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Curso ¿Qué me falta todavía?: Tema 6. Con Honradez y Coherencia

Curso ¿Qué me falta todavía?: Tema 6. Con Honradez y Coherencia
Si quieres ser una persona auténtica, no puedes desentenderte de mejorar el mundo en que vives


Por: P. Joaquín Caldevilla Bujalance | Fuente: Catholic.net



Curso ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
















Autor y Asesor: Joaquín Caldevilla Bujalance

Fuente: Libro ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
Índice y presentación del libro

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6. CON HONRADEZ Y COHERENCIA




“Entonces los fariseos se retiraron y se reunieron en consejo para ver cómo ca- zarle en alguna palabra. Y le enviaron sus discípulos, junto con los herodianos, a preguntarle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas de verdad el ca- mino de Dios, y que no te dejas llevar por nadie, pues no haces acepción de perso- nas. Dinos, por tanto, qué te parece: ¿es lícito dar tributo al César, o no?». Cono- ciendo Jesús su malicia, respondió: «¿Por qué me tentáis, hipócritas? Enseñadme la moneda del tributo». Y ellos le mostraron un denario. Jesús les preguntó: «¿De quién es esta imagen y esta inscripción?». Le respondieron: «Del César». Enton- ces les dijo: «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Al oírlo se quedaron admirados y dejándole se marcharon” (Mateo 22, 15-22)


Este problema –el de las relaciones entre religión y política, entre creyentes y socie- dad, entre fe y vida diaria, entre Dios y el mundo, en definitiva– no es de ahora, resulta que ya se planteó desde el inicio del cristianismo. Y, a lo largo de los siglos, siempre ha habido algún tipo de tensión. Ya poco después de resucitar Jesús, los apóstoles debieron enfrentarse al Sanedrín (Senado judío), que les había prohibido manifestar y divulgar su fe, y tuvieron que decirle: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”223. Y el mismo san Pedro aconsejaba a los cristianos: “Mostrad ante los gentiles una conducta ejemplar, a fin de que, en lo mismo que os calumnian como malhechores, a la vista de vuestras buenas obras, glorifiquen a Dios (...). Estad sujetos, por el Señor, a toda institución humana: lo mismo al empe- rador, como soberano, que a los gobernadores, como enviados por él para castigar a los malhechores y honrar a los que obran el bien. Porque ésta es la voluntad de Dios: que ha- ciendo el bien hagáis enmudecer la ignorancia de los insensatos”224.

Después, vinieron trescientos años difíciles, en los que esos primeros seguidores de Cristo (cristianos) fueron procurando purificar con su nuevo modo de vivir –y sin dejar de cumplir por ello sus obligaciones civiles, aunque sufrieron por su fe bastantes injusticias y atrocidades– muchos ámbitos de la organizada sociedad del Imperio Romano: las relaciones familiares, los distintos oficios y profesiones, los espectáculos públicos, el ejército, el mun- do de los negocios... Fue como una revolución silenciosa, que iba avanzando poco a poco, de amigo a amigo, de familia a familia, de pueblo en pueblo, muchas veces facilitada por las emigraciones a otras ciudades huyendo de las persecuciones, como la semilla o el polen son llevados por el viento a otros árboles, a otros campos, y así producen más fruto y llegan más lejos. Ya con ocasión del martirio de san Esteban, comenzó “una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén, y todos, excepto los apóstoles, se dispersaron por las regiones de Judea y Samaría (...) Los que se habían dispersado iban de un lugar a otro anunciando la palabra del Evangelio”225.

Sin embargo, todavía en los siglos IV y V había quienes acusaban a los cristianos de falta de “ciudadanía”, y no eran capaces de ver el efecto benéfico que había supuesto su fe para la sociedad. Y llegaron a “enfadar” a un gran santo de la época, hasta hacerle escribir: “Los que dicen que la doctrina de Cristo es enemiga del Estado, que presenten un ejército como la doctrina de Cristo enseña que deben ser los soldados; que presenten tales súbditos, tales maridos, tales esposas, tales padres, tales hijos, tales señores, tales siervos, tales reyes, tales jueces y, finalmente, tales contribuyentes y tales inspectores de impuestos, como la doctrina cristiana manda que sean, y atrévanse luego a llamarla perjudicial para el Estado: más bien, no duden un instante en proclamarla, donde ella se viva, la gran salvación del Estado”226. Y con razón: las cosas claras.


Para algunos, esas palabras de Jesús –“dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”– son a menudo una excusa para separar lo divino y lo terreno. Pero ¿es posible hacerlo sin que haya conflictos, sin limitaciones? Es aquí donde me parece que entra en juego la coherencia. Sin ella corremos el riesgo de “olvidar” alguna de las partes, sobre todo la de Dios, pues “el César” ya se encarga de pedirnos la suya, de buenas mane- ras o por la fuerza. Esas palabras habría que traducirlas más bien de otro modo: “al dar al César lo que le corresponde, no os olvidéis de dar a Dios lo que es de Dios; no os olvidéis de que también Dios tiene parte en ese tema, que Él también se merece y espera algo (con más razón y motivo que el César) que debéis darle precisamente ahí”. Esta traducción me parece más adecuada, pues Dios y el César no están al mismo nivel (KAROL).


Y es que toda verdadera religión (no las falsas ni las deformadas) conlleva implícito, de un modo u otro, el deseo de realizar un cambio social, precisamente porque aspira a ha- cer posible la justicia, la compasión, la solidaridad, el bien, a todos los niveles posibles: per- sonal, familiar, social. Es un compromiso total. ¿Te parece esto fundamentalismo? ¿Cuál es el verdadero problema: el peligro de mezclar en algunos casos la política y la religión, o el modo de realizar la transformación social a mejor a que aspira toda religión? Los fundamentalismos religiosos son planteamientos extremos sobre el modo de realizar esos cambios: o bien encerrándose en sí mismos (ultraortodoxos judíos), o buscando monopolizar la sociedad (fundamentalismo hinduista), o tratando de imponer mediante la violencia el propio modo de ver las cosas (fundamentalismo islámico).

El fundamentalista es una persona que se queda con una parte secundaria de la verdad o de la religión, exaltándola al máximo, y elimina el resto: la reduce con ello a una ideología al servicio de su propio interés. El fundamentalista no hace caso a las razones de los demás, no escucha al dialogar, fija sus propias ideas como las únicas válidas y verdaderas. Ideas que suelen ser simples y radicales, poco matizadas y razonadas, y que dividen el mundo en dos grupos: nosotros (los buenos) y los demás (los malos). ¿No te parece algo positivo poder testimoniar tu fe en tu vida diaria, que tu aportación contribuya a mejorar la sociedad, y poder compartir tus convicciones con otras muchas personas? Pues esto, si lo haces de modo razonable y razonado, buscando el bien para todos, y contando con los demás al hacerlo, no es fundamentalismo: es lo mejor que puedes darles, es hacerles partícipes de lo que a ti te hace feliz y llena tu vida.

De lo contrario pueden pasar –y de hecho están pasando– cosas sorprendentes. En la entrevista que hicieron en un programa de TV a la hija de Billy Graham, famoso telepredi- cador en EE.UU., le preguntaron: “¿Cómo pudo Dios permitir que sucediera esto?” (los atentados del 11-S). Anne Graham dio un profundo suspiro y dijo:

Al igual que nosotros, creo que Dios está profundamente triste por este suceso, pero durante años hemos estado diciéndole a Dios que se salga de nuestras escuelas, que se salga de nuestro gobierno y que se salga de nuestras vidas. Y, siendo el caballero que Él es, pienso que se ha retirado serenamente. ¿Cómo podemos esperar que Dios nos dé su bendi- ción y su protección cuando le hemos exigido que nos deje solos? A la luz de ciertos hechos recientes –ataques terroristas, tiroteos y acoso en las escuelas– esto se entiende mejor.

Y, después de poner algunos ejemplos de cosas que muchos ven ya hoy como norma- les –dejadez de los padres para educar bien a sus hijos, aceptación social y mediática de la pornografía, de la sexualidad adolescente, de la degradación y corrupción de tantas personas en su vida pública y privada–, concluyó:

Y ahora nos preguntamos:
¿Por qué nuestros hijos no tienen conciencia?
¿Por qué no saben distinguir entre el bien el mal?
¿Y por qué no les preocupa maltratar a otras personas, a veces indigentes, o a ellos mismos?
Probablemente, si lo pensamos despacio, encontremos la respuesta: LO QUE SEM-
BRAMOS ES LO QUE RECOGEMOS. Es curioso cómo la gente manda a Dios a la basura y luego se pregunta por qué el mundo está en proceso de destrucción.


Tú, si quieres ser una persona auténtica, no puedes desentenderte de mejorar el mundo en que vives, de comprometerte a favor del bien, de la destrucción del egoísmo y del pecado en todas sus formas, y de llevar siempre en tu espíritu y en tus acciones el mensaje del Evangelio: el amor a Dios y el amor al hombre227. “No basta denunciar: hay que hacer. Hay que comprometerse en primera persona, juntamente con todos los hombres de buena voluntad, en la construcción de un mundo que sea realmente a medida del hombre, más aún, a medida de los hijos de Dios”228.

Un mundo de personas buenas y honradas, coherentes, en el que no quepa aquella queja, seguramente triste, de Jesús: “¿Por qué me llamáis: «Señor, Señor», y no hacéis lo que os digo?”229. De lo contrario tu fe sería algo inútil, desconectada de tu vida diaria, y sin obras que la certifiquen: “a propósito de aquellos que de la fe no poseen más que palabras, dice San Pablo: afirman conocer a Dios, pero le niegan con las obras”230. Y ya lo explicaba Jesús claramente: “Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de los espinos o higos de las zarzas? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, y todo árbol malo da frutos malos”231.

Esa coherencia no siempre es fácil, y “también hoy creer en Jesús, seguir a Jesús si- guiendo las huellas de Pedro, de Juan, de Tomás, de los primeros discípulos y testigos, con- lleva una opción por Él y, no pocas veces, es como un nuevo martirio: el martirio de quien, hoy como ayer, es llamado a ir contra corriente para seguir al divino Maestro (...) Quizás a vosotros no se os pedirá la sangre, pero sí ciertamente la fidelidad a Cristo. Una fidelidad que se ha de vivir en las situaciones de cada día. Estoy pensando en los novios y su dificul- tad de vivir, en el mundo de hoy, la pureza antes del matrimonio. Pienso también en los ma- trimonios jóvenes y en las pruebas a las que se expone su compromiso de mutua fidelidad (...) pienso en el que trabaja por la paz y ve nacer y estallar nuevos focos de guerra en diver- sas partes del mundo; también en quien actúa en favor de la libertad del hombre y lo ve aún
esclavo de sí mismo y de los demás”232.

Tú podrías añadir otros muchos casos: médicos y personal sanitario que no aceptan realizar prácticas indignas de su profesión (aborto, eutanasia, etc.) y son arrinconados por ello en sus lugares de trabajo; empresarios que no buscan sólo ganar dinero sino ayudar a muchas familias, y no quieren corromperse entregando sobres a políticos o funcionarios; jueces y juristas que son vetados en su carrera profesional por no aceptar leyes antihumanas; o actrices y actores que se niegan a hacer ciertas cosas que son “exigencias del guión”. Son los nuevos mártires, que han de sufrir las consecuencias de no ceder al rodillo de lo “políticamente correcto” para mantener su conciencia limpia y en orden. Se parecen a los primeros cristianos, que aunque no fundaron ningún partido político ni sindicato, su modo de vida y su fidelidad a Dios fue capaz de transformar a muchos de los que estaban a su alrededor.

¡Qué diferente la actitud de las gentes al entrar Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos, y el día de su muerte, el Viernes Santo! Primero lo consideran como su líder, su rey: “Una gran multitud extendió sus propios mantos en el camino; otros cortaban ramas de árboles y las echaban a lo largo del camino; las multitudes que iban delante y detrás de Él clamaban diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Se- ñor!”233. Pero después esos mismos lo condenan a muerte tras haber destrozado su cuerpo con golpes y latigazos. “Pilato les dijo: ¿Y qué haré con Jesús, el llamado Cristo? Todos contestaron: ¡Sea crucificado! Les preguntó: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!”234.

¿A qué pudo deberse un cambio tan grande en tan poco tiempo (cinco días)? ¿Qué fue lo que influyó en sus cabezas? Tal vez se dejaron llevar por la masa, o por el miedo a algún perjuicio si no hacían lo mismo que los demás. A muchos les faltó una verdadera fidelidad a Jesús, interiorizada, que es mucho más que una simple apariencia exterior, o unas costum- bres o tradiciones familiares: les faltó una personalidad verdaderamente cristiana. Un cris- tiano no puede ser uno más de un rebaño, de un grupo. Está llamado a dar un testimonio de su fe que sea convincente para los demás. Y ha de estar dispuesto a hacer frente a todo lo que pueda venir en su contra.


La historia de Maribel

Maribel vive en España. Es profesora de un instituto, donde enseña Matemáticas. Un día, hace unos años, entró en el aula y se encontró que habían colocado al lado del encerado un póster. En él se representaba, a todo color, una parte del cuerpo y un preservativo. “Mi reacción fue romperlo. Ahí comenzó la tempestad”. A Maribel le resultaba muy extraño este modo de educar a los adolescentes. No es esto lo que los chicos y chicas necesitan aprender, sino el respeto a sus personas y el sentido de la verdadera entrega al otro. La sexualidad no es puro placer, es una riqueza que abarca toda la persona –cuerpo, sentimientos, espíritu– y que alcanza su máxima expresión en el don sincero de sí mismo a otro por amor... Pero no todos estaban de acuerdo con ella, y la tormenta se convirtió en huracán. “Dos alumnas se opusieron a mi postura, los demás no. El padre de una de ellas me denunció. Me vi sola en el centro. Muchos escuchaban y creían las mentiras que se decían sobre mí”.

Cuando el pan de cada día depende de tu trabajo, cuando sientes que el mundo entero está en tu contra, cuando se nada contracorriente, se necesita mucha fortaleza para mante- nerse firme. Y Maribel la tuvo. “Al principio me sentía abandonada. Pero cinco o seis com- pañeros me apoyaron, y también varios padres del instituto”. “Algunos alumnos comenza- ron a escribirme cartas preciosas, y me aplaudían por las escaleras”. Esto último fue lo que más la animó. La mayoría de los estudiantes no querían ese tipo de propaganda; eran cons- cientes de que lo que en verdad cuenta son los valores que cada uno cultiva, las conviccio- nes sobre las que uno basa su vida. Al final “la denuncia quedó en nada. Encontré a uno de los mejores abogados de la ciudad, hombre muy religioso, que se hizo cargo de mi proble- ma. Luego fui trasladada a otro instituto donde se respiraba otro aire. Estoy muy contenta de haber perseverado”. Es verdad que este tipo de historias no siempre tiene un final feliz. Pero todas, tarde o temprano, son recompensadas, ya que la victoria más grande que cualquier ser humano puede obtener es la de llegar al final de su vida manteniéndose fiel a sus valores más íntimos235.


A los cristianos no se nos pide vivir aislados en una especie de mundo separado, ocu- pados sólo en rezos y ceremonias, desentendiéndonos del progreso, sino contribuir a realizarlo. Y quizá nuestra tentación sea querer excluir a Dios del mundo del trabajo y de la so- ciedad para no molestar a los que dicen pensar de otro modo. Aunque bastantes personas no es tan así, o no lo ven tan claramente: “En realidad, es a Jesús a quien buscáis cuando soñáis la felicidad; es Él quien os espera cuando no os satisface nada de lo que encontráis; es Él la belleza que tanto os atrae; es Él quien os provoca con esa sed de radicalidad que no os per- mite dejaros llevar del conformismo; es Él quien os empuja a dejar las máscaras que falsean la vida; es Él quien os lee en el corazón las decisiones más auténticas que otros querrían sofocar. Es Jesús el que suscita en vosotros el deseo de hacer de vuestra vida algo grande, la voluntad de seguir un ideal, el rechazo a dejaros atrapar por la mediocridad, la valentía de comprometeros con humildad y perseverancia para mejoraros a vosotros mismos y a la sociedad, haciéndola más humana y fraterna”236.

Pero es que, además, Dios ha de estar presente en bastantes momentos de tu vida y de tu actuación, si no quieres que te acabe venciendo y arrastrando la fuerte corriente que va en sentido contrario. “Si miramos de modo global la actuación de Pilato aparecen algunas con- tradicciones que, a pesar de serlo, tienen seguramente una explicación. Estaba convencido de la inocencia de Jesús, pero le entregó a la muerte; quería salvarlo, pero no a costa de in- disponerse con los judíos que, en el atrio, pedían a gritos su cabeza; le mostró simpatía, pero no hasta el extremo de arriesgar algo por Él (...). Desde luego, por él hubiera puesto al Señor en libertad; si no lo hizo fue por miedo a los perjuicios que ello le pudiera ocasionar (...). Es verdad que demostró buenos sentimientos respecto a Jesús: amabilidad, simpatía, deseo de ponerle en libertad. Nada más lejos de él que querer hacerle daño”, pero no a costa de tener
problemas en su carrera profesional237, y siempre sin molestar a la mayoría, a menudo ma- nipulada. Pero eso no basta para ser coherente.

Tú, como tantos y tantas, tienes sed de cosas auténticas, y sientes horror por todo lo falso y aparente, por lo que se queda en simples formas externas sin contenido. Sin tu cohe- rencia, todo lo que puedas decir o enseñar se queda en una mera teoría, algo que no atrae porque está vacío de calor y de vida. Y de teorías e ideologías estamos ya un poco satura- dos... Pero la autenticidad de una persona tiene mucho que ver con la seguridad en sus con- vicciones (sin violencias). Y con su empeño por ser fiel a aquello en lo que cree: “Si uno pierde una cosa anda angustiado buscándola, y mira una y otra vez en todas partes; cual- quier otra cosa que ve le parece que es ésa que busca. El que va de viaje, si es una persona responsable, lleva la determinación de cumplir su trayecto en el tiempo que ha previsto, y toda su atención se ordena a eso, a terminar su viaje; mientras camina o viaja lleva en su mente o en su corazón ese más allá, todavía más... Se preocupa de levantarse temprano, y hasta a veces por la noche sueña que ya terminó su viaje; si se cansa, el pensar que necesariamente tiene que llegar le da nuevas fuerzas. (...) Sin esta determinación, sin esta solicitud y atención, no creo que alguien haya hallado a Dios”238.

Además, esa coherencia se trasluce siempre hacia fuera, se capta por sus resultados, y los demás notan cuándo es real, auténtica, y no simple repetición: “Hagamos de la tierra el cielo, y mostremos así a todos los que no creen de qué grandes bienes están privados. Por- que cuando vean nuestra vida y nuestra conducta ejemplar, tendrán la visión misma del Reino de los Cielos. Cuando nos vean modestos, sin ira, limpios de cualquier mal deseo, sin envidia, carentes de malicia, y movidos por todas las virtudes, se dirán: «Si los cristianos son ángeles en esta vida, ¿qué serán después de la muerte?». De este modo los paganos se convertirán y la religión se difundirá no menos que en los días de los Apóstoles. Doce hom- bres pudieron entonces convertir ciudades y regiones enteras: si todos nosotros nos convir- tiéramos en maestros por la perfección de nuestra vida, pensad hasta dónde podría difundirse nuestra fe”239.

Es evidente que los estados de ánimo existen, y que hay momentos de bajón; también los tuvieron los cristianos de todas las épocas. Pero es posible mantener unas decisiones fundamentales, aunque convivan con pequeños errores o debilidades. Se trata de vivir una vida coherente, verdaderamente humana y cristiana, que pueda servir a otros muchos como punto de referencia: “Un santo es, en su vida y en su muerte, traducción del Evangelio para su país y su época. Cristo no vacila en invitar a sus discípulos al seguimiento, a la perfec- ción. (...) ¡No tengáis miedo ante esa palabra!, ¡no tengáis miedo ante la realidad de una vi- da santa!”240. El buen ejemplo es como un imán: atrae el corazón de otros; y también como
un regalo inesperado: conmueve e impulsa a dar algo a cambio, a imitarlo. Y es que, real- mente, ¡cuánto bien produce y cuánto ayuda un buen ejemplo a tiempo!


Carta de un niño a su padre

Cuando creías que yo no te estaba mirando... te vi colgar mi primer dibujo en la neve- ra y corrí a hacer otro.
Cuando creías que yo no te estaba mirando... te vi poner alimento en el platito del ga- to y aprendí que es bueno cuidar a los animales.
Cuando creías que yo no te estaba mirando... vi salir lágrimas de tus ojos y aprendí que a veces las cosas duelen, pero que está bien llorar.
Cuando creías que yo no te estaba mirando... te vi hacer mi postre favorito y aprendí que las cosas pequeñas son las que hacen la vida especial.
Cuando creías que yo no te estaba mirando... te oí rezar una oración y supe que hay un Dios al que siempre puedo acudir, y aprendí a confiar en Él.

Cuando creías que yo no te estaba mirando... te sentí darme el beso de buenas noches
y me sentí amado y protegido.
Cuando creías que yo no te estaba mirando... te vi dar algo de tu tiempo y de tu dinero para ayudar a gente que no tenía nada, y aprendí que los que tienen deben ayudar a los que
no tienen.

Cuando creías que yo no te estaba mirando... te vi cuidar nuestra casa y a nosotros, y aprendí que debemos cuidar de lo que nos ha sido dado.

Cuando creías que yo no te estaba mirando... aprendí de ti las lecciones de la vida que necesitaba: cómo ser una persona buena y responsable, cómo decir mucho con tan sólo una sonrisa.

Entonces te miré y quise decirte... GRACIAS POR TODAS LAS COSAS QUE VI CUANDO CREÍAS QUE YO NO TE ESTABA MIRANDO.



Es cierto que ser coherente con tu fe a veces puede tener algunos inconvenientes no pequeños, pero esto no es nuevo: “Acordaos de los días primeros, cuando, recién ilumina- dos, tuvisteis que soportar una lucha con muchos padecimientos: ya sometidos públicamente a calumnias y vejaciones, ya estrechamente unidos a los que eran tratados de esta manera, pues habéis compartido los sufrimientos de los encarcelados, y recibisteis con alegría el robo de vuestros bienes, sabiendo que poseéis un patrimonio mejor y más duradero. No perdáis, por tanto vuestra confianza, que tiene una gran recompensa: pues necesitáis paciencia para conseguir los bienes prometidos cumpliendo la voluntad de Dios. (...) Pero nosotros no somos de los que se vuelven atrás”241. Esa coherencia y fidelidad al verdadero Dios llegó a ser una fuerza muy poderosa ya en el pueblo de Israel antes de la venida de Jesucristo: “Algunos fueron torturados, porque rehusaron la liberación para lograr una resurrección mejor. Otros soportaron humillaciones y azotes, e incluso cadenas y cárcel. Fueron apedreados, aserrados, muertos a espada, anduvieron errantes cubiertos con pieles de oveja y de cabra, necesitados, atribulados y maltratados (...), perdidos por desiertos y montes, por cuevas y cavernas”242. Aquí la realidad supera cualquier novela o película...

Pero no te asustes. Lo más probable es que tú no tengas que llegar hasta eso, y que baste con tu ejemplo diario, lleno de convicción y seguridad, pero consciente de tu debilidad y de la ayuda de Dios. Un perfume huele más cuanto más puro y concentrado está, cuanto más “esencia” es. Recuerda que ninguna de tus acciones es indiferente para Dios, y tampoco para los demás; y que con ellas forjas tu propio futuro. Si te esfuerzas por ser coherente con tu fe, y por hacer presente de modo sencillo pero constante a Dios en tus asuntos de cada día, conseguirás esparcir un perfume auténtico y que llamará la atención por su fragancia, a la vez suave y penetrante: el aroma y el buen olor de Jesucristo243. Entonces, tu vida será
hermosa, atractiva, a los ojos de Dios y de los demás. Entonces difundirás a tu alrededor
esencia de cristianismo.



Notas
223 Hechos 5, 29.
224 1 Pedro 2, 12-15. Los gentiles eran los que no pertenecían al pueblo judío.
225 Cfr. Hechos 8, 1-4.
226 S. AGUSTÍN, Carta 138, 2, 15.
227 Cfr. Beato JUAN PABLO II, A los jóvenes en Costa Rica, 3.III.1983.
228 Beato JUAN PABLO II, Asamblea General del Jubileo de los jóvenes (Roma), 14.IV.1984.
229 Lucas 6, 46.
230 Cfr. S. GREGORIO MAGNO, Homilías sobre los Evangelios, 26, 9.
231 Mateo 7, 16-17.
232 Beato JUAN PABLO II, Mensaje de la Jornada Mundial de la Juventud (Tor Vergata, Roma), 19.VIII.2000, n. 4.
233 Mateo 21, 8-9.
234 Mateo 27, 22-23.
235 Publicado por la agencia Buenas Noticias (Adolfo Güémez).
236 Beato JUAN PABLO II, Mensaje de la Jornada Mundial de la Juventud (Tor Vergata, Roma), 19.VIII.2000, n. 5. “Queridos jóvenes, ¿es difícil creer en un mundo así? (...) Sí, es difícil. No hay que ocultarlo. Es difícil, pero con la
ayuda de la gracia es posible” (n. 5).
237 Cfr. F. SUÁREZ, La puerta angosta, Rialp, Madrid 1971, págs. 150-151.
238 F. DE OSUNA, Tercer abecedario espiritual, vol. I, Palabra, Madrid 1980, págs. 37-38. Escrito en el siglo XVI: pa- rece que hay cosas que no cambian con el tiempo, que son esenciales (permanentes) en el ser humano...
239 S. JUAN CRISÓSTOMO, Homilías sobre el Evangelio de Mateo, 43, 5.
240 Beato JUAN PABLO II, Orar. Su pensamiento espiritual, Planeta, Barcelona 1998, pág. 63.
241 Hebreos 10, 32-39.
242 Cfr. Hebreos 11.
243 Cfr. 2 Corintios 2, 15.



¡Ahora toca a ti!



Tema 6: CON HONRADEZ Y COHERENCIA


Cuestiones para la reflexión para comentar en los foros del curso




1) ¿Cuáles piensas que son las razones por las que se tiende a enfrentar al cristianismo con la llamada “ciudadanía” (laicidad, secularidad, sociedad civil)? ¿Pasaría lo mismo si muchos más cristianos dieran ejemplo (en su trabajo, etc.)?

2) Ante el gran número de leyes contrarias a la dignidad humana y a la libertad religiosa que se van imponiendo, explica la diferencia entre intolerancia y violencia, entre tolerancia y pasividad.

3) Di qué te sugiere la frase: “no te dejes vencer por el mal; antes bien, vence el mal con el bien” (Romanos 12, 21).

4) Comentarios y sugerencias de esta lección:

Sugerencia práctica para vivir esta semana



Acostúmbrate a leer cada día un breve pasaje del Evangelio, y pregunta a Jesús: ¿cómo puedo parecerme a Ti en esto que he leído?


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