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Algunos elementos espirituales sustituidos por la psicología
La dirección espiritual, la experiencia religiosa auténtica, y la necesidad de ayudar a las almas son elementos que han sido sustituidos por la psicología.


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net



Recapitulación
En uno de nuestros artículos anteriores hemos dicho que la Psicología se introdujo en la Iglesia, de tal forma que varios elementos de la vida espiritual fueron sustituidos por elementos, técnicas o herramientas psicológicas. No podemos señalar en este pequeño espacio todos los elementos espirituales que han sido sustituidos por la Psicología, pero sí queremos mencionar al menos dos de ellos, como la dirección espiritual, la experiencia religiosa auténtica, y la necesidad de ayudar a las almas.

Con el fin de llevar a cabo una explicación detallada, recorreremos nuevamente el camino en el que se embarcaron tres fuerzas de capital importancia: la Iglesia, el mundo y la Psicología. Fue la combinación de factores, como veremos, las que propiciaron la aparición de ciertos fenómenos que incidirían para siempre en la vida de la Iglesia.

La Iglesia: el Concilio Vaticano II.
Comenzaremos a analizar la Iglesia, que con el Concilio Vaticano II había dado impulso a una reforma cuyo objetivo era el de acercarse más al hombre para colaborar más eficazmente con Cristo en la labor de la salvación del género humano. Este es y sigue siendo el objeto del Concilio. Por ello habría que renovar aquellas estructuras que no reflejaban adecuadamente su carácter salvífico. Renovación, en palabras del entonces Cardenal Joseph Ratzinger “quiere decir renovación de aquello que es cristiano. Como renovación cristiana no quiere sustituir aquello que es cristiano con cualquier cosa diferente o mejor, pero sólo revalorizar precisamente el hecho cristiano en su propia novedad.” Hoy podemos tristemente darnos cuenta que muchos de los elementos cristianos, en lugar de haberse renovado, han sido sustituidos, cambiados, alterados y diluidos. Cabe preguntarse el porqué de esta alteración o degradación de dichos elementos.

La respuesta nos la da Benedicto XVI, cuando en su discurso del 22 de diciembre de 2005 señala el motivo de las desviaciones en la interpretación del Concilio. Aunque la cita sea larga, vale la pena transcribirla, con el fin de conocer con exactitud qué fue lo que ha pasado durante estos 40 años de historia de la Iglesia. “La hermenéutica de la discontinuidad corre el riesgo de acabar en una ruptura entre Iglesia preconciliar e Iglesia posconciliar. Afirma que los textos del Concilio como tales no serían aún la verdadera expresión del espíritu del Concilio. Serían el resultado de componendas, en las cuales, para lograr la unanimidad, se tuvo que retroceder aún, reconfirmando muchas cosas antiguas ya inútiles. Pero en estas componendas no se reflejaría el verdadero espíritu del Concilio, sino en los impulsos hacia lo nuevo que subyacen en los textos: sólo esos impulsos representarían el verdadero espíritu del Concilio, y partiendo de ellos y de acuerdo con ellos sería necesario seguir adelante. Precisamente porque los textos sólo reflejarían de modo imperfecto el verdadero espíritu del Concilio y su novedad, sería necesario tener la valentía de ir más allá de los textos, dejando espacio a la novedad en la que se expresaría la intención más profunda, aunque aún indeterminada, del Concilio. En una palabra: sería preciso seguir no los textos del Concilio, sino su espíritu.
De ese modo, como es obvio, queda un amplio margen para la pregunta sobre cómo se define entonces ese espíritu y, en consecuencia, se deja espacio a cualquier arbitrariedad.”

El origen de las arbitrariedades cometidas en aras de la correcta aplicación e interpretación del Concilio tiene su origen en una falsa concepción del Concilio. No se debe interpretar el Concilio para aplicar verdaderamente su espíritu. Se debe aplicar el Concilio, de acuerdo a los textos mismos, sin dejar margen a la imaginación, a la pasión personal o a los propios deseos de innovación. No debemos olvidar que el hombre, el religioso y la religiosa incluida, no por su consagración religiosa están exentos del pecado original y por lo tanto sus pasiones pueden obnubilar su pensamiento. Quien piensa erigirse como rector del pensamiento de la Iglesia, antes que hacerse un análisis psicológico para conocer su estado mental, convendría que revisase su alma, para saber si la soberbia, el orgullo o la vanidad intelectual no se han apoderado de su ser, pretendiendo erigirse como centro y arbitrio del Papa o del Magisterio de la Iglesia. No en vano lo decía monseñor Rodé dirigiéndose a los religiosos y las religiosas presentes en el Congreso internacional de la vida consagrada de 2004: “Sin embargo, este esfuerzo por buscar la novedad no siempre se ha realizado siguiendo criterios evangélicos de discernimiento. A veces la "renovación" se ha confundido con la adaptación a la mentalidad y a la cultura dominante, con el peligro de olvidar los valores auténticamente evangélicos. Es innegable que "la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida" (1 Jn 2, 16), propias del mundo y de su cultura, han ejercido un influjo desorientador, originando conflictos graves dentro de las comunidades y de las opciones apostólicas, no siempre fieles al espíritu y a las inspiraciones originales del instituto. Como siempre en la historia, la Iglesia se encuentra situada entre el soplo del Espíritu, que abre nuevos caminos, y las seducciones del mundo, que hacen el camino incierto y pueden llevar al error.”

Habiendo identificado el punto clave de la mala interpretación del Concilio, esto es, el libre albedrío nacido de una concepción inadecuada del Concilio, producto no del trabajo de los Padres conciliares sino de componendas que no expresaban el verdadero espíritu del Concilio, es fácil explicar el porqué de las interpretaciones personales que se han hecho durante estos cuarenta años, al margen de la Tradición y del magisterio de la Iglesia. Este hecho, unido a la debilidad de la carne, que se adueña del ser de quienes por excelencia deberían ser los transmisores e intérpretes fidedignos del Concilio, ha originado una desorientación en la Iglesia, y en nuestro caso, en la vida consagrada. Constatamos este hecho al leer la introducción al documento Elementos esenciales sobre la vida religiosa, en donde recalca el hecho de las desviaciones que se han dado en la vida consagrada: “El resultado ha sido una experiencia comprensiblemente compleja, con muchos aspectos positivos y algunos otros notablemente dudosos. Ahora, pasado el período de experimentación extraordinaria ordenado por Ecclesiae Sanctae II, muchos institutos religiosos dedicados a obras de apostolado están revisando sus experiencias. Con la aprobación de sus Constituciones revisadas y la entrada en vigor del nuevo Código de Derecho Canónico, se adentran en una nueva fase de su historia. En este momento de reiniciación, escuchan una vez más la llamada pastoral del Papa Juan Pablo II a « hacer una evaluación objetiva y humilde de los años de experimentación, de modo que puedan identificar los elementos positivos, así como las posibles desviaciones» (Disc. a la UISG 1979; a los Superiores Mayores de religiosos y religiosas en Francia 1980). Superiores religiosos y Capítulos han solicitado de esta Sagrada Congregación directrices para valorar el pasado y preparar el futuro. También algunos Obispos, debido a su especial responsabilidad en la promoción de la vida religiosa, han pedido orientaciones. Por todo ello, la Sda. Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, siguiendo las indicaciones del Santo Padre, ha preparado esta síntesis de principios y normas fundamentales. Su intento es presentar una síntesis clara de la doctrina de la Iglesia acerca de la vida religiosa, en un momento especialmente significativo y oportuno. 3. Esta doctrina se halla ya formulada en los grandes documentos del Concilio Vaticano II, particularmente en Lumen gentium, Perfectae Caritatis y Ad Gentes. Ha sido desarrollada posteriormente en la Exhortación Apostólica Evangelica testificatio de Pablo VI, en las alocuciones del Papa Juan Pablo II y en los documentos de esta Sda. Congregación para los Religiosos e Institutos seculares, especialmente en Mutuae relationes, Religiosos y promoción humana y Dimensión contemplativa de la vida religiosa. Últimamente, esa riqueza doctrinal ha sido condensada en el nuevo Código de Derecho Canónico. Todos estos textos, basados en el rico patrimonio de la doctrina preconciliar, ahondan y afinan la teología de la vida religiosa, que vino desarrollándose y adquiriendo densidad durante los siglos pasados.”

Así, este elemento de disensión del Magisterio de la Iglesia, leve o grave que haya sido, preparó como caldo de cultivo, el ambiente propicio para la inserción de elementos espurios a la espiritualidad cristiana. La psicología y otras ciencias, encontraron el campo abonado para introducirse e injertarse en el tallo del árbol de la vida consagrada. Al mismo tiempo, la sociedad, pensemos lo que era la sociedad mundial con los conflictos de los movimientos estudiantiles de 1968, la revolución sexual de los años setentas y el desafío generalizado que se hacía a la autoridad, unieron su virulencia a ciertos sectores de la Iglesia, que se encontraba desorientada. “Cuando la Iglesia abrió sus ventanas, a mediados de la década de los sesenta, había toda clase de toxinas en el ambiente. En la alta cultura, y especialmente entre los intelectuales, las centelleantes esperanzas de la estaban estrellándose contra los acantilados de la irracionalidad, la autocomplacencia, el nihilismo de moda y el desprecio por cualquier tipo de autoridad tradicional. (…) No iba a ser fácil establecer un diálogo con intelectuales que estaban convencidos que la civilización occidental se había corrompido debido al racismo, al imperialismo y a la misoginia.”

Pero este aspecto nos introduce a tratar el tema de la situación del mundo en aquel entonces.


Situación del mundo.
Sin caer en el reduccionismo, pero sin buscar ser demasiado prolijo en el análisis social de aquella época, bien podemos decir que esas décadas, de los sesentas a los ochentas, estuvieron marcadas fuertemente por una reacción contra la autoridad, una fuerte toma de conciencia de la dignidad de la persona y un movimiento estudiantil exacerbado. Estos tres elementos, como veremos incidieron directamente en la Iglesia, que se encontraba fuertemente desorientada por el hecho, como hemos visto, de no haber aplicado adecuadamente las directrices del Concilio Vaticano II. Una Iglesia débil, no en su identidad, sino en la interpretación de su identidad, que buscaba afanosamente fuera de ella, las agarraderas de dónde asirse para dar respuestas a sus interrogantes vitales, perdidos por culpa de ella misma, es decir, por culpa de quien se había alejado voluntariamente de una identidad fuerte, definitiva y definida por el magisterio de la Iglesia. Los vientos del relativismo la habían imbatido.

El mundo acababa de salir de dos guerras mundiales, y más concretamente, Europa se enfrentaba a los desastres que habían dejado tras de sí las dos grandes dictaduras del nacionalsocialismo, Hitler en Alemania y Mussolini en Italia. Como una lógica consecuencia, todo aquello que significara autoridad era visto con suspicacia y así fue identificándose la autoridad con autoritarismo, con regimenes totalitaristas que abrogaban la libertad y la dignidad de la persona en aras de una ideología. Era fácil por tanto, que los enemigos de la Iglesia, y los hombres de Iglesia desorientados por las desviadas interpretaciones del Concilio, hicieran la analogía entre régimen totalitario y magisterio de la Iglesia. El hecho de que la Iglesia tuviera normas, sistemas, leyes, dogmas, eran para algunos reminiscencias de un pasado que debía a toda costa cancelarse. La categoría humana de democracia debería ser incluida cuanto antes en las esferas de la Iglesia, en dónde todo debía ahora cuestionarse para no volver a caer en un régimen totalitario. Quienes sufrieron los golpes de esta postura fueron en primer lugar los superiores y las superioras en todos los niveles: general, provincial y local. Comenzó a hablarse de punto de referencia en lugar de autoridad, de coordinador de esfuerzos. La autoridad, desprovista de su carácter sagrado –hasta ahí tenía que llegar la democracia instaurada en la Iglesia- era vista como anacrónica y como un elemento que debía ser superado. No en vano, el documento Mutuae relaciones, recalca en forma de por sí maravillosa y elocuente, la proveniencia de la autoridad en la vida consagrada e identifica sus funciones con las del obispo, salvando las debidas distancias: enseñar, santificar y gobernar.

Frente a este duro golpe a la vida consagrada, podemos imaginar claramente sus consecuencias. Se debilita el concepto de autoridad y cualquier persona o ideología puede aprovecharse de los miembros de una congregación o de una comunidad. La libertad, lo veremos más adelante, se enarbola como el valor supremo en la vida consagrada .

Otro aspecto importante de este mundo es la toma de conciencia de la dignidad personal: “Una nueva concepción de la persona ha surgido en el inmediato posconcilio, con una fuerte recuperación del valor de cada individuo particular y de sus iniciativas. (…) Estos acentos se han radicalizado en algunos casos (de ahí las tendencias opuestas del individualismo y del comunitarismo), sin haber alcanzado a veces una satisfactoria integración.” La citación lo dice y lo explica todo. El mundo, herido por el atropello a la dignidad que se había hecho del hombre en las Guerras mundiales –basta recordar los campos de exterminio para judíos y otras muchas atrocidades- buscaba recuperar la dignidad del hombre. En esta lucha por la dignidad del hombre se llegó a exacerbar el valor de la libertad individual, haciéndola pasar de libertad o libertinaje o libertad sin fronteras. El mismo concepto de libertad fue manipulado de forma que se hizo creer que la libertad era hacer aquello que venía en gana, de forma que la persona pudiera expresar lo que era en realidad y así no verse amenazada en su dignidad. En aras a este respeto de la dignidad de la persona se permitía todo a todos. Los valores morales, éticos, religiosos eran vistos como imposiciones de un régimen totalitario, como habíamos visto y así era posible tomar la ruta del relativismo, cobijados por el emblema de la dignidad de la persona.

Esta concepción de dignidad que se daba en el mundo fue infiltrándose también en el mundo de los consagrados. Y no es que el concepto de dignidad este equivocado, sino que es la errónea interpretación del concepto de dignidad que hacía el mundo lo que vino a dañar a las comunidades religiosas, reduciéndose muchas veces la obediencia a una caricatura y las relaciones interpersonales a un juego de pasiones y sentimientos, donde el elemento sobrenatural de ver a Cristo en los hermanos quedaba completamente olvidado. Por otra parte, la inserción de una categoría humana a una categoría religiosa, no puede llevarse sin una adecuada transformación. Si bien es cierto que la obediencia y la autoridad debían revisarse bajo la luz de la dignidad de la persona humana, no habría que haber olvidado el hacer las adecuadas adaptaciones. Transportar una categoría humana a la vida religiosa significa secularizar la vida consagrada, fenómeno muy corriente al que desgraciadamente asistimos con mayor frecuencia en ciertas congregaciones religiosas.

El movimiento estudiantil de finales de los años sesentas, concretamente el de 1968, convulsionó el mundo. Desde la Sorbona hasta Tlatelolco, pasando por Praga y otras capitales de Europa y del mundo, los jóvenes contestatarios y refractarios a una sociedad, pusieron en jaque al mundo. Sin embargo, un análisis desapasionado nos hace ver que estos movimientos no eran simplemente agitaciones juveniles pasajeras, o células comunistas infiltradas en el tejido de la sociedad Occidental. Eran más bien fruto y punta de lanza de toda una batalla orquestada para ‘probar nuevas formas de vida bajo el signo de la ‘democratización’, ‘emancipación’ y ‘colectividad’.” Se buscaba por tanto la creación de una nueva sociedad basada en modelos completamente nuevos. Podemos medir la importancia de estos movimientos al pensar que buscaban no tanto mejorar la sociedad, como otros movimientos sociales precedentes, sino el cambio de la sociedad por otra, sin saber ellos mismos qué tipo de sociedad estaban buscando. El peligro puede entreverse cuando se constata que lo importante no es la meta, sino el proceso. Cuando se constata que lo importante no es subvertir el orden por otro orden, sino simplemente subvertirlo por el hecho mismo de la subversión, entonces todo tiene una justificación, porque no hay ningún fin al que se quiera llegar. Estamos en cambio, parece ser la consigna, y es una consigna que continúa hasta nuestros días.

Las consecuencias en la vida de la Iglesia, podemos analizarlas, aunque no serán tan aparentes como las anteriores. A partir de mediados de la década de los años sesenta, se vive un ambiente de cambio latente el todas las estructuras sociales y en todas las categorías humanas. Parece que el cambio es lo único permanente. Al buscarse el cambio por el cambio mismo, no existen ya parámetros seguros y ciertos. Todo es relativo, lo único que es estable es el cambio. Pudiera parecer una paradoja, pero es la inexplicable realidad del relativismo que se ha apoderado de la sociedad. Aplicado al mundo de la Iglesia, y en forma más concreta, al mundo religioso, no existe ya una identidad y una certeza clara de lo que es o deba ser la vida consagrada. Si todo debe cambiar, sin importar la dirección que se tome, la vida consagrada debe estar siempre en cambio, adaptándose, según ellos a los patrones de una sociedad cambiante. “ ‘Vivimos en un mundo de continuos cambios.’ Esta frase es una de las más citadas en los últimos años. Como nunca ha existido un mundo absolutamente estático, esta frase resulta desde luego banal, pero, también revela un programa político, un tipo de filosofía o mejor dicho de ideología; porque con esta afirmación las tradiciones y todo lo acreditado se mira inconscientemente con un enfoque negativo, sobre todo si sucede que éstas no quieran ceder al progreso. Quien se planta contra este cambio corre el peligro de ser tachado de fundamentalista y de vivir permanentemente en el pasado.”

Un ejemplo tangible lo tenemos en el hecho de la misma identidad de la vida consagrada. Para muchos el Concilio Vaticano II vino a desbaratar la imagen y la identidad de lo que se tenía por la vida de perfección o la vida religiosa. Apoyándose en lo que hemos explicado anteriormente, invocaban el espíritu del Concilio para buscar nuevas alternativas a la vida consagrada. Alentados, según ellos, por la apertura que daba la Iglesia para la búsqueda de nuevas formas , continuaron en una continua búsqueda, siempre tratando de adaptarse cada vez más a la vida secular, en lugar de mantener y fortalecer la vida consagrada, adaptándola, eso sí, cada vez más a los tiempos cambiantes. Así, hay quienes ahora no saben qué son, porque no saben a dónde quieren llegar. Y curiosamente, en ese camino han perdido toda la alegría y el gozo de vivir, porque quien se debate en la duda infinita, por más que quiera aparentarlo, la duda traspira en todo su ser. Por otro lado, hay quien se quedó en el pasado y no quiso abrirse, temeroso de perderse en los laberintos en los que otros ya se encontraban. Viven aspirando a glorias pasadas sin poner los pies en la tierra del hoy actual. Hay otros, afortunadamente cada vez más numerosos, que, guiados por el carisma de la congregación y por el magisterio de la Iglesia, están encontrando formas nuevas de renovar lo esencial, de poner en marcha nuevas formas para vivir la consagración que es la misma ayer, hoy y lo será siempre.

La Psicología.
O mejor dicho, las técnicas psicológicas y la psicología o psicoterapia.

Hemos hablado en el capítulo anterior como existe una sana psicología que puede compaginarse y complementar a la labor realizada por la Iglesia en diversos niveles, como puede ser la formación de los candidatos o candaditas a la vida consagrada, el apoyo que puede brindarse en ciertas condiciones de la vida, la ayuda para discernir una posible vocación. Queremos referirnos en este caso a dos tipos de psicología que estuvieron muy en boga en la década de los setentas y ochentas y que han tenido una repercusión muy fuerte hasta el día de hoy, en todos los campos de la sociedad.

Nos referimos en primer lugar a las técnicas psicológicas o las así llamadas “dinámicas de grupo”. Hay que hacer nota que en todo grupo existe una dinámica natural. Los hombres actúan entre sí y no hay nada de peculiar en observar ciertos comportamientos entre ellos, sacar algunos patrones comunes y de ahí inferir algunas hipótesis y teorías que en el largo plazo pueden llegar a considerarse leyes de conducta grupal. Se parte de la observación para llegar luego, mediante la inferencia a la elaboración de hipótesis y teorías, todo lo cual concuerda con el método científico experimental. Nos referimos más bien con el nombre de “dinámicas de grupo” a aquellos métodos en los que se aprovecha la dinámica natural entre los hombres para dirigirla de tal manera que los individuos se comporten de una manera muy precisa y premeditada. Aquí está la esencia de la dinámica de grupos, en que pretenden modificar el comportamiento de los seres humanos a través de estas técnicas. Seleccionando con destreza unos puntos de partida, se les sugiere a los miembros subrepticiamente una serie de sentimientos, deseos y pensamientos que luego los líderes del grupo presentan como el verdadero ego que se tenía reprimido. Puede darse un alivio aparentemente natural, pero esto no es así, ya que no se ha tocado el fondo de la persona, sino simplemente una serie de sentimientos periféricos, suscitados y manipulados por el grupo. En muchos casos los mecanismos de defensa de los individuos son llevados al extremo para causar luego daños del todo irreparables.

Es importante señalar las diferencias entre las dinámicas de grupo y la psicoterapia. En la psicoterapia los mecanismos de protección y defensa son muy importantes, pero se dan en un contexto muy diverso. La psicoterapia trata de averiguar un patrón de comportamiento o reacción que se ha aprendido en edad temprana. En el transcurso de una terapia se trata de establecer una relación intensa entre el paciente y el terapeuta. Esta relación debe estar llena de confianza, que hace que el que busca consejo se abra cada vez más durante el análisis. De esta manera el paciente llega también a comprenderse cada vez mejor. La introspección de la propia historia personal y en la historia de la formación del propio carácter lleva a un mayor y mejor radio de acción y reacción en las relaciones humanas. Las técnicas psicológicas, como la dinámica de grupo, subrayan el hecho de que ellas trabajan en el aquí y en el ahora. En el centro de ellas está la experiencia momentánea y las emociones presentes. No se busca un análisis del porqué, sino un cambio inmediato.

Estas dinámicas de grupo van de acuerdo con los signos de los tiempos que se vivían fuertemente en dichas décadas: el cambio por el cambio, la novedad por la novedad misma. En muchas sesiones de estas dinámicas de grupo, no se sabía a dónde se quería llegar, lo importante era lograr que el individuo se pusiera en un proceso de cambio, especialmente si no se sentía de acuerdo con su personalidad.

El éxito que han tenido las dinámicas de grupos fue favorecida por el desarrollo del movimiento de la contracultura, iniciado en Estados Unidos a mediados de los años sesenta con Allen Ginsberg, Jack Kerouac y William S. Burroughs que manifestaban desde los años cuarenta su aversión a la vida burguesa, al así llamado establishment. Esta escuela o línea de pensamiento hizo alianza con la “psicología humanista” de Maslow y Carl Rogers. Eran los psicólogos, como hemos dicho en nuestro artículo anterior, que querían trabajar en el aquí y en el ahora, en vez de analizar científicamente cada uno de los casos que a ellos llegaban. De esta forma se fundó en la costa oeste de estados Unidos, en Esalen un centro que quería participar y generar el cambio social artificialmente inducido, en la destrucción de todas las tradiciones cristianas y occidentales, y en la introducción de un “supermercado cultural” en el que hay de todo y en el que cada quien tiene que ser su propio productor y consumidor.


Caldo de cultivo.
Fácilmente puede inferirse por la situación en la que se daba por aquellos años, la facilidad con la que la dinámica de grupos se introdujo en la Iglesia y en especial en la vida consagrada. Por un lado tenemos la desorientación de los religiosos, al grado de no saber ya más quiénes era. La pérdida, artificial y externamente provocada, de la identidad, dio campo abierto para una búsqueda de sucedáneos que pudieran satisfacer y dar respuesta a la pregunta más acuciante de cualquier ser humano: ¿quién so yo? Al no encontrar respuesta, se lanza desenfrenadamente en busca de aquello que pueda darle un poco de tranquilidad.

Pudiendo dirigirse a guías seguros, como el Magisterio de la Iglesia, las sanas tradiciones de su Instituto, el carisma, por el hecho de que se deja guiar por la situación del momento, pierde confianza en sus superiores, en las tradiciones, en los dogmas de la Iglesia y los juzga cada vez más con ojos del mundo. Deja de verlos sobrenaturalmente para verlos con ojos humanos. Se alza entonces una barrera entre lo que debería creer y lo que él quiere creer. Nos encontramos de frente a la secularización de la vida consagrada, que introduce categorías humanas a la vida consagrada. Y esto se da en parte por la influencia de la revisión de la autoridad, la implantación de la democracia en la Iglesia y el concepto erróneo de libertad que perneaban por aquel entonces muchos ambientes religiosos.

Si a estas dos circunstancias unimos una tercera, como es el influjo cada vez mayor que iban adquiriendo la “psicología humanista” de Maslow y Rogers, así como la escuela de Esalen, podemos comprender la rapidez con la que muchos elementos de la vida consagrada fueron cayendo para ser sustituidos por elementos psicológicos o por técnicas psicológicas. Hablaremos de algunas de ellas a continuación.


La dirección espiritual.
Es un hecho constatado el abandono de la dirección espiritual por parte del mundo religioso. Preguntar ahora quien tiene un director espiritual es aventurarse a ser tachado de fundamentalista. Basta con el autoritarismo en la vida espiritual. Cada uno sabe lo que más le conviene, cada uno, si es el caso, se confronta con el evangelio, con la regla, con el carisma, hace un discernimiento y eso basta para seguir adelante.

Lo que sucedió es fácil de explicar de acuerdo a nuestro análisis anterior. Al perderse de vista la identidad de la vida consagrada, es decir, el seguimiento más cercano de Cristo, el querer asemejarse cada vez más a Él, en su persona y en su misión , se pierden también los medios adecuados para ser y para progresar en la vida consagrada. Uno de estos medios lo era sin duda alguna la dirección espiritual. Podemos imaginarnos el escozor causado en algunas personas, al mencionar la palabra dirección, cuando lo que se estaba buscando, según ellos, era una mayor libertad en las personas. Y esto sin mencionar la lucha acérrima contra todo lo que tuviera relación con la autoridad o con el autoritarismo. Apoyados en la libertad, o en el mal concepto de la libertad, se fue dejando a un lado la dirección espiritual, pero se fueron introduciéndose aquellas técnicas psicológicas que la sustituirían o por la labor de un psicoterapeuta o un psicoanálisis. De hecho, un documento de la Iglesia testimonia esta sustitución. “También la dirección espiritual en sentido estricto merece recobrar su propia función en el desarrollo espiritual y contemplativo de las personas. De hecho, nunca podrá ser sustituida por inventos psíquico-pedagógicos. Por eso aquella dirección de conciencia, para la cual Perfectae caritatis, 14 reclama la debida libertad, habrá de ser facilitada por la disponibilidad de personas competentes y calificadas. Tal disponibilidad será ofrecida ante todo por los sacerdotes, pues ellos, por su misión pastoral específica, promoverán su estima y participación fructuosa. Pero también los otros superiores y formadores, consagrándose al cuidado de cada una de las personas que les han sido confiadas, contribuirán, si bien de otra manera, a guiarlas en el discernimiento y la fidelidad a su vocación y misión.”

Las técnicas psicológicas que intentan sustituir la dirección espiritual son muchas y variadas, pero vale poner el acento sobre todo en aquellas de la “psicología humanista” en dónde el grupo ayuda al individuo a salir de sus traumas y a ser él mismo, de forma que encuentre en su propia conciencia la guía para toda su vida.


La experiencia religiosa auténtica.
Al quedar sin el debido resguardo la identidad de la vida consagrada, es lógico que las personas que han entregado su vida al Señor, busquen constantemente hacer la experiencia de Él. De alguna manera, las normas, la regla de vida, las Constituciones y las sanas tradiciones, ayudaban a ello. Es cierto también que algunas de estas prácticas debían ser revisadas, como lo pedían los documentos conciliares y más concretamente Ecclesiae sanctae II, para que, libres de todo automatismo o anacronismo, pudieran servir de base para una fuerte vida espiritual, esto es, para una vida de unión con el Señor.

Sin embargo, debido a los fenómenos antes anotados, hubo quienes, en aras de lo que consideraban una auténtica interpretación del Concilio, anularon todas estas prácticas y dejaron a las personas consagradas desprovistas de un itinerario espiritual. Si a ello unimos el “supermercado psicológico” que se daba, y se da todavía, la exagerada o mal entendida libertad que se dio en la vida consagrada y la falta de un director espiritual personal, podemos fácilmente concluir que cada persona consagrada se construyó su propio itinerario espiritual, en dónde, desgraciadamente, no faltó muchas veces algunas técnicas psicológicas.

“Muchos de los participantes de los grupos insisten en que han tenido unas experiencias religiosas intensas durante las actividades de técnica psicológica. El obispo Cordes explica ese fenómeno de la siguiente manera: ‘Según el juicio de autores, incluso católicos, la finalidad declarada de los ejercicios de dinámica de grupo es la provocación de emociones que ayudarían a la práctica de la fe y que abrirían el camino hacia Dios. Pero observándolo con atención, el punto de arranque y el objeto de referencia de las emociones no es de ninguna manera Dios y su obra salvífica en Jesucristo, sino el grupo y algunos miembros específicos en él. El ejercitante desarrolla una simpatía y un sentimiento de acogida frente al grupo entero y hacia determinados compañeros del grupo. Esto se evidencia especialmente en la comunicación no verbal.’ La relación con Dios, por tanto, no se profundiza, sino que se relativiza. Un juicio acertado nos dice que el gozo en el grupo y el gozo en Dios no son necesariamente lo mismo. Las experiencias religiosas se identifican erróneamente con las experiencias del grupo.”


La necesidad de ayudar a las almas .
Al enfrentarse a las situaciones cambiantes del mundo, los agentes de pastoral pueden sentirse angustiados al no comprender a este mundo cambiante, especialmente a los jóvenes. No es fácil enfrentar el hecho de ver a los parroquianos alejarse cada vez más de las actividades de culto y es triste el panorama que ahora vemos en Occidente cuando la práctica religiosa dominical en muchos casos no supera ni el 5% de la población bautizada.

Algunos se han cerrado en el pasado, pensando que Dios puede remediar todo, olvidando que Dios trabaja, pero que también requiere de la cooperación del hombre, especialmente de aquellos que por vocación han sido llamados a ser obreros de la mies. Su cerrazón ha originado el dejar abandonada a su suerte a casi tres generaciones de católicos, de suerte que hoy puede hablarse del Occidente, especialmente de Europa, como de una tierra de misión. Corremos el riesgo de ver convertidos a los grupos católicos, en verdaderos ghettos, celosos de su religión pero carentes del fuego apostólico que los inflame para conquistar el mundo para Cristo.

Y es que hablar de conquista, de celo apostólico, de promoción de actividades, para muchos resulta cosas del pasado y de un pasado temeroso que hay que superar. Les suena a régimen totalitario en dónde se ideologizaba. Por ello, la catequesis, la clase de religión, la animación vocacional se realiza cada vez más con las técnicas psicológicas ya mencionadas. Sin duda alguna que una seria formación psicológica es un apoyo para los agentes de la pastoral. Sin embargo, el modo y la forma en que los organizadores de las dinámicas de grupo aprovechan esta necesidad de formación no es del todo correcta, pues quitando la parte católica, dejan únicamente la parte psicológica. Y así no es raro en nuestros días asistir a clases de religión en dónde se habla de todo, menos de religión católica. O asistir a sesiones de pastoral vocacional en dónde lo primero que se hace es una sesión de psicoanálisis para “quitar posibles bloqueos mentales” en las personas o asegurarse de su identidad sexual.

El panorama es real y puede parecer desastroso. Lo es. No en vano muchos seminarios diocesanos y congregaciones religiosas han quedado vacíos por la aplicación de estas dinámicas de grupo. Y esto sin hablar de los laicos. Sin embargo sabemos que la mentira no puede sostenerse por sí misma. Ahora comienzan a aflorar nuevos brotes de personas consagradas que buscan verdaderamente la coherencia con la identidad de vida. Hay quienes sin embargo, por soberbia, no aceptarán su error. Gracias a Dios son la minoría. La gran mayoría humildemente está aceptando el error. Para Dios no hay cosa peor que una persona soberbia. Con los humildes, hace maravillas, sin importar el error cometido, por más grave que haya sido. Basta recordar el final del buen ladrón.


CITAS BIBLIOGRÁFICAS

Joseph Ratzinger, Il nuevo popolo di Dio, p. 291.

2 Benedicto XVI, Discurso, 22.12.2005.

3 Mons. Franc Rodé, cm. La vida consagrada en la escuela de la Eucaristía, 25.8.2005.

4 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Elementos esenciales sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 1 y 2.

5 Geroge Weigel, El coraje de ser católico, Crisis, reforma y futuro de la Iglesia, Editorial Planeta, Barcelona 2003, p. 67 – 68.

6“Tener una fe clara, según el Credo de la Iglesia, es etiquetado con frecuencia como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, el dejarse «zarandear por cualquier viento de doctrina», parece ser la única actitud que está de moda. Se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que sólo deja como última medida el propio yo y sus ganas.” Joseph Ratzinger, Homilía en la misa del inicio del Cónclave, 18.4.2005.

7 Como muestra de botón de la mala interpretación de los textos del Concilio, muchos pensaron que la libertad de conciencia a la que llamaba el decreto Perfectae caritatis significaba el hacer lo que libremente se quisiera, amparándose en la conciencia, a despecho de que esta conciencia estuviera rectamente formada y actuara con pureza de intención.

8 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, Vida fraterna en comunidad, 2.2.1994, n. 5d

9 Michael M. Weber, Técnicas psicológicas. Los nuevos seductores, Ed. Christiana – Verlag, Suiza 1997, p. 42.

10 Ibidem, p. 9.

11 Quienes invocaban la posibilidad de experimentar ad infinitum la vida consagrada, perdieron de vista o hicieron una interpretación personal del Motu proprio de Pablo VI (6.8.1966) en dónde fijaba las directrices para la ejecución del Decreto Perfectae caritatis.

12 Son muchas y variadas las formas de expresar esta identidad. Creo oportuno mencionar la siguiente, si bien referida a la formación, pero que engloba magistralmente lo que debe entenderse por vida consagrada: “Desde el momento que el fin de la vida consagrada consiste en la conformación con el Señor Jesús y con su total oblación, a esto se debe orientar ante todo la formación. Se trata de un itinerario de progresiva asimilación de los sentimientos de Cristo hacia el Padre. Siendo éste el objetivo de la vida consagrada, el método para prepararse a ella deberá contener y expresar la característica de la totalidad. Deberá ser formación de toda la persona, en cada aspecto de su individualidad, en las intenciones y en los gestos exteriores.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 65.

13 Sagrada congregación para los religiosos e institutos seculares, La dimensión contemplativa, marzo 1980, n. 11.

14 Michael M. Weber, Técnicas psicológicas. Los nuevos seductores, Ed. Christiana – Verlag, Suiza 1997, p. 101 – 103.

15 Para este inciso, como para el anterior cito libremente el libro de Michael Weber, Técnicas psicológicas. Los nuevos seductores.



 

 

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