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El discernimiento de Espíritus.
Todos nos encontramos ante problemas y situaciones cuya solución no se vislumbra fácil, acertada, clara y rápida.


Por: Guadalupe Magaña | Fuente: Escuela de la Fe



La vida humana comporta una gran cantidad de opciones, pues Dios nos creó libres, y puso nuestra propia realización en nuestras manos. No está exento de dificultades el camino de nuestra santificación. Todos nos encontramos ante problemas y situaciones cuya solución no se vislumbra fácil, acertada, clara y rápida. Se nos presentan dilemas. ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? Para el no creyente, o para la persona con una fe que no afecta su vivir diario, la decisión suele basarse únicamente en la razón, pesando los pros y los contras de las opciones, o en la intuición, fruto muchas veces de las emociones, caprichos o preferencias. Sin embargo, para quien posee una fe viva y operante, la pregunta «¿Qué debo hacer?» se convierte en: ¿Cuál es la voluntad de Dios para mí en esta situación? ¿Qué quiere Jesucristo? Nuestra misión como orientadores consistirá en ayudar a nuestras almas a discernir qué les pide Dios en las situaciones concretas de sus vidas.


¿Qué entendemos por “Discernimiento de espíritus”?

“Por discernimiento de espíritus se significa el proceso por el cual nosotros examinamos, a la luz de la fe y en la connaturalidad del amor, la naturaleza de los estados espirituales que experimentamos en nosotros y en los demás. El propósito de tal examen es decidir lo más posible cuáles de los movimientos que experimentamos nos llevan al Señor y a un servicio más perfecto de Él y de nuestros hermanos, y cuáles nos apartan de este fin... Cuando hablamos de connaturalidad del amor nos referimos a un conocimiento de fe y amor, es decir, no se trata tanto de un razonamiento y de un análisis, sino de ese conocimiento que procede de la experiencia de alguien a quien amamos .“ (Thomas H.. Green. La cizaña en el trigo, Narcea, 1992, p. 51).

Según su origen hay dos tipos de discernimiento:

A. El discernimiento adquirido.

Se posee por medio del ejercicio y del conocimiento de las personas, por la oración, el estudio y la experiencia propia.

B. El discernimiento infuso.

Éste es un don de Dios. Un carisma dado para ayudar a los demás. Hay sacerdotes, religiosos o seglares que, sin una gran formación teológica o espiritual, tienen sin embargo una gran capacidad de discernimiento y consejo. San José de Cupertino, San Juan María Vianney (mejor conocido como el santo Cura de Ars), Santa Teresa de Jesús, por mencionar algunos, son ejemplos de esta capacidad infusa.

La capacidad para discernir los espíritus es una gracia del Espíritu Santo, unida al don de consejo y de entendimiento.

Para poder comprender mejor la necesidad del discernimiento, partamos de un primer hecho: somos creaturas amadas por un Dios que ha querido compartir con nosotros su vida, su amor, y quiere que lleguemos a la plenitud de felicidad para la cual nos ha creado en la eternidad. Siendo tan bello su plan, ¡cuán importante resulta discernir los caminos que nos llevan a cumplir su voluntad! Dios no se desentiende de nosotros, vino para habitar entre nosotros y dentro de nosotros. No sólo se encarnó, además, por nuestro bautismo nos hemos convertido en su morada. La Santísima Trinidad habita en nosotros por la gracia santificante. Somos «templos del Espíritu Santo», y gozamos de sus inspiraciones en nuestra conciencia.

Vayamos a un segundo hecho: debido a nuestra condición de creaturas caídas (pecadoras), a nuestra inteligencia obscurecida se le dificulta conocer la voluntad de Dios, y a nuestra voluntad debilitada le molesta seguir esta voluntad aunque la conozca. Nuestras pasiones y sentimientos se han desordenado; muchas veces parecen niños caprichosos, como bien los describe San Juan de la Cruz, nunca satisfechos y siempre buscando obtener cuanto nos piden.

Reconozcamos untercer hecho, hoy muy rebatido, pero que permanece como una verdad en nuestra fe católica: existe el demonio y sentimos su influencia en nosotros mismos y en el mundo. Él es el “padre de la mentira”, odia a Dios, y cifra su único interés en apartarnos de Él, utilizando diversas estrategias.

Por tanto, concluimos lógicamente en la necesidad de recibir ayuda para discernir la voluntad de Dios para nosotros; cuáles movimientos en nosotros nos llevan a verla con más claridad y a cumplirla, y cuáles nos apartan de ella.

También tenemos necesidad de discernir cuáles «espíritus» son buenos y cuáles son malos, pues a veces sentimos en nuestro interior varias voces que nos pueden confundir. Veamos algunos ejemplos. Una joven siente en sí el llamado a hacer algo más con su vida. Se siente atraída por la vida religiosa, pero por otra parte siente también el deseo de ser enfermera como su madre, de ser profesora, como su tía… quiere darse a los demás pero se pregunta: ¿Qué querrá entonces Dios? ¿Cómo discernir? Una mujer consagrada, ha estado viviendo bien, de pronto los problemas la asaltan, todo lo ve negro, oye voces de “deja esto y sal al mundo” u otros ‘comentarios’ semejantes. Ella se siente dividida interiormente. ¿Qué hacer? Una hermana que no se siente satisfecha con la cantidad de oración y apostolado que realiza, quizás podría dar más. ¿Qué hacer?

Para poder discernir auténticamente, necesitamos unas predisposiciones:

1) Deseo de hacer la voluntad de Dios. Necesitamos querer lo que Dios quiere, si no, es imposible el discernir. El director espiritual debe querer cuanto Dios quiera para esta persona en concreto y el orientado también debe adoptar una actitud de «firmar el cheque en blanco» a Dios.

2) Apertura a Dios. Viene implícito en la primera disposición, sin embargo, en ocasiones queremos elegir según nuestro propio gusto queriendo que sea el gusto de Él. Deseamos trabajar para Él, pero en el fondo, no nos gusta que sea de verdad el jefe. Dios tiene sus misterios, en ocasiones resulta desconcertante y «escribe derecho con líneas torcidas».

3) Conocimiento experiencial de Dios. Conocer a Dios significa conocer sus gustos, conocer lo que le agradaría más. Por eso, también se acude al director espiritual en busca de alguien que, además de la gracia de estado, tiene tal experiencia de Dios que les puede ayudar a discernir sus gustos. (Thomas H. Green)

Estas predisposiciones nos confirman la necesidad de que cada una de las mujeres consagradas sea mujer de Dios para conducir a nuestras dirigidas hacia un conocimiento personal, cordial, experiencial de Dios. Así se dispondrán siempre a elegir las cosas de su agrado.

San Ignacio de Loyola señala la materia sobre la cual no se debe discernir:

a) Las elecciones inmutables. Opciones de vida tomadas con seriedad y validez. El demonio suele tentar y hacer la vida imposible susurrando el replantearse una y otra vez las opciones serias de la vida: matrimonio, vocación consagrada o sacerdotal. Si se han hecho con madurez y poseen un carácter de validez, generalmente no pueden tomarse como materia de discernimiento.

b) Las decisiones ya tomadas debida y ordenadamente. Por ejemplo, la decisión de ser religiosa respondiendo así al llamado de Cristo.

c) Lo malo en sí. Jamás podremos discernir opciones moralmente ilícitas, por ejemplo si tener un aborto o no, fornicar o no, mentir o no, etc. Nunca deben elegirse acciones intrínsecamente deshonestas so pena de ofender gravemente a Dios. Ciertamente, en ocasiones resulta difícil tener una idea sobre la bondad o malicia de una acción determinada, en esos casos, consultaremos a personas competentes y sólidos en la doctrina moral.


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