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La parábola de la semilla que crece
Parábolas
Marcos 4, 26-34. Tiempo Ordinario. la Iglesia es ese árbol frondoso que extiende sus ramas para acogernos con maternal cariño.


Por: Óscar Pérez Lomán | Fuente: Catholic.net




Del santo Evangelio según san Marcos 4, 26-34

En aquel tiempo Jesús dijo a la gente: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo. La tierra da el fruto por sí misma; primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. Y cuando el fruto lo admite, en seguida se le mete la hoz, porque ha llegado la siega». Decía también: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos? Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». Y les anunciaba la Palabra con muchas parábolas como éstas, según podían entenderle; no les hablaba sin parábolas; pero a sus propios discípulos se lo explicaba todo en privado.

Reflexión:

Grandes y profundos son los misterios que enseñabas a la gente a través de las parábolas, Jesús. A primera vista no sabía a qué te referías, pero ahora me lo has revelado más claro. La Iglesia, de hecho, es como ese grano que cae en la tierra. Basta repasar su historia para darse cuenta del progreso y del crecimiento que ha experimentado. Como toda obra, tuvo un inicio pequeño, discreto, casi mínimo.

Aquel grupo de doce rudos pescadores y unas cuantas mujeres, esa semilla diminuta, ha llegado a ser un árbol frondoso en donde las aves del cielo anidan a su sombra. En efecto, la Iglesia es ese árbol frondoso que extiende sus ramas para acogernos con maternal cariño, un árbol frondoso en donde podemos refugiarnos.

Pero me parece que sería muy ingrato contigo, Jesús, si permaneciera en la indiferencia y ociosidad. Porque tú “estableciste en este mundo tu Iglesia santa, comunidad de fe, esperanza y amor, como un organismo visible. La mantienes aún sin cesar para comunicar por medio de ella a todos la verdad y la gracia" (CIC 771). Ahora me toca corresponder a este don inmerecido. Empezaré por conocerla más a fondo, pues nadie ama lo que no conoce. Te pido tu gracia y tu luz para que conociéndola cada día más la llegue a amar con verdadera pasión.





 

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