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Introducción a La dirección espiritual
¿Quién no ha pasado por momentos de turbación, de oscuridad?


Por: Guadalupe Magaña | Fuente: Escuela de la fe



Un gran interés se percibe en el contacto con la mujer consagrada pero también entre las demás personas, podríamos decir, en la vida de la Iglesia. Las numerosas publicaciones al respecto confirman lo que en trato ordinario podemos conocer. Todos necesitamos de una iluminación y de una clarificación de lo que es la voluntad de Dios para cada individuo.

Siendo ésta uno de los principios fundamentales de la formación espiritual de toda persona que ha escuchado el llamado a la santidad, de manera sencilla le ofrecemos nuestra contribución sobre la Dirección Espiritual.

Si bien es cierto que cada persona ha de autoformarse, también es cierto que necesita de la colaboración de alguien que pueda prestarle una ayuda personalizada. Ocasión privilegiada es la dirección espiritual.

Es un tema vastísimo y existe el riesgo de confundir la conceptualización. Aquí vamos a utilizar los términos como se han recogido en la tradición de la Iglesia. Y lo vemos así: se trata de la colaboración que una formadora preparada dispensa a una joven en formación o a otra hermana a quien la voluntad de Dios le ha asignado para ayudarle en el camino de su transformación en Jesucristo. Es un ayudarle a “encontrar la dirección” y motivarle a seguirla libremente.

Haciendo uso del realismo antropológico y pedagógico nos ayudamos a comprender que la persona a quien orientamos necesita de verdad esta colaboración. Todos nos encontramos ante el riesgo de cegarnos por el subjetivismo, y encerrarnos en una visión parcial de las cosas y sobre todo, de nosotros mismos. Qué cierto es el refrán popular, “nadie es buen juez en su propia causa”. San Bernardo dice asimismo que “los novicios en la vida religiosa han de ser conducidos por un padre nutricio que los instruya, dirija, consuele y los aliente”. (De diversis, sermo VIII, 7) y en una de sus cartas leemos: “Aquel que se constituye en maestro de si propio, se hace discípulo de un necio”. Y añade “Me atrevo a afirmar que es mucho más sencillo conducir a muchos otros que conducirme a mí solo” (Epist 87, n 7).

¿Quién no ha pasado por momentos de turbación, de oscuridad? Cómo agradecemos la ayuda de alguien que nos tienda la mano, que vea nuestro problema desde fuera y nos ayude a ver con objetividad, nos dé su apoyo, nos brinde consuelo. Nuestro mundo interior es complejo, el egoísmo nos engaña menos cuando nos dejamos conducir por esa mano amiga, esa maternal y firme cercanía de quien puede ayudarnos a dilucidar el sendero que me conduce hacia el Ideal.

Se trata, pues, de una colaboración con la persona a quien se orienta (dirige) sin perder de vista que tanto la una como la otra colaboran con el Espíritu Santo. Se trata de ayudar a la dirigida a encontrar, no lo que a mí, formadora experimentada y prudente me parece conveniente, sino ayudo a descubrir lo que Dios quiere de ella y para ella en cada momento. Bien podemos decir que la dirección espiritual es un diálogo a tres: la orientanda, la formadora y el Espíritu Santo, en el cual los dos primeros tratan de escuchar la voz del tercero, para comprender cual es la voluntad de Dios sobre la orientanda.

El diálogo individual con la formanda sobre su propia vida espiritual, no es un invento reciente, es una práctica muy antigua y bien arraigada en la historia de las religiones y especialmente en nuestra Iglesia desde sus orígenes. En los primeros siglos santos monjes como Pacomio, Antonio, Benito, Patricio, Doroteo, y Juan Clímaco, fueron dirigidos por un padre espiritual, o ellos mismos dirigieron a otros. También algunos seglares, incluyendo emperadores, tenían su director espiritual. Descubrimos detrás de ello una sencilla razón, la vida de todo hombre, desde el momento que nace, se convierte en un peregrinar hacia Dios, y todos necesitamos en este caminar ascendente una dirección para llegar a su encuentro.

 

 

 

 

 



 

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