Menu


Experiencias y reflexiones de un peregrino en la Javierada
Las Javieradas expresan la dimensión peregrina e itinerante de la condición humana y cristiana


Por: Jesús de las Heras Muela | Fuente: Revista ECCLESIA



El afán y la urgencia de cada día han impedido que hasta ahora mismo pudiera sentarme, con un mínimo de paz y de tiempo, para escribir sobre mi experiencia en la Javierada de la tarde del pasado sábado 11 de marzo. Las ideas y las sensaciones vinieron, no obstante, a mi mente y a mi corazón en las cerca de dos horas marcha y en la Eucaristía en la explanada remodelada del castillo de Javier.

En el viaje de vuelta hubo tiempo y espacio también para la meditación, la interpelación y el cambio de impresiones sobre esta hermosa y gozosa experiencia de fe y de Iglesia, que son las Javieradas. Y durante estos días me han acompañado como música permanente de fondo


Pero, ¿que son las Javieradas?

Antes de que hilvane mi testimonio y para quienes no sepan exactamente de que estoy hablando, les diré que las Javieradas son las marchas a pie y en oración -con el Vía Crucis como plegaria central e hilo conductor- y que cada año se celebran en Navarra, entre las localidades de Sangüesa y Javier. Tras los siete-ocho kilómetros de camino, en la explanada del castillo donde naciera San Francisco de Javier, se oficia una Eucaristía de campaña y al aire libre, participada por miles de personas.

Las Javieradas expresan la dimensión peregrina e itinerante de la condición humana y cristiana. Reflejan también la realidad de cruz, de esfuerzo y de penitencia, que siempre conlleva la existencia. Tienen como destino la memoria de uno de los santos más grandes de la historia del cristianismo y de la entera historia de la humanidad: San Francisco de Javier. Son una espléndida ocasión para la profesión de fe y para la visibilización de la pertenencia eclesial. Son hontanar de gracia y magnífico dispensario sacramental.

Y, si se viven de verdad, las Javieradas marcan siempre el camino de un más allá, de un más lejos, de un mejor y mayor seguimiento y testimonio de Jesucristo.


Notas previas al margen

Dicho esto, definidas y descritas a "mi modo" las Javieradas, querría añadir también unas notas al margen -notas personales y previas- para, a renglón seguido, invitar a nuestros lectores a que prosigan en la lectura de este texto, a pesar de su extensión, en la confianza de que al final del mismo lo entenderá todo mejor... Así lo espero.

Hice el viaje en el día desde mi Sigüenza natal y el mejor de los lugares para mi fin de semana. Son 250 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta los que separan Sigüenza de Sangüesa, ciudades a las que no sólo les une la diéresis..., sino también el hecho relevante de que de ambas parten muy similares marchas de oración y de religiosidad popular. Desde 1965, el segundo domingo de mayo, en Sigüenza arranca a las 9 de la mañana la Marcha de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara hasta el Santuario de la Virgen de la Salud de Barbatona. Es marcha también a pie y en oración. La distancia entre Sigüenza y Barbatona es de unos siete kilómetros, los mismos que hay entre Sangüesa y Javier.

Y añadiré algo más: un tío mío vivió una decena de años en Sangüesa y yo, en mi infancia, pasé un verano en esta localidad navarra, junto a él y a su familia.

Sangüesa es ciudad –calculo que de unos cinco mil habitantes- que atraviesa caudaloso el río Aragón y que atesora una de las más bellas portadas del románico español en su Iglesia de Santa María la Real. Recuerdo que aquel verano íbamos a Misa a la céntrica Iglesia de los Capuchinos y que las referencias a Javier y a las Javieradas eran muy constantes. Hasta diríase que formaban -y, por supuesto, forman- parte de la identidad de los habitantes de Sangüesa y de toda Navarra.

Después, con el paso de los años, he regresado muchas veces a Navarra, particularmente a Leyre, Javier y La Oliva. Y he acompañado en alguna ocasión a un amigo del alma misionero cuando, de regreso temporal y estival a España, no quiere retornar a Brasil sin visitar Javier, la cuna del patrón de las misiones.

Todo ello me ha hecho siempre cercana y querida Navarra y, sobre todo, Javier. Y mi experiencia de la infancia hizo que a mi vuelta de aquel verano de, aproximadamente, el año 1970 me atreviera a bautizar a nuestras Marchas diocesanas a Barbatona como "Barbatonadas"... Y, aunque reconozco que el término, muchos años después, no ha hecho más fortuna que en mi familia, estoy dispuesto a reivindicarlo y a intentar consagrarlo porque ambas experiencias religiosas son muy parecidas y porque estoy convencido de que las de mi tierra nacieron del calor de la experiencia navarra y de que ambas son oportunidad que merece la pena y que nuestra Iglesia debe aprovechar e intensificar cada vez más.

Que, al fin y al cabo, son muchos los miles que personas que se congregan; que son muchos los cientos que se confiesan y comulgan; que son tantos -hasta casi todos- los que rezan y se confían en el Dios de misericordia y de la providencia, a través de Francisco de Javier, en Navarra, y a través de María Santísima bajo el título de la Salud, en mi tierra. Que, al fin y a la postre, no andamos demasiados sobrados de acontecimientos como éstos.


Una fecunda y añosa tradición

Retomando ya el verdadero sentido de esta crónica, de esta memoria, preciso será quizás contextualizar e historiar un poco más y un poco mejor la experiencia a glosar.

A finales del siglo XIX, tienen lugar las primeras y ocasionales marchas a pie desde Sangüesa y desde otros puntos de Navarra hasta el castillo de Javier a fin de venerar al santo nacido allí el 7 de abril de 1506, hace ahora, pues, 500 años. A partir de 1940, las Javieradas nacen formalmente. Eran tiempos de rearme espiritual y de penuria material.

Las Javieradas se establecen como las marchas a pie y en oración desde Sangüesa a Javier en el primer y el segundo domingo de marzo, coincidiendo con la Novena de la Gracia en honor del santo. Es la novena que discurre entre los días 4 al 12 de marzo y que conmemora la fecha de la canonización, en 1622, de este navarro universal. En los días de la novena, además, se promueve peregrinaciones sectoriales y particulares y todo este culto se encamina a los dos ya citadas grandes Marchas. Quiero recordar que la primera estaba destinada, sobre todo, a los varones y la segunda, a las mujeres. O algo así. Más o menos, que tampoco es esto lo que ahora más importa. Eso sí, y en cualquier caso, ambas revestidas, ante la crudeza posible de la estación invernal en que se hallan emplazadas, de un marcado carácter penitencial.

Las Javieradas enseguida se hicieron populares, multitudinarias y sentidas. Y estoy persuadido que buena de vigor antaño del catolicismo navarro, con grandes frutos misioneros y vocacionales, se debía, en alguna proporción, a las Javieradas.

A partir de los años noventa, se decide que la segunda Javierada sea en la tarde del segundo sábado de marzo y que las dos tengan un carácter general, una convocatoria unitaria para todo el pueblo santo de Dios. Fue entonces, en 1994 y 1995, cuando, por fin, pude participar en las Javieradas: en la matinal de 1994 junto a alumnas y religiosas del Colegio "Cristo Rey" de Madrid, del que soy capellán, y en 1995, junto a un amigo, como ha sucedido ahora con otro, en 2006.


Pueblo de Dios en marcha

Desde mi experiencia de peregrino en tres ocasiones de las Javieradas, transmito con gozo y con esperanza que valen la pena y que son hermosas y gratificantes. Son imagen del pueblo de Dios en marcha. Han calado con hondura y vigor en el alma de los fieles. Reavivan las señas de identidad de los navarros y de los peregrinos llegados de otros tantos lugares. Las Javieradas son ya algo que pertenece a su historia, a su DNI y ADN humano y cristiano. Son “algo” que no sólo hay que vivir, sino también transmitir como antorcha del relevo generacional de la fe.

En tiempos de creciente y hasta imparable secularización, en tiempos de relativismos y de pensamientos y conductas débiles e incoherentes, ¿qué mejor que fortalecer las propias raíces, que robustecer la propia identidad, que ofertar razones y sentimientos para sabernos miembros de un pueblo, de una familia, de una historia ungidas como la de Javier?

Las Javieradas, con sus marchas a pie y en oración, visibilizan además la índole peregrina de la condición humana y de la Iglesia. Son metáfora de este camino que es la vida, camino en búsqueda de sentido y de verdad. Las Javieradas son marchas que tienen meta: la llegada a Javier, la participación gozosa en su Eucaristía festiva y masiva, la posibilidad de acceder más fácilmente al sacramento de la Reconciliación y el encuentro en convivencia con los otros peregrinos.

"Caminaré en presencia del Señor" rezaba el salmo responsorial de la misa vespertina del II domingo de cuaresma, la misa de la tarde del sábado 11 de marzo. Las Javieradas son, sí, caminar en presencia de Señor en el país de la vida, de esa misma vida que construye y sirve la Iglesia, nuestra Iglesia, pueblo santo de Dios.


Peregrinar y buscar

Peregrinar en las Javieradas, participar en ellas, proporciona al creyente y al buscador renovados motivos para afianzar su fe y su pertenencia eclesial. Se descubrirá peregrino entre peregrinos, buscador entre buscadores, heredero entre herederos de ese país de la vida, que nos anticipa la mesa de la Palabra y de la Eucaristía.

Pero es más todavía: peregrinar en las Javieradas nos mostrará a los otros peregrinos y nos desvelará su rostro y su faz: no son sólo adultos, no son sólo religiosas y curas, no son sólo algunos escasos jóvenes seminaristas, no son sólo mayores, todavía con salud y con algo de nostalgia. Son todos: son familias al completo, son numerosos grupos de jóvenes, son adolescentes, son matrimonios, son imposibilitados, son laicos, son clérigos, son consagrados.

Hablan las crónicas que en la primera Javierada de 2006 hubo unos 12.000 peregrinos y en la segunda, entre 18.000 y 20.000. No lo sé, pero a mi me parecieron más, muchos más, y, sobre todo, me parecieron tantos y tan variados.

Sí, sí, ya sé que esto no es lo definitivo. Ya sé que se juntan una amalgama de motivos, razones y reclamos para hacer la Javierada. Pero, ¿qué pasa? ¿Sólo vale lo químicamente puro? Sí, sí ya que sé que la megafonía en el centro de la marcha apenas se escuchaba y al no poder seguirse el rezo unitario del Vía Crucis, se escuchan otras conversaciones particulares... Lo sé. Pero, menos da una piedra y menos dan tantos de los desiertos de otras tantas de nuestras convocatorias e iniciativas.


El Tabor de Javier

El peregrino se pone en camino. Sale de sí mismo y de sus seguridades. Se arriesga a hacer el camino, aun cuando amenace la lluvia, el viento o el frío. Se desposee de tantas de sus certezas, autosuficiencias y comodidades. Y sabe que el camino sólo se hace al andar y andando.

Y que lo hace porque cree en el sentido de su peregrinación y se abre a su novedad, a su sorpresa y a su gracia. El peregrino se pone en camino con alma y corazón de buscador. Y espera el encuentro, el hallazgo y la meta. Y la gracia.

La misa vespertina del sábado 11 de marzo era la misa del ya referido segundo domingo de cuaresma, la Misa del evangelio de la Transfiguración del Señor. Dice la tradición que ésta fue en el monte Tabor, en el corazón de Galilea, en la altura hermosa del valle y llanura del Esdrelón, la tierra fecundada y fertilizada por Dios.

Javier era el pasado 11 de marzo Tabor. Era un Tabor para el encuentro. Era un Tabor para la transformación. Era un Tabor para contemplar a Jesucristo Transfigurado, en su Persona, en su Eucaristía y en su Cuerpo, que es la Iglesia, esa Iglesia tan viva allí presente

Era un Tabor para, después, regresar al valle y a la llanura de la vida. No para quedarse allí extasiados. Al igual que Jesús previno a los tres apóstoles que le acompañaban en el aquel día de luz en el Monte Santo, lugar donde siempre habita la divinidad.

Esto es, el Tabor de Javier se debe complementar con el Esdrelón -el valle y la llanura- del vivir como cristianos cada día y todos los días. Pedro, Santiago y Juan necesitan del Tabor para contemplar a Jesucristo Transfigurado y que esta contemplación fortaleciera sus vidas y sus testimonios. El Tabor debía robustecer sus ánimos ante la inminencia de la Pasión.

Los peregrinos de Javier deben también disfrutar de las Javieradas. "¡Qué bien se está aquí!". Deben contemplar el rostro resplandeciente del Señor y de su Iglesia. Y deben asimismo llenarse de la fortaleza precisa para después, en el vivir de cada día, testimoniar lo que han visto, lo que han oído, lo que han vivido y experimentado.

Y es que las Javieradas no terminan en Javier. Javier es un alto gozoso en el camino. Es una meta volante. Javier debe transfigurar las vidas de sus peregrinos para que luego ellos -los peregrinos de Javier- transmitan y reflejen el resplandor de esta luz.

Los peregrinos de Javier -como afirmara en su bella y vibrante homilía el arzobispo de Pamplona, monseñor Fernando Sebastián Aguilar- no puede ser sólo cristianos del Tabor y del qué bien se está aquí. Deben serlo del Tabor y del Esdrelón para subir a la Jerusalén cotidiana. En el Tabor de Javier encontramos a Jesús. Es el camino del verdadero y único progreso humano. Él es el Progreso. Y de Javier, de esta visión, volverán, radiantes, a ser sus testigos.

De ahí, la importancia pastoral de las Javieradas. Claro que no basta sólo con el "fogonazo" de la peregrinación y de la participación en la fiesta. Javier continuaba y hasta comenzaba cuando Javier acababa... Pero, ¿y si Javier no llega y no empieza nunca?


¿Y por qué Javier?

¿Y por qué Javier? ¿Y por qué en mi tierra Santa María de Salud? ¿Y por qué en otros lugares sus advocaciones marianas o sus santos propios? Porque son testigos de Jesús, el Camino, la Verdad y la Vida, la Luz y la Sal, el Buen Pastor, el Amigo, la Resurrección y la Vida, el único Redentor del hombre.

Pero si todavía se preguntara más en concreto las razones por las que tanto atrae el santo navarro, la respuesta sería fácil y gozosa. En Javier -en Francisco de Javier, para ser precisos- encontramos a uno de los cristianos más extraordinarios de todos los tiempos. Francisco de Javier era de noble cuna, buen estudiante, mejor deportista, atrayente mozo, dotado de magníficas cualidades humanas. Se prometía y le prometían un futuro maravilloso. Era, sí, cristiano recio y seguro, pero quizás tibio o mediocre o del montón. Quería ganar el mundo. Estudiaba en París y pensaba ponerse el mundo por montera..., aunque quizás nunca supuso en qué manera y en qué medida se lo pondría.

En plena juventud, el Dios que siempre nos busca y siempre nos ama y siempre quiere de y para nosotros lo mejor, se le hizo el encontradizo en un Colegio parisino. Allí conoció a un vasco, Íñigo todavía de nombre y pronto Ignacio. E Íñigo entabló con él una profunda amistad, conmovedora amistad, sincera y exigente amistad. Le decía y le repetía hasta machaconamente:

-- "Francisco de Javier, ¿de qué te sirve ganar el mundo, si pierdes tu alma?"

Y Francisco de Javier se rebelaba, se resistía, mientras la gracia iba haciendo, por dentro, el trabajo. Y empezó a conocer de verdad a Jesucristo y entonces su corazón empezó a vibrar y a arder con divina impaciencia. Formó parte de los primeros discípulos de Íñigo -ya Ignacio- y en Montmatre, en París, se consagró -nunca mejor dicho- en la Compañía de Jesús.

Se hizo cura. Se hizo cura por Cristo y por los demás. Y entonces sí que se le hizo pequeño el mundo, sí que entendió como ganar el mundo. Y se lanzó a los mares y a la rosa de los vientos. Ardía su corazón de ansías y ardores evangelizadores. Y en India y en Japón dejó sembrado el evangelio. Y en las puertas de China continental, con tan sólo 46 años, ganaba definitivamente el mundo y salvaba, sobre todo, su alma.


¿Y quién es Javier?

Han pasado cinco siglos y Javier, Francisco de Javier, el divino impaciente, el patrono de las misiones, el patrono de Navarra, sigue vivo, presente y fecundo en medio de nosotros. Si hubiese ganado el mundo, con sus fuerzas, con su sabiduría, con su simpatía, ¿quién se acordaría ahora de él? ¿Quién vendría hasta su castillo, hasta su pila bautismal, hasta su pueblo?

Pero Francisco de Javier ganó el mundo desde Dios y salvó su alma. Y, por ello, sigue presente, interpelador y ardiente. Porque Francisco de Javier es un espejo del evangelio. Un espejo donde contemplar las claves verdaderas del cristiano: la vida intensa de oración y de cruz, el encuentro transformador con Jesucristo, la gozosa pertenencia y comunión eclesial y el ardiente testimonio misionero como expresión necesaria de un amor que debe ser conocido, transmitido y amado.


La respuesta: Jesús, sólo Jesús

Cuando en la noche del pasado sábado 11 de marzo yo regresaba de Javier, me preguntaba, una vez más, como contribuir a la revitalización de nuestra Iglesia, cómo rearmar nuestra fe, cómo hacer más creíble nuestro testimonio, cómo desperezar a nuestras comunidades, a mí mismo y a nuestra entera acción pastoral. En definitiva, cómo caminar siempre en la presencia del Señor y hacer que el Tabor de Javier sea Tabor, Esdrelón y Jerusalén de todos y cada uno, para hoy y para siempre.

Y pensaba: mira a Javier, mira a Francisco de Javier. Y entonces contemplaba a su Cristo crucificado del castillo donde nació. Aquella imagen que sangró el 3 de diciembre de 1552 cuando Francisco ganaba definitivamente el mundo y salvaba su alma. Y me decía: es Jesús, sólo Jesús quien nos da las fuerzas, los argumentos, los planes, los programas, las acciones, las estrategias, el ardor y la impaciencia. Es Jesús, sólo Jesús. Él es el secreto de Javier. Él es la respuesta Y Él debe ser el secreto y la respuesta de los peregrinos de Javier y de todos los que desde el bautismo llevamos el nombre de cristianos. (Jesús de las Heras Muela – Director de ECCLESIA)






Compartir en Google+




Reportar anuncio inapropiado |

Another one window

Hello!