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Curso ¿Qué me falta todavía?: Tema 7 Creer, Dudar, Confiar

Curso ¿Qué me falta todavía?: Tema 7 Creer, Dudar, Confiar
Eso es la fe: una confia absoluta en Dios y, a la vez, un mensaje concreto de salvación. Es, al mismo tiempo, un salto en el vacío (fiarme de que Dios está detrás de todo y no me va a engañar) y un contenido que hay que aceptar...


Por: P. Joaquín Caldevilla Bujalance | Fuente: Catholic.net



Curso ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI

















Autor y Asesor: Joaquín Caldevilla Bujalance

Fuente: Libro ¿Qué me falta todavía? Ser Cristiano en el siglo XXI
Índice y presentación del libro

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7. CREER, DUDAR, CONFIAR





“Cuando le vieron sus discípulos caminando sobre el mar, se turbaron y decían:
«Es un fantasma»; y llenos de miedo empezaron a gritar. Pero al instante Jesús comenzó a decirles: «tened confianza, soy yo, no temáis». Entonces Pedro le res- pondió: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas». Él le dijo:
«Ven». Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Je- sús. Pero al ver que el viento era tan fuerte se atemorizó y al empezar a hundirse gritó diciendo: «¡Señor, sálvame!». Al instante Jesús, extendiendo su mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?». Y cuando subie- ron a la barca cesó el viento. Los que estaban en la barca le adoraron diciendo: «Verdaderamente eres Hijo de Dios»”
(Mateo 14, 26-33)




Si lo aceptamos tal como nos lo cuenta el Evangelio, debió ser bastante impresionante. No sólo para Pedro, también para los otros apóstoles. Y no es para menos: ver a un hombre andar sobre el agua, luego a otro que le acompaña, y de pronto uno comienza a hundirse por dejar de creer que puede hacerlo... Quizá esta escena y algunas otras de la Biblia te han des- concertado en ocasiones, y te han llevado a pensar que tal vez las cosas no fueron así, que no todo es como te lo han contado, que puede que la Biblia (al menos una parte) sea un in- vento posterior de algunos para convencer a otros, o que te están ocultando cosas importan- tes para que no dejes de ir a la iglesia... Y han aparecido en tu interior dudas, inquietudes; e incluso has sufrido algún desengaño, al no encontrar a nadie –ni siquiera tus padres o un sa- cerdote– que haya sabido darte una explicación convincente. Y probablemente ha venido a tu mente la “tentación” de negarlo todo, y de fiarte sólo de aquello que puedas comprobar, de aquello que realmente te convenza... Y se ha insinuado en tu cabeza la posibilidad de dejar de practicar tu fe, de dejar de creer...

Además, oyes hablar de conflictos entre algunas cuestiones científicas y las respuestas dadas por la Iglesia: en astronomía, en la evolución, etc.; pues en gran parte de la Biblia hay mucho de lenguaje simbólico y pedagógico. Y se acrecienta en ti la sospecha de que quizá esta explicación no sea más que un truco de la Iglesia y de los teólogos que, en realidad, se han quedado sin argumentos y, por no querer reconocerlo, buscan un escondite tras el cual atrincherarse. Además, si los teólogos, y la Iglesia, pueden mover los límites entre imagen y mensaje, entre lo que se hunde en el pasado y lo que todavía es válido, ¿por qué no hacerlo también en otros casos, por ejemplo con los milagros de Jesús, con su muerte en la cruz y su resurrección, etc.? La consecuencia de todo esto la estamos viendo en la actualidad, y es que “muchos tienen al menos la impresión de que la fe de la Iglesia es como una medusa que no se puede agarrar por ningún lado y que no permite encontrar el núcleo”244.

No te preocupes. Esas dudas, en sí mismas, no son necesariamente algo malo: muchas veces significan que estás madurando. Te está pasando lo que le sucede a las niñas y niños pequeños cuando crecen: que se les queda pequeña la ropa, y necesitan tallas más grandes, nueva ropa adecuada a sus nuevas medidas. Desde que dejaste la infancia has ido mejorando tu formación, tus conocimientos y capacidades, en muchos aspectos: científicos y culturales, técnicos y artísticos, tal vez literarios e incluso deportivos. Has ido comprobando que mu- chas cosas importantes no eran en realidad como te habían dicho, a medida que ha ido aumentando tu capacidad crítica y tu deseo de saber. Aunque hay que reconocer que entonces no podían explicártelas de otro modo para que entendieras algo: ¿cómo le explicarías la física cuántica, o muchas situaciones humanas y sociales complejas, a un niño o niña de 4 años? Y puede ser que no hayas hecho una profundización equivalente en tu formación religiosa, y tu fe y tus creencias se te han quedado “pequeñas”, en comparación con todo lo demás, y notas como si te oprimieran o “encorsetaran”: como intentar comprender las ecua- ciones diferenciales sabiendo sólo la tabla del 2.

Esos momentos de crisis aparecen con relativa frecuencia en la adolescencia o en los primeros años de la universidad, y pueden ser algo repentino o tomar la forma de un proceso gradual. Surgen al hacerte de nuevo, con mayor profundidad y seriedad, algunas preguntas fundamentales, buscando una explicación convincente: ¿por qué hay tanto sufrimiento, gue- rras y pobreza en el mundo, si podemos evitarlo? ¿Qué es en realidad el mal, el pecado, y cómo me afecta interiormente? ¿Cuál es el verdadero sentido de la vida, del amor y de la familia, del trabajo y la riqueza? ¿De dónde ha salido todo el universo, y cómo acabará to- do? Son fruto también del deseo de autenticidad que hay en ti, al comprobar que otros no son coherentes.

No importan las causas ahora. Lo decisivo es que esas dudas e incertidumbres te pue- den servir para interiorizar tu fe, para hacerla más personal, más tuya. Además, dudas las han tenido incluso algunos grandes profetas, al mirar a su alrededor y no entender: “¿por qué los impíos tienen éxito en sus asuntos, y viven tranquilos cuantos cometen traición? Tú los plantas y ellos echan raíces, van adelante y obtienen fruto (...) ¿Hasta cuándo estará de luto la tierra, y reseca la hierba de todos los campos? Por culpa de la maldad de sus habitantes, mueren bestias y aves”245.

Pero, para ser honrados, no es sólo eso: hay algo más en todo este asunto, y tiene que ver con la ciencia moderna. El método científico consiste en medir y experimentar. Y es evidente que sólo se puede medir y experimentar lo material; es decir, la parte material de las cosas. Y como el éxito de las ciencias experimentales ha sido tan espectacular en los úl- timos siglos, muchos hombres han llegado a convencerse de que es el único conocimiento válido. Y si lo único que conocemos con seguridad científica, lo único demostrable, es lo material, resulta fácil concluir que eso es lo único que existe. No es una conclusión obliga- da, pero es una tentación. Muchos han llegado a convencerse de ello, y a explicar todo lo que sucede en el mundo como fenómenos materiales, biológicos, químicos, etc., más o menos complejos246, sin que haya espacio para otras realidades, espirituales, sobrenaturales, por encima de la naturaleza material, ni para otros modos de conocimiento distintos de la demostración matemática y del experimento físico-químico. Quizá esto es lo que has estudiado en el colegio o el instituto...

Todo lo que atrae y convence tiene una parte de verdad, también aquí. Muchas cues- tiones que el hombre se planteaba, y cuya solución antes esperaba de los dioses o los adivi- nos, hoy las resuelven la ciencia y la técnica. Dios como explicación parece volverse cada vez menos útil, menos necesario en las cosas a las que no llega todavía nuestro saber, menos adecuado para depositar en Él nuestra fe. Y sus “representantes”, los sacerdotes, cada vez más inútiles en muchos aspectos. Daría la impresión de que aquel Dios todopoderoso y mágico de los antiguos se encontrase “en retirada”, mientras el hombre se hace cada vez más fuerte y más consciente de su poder con ayuda de sus medios técnicos. Parece un Dios que ya no es Creador ni “Señor” del mundo porque apenas interviene en él, que ya no “impresiona” ni “da miedo”247, un Dios decorativo y de adorno, un Dios que se ha dormido o ha muerto.

Pero, afortunadamente, el cristianismo es mucho más que una forma de pensar. El conocimiento religioso tiene una particularidad respecto a otras formas de conocimiento, fácil de comprobar: afecta en su interior a quien lo recibe, le pide una respuesta y le llama a un modo de vida determinado. Dios no es un sistema de ideas, una teoría abstracta. No rezamos a un conjunto de conceptos, ni a un credo, sino a un Ser concreto. Y cuando hablamos de Él, hablamos de una Persona. Sin embargo, aunque el cristianismo sea principalmente la revelación de una Persona, eso no significa que sea algo vago o nebuloso, o sólo subjetivo. Des- pués de todo, una persona habla, y puede tener la intención de decir algo para que nosotros lo oigamos y lo aceptemos (e incluso lo realicemos); puede querer enviarnos un “mensaje” concreto248. Y un mensaje no es una ideología, es siempre algo que va de persona a persona.

Esta dificultad ya la percibió con claridad ese genio que fue obispo de Hipona, en el norte de África, a principios del siglo V. Apoyado en su propia experiencia vital –había vivido lejos de Dios, buscándole durante muchos años–, distinguía tres “modos” de creer, tres “escalones” en la fe: credere Deum, credere Deo, credere in Deum249. El primero, creer en Dios, que Él existe y ha hecho todo el universo, es algo a lo que se puede llegar razonando con un poco de buena voluntad y estando abierto al mundo que te rodea. El segundo, creer a Dios, exige un paso más: aceptar que ese Dios ha hablado, incluso que ha venido a la tierra y ha vivido como un hombre más, y que nos ha dejado un mensaje y unos ejemplos a seguir; pero incluso en este caso cabe ver a Dios con miedo, con “demasiado” respeto. Por eso, ha- ce falta subir un tercer escalón: creer tendiendo hacia Dios, descubriendo en todo eso su gran amor por cada persona humana y estableciendo con Él una relación de confianza y amor, pues ha venido a hacernos partícipes de su propia vida, de su intimidad.

Jesús no era uno de esos profesores –siguen existiendo, te lo aseguro– que dice: “sacad los cuadernos o los folios”, y todos comienzan a tomar apuntes a toda velocidad, pues hay que repetir la lección hasta la última coma el día del examen; ni tampoco un manager que va dictando a toda velocidad a su secretaria las cosas que tiene que hacer. No. ¿Qué decía Jesús a la gente? “Ven y sígueme”, fíjate en mí, comparte conmigo mis ilusiones, mis proyectos, mis alegrías y mis penas, mi vida... pero también tu vida, todo lo tuyo. Vive fiándote de mi palabra (fe), y te prometo una felicidad que no puedes alcanzar sin Mí (esperanza), y te doy ya ahora un adelanto, una fuerza y alegría que te llenará y desbordará el corazón y querrás compartir con otros (caridad). Entonces la fe se convierte en luz, en plenitud de sentido, en algo gozoso.

“Pues «creer» significa precisamente esto: entregar en manos del Dios vivo hasta las fibras más íntimas de la propia existencia y vivir la vida diaria desde Él, con Él y orientados hacia Él”250. “De esta forma, el hombre –y sobre todo el joven– que se acerca a la lectura de la palabra de Cristo con la pregunta de «por qué existe el mal en el mundo», cuando acepta la verdad de las bienaventuranzas, termina haciéndose otra pregunta:
¿qué hacer para vencer el mal con el bien? Más aún: acaba ya con una respuesta a esa pregunta (...) Y bien podemos decir que quien halla esta respuesta y sabe orientar coherentemente su conducta ha logrado hacer penetrar el Evangelio en su vida. Entonces es verdaderamente cristiano”. Y así, “con los criterios sólidos que saca de su convicción cristiana, el joven sabe reaccionar debidamente ante un mundo de apariencias, de injusticia y materialismo”251. Pero para en- contrar algo en la oscuridad hace falta una luz, cuanto más potente mejor.

Pues la fe es precisamente eso: una luz que es a la vez un fuego, que necesita encenderse de nuevo cada día para mantenerse viva. “«La experiencia de los grandes convertidos, en la historia de la Iglesia, fue que el sí a Cristo y a su Iglesia, el bautismo, comportó ante todo un inicio completamente nuevo, cambió profundamente su vida. Pero si pensaron que al llegar a este punto todo estaba hecho y era nuevo para siempre, iban a experimentar que a diario debían emprender y llevar a cabo de nuevo el camino de la conversión (...) La imagen de Dios en ti debe formarse lentamente; lentamente debe acontecer la transformación en Cristo, el «revestirse de Cristo». Día a día debo combatir contra mi pereza, contra costumbres que me hacen esclavo; contra mis prejuicios para con el prójimo, contra simpatías y antipatías, por las que me dejo arrastrar; contra la búsqueda del poder y la satisfacción de mí mismo (...). Día a día debo bajar del trono y tratar de aprender el camino de Jesús. Día a día debo despojarme de mis seguridades, superar en la fe mis prejuicios; no decidir por mi cuenta qué significa ser cristiano”252.

Luz, criterios sólidos, conversión... ¡Pues sí que estamos bien! Esto complica más las cosas. Pues ahora puede que no veas claro no ya qué es la fe, sino ni siquiera lo más básico: qué significa creer. No te inquietes: a veces lo más básico es lo más importante, lo que ayuda a poner bien el resto de las cosas en su sitio (el casco de un barco), o permite que todas ellas crezcan bien (las raíces del árbol). Seguramente conoces personas para quienes creer es como sentir una descarga eléctrica, una especie de “buenas sensaciones”, o un “impulso” hacia no se sabe bien dónde, pero que no influye en su comportamiento diario, que no cambia actitudes, ni decisiones, porque no tiene un contenido claro. Sería como tomar una pastilla de éxtasis (tiene gracia que los narcotraficantes tomen esa palabra del vocabulario religioso) y “viajar a otros mundos”. Se referiría a un Dios que no se sabe bien cómo se relaciona conmigo, que no habría hecho nada ni intervenido en la historia, un Dios lejano y difuso, un Dios inútil. E intuyes que la fe no puede ser eso.

Aunque también te habrás encontrado con otros para quienes la fe sería sólo una espe- cie de código religioso, algo parecido a un manual en el que estaría escrita la lista de los dogmas (en griego significa “explicación”) o verdades que hay que creer, la relación ex- haustiva de los mandamientos que hay que cumplir, a veces muy pormenorizada, y el conjunto de las ceremonias en las que hay que participar, incluyendo además una especie de devocionario con todas las oraciones que hay que saber y repetir, y otras cosas por el estilo. También en este caso intuyes que algo falla, que hay algo ahí que no funciona del todo. Y entonces te surge la duda: ¿quién de ellos tiene más razón?, ¿cuál es el verdadero cristianismo? Pues bien: exagerando las cosas, ninguno de los dos; y sin exagerarlas, un poco ambos.

Hay una magnífica escena de la película Indiana Jones y la última cruzada que ayuda a comprender esto. ¿Recuerdas? Indi está a punto de entrar en la gruta donde supuestamente se esconde el “santo grial” (copa usada por Jesús en la Última Cena); pero para poder llegar al lugar exacto debe seguir las instrucciones de un viejo cuaderno manuscrito y superar varias pruebas. En la primera prueba se le dice: “sólo los humildes pasarán”; y, después de meditar un poco, mientras va caminando dudoso, comprende que ser humilde significa humillarse, abajarse, arrodillarse... Lo hace y una cuchilla le pasa rozando por encima de la cabeza, pero no le decapita como a los anteriores que intentaron atravesar por ese mismo sitio. Ha aceptado, interiorizándolo, el contenido del libro. A continuación desemboca por un pasadizo ante un precipicio que tiene, en la pared de enfrente, bastante lejos, la puerta de en- trada a la cueva; aquí el manuscrito le muestra un dibujo que le invita a dar un paso al frente en el aire si quiere encontrar el camino hacia la puerta, y le dice: “ten fe y llegarás”. Y, mientras mira con horror el profundo abismo que se abre ante él, cierra los ojos y avanza un paso en el vacío... yendo a caer un poco más abajo en un puente de pura roca que, al proyec- tarse sobre la pared rocosa de enfrente, quedaba camuflado y no se veía. Se ha fiado de quien escribió aquello, sin verlo.

Eso es la fe: una CONFIANZA absoluta en Dios y, a la vez, un MENSAJE concreto de salvación. Es, al mismo tiempo, un salto en el vacío (fiarme de que Dios está detrás de todo y no me va a engañar) y un contenido que hay que aceptar (y así demuestro que realmente me fío de Él) e interiorizar y vivir. Esto ya lo había expresado un gran teólogo en el siglo XIII, cuando distinguió entre fides qua (el motivo por el que creo, la confianza en Dios) y fides quae (lo que creo, el mensaje a creer)253. Por tanto, la fe es ACTITUD y CONTENIDO; no sólo actitud sin contenido, ni sólo contenido sin actitud: hacen falta los dos. Así pensaban los cristianos de los primeros siglos: “Decid claramente que vosotros no creéis en el Evangelio de Cristo, porque los que creéis aquellas cosas del Evangelio que queréis, y no creéis las que no queréis, en realidad creéis en vosotros mismos más que en el Evangelio”254. Si acepto sólo una parte no lo acepto ya como un don de Dios, como resulta- do de mi confianza absoluta en Él, sino como fruto de mi razonamiento: sólo lo que me convence, sólo lo que me gusta (los gustos influyen en el pensamiento).

¿Verdad que la auténtica fe no puede ser así? Y es que intuyes que cuando la confianza es total y absoluta se acepta todo el mensaje, sea cual sea y lleve hasta donde lleve. Pues “la fe no es la elección de un programa que me satisface o la adhesión a un club de amigos por los que me siento comprendido; la fe es conversión que me transforma a mí y a mis gustos, o al menos hace que mis gustos y deseos pasen a segunda línea. La fe alcanza una profundi- dad completamente diversa de la elección que me liga a un partido. Su capacidad de cambio llega a tal punto que la Iglesia la llama un nuevo nacimiento”255. Y es que el mensaje (contenido) de la fe forma una unidad indivisible, como las leyes físicas, químicas y biológicas de la materia. Dios nos lo entrega como un conjunto, como una unidad (como el universo), y mediante la continua profundización, ayudados por Él, vamos descubriendo algunas de sus “verdades” y sus “leyes”: unas más fácilmente (la gravedad, la organización planetaria, los cambios de estado de la materia), y otras con más dificultad (la relatividad, los fundamentos de la materia y la energía).

Entonces “creer no es sólo decir que algo es verdad, o no negarlo. Creer en algo significa que ese algo forma parte de «mi mundo», de mi vida, de mi mente; significa que es importante para mí que sea cierto, que sea verdad, aunque no lo pueda demostrar”256. Pero aún hay más. “La fe no es solamente un tender de la persona hacia lo que ha de venir, y que está todavía totalmente ausente; la fe nos da algo. Nos da ya ahora algo de la realidad esperada, y
esta realidad presente constituye para nosotros una «prueba» de lo que aún no se ve”. De es- te modo, el futuro se mete de algún modo dentro del presente, cambiándolo y dándole un contenido nuevo; entonces ambos, presente y futuro, se influyen mutuamente257. Usando un ejemplo informático, la fe es como un acceso directo restringido a la vida eterna: apunta hacia algo que todavía no podemos ver y manejar del todo pero que, en alguna medida, ya podemos hacer presente ahora, y a lo que podemos acceder aunque sea parcialmente. Sólo en la otra vida podremos “ver” a Dios, sin los velos que ahora lo tapan, y comprender mu- chas cosas que aún no entendemos.

En una ocasión, algunos judíos preguntaron a Jesús: “¿Qué milagros haces tú para que nosotros veamos y creamos?”. Lo desconcertante es que hacían esa pregunta después de que Jesús había alimentado a una multitud de más de cinco mil personas con cinco panes y dos peces, y después de haber resucitado a Lázaro, que llevaba muerto cuatro días y ya olía a descomposición. Pero lo más asombroso es que, al ver estos milagros, no sólo no creyeron, sino que decidieron matarle. Y es que la fe no es un acto forzoso, sino libre. No es la con- clusión necesaria de un razonamiento o de un teorema. “Es posible que la veracidad de un hombre se me manifieste de forma tan convincente que no tenga más remedio que pensar: no está bien no creerle; «tengo que» creerle. Sin embargo, este último paso sólo puede darse en completa libertad, lo que quiere decir que puede también no darse”258. Y, a la vez, la fe en Dios es un regalo, un ofrecimiento que se me hace: sólo Dios puede convencerme para creer en Él, sólo Él mismo puede darme la confianza en Él para aceptar su mensaje, siendo Él –al mismo tiempo– parte principal de ese mensaje. Sólo Él puede hacerme capaz de “ver” y aceptar lo invisible. Hay aquí una aparente contradicción, algo que hunde sus raíces en el misterio.

Puede que hayas oído hablar de las investigaciones realizadas por la NASA en 1978 sobre la Sábana Santa de Turín259 (donde parece que estuvo envuelto Jesús tras su muerte) con ayuda de sofisticados aparatos científicos: cámara fotográfica de alta precisión con dis- tintas longitudes de onda, espectrómetro digital, microscopio electrónico, fotográmetro tri- dimensional (VP8), etc. Confirmaron algunas cosas sorprendentes, como que: la imagen de
la sábana está impresa en negativo (fotográfico); la impresión es más intensa cuanto mayor fue el contacto entre el cuerpo y la tela, pero también hay impresión donde el cuerpo no tocó la tela; la radiación que causó la impresión no tiene dirección (foco emisor) sino que salió de todo el cuerpo a la vez, y es de naturaleza desconocida; no hay material depositado entre los hilos; hay manchas de sangre y marcas que no se han borrado en dos mil años, a pesar de haber soportado varios incendios; la imagen tiene el “relieve” (tridimensional) del cuerpo... Sin embargo, aunque todo concordaba plenamente y de manera impresionante con lo que dicen los Evangelios, y con lo que se sabe por la historia, ninguno de los científicos no cre- yentes empezó a creer. Y es que la fe no es una demostración científica: es una aceptación interior, razonable pero libre.

Pero esto no es una novedad, ya se lo había advertido claramente Jesús a los apóstoles, en la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro: “Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán aunque uno resucite de entre los muertos”260. Y hoy se repite a menudo esa situación: “El hombre rico dice a Abraham desde el Hades lo que muchos hom- bres, entonces como ahora, dicen o les gustaría decir a Dios: si quieres que te creamos y que nuestras vidas se rijan por la palabra de la revelación de la Biblia, entonces debes ser más claro. Mándanos a alguien desde el más allá que nos pueda decir que eso realmente es así”261, danos una prueba o demostración infalible de tu existencia, haz ahora los mismos milagros que hiciste en otras épocas. Pero Dios no piensa las cosas del mismo modo que nosotros: prefiere mostrarse sólo en parte, en sombras, sólo insinuándose, para que la fe sea más libre y voluntaria. Prefiere ofrecer, sugerir, no imponer.

Pues aunque hay caminos para descubrir con la inteligencia que Dios existe (ya los an- tiguos filósofos griegos los encontraron), gran parte de lo que podemos saber de Dios va también incluido en el pack que se nos entrega para creer. Y hay que aceptar todo el pack: si aceptamos sólo algunas cosas es que nuestra confianza en Dios no es absoluta. Por eso, sólo quien se fía de verdad de Dios, quien vive con intensidad su confianza en Él, puede llegar a conocerle bien. Y al revés: aunque se le haya conocido desde pequeño y se hayan oído cosas sobre Él, si no se mantiene viva y actual esa fe, si no se orienta la propia vida según ella, Dios se va difuminando en la mente, se va alejando; y puede llegar incluso a perderse, con el paso del tiempo. “Yo no me salvaré sin Dios, pero tampoco Él me salvará sin mí (...) Si no es bueno querer adelantarse a Dios, no lo es tampoco quedarse atrás. Él me pide que le siga: seguir no significa pasar el primero; tampoco significa quedarse quieto en un sitio”262.

Seguro que lo has visto a tu alrededor: padres, hermanos, parientes, compañeros de trabajo, amigos... que van abandonando poco a poco su fe por no vivirla, pues un fuego que no se alimenta se va apagando. Recordando las palabras de Jesús al mostrar sus heridas al apóstol Tomás después de resucitar –”Bienaventurados los que sin haber visto han creído” (Juan 20, 29)–, comenta un santo de los primeros siglos: “Se alude a nosotros, con tal de que vivamos conforme a la fe; porque sólo cree de verdad el que practica lo que cree”263. Tener fe no es sólo aceptar unos valores, resultado del influjo del cristianismo en la cultura y la sociedad durante siglos. Pues muchos de ellos son ya valores humanos, comunes a todos los hombres y mujeres, creyentes o no, y son aceptados y vividos por muchos no cris- tianos, e incluso por personas sin ninguna religión. Ser cristiano es mucho más, apunta más alto y más lejos.

Entonces la fe, esa confianza absoluta, ¿contradice lo que nos sugiere la razón? No. La fe en muchos casos confirma las “sospechas” más íntimas de la inteligencia, aunque no pue- da “demostrarlas”. Así lo han experimentado y lo afirman muchos científicos y escritores: “Dios es el invisible evidente” (Víctor Hugo); “Yo he visto pasar a Dios por delante de mi telescopio” (Isaac Newton); “Para las personas creyentes, Dios está al principio; para los científicos, al final” (Max Planck). La fe es una necesidad de la persona, más o menos cons- ciente, que acaba saliendo por pequeños resquicios: “Cuando los hombres ya no creen en Dios, no es que no crean en nada, es que se lo creen todo” (Gilbert K. Chesterton). Y tam- poco se opone siempre a la duda o la vacilación. Dios no se molesta porque algunos le sigan a veces sin entenderle del todo, o incluso se rebelen un poco, como Pedro cuando Jesús qui- so lavarle los pies en la Última Cena: “Respondió Jesús: Lo que yo hago no lo entiendes
ahora, lo comprenderás después”264.


Éste es un buen fragmento del Evangelio para recordar cuando nos hundimos, cuando “perdemos pie”. La fe en Jesús nos permite alcanzar lo aparentemente inalcanzable (digo aparentemente porque para Dios nada hay imposible), vencer el miedo, descubrir nuestro propio potencial como personas. Así hizo Jesús con Pedro, quien después de bastantes dudas y no pocos fallos se convirtió en columna fundamental de la Iglesia. Así sucederá también con nosotros si profundizamos en nuestra fe. Porque la fe es el material con el que se construyen los milagros; ella nos permite recibir el Espíritu para que obre maravillas en nosotros. Por eso Jesucristo dice con frecuencia: “tu fe te ha salvado” (KAROL).

Pero no se acaba aquí. La fe produce una paradoja: da el gozo y la alegría de estar en el buen camino, pero a la vez deja una cierta insatisfacción, “mete en el cuerpo” un deseo de conocer más, de comprender mejor. Como explica san Pablo, “ahora vemos borrosamente, como en un espejo”, y sólo en el Cielo veremos a Dios “cara a cara”265. ¿Te has imaginado alguna vez una persona que dijera “creo en todo lo que Dios ha revelado”, lo que ha dicho, y a la vez mostrase poco interés por profundizar y conocer mejor ese lo que, el contenido del mensaje? ¿No estaría demostrando con ello que su fe está de algún modo averiada266, y como si fuese además algo que no tuviese nada que ver con su inteligencia y con su vida diaria? “No se puede amar lo que se ignora por completo. Pero cuando se ama lo que se cono- ce, aunque este conocimiento sea mínimo, ese amor empuja a conocer mejor y más plena- mente”267. Para convencerse de esto basta mirar a un chico y una chica que acaban de conocerse y parece que hay “química” entre ellos...

Ahora nos topamos con una nueva dificultad: la fe nos dice que Dios es un MISTE- RIO. No es algo que se pueda “resolver” cuando se tienen los datos suficientes, como los problemas de Matemáticas: permanece siempre inabarcable, nunca controlable del todo, se nos escapa siempre por uno o varios “lados”. Y todas las realidades también lo son, en la medida en que son imagen o reflejo divino. “Todas las cosas ocultan algún misterio; todas las cosas son velos que ocultan a Dios” (Blaise Pascal). Pero “un misterio no es algo de lo que no podamos saber nada, sino algo de lo que no podemos saberlo todo” (Fulton J. Sheen). No obstante, aunque en cada persona existe una especie de sentimiento religioso268, ¿verdad que los intentos de “demostrar” a alguien la existencia de Dios, u otros aspectos de la religión, son a menudo poco útiles? Sólo convencen a los ya convencidos, y sólo signifi- can algo para quienes, de modo más o menos consciente, están abiertos a la posibilidad de creer; pero no dicen nada a quienes –con frecuencia sin darse mucha cuenta de ello, por pre- juicios heredados, experiencias negativas, etc.– tienen empañada y borrosa la mirada o “cierran el objetivo” voluntariamente.

Hay quienes comparan la fe con un potente ascensor, con algo que te “eleva” por en- cima de ti, de tus posibilidades, y te cambia por dentro. No sé si has estado alguna vez en lo más alto de un rascacielos. Lo que había antes abajo –avenidas, bloques de casas, plazas– sigue estando ahí, pero ahora tienes una visión nueva de las cosas: empiezas a ver que mu- chos edificios que te parecían importantes desde abajo son ahora algo diminuto, ves las montañas y el mar allá en la lejanía, dominas toda la extensión de la gran ciudad, y tu pe- queña calle o tu barrio te parecen ahora insignificantes, casi ridículos, en comparación con lo que se ve desde allí arriba. Y, sin embargo, son las mismas cosas de antes, sólo cambia el enfoque desde el que las miras. Si buscas bien encontrarás a alguien cerca de ti (un sacerdo- te, una religiosa, un amigo o una amiga) que te puede ayudar a encontrar ese elevador divino y subir a lo alto del rascacielos; y empezarás a disfrutar de esa nueva visión que te dará la fe.

Pues la fe requiere cierta “humildad” de la inteligencia, una “limpieza interior”, y aceptar que no podemos demostrarlo todo, que sin Dios no podemos dominar precisamente lo más profundo: “Señor, yo no pretendo penetrar en tu profundidad: ¿cómo iba yo a comparar mi inteligencia con tu misterio? Pero deseo comprender de algún modo esa verdad que creo y que mi corazón ama. No busco comprender para creer (es decir, no busco compren- der de antemano, con la razón, lo que haya que creer después), sino que creo primero, para esforzarme luego en comprender. Porque creo una cosa: si no empiezo por creer, no com- prenderé jamás”269. ¿Has mirado alguna vez dentro de un pozo profundo, y has sentido co- mo un nudo en el estómago al no abarcarlo hasta el fondo? ¿No sientes en tu interior el de- seo de experimentar el misterio, de introducirte en algo que sea infinito y que te supere? Se tiene entonces la impresión de estar dentro de un océano inmenso del que no se divisan las orillas, y del que se puede sacar toda el agua que se quiera sin el temor de que se acabe.

Puede que te deprima un poco el hecho de no poder controlar la fe. Es el momento de ver su lado principal, el positivo: “¿Quién hay capaz, Señor, de penetrar con su mente una sola de tus frases? Como el sediento que bebe de la fuente, mucho más es lo que dejamos que lo que tomamos (...) Alégrate por lo que has alcanzado, sin entristecerte por lo que te queda por alcanzar. El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente; porque si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nue- vo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo. Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante (...) Ni te esfuerces avaramente por tomar de un solo sorbo lo que no puede ser sorbido de una vez, ni desistas por pereza de lo que puedes ir tomando poco a poco”270. Si no puedo mirar al Sol de frente es por la potencia de su luz y mi incapacidad para “contener- lo” en mis ojos; he de reconocer esto, y aprender a mirarlo de lado o con un filtro que me lo haga “asequible”. Pero eso no me impide aprovechar su luz y su energía.

Ahora se entiende mejor aquella queja de Jesús: “Hombre de poca fe, ¿por qué has du- dado?”271, y nos cuesta menos disculpar a Pedro por caerse después de haber andado un po- co sobre las aguas. Pues esa falta de fe la encontramos también hoy en muchas personas, a veces también en nuestro interior. ¿No es extraño que haya quienes dicen que creen que Jesús es Dios, y que está presente en la Eucaristía, pero nunca hacen (ni se plantean) el pequeño esfuerzo de visitarle y estar con Él de vez en cuando en una iglesia? ¿O que “nunca ten- gan tiempo” para hablar cada día un poco con Aquél a quien dicen que aman y le deben la existencia? ¿O que no dediquen unos pocos minutos a recordar lo que Jesús dijo e hizo por ellos, que se nos cuenta en el Evangelio? Es necesaria una fe más viva, para alcanzar la uni- dad vital profunda que permite que el mensaje creído, las actitudes y obras, y la vida espiri- tual, no sean ya tres cosas distintas y separadas, sino tres expresiones de una misma cosa: la vida nueva en Jesucristo que Dios nos da.

Y sin olvidar que esa fe no depende principalmente de la intensidad de mis deseos, ni de mi “seguridad” o convicción interior: es algo que me viene “de fuera”. Si mi fe en Dios se apoyase en lo que yo puedo comprobar o experimentar, ya no expresaría con ella mi de- pendencia de Dios, mi entrega a Él, mi confianza absoluta en Él272. Poder creer es un don, que me llega desde Dios a través de Jesucristo y de su Iglesia, que puedo aceptar o rechazar; y que si lo acepto me hace sentirme parte de algo muy grande, y notar que fluye en mí la
misma fe esencial y la actitud interior de los buenos cristianos de todas las épocas, y expe- rimentar la misma unión con Dios que tuvieron ellos. Porque la fe es como la sangre: sólo vivifica y es útil dentro del organismo, unida a todo el cuerpo.

“Quien no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿piensa acaso que conserva la fe? Quien resiste obstinadamente a la Iglesia, quien abandona la cátedra de Pedro, sobre la que está cimentada la Iglesia, ¿puede confiar en que se halla en la Iglesia? (...) Muchos son los rayos del sol, pero una sola es la luz; muchas son las ramas del árbol, pero uno solo es el tronco clavado en la tierra con fuerte raíz; y cuando de un solo manantial fluyen muchos arroyos, aunque aparezcan muchas corrientes desparramadas por la abundancia de las aguas, con todo una sola es la fuente en su origen. Si separas un rayo de la masa del sol, no subsiste la luz a causa de la separación; si cortas la rama del árbol, no podrá germinar la rama cortada; si atajas el arroyo aislándolo de la fuente, se secará. Del mismo modo la Iglesia del Señor es- parce sus rayos, difundiendo la luz por todo el mundo; y esa luz que se esparce por todas partes es, sin embargo, una sola”273.

Lo anterior introduce una nueva cuestión: ¿puede vivirse una fe auténtica sin el deseo de compartirla y comunicarla? Se trataría entonces de una fe débil, gravemente enferma, quizá en peligro de muerte. Y, del mismo modo que nadie se da la vida a sí mismo, ni puede mantenerse en vida él solo sin la ayuda de otros, tampoco nadie puede darse la fe a sí mismo (es un don), ni puede mantenerla para él solo. “La fe se fortalece dándola”274, pues se trata
de una vida; y, como la vida, se extiende transmitiéndola de unos a otros. Lo más normal es que sea de padres a hijos, o a través del colegio, o de la parroquia. Pero a lo largo de la his- toria de la Iglesia hay también una larga tradición de “maestros espirituales”, de grandes transmisores y comunicadores de la vida en la fe que han ayudado a muchas personas, es- cribiendo libros donde cuentan su experiencia y, sobre todo, aconsejando personalmente a muchos (acompañamiento espiritual). Así, a partir de ellos han surgido nuevos santos, e incluso más importantes, pues “El que se ha subido a la espalda de otro verá más lejos que el otro, aunque sea más pequeño que él” (Blaise Pascal).

Tal vez tengas la cabeza cansada y el corazón un poco agitado, y es que hemos hecho un largo viaje: desde ti, desde tu interior, hasta Dios... Pero todo acaba bien, y esa fe autén- tica, intensa, de la que hablamos te hará superar tus dudas e incertidumbres, y también tu posible sensación de soledad interior o alejamiento de Dios, mantenidos quizá durante años. Y hará renacer en ti con nuevo ímpetu y mayor madurez aquel amor sencillo y directo a Jesús que tanto te ayudó en tu infancia:


Me acuerdo, y pienso en el tiempo que llevábamos sin vernos.
Dos niños pequeños que lo sentían todo y lo sigo sintiendo hoy por ti. Desesperándome,
te he buscado en mis sueños,
y ahogándome.

Volverá. Seguro que volverá.
Lo sigo sintiendo y te echo de menos, que acabe mi soledad.
Volverá, te juro que volverá.
Ese amor verdadero de cuando era pequeño seguro que volverá. Volverá.275



Una última cosa. No dejes que te dominen esos planteamientos tan difundidos que, buscando mantenerte a ras de tierra, sin subir todo lo alto que podrías (así eres más manipu- lable), te impiden apreciar la hermosura de un Dios Creador de todo lo visible y lo invisible, y que ama como Padre bueno a todos sus hijos. No te quedes en la acera: sube al último piso del edificio y, desde allí, descubre y contempla la imagen de Dios, su “marca”, escondida en todas las cosas hermosas de este mundo, también en tu interior. Y entonces te será fácil “ver” a Dios en todo, y creer en Él.


Señor, siempre estás cerca pero... ¡hay que estar tan atento para notar tu presencia! A veces me distraen las risas, la música, las conversaciones, y tantos ruidos que intentan invadir mi esfera íntima. Entonces, con tantos decibelios de fondo no te oigo, y pienso que te has ido. Y no: estás ahí, pero en silencio, sin hacer ruido, esperando que te pueda oír para hablar... Señor, que no pierda nunca esta seguridad, esta confianza en ti: Tú estás a mi la- do, dentro de mí. Y si alguna vez me olvido, o no te hago caso, o no logro sintonizar tu frecuencia, ¡¡grítame!! (KAROL).

Notas

244 Cfr. J. RATZINGER, Creación y pecado, EUNSA, Pamplona 1992, págs. 29-30.
245 Jeremías 12, 1-2 y 4. Tampoco la preocupación ecológica es de ahora...
246 Cfr. J. L. LORDA, Antropología. Del Concilio Vaticano II a Juan Pablo II, Palabra, Madrid 1996, pág. 18.
247 Cfr. AA.VV., La Iglesia en el mundo de hoy. Constitución pastoral «Gaudium et spes», tomo II, Taurus, Madrid
1970, pág. 356.
248 Cfr. I. KER, La espiritualidad personal a la luz de J. H. Newman, Encuentro, Madrid 2006, págs. 82-83.
249 Cfr. S. AGUSTÍN, Sobre el Evangelio de Juan, 29, 6; también Sermón 144, 2.
250 Cfr. Beato JUAN PABLO II, A los jóvenes en Einsiedeln (Suiza), 15.VI.1984.
251 Cfr. Beato JUAN PABLO II, A los jóvenes de Madrid, 3.XI.1982.
252 Cfr. J. AMADO (ed.), El pensamiento de Benedicto XVI sobre la fe, la iglesia y el mundo, Libroslibres, Madrid
2005, págs. 24-25.
253 Cfr. Sto. TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, II-II, cuest. 1, art. 1; cuest. 2, art. 2; cuest. 129, art. 6.
254 S. AGUSTÍN, Contra Fausto, 17, 3.
255 J. RATZINGER, La Iglesia. Una comunidad siempre en camino, 2ª ed., San Pablo, Madrid 1992, pág. 118.
256 Cfr. R. KNOX, El Credo a cámara lenta, Palabra, Madrid 1979, págs. 15-16.
257 Cfr. BENEDICTO XVI, Encíclica Spe salvi, 30.XI.2007, n. 7.
258 J. PIEPER, Las virtudes fundamentales, 7ª ed., Rialp, Madrid 2001, pág. 317.
259 Proyecto STURP (Shroud Turin Research Project). Toda la historia de esas investigaciones y de los descubrimientos realizados entonces y después está explicada en el libro de M. CORSINI titulado Historia de la Sábana Santa, 2ª ed., Rialp, Madrid 2004.
260 Lucas 16, 31.
261 BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, La Esfera de los Libros, Madrid 2007, pág. 258.
262 J. TISSOT, La vida interior, 10ª ed., Herder, Barcelona 1947, pág. 365.
263 Cfr. S. GREGORIO MAGNO, Homilías sobre los Evangelios, 26, 9.
264 Cfr. Juan 13, 7.
265 Cfr. 1 Corintios 13, 12.
266 Cfr. P. RODRÍGUEZ, Fe y vida de fe, EUNSA, Pamplona 1974, págs. 147-148.
267 S. AGUSTÍN, Sobre el Evangelio de Juan, 96, 4.
268 En el sentido que le da la psicología moderna –no como una simple emoción o estado de ánimo, sino como un im- pulso interior (intencionado pero no del todo consciente) que pregunta por el fundamento del propio yo, y de todo lo
que existe, y del que ya se intuye algo sin saber muy bien qué– es un camino que lleva a Dios (cfr. M. SCHMAUS, Teo-
logía Dogmática, vol. I, 2ª ed., Rialp, Madrid 1963, págs. 242-243).
273 S. CIPRIANO, Sobre la unidad de la Iglesia católica, 5. Es un autor del siglo IV.
274 Beato JUAN PABLO II, Encíclica Redemptoris missio (“La misión del Redentor”), 7.XII.1990, n. 2.
275 EL CANTO DEL LOCO, Volverá.






¡Ahora toca a ti!



Tema 7: Creer, Dudar, Confiar


Cuestiones para la reflexión para comentar en los foros del curso




1) ¿Cuál es la diferencia entre creer algo y creer-confiar en alguien? ¿Puede llegar a ser esa confianza total y absoluta con respecto a alguien distinto de Dios?

2) ¿Qué es la fe: un sentimiento, una actitud, un conocimiento, o un poco de todas ellas? ¿Por qué?

3) ¿Por qué algunos ven una oposición entre ciencia y fe, entre progreso social y religión? ¿Qué es para ellos la fe?


4) Comentarios o sugerencias a esta lección del curso?


Sugerencia práctica para vivir esta semana



- Piensa algo bueno pero difícil que necesitas en tu vida, y comienza a pedirlo a Dios todos los días CON MUCHA FE (=convicción de que Él puede concedértelo si quiere).




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