lo que aporta de lo que es mero llenar páginas; y sin hacer caso de los tenores huecos, que sólo buscan llamar la atención con sus gorgoritos sin letra ni contenido; ni del coro de grillos, que repiten todos a la vez el mismo ruido con que unos pocos manipulan a la masa:


Desdeño las romanzas de los tenores huecos y el coro de los grillos que cantan a la luna. A distinguir me paro las voces de los ecos, y escucho solamente, entre las voces, una.193

Si logras tener una personalidad bien construida serás coherente. Y, cuando llegue el momento, sabrás hasta dónde hay que estar dispuesto a tolerar. Porque no todo se puede to- lerar. No olvides que Jesús, que era “manso y humilde de corazón”, y que transmitía paz a su alrededor194, en una ocasión se enfadó mucho, al ver el templo, la casa de su Padre y lu- gar de oración, convertido en un mercadillo de compra-venta. Hay situaciones que parecen obligar a hacer algo, que parecen “intolerables”: los abortos realizados por millares en algunas clínicas sin escrúpulos, una anciana golpeada en la calle para robarle el bolso, ciertas clases de “educación” sexual en algunos centros escolares... Pero hay que estar preparado para sobrellevar también las pequeñas dificultades diarias, necesarias para ir creando en el alma los anticuerpos adecuados y crecer como persona:

Imposible atravesar la vida...
sin que un trabajo salga mal hecho, sin que una amistad cause decepción, sin padecer algún quebranto de salud,
sin que un amor nos abandone,
sin que nadie de la familia fallezca, sin equivocarse en un negocio.
Ése es el precio de vivir.

Sin embargo lo importante no es lo que suceda, sino cómo se reacciona.
Si te pones a coleccionar heridas eternamente sangrantes,
vivirás como un pájaro herido
incapaz de volver a volar.

Uno crece cuando
no hay vacío de esperanza,
ni debilitamiento de voluntad, ni pérdida de fe.

Uno crece cuando acepta la realidad y tiene aplomo para vivirla.
Cuando acepta su destino,
pero tiene la voluntad de trabajar para cambiarlo.


Uno crece asimilando lo que deja por detrás, construyendo lo que tiene por delante
y proyectando lo que puede ser el porvenir.
Crece cuando se supera, se valora y sabe dar frutos.

Uno crece cuando
abre camino dejando huellas, asimila experiencias...
¡Y siembra raíces!

Uno crece cuando se impone metas,
sin importarle comentarios negativos, ni prejuicios;
cuando da ejemplos,
sin importarle burlas ni desdenes, cuando cumple con su labor.

Uno crece cuando
se es fuerte por carácter, sostenido por formación,
sensible por temperamento...
¡y humano por nacimiento!

Uno crece cuando
enfrenta el invierno aunque pierda las hojas, recoge flores aunque tengan espinas
y marca camino aunque se levante el polvo.

Uno crece cuando es capaz de afianzarse con residuos de ilusiones, capaz de perfumarse con residuos de flores...
¡y de encenderse con residuos de amor!


Uno crece ayudando a sus semejantes, conociéndose a sí mismo
y dándole a la vida más de lo que recibe.

Uno crece cuando se planta para no retroceder...
Cuando se defiende como águila para no dejar de volar... Cuando se clava como ancla y se ilumina como estrella. Entonces... Uno Crece.195



“Los carpinteros dan forma a la madera; los flecheros dan forma a las flechas; los sa- bios se dan forma a sí mismos” (Buda). La personalidad bien trabajada tiene mucho en co- mún con la verdad: se impone por sí misma, por su misma fuerza interior. Un solo rayo de luz puede vencer a toda una habitación oscura. Una sola persona diciendo la verdad puede tener más fuerza que muchas negándola, como muestra una famosa obra de Henryk Ibsen, Un enemigo del pueblo, el drama de un hombre honrado frente al pragmatismo de la socie- dad. Su protagonista, el Doctor Stockmann, denuncia que las aguas del balneario, principal fuente de ingresos del pueblo, están contaminadas y son un peligro para la salud. Las fuer- zas sociales del pueblo tratan de ocultarlo para no perder el negocio, pero él se mantiene firme en su denuncia. Al final, se queda solo y abandonado, con la verdad, pero no renuncia a ella.

“¿Quién será capaz de medir el poder de un hombre cuyas facultades están completa- mente unidas en un mismo esfuerzo? Cuando la inteligencia, la voluntad, las pasiones y las fuerzas del cuerpo están juntas, concentradas y como comprimidas sobre un mismo objeto, no hay poder en el mundo comparable a éste. Y cuando a este poder se viene a unir el poder mismo de Dios, pues concentrándose en Dios el hombre hace pasar a sí la fuerza de Dios, ¿cómo asombrarse del prodigioso dominio que ejercen los santos? ¿Cómo asombrarse del poder de su oración y de la eficacia de su acción?”196. Hay personalidades que son como el rayo láser o el agujero central de la alcachofa de la ducha: gracias a su fuerte unidad y cohe- rencia son capaces de concentrar toda su energía en un solo punto, y producir un efecto de- moledor. Al hablar del testimonio de vida cristiano, se usa con frecuencia el ejemplo del injerto y el del hierro al rojo vivo: sin dejar de ser ellos mismos, son transformados interior- mente para realizar obras que les superan. Así es de atractiva la personalidad de los santos.


Jesús, siempre que leo el Evangelio te imagino elegante, con una sonrisa en los labios, diciendo frases redondas llenas de significado, pero... con una sonrisa que no “apabulla”, sino que invita a la pregunta “¿y qué más?”. Con un brillo en los ojos que apetece que el tiempo se pare, y que tu voz nunca se acabe. Y nunca pedante, porque aunque siempre ten- gas una respuesta perfecta, la dices pensando en mí, en lo que necesito oír de ti (KAROL).

Si alguien pronuncia más de 20.000 discursos, decimos que es un gran comunicador. Si produce más de cien documentos importantes y escribe varios best-sellers, sin duda es muy inteligente. Si además logra visitar más de cien países sin otro interés que animar y apoyar a sus habitantes, queda claro que es alguien muy generoso. Si encima mantiene va- rios encuentros semanales con grupos de miles de personas, no cabe duda de que es un gran líder. Y si también se encuentra con más de 1.500 jefes de Estado para hablarles claro de los problemas de sus países y exigirles soluciones, entonces estamos ante un valiente. Pero si además logra que acudan a sus funerales o que los sigan por la TV millones de personas, y que varios meses (y años) después de su muerte siga atrayendo a su tumba una media DIARIA de unas 20.000 personas, no podemos negar que era un gran hombre y muy querido197. ¿Verdad que ya sabes de quién se trata? Esta es, sin duda, la última gran revolución de Juan Pablo II.

Un recipiente medio lleno, por muy capaz que sea, está diciendo a gritos: gran parte de mí ha sido inútil, he desaprovechado la mitad de mí, de lo que tenía que haber sido. ¡Ojalá encuentres el camino que lleva a la verdadera felicidad, a una vida valiosa, a formar en ti una personalidad atractiva! Y que no pierdas muchos o los mejores años de tu vida como les sucede a tantas y tantos, “llenándose de vacío”, aparentando estar contentos, rodeados siem- pre de gente y, a la vez, sufriendo una gran soledad y pobreza interior. Recuerda que el tiempo va pasando, también para ti:


Ya se van los invitados;
tú y yo nos miramos
sin saber bien qué decir.
Nada que descubra lo que siento,
que este día fue perfecto y parezco tan feliz. Nada como que hace mucho tiempo
que me cuesta sonreír.

Ya he tenido suficiente,
necesito a alguien que comprenda
que estoy sola en medio de un montón de gente. Qué puedo hacer...

Quiero vivir, quiero gritar,
quiero sentir el universo sobre mí, quiero correr en libertad,
quiero llorar de felicidad.


Quiero vivir,
quiero sentir el universo sobre mí, como un náufrago en el mar
quiero encontrar mi sitio,
sólo encontrar mi sitio.

Sólo queda una vela
encendida en medio de la tarta y se quiere consumir.198


Los entrenadores de algunos deportes cifran a veces gran parte de su táctica y la clave de su éxito en el dibujo sobre el campo, en la colocación de los jugadores en unas posiciones determinadas en ciertos momentos del partido. Si se consigue que “hagan el dibujo” sobre el campo podrán realizar las mejores jugadas. También te habrás enfrentado alguna vez a un puzzle de muchas piezas. Tienes experiencia de que el único modo seguro de armarlo bien pasa por mirar continuamente el dibujo, el modelo. Pues para tu vida, para tu realización como persona, también tienes un modelo, un dibujo: Jesús, su vida. Con Él delante de los ojos es mucho más fácil encajar todas las piezas, y hacer las jugadas ganadoras. Tu personalidad se parecerá entonces a la suya, tendrás su “marca” inconfundible. Y te atreverás a luchar por conseguir objetivos valiosos, superando el miedo y las dificultades.

“Entre los antiguos, la palabra carácter designó primero al artesano que grababa; luego al instrumento del grabador; y, finalmente, a la misma huella, signo o letra. En este último sentido nosotros hablamos todavía de caracteres de imprenta. Aplicado a una persona, el carácter es la marca distintiva por la cual se la reconoce en su manera de ser: su carácter es amable o irascible, alegre o triste”. Es “la fuerza de alma que capacita a un ser humano para decidirse y gobernarse por sí mismo”, para poder ser independiente de las influencias exteriores. Pues “un individuo sin carácter es como una blanda cera que el primer recién llegado moldea a su gusto, mientras que el hombre de carácter imprime su sello personal sobre todo lo que toca. Ya obre o ya sufra, ya actúe o ya resista, sigue siendo lo que quiere ser”. Por eso el cristiano auténtico “es el que obra como cristiano en cualquier circunstancia”. “Sus actitudes, sus decisiones, sus gestiones lo señalan, lo caracterizan como cristiano”199.

Esa personalidad se afianza a medida que aumenta la identificación con Jesús: hay como una transfusión de Dios a la persona, que le hace capaz de cosas asombrosas incluso siendo muy joven. Un ejemplo: “Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen (...) Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir cuando tenía doce años. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante esa tierna edad; por otra, la fortaleza que infunde la fe (...) ¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden so- portar ni la severidad del rostro de sus padres, y si distraídamente se pinchan con una aguja, se poner a llorar como si se tratara de una herida”.

“Pero ella, (...) inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pe- ro dispuesta a sufrirla; (...) intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos. (...) No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presen- taba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su vir- tud consumada. Una recién casada no iría al lecho nupcial con la alegría con que iba esta jo- ven al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, (...) coronada no de flores, sino de virtudes”.

“Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que (...) entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio legal de sí misma. (...) Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Si hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si él fuese el condenado; cómo temblaba su mano derecha al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena...”200.
¡Qué diferentes son el carbón y el diamante! Y, sin embargo, su composición es casi la misma: átomos de carbono. Pero el diamante ha tenido que sufrir enormes presiones y altas temperaturas, en el fondo de la tierra, y ha debido romperse por dentro, para luego reorganizarse y así llegar a formar esa estructura cristalina que lo hace tan sólido y resistente y, a la vez, tan hermoso. Es realmente asombroso lo que puede realizar Dios en una persona si ésta le deja. Puede hacer que alguien débil se convierta en una voluntad más fuerte y resistente que el metal más duro.

Pero no sólo eso: su poder de influir en los demás se multiplica. Si has ido alguna vez a buscar setas sabes que tienden bajo tierra un pequeño hilo, el micelio, que hace que donde las ha habido con facilidad vuelvan a salir. Pues los santos son como las setas: donde ha ha- bido uno deja un “algo” misterioso que se contagia, y que hace que, al cabo del tiempo, sur- jan otros santos: no van casi nunca solos, crean “escuela”. También se pueden comparar al deslumbramiento del sol: aunque ya hayas dejado de mirarlo, su fuerza sigue en tu ojo todavía un tiempo, como un punto luminoso, sin que te lo puedas quitar... Pero al leer la palabra santos no imagines “especímenes” raros, unas figuras de museo de cera. Piensa en personas como tú, pero en quienes habita la fuerza de Dios, su Espíritu. Personas con defectos y, a la vez, transformadas misteriosa e íntimamente por Dios.

Si nos decidimos a vivir así, habrá pronto una nueva generación de jóvenes cristianos, de mujeres y hombres que serán líderes al modo en que lo fue Jesús: con humildad y man- sedumbre, pero con una fuerza de atracción irresistible. Ya no serán sólo personas a las que les pasan cosas, sino sobre todo personas que hacen que pasen cosas, serán protagonistas. No estarán quietos, como los letreros indicadores en las carreteras, que señalan el camino pero no se mueven, “no van” (cristianos que no dan ejemplo). Serán sherpas, escaladores, guías que abran caminos nuevos a otros. Y con la fuerza de Dios en su interior realizarán auténticos “milagros”, entre los de su entorno y en la sociedad, que harán exclamar a los que les conocen: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?”201, como decían de Jesús. ¿Has pensado en la enorme capacidad de influir en el mundo que puede llegar a tener una sola persona empapada de una fe auténtica y grande, y que procura estar íntimamente unida a Dios a lo largo de la jornada? ¿Y si fuésemos muchas? Pues la inscripción está abierta... ¿te apuntas?



Referencias
170 Cfr. Lucas 4, 23-30.
171 Cfr. Mateo 21, 12-13; Lucas 19, 45-46.
172 Cfr. Mateo 22, 15-22. “«Pues bien, dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Y no pudieron sor- prenderle en ninguna palabra ante el pueblo y, admirados de su respuesta, se callaron” (Lucas 20, 25-26).
173 Cfr. Mateo 22, 23-33. “Y ya no se atrevían a hacerle más preguntas” (Lucas 20, 40).
174 Cfr. Lucas 20, 1-8; Mateo 21, 23-27: “«y le preguntaron: ¿Con qué poder haces estas cosas? ¿Y quién te ha dado tal potestad?». Jesús les respondió: «También yo os voy a hacer una pregunta; si me la contestáis, entonces yo os diré con qué potestad hago estas cosas. El bautismo de Juan ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos deliberaban en- tre sí: «Si decimos que del cielo, responderá: ¿Por qué, pues, no le creísteis? Si decimos que de los hombres, tememos a
la gente, pues todos tienen a Juan por profeta». Y respondieron a Jesús: «No lo sabemos». Entonces Él les dijo: «Pues
tampoco yo os digo con qué potestad hago estas cosas»”. Ahí os quedáis...
175 Hechos 23, 12-13.
176 Cfr. 2 Corintios 11, 24-33.
177 Cfr. Filipenses 1, 12-13; 1, 27-28; 4, 4-7.
178 Cfr. Hechos 14, 8-20.
179 Hechos 20, 36-38.
180 Cfr. J. R. AYLLÓN, Desfile de modelos. Análisis de la conducta ética, 3ª ed., Rialp, Madrid 1998, pág. 26.
181 EL SUEÑO DE MORFEO, Ésta soy yo.
182 Así se expresaba un impulsor de la medicina psicosomática, J. ROF CARBALLO, en su libro El hombre a prueba, Paz Montalvo, Madrid 1951.
183 Cfr. F. SUÁREZ, La puerta angosta, Rialp, Madrid 1971, págs. 157-158.
184 Mateo 26, 39.
185 1 Corintios 6, 12.
186 Cfr. F. SUÁREZ, La puerta angosta, Rialp, Madrid 1971, págs. 95-97.
187 Friedrich Wilhelm NIETZSCHE (1844-1900), filósofo alemán, fue famoso por su nihilismo, una crítica muy destruc- tiva hacia la filosofía y la cultura de su tiempo.
188 Cfr. J. M. ROMERA, artículo publicado en el diario Ideal de Granada (14.IV.2006, pág. 42).
189 Atribuido a Arturo VARGAS.
190 BENEDICTO XVI, Homilía en el santuario mariano de Mariazell (Austria), 8.IX.2007.
191 Beato JUAN PABLO II, A los jóvenes en Madrid, 3.XI.1982.
192 BENEDICTO XVI, Discurso al Congreso UNIV (Ciudad del Vaticano), 19.III.2008.
193 Del poema Retrato de Antonio MACHADO, publicado en Campos de Castilla.
194 Cfr. Mateo 11, 29.
195 Adaptación de un poema de Susana CARIZZA.
196 J. TISSOT, La vida interior, 10ª ed., Herder, Barcelona 1947, pág. 214.
197 Datos tomados del diario La Stampa, de Turín, y de la agencia Buenas noticias (Adolfo Güémez).
198 AMARAL, El universo sobre mí (letra de Eva Amaral y Juan Aguirre).
199 Cfr. G. CHEVROT, Las Bienaventuranzas, 11ª ed., Rialp, Madrid 1991, págs. 203-204.
200 S. AMBROSIO, Sobre las vírgenes, 1, 2-9. Lo cuenta alguien que vivió unos 40 años después de ese momento, en el siglo IV.
201 Cfr. Marcos 4, 35-41.





¡Ahora toca a ti!



5: UNA PERSONALIDAD QUE ATRAE

Cuestiones para la reflexión para comentar en los foros del curso



1) Explica, buscando en los Hechos de los Apóstoles y en sus Cartas, el secreto de la gran y atractiva personalidad de san Pablo.

2) Razona cuáles son en tu opinión las virtudes más necesarias para forjar una sólida personalidad humana y cristiana.

3) ¿Basta la gracia de Dios para crear personalidades cristianas firmes, o Dios quiere también que pongamos esfuerzo de nuestra parte por crecer en las virtudes?

4) Comentarios o sugerencias de esta lección:

Sugerencia práctica para vivir esta semana



Piensa en alguna virtud en la que podrías mejorar y crecer, y concreta tres detalles relacionados con esa virtud para esforzarte en ellos.



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