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El Reino de los Cielos se parece a un tesoro
Tiempo Ordinario
Mateo 13, 44–52. Tiempo Ordinario. Vale la pena encontrar en Dios al único Tesoro por el cual luchar en la vida.


Por: P. Francisco Javier Arriola, LC | Fuente: Catholic.net



Del santo Evangelio según san Mateo 13, 44 – 52

El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró. El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes. ¿Comprendieron todo esto?». «Sí», le respondieron. Entonces agregó: «Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo».

Oración Introductoria

Señor mío y Dios mío, concédeme la gracia de encontrar el tesoro de tu Palabra para hacer crecer tu Reino en mi corazón. Vengo ante ti para mostrarte mi pobreza y para pedirte que concedas lo que más necesito para serte fiel, para amarte más y para llevarte a los demás. Concédeme una fe inquebrantable y una confianza que me haga esperarlo todo de ti, mi único Bien.

Petición

Jesus manso y humilde de Corazón, haz mi corazón semejante al tuyo. Haz que mis sentimientos sean los tuyos, que mis pensamientos sean los tuyos y que mi voluntad sea la tuya para agradarte a ti y edificar a los demás.

Meditación

Cada uno de nosotros somos un negociante de perlas finas. En la vida vamos buscando las más bellas y las mejores. Las buscamos en la felicidad, en nuestras relaciones con nuestros familiares y amigos, en el trabajo y también en el éxito de cada una de nuestras obras. Pero estas joyas carecen de valor cuando descubrimos que sólo una las supera en belleza y precio. Ese diamante precioso de valor incalculable será siempre Dios, que brilla en cada uno de sus lados: su Palabra en el Evangelio, su gracia, sus dones, sus virtudes, la vida eterna.

Si somos buenos comerciantes, seremos capaces de vender todo con tal de adquirir el campo donde hemos encontrado la joya que verdaderamente vale. Y en términos de inversiones, la herencia por la que hay que luchar en la vida es la eterna: ¡hay que invertir en el cielo! San Pablo nos dice que si hemos resucitado con Cristo, busquemos las cosas de arriba, donde no hay ni ladrones ni polilla que pueda corroer nuestro tesoro.

¿Cuáles son nuestras joyas? ¿Dónde está nuestro tesoro? ¿Dónde está nuestro corazón? ¿Dónde queremos que esté? Puesto en lo que no pasará, porque no queremos cosas que perecen y se acaban. Deseamos llevarnos lo único que podemos tener después de la muerte: nuestras buenas obras y el amor con que hemos vivido y que hemos transmitido a los demás. Por este motivo, hay que escoger, como dice el pasaje del Evangelio, lo bueno y tirar lo malo. Hay que desechar de nuestra vida lo que no agrada a Dios, lo que hiere a las demás personas que nos rodean y guardar lo que realmente sirve, en el “cesto” que llevaremos con nosotros mismos y que presentaremos delante de Dios. ¿Ya está lleno o aún falta? Pues comencemos a trabajar por este Reino porque aún es tiempo de merecer.

Reflexión Apostólica

Cristo trata de ilustrar con ejemplos y escenas de la vida diaria lo que podría compararse con el Reino de los cielos al que Él se refiere. La gente de entonces lo entendía bien porque se dedicaban a esos menesteres. Hoy también entendemos los ejemplos de Jesús, pero el materialismo, el hedonismo y la falta de sentido no nos dejan aplicarnos a trabajar por este Reino de los cielos. Parece que entendemos mucho pero trabajamos poco.

Hay que trabajar para la eternidad. San Pablo dice que “quien sembrare en su carne, de la carne cosechará la corrupción; pero quien siembre en el Espíritu, del Espíritu cosechará la vida eterna” (Gal 6, 8). Este es el tesoro que todos buscamos: gozar de Dios en la felicidad eterna, pero que no acertamos a encontrarlo porque para poseerlo, primero hay que creer en él sin verlo. Quien encuentra el tesoro escondido, es capaz de dejarlo todo por conseguirlo; quien encuentra la perla fina, nunca la vuelve a dejar; quien ha obtenido el trabajo de una buena pesca, sabrá desechar lo malo y quedarse con lo bueno. Los santos han constatado que esto es real y verdadero. Si buscamos, hay que estar seguros de que encontraremos, porque el comenzar a buscar a Dios es haberlo encontrado ya (cfr. San Agustín).

Propósito

Al final del día haré un breve balance para ver en qué cosas he buscado a Dios y en cuáles me he buscado a mí mismo. De este modo presentaré a Dios lo las buenas obras y pediré perdón por las que le pudieron haber ofendido.

Diálogo con Cristo

Oh sacratísimo Corazón de Jesús que estás inflamado de amor por mí, concédeme abrirte mi corazón para que lo enciendas de amor por ti. Ayúdame, Señor, valorar mi vida de cara a la eternidad, para que así no pueda menos que trabajar por tu gloria y buscar las cosas del cielo, donde me tienes un lugar que me has ganado por tu pasión, muerte y resurrección. Quiero encontrarte, Señor, sé Tú mi tesoro por el cual venda todo mi pecado a cambio de tu gracia. Quiero poseerte, se Tú mi piedra preciosa, mi pesca milagrosa y el puerto seguro al que me lleve tu mano amorosa para gozar de ti por toda la eternidad.


«Nada te turbe, nada te espante; todo se pasa. Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta»
Santa Teresa de Jesús, Poesías, 30.

 

 

 

 

 

 

 

 

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