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No todo el que me dice Señor, Señor...
Tiempo Ordinario
Mateo 7, 21-27. Tiempo Ordinario. El hacer la voluntad del Padre, que es el amor, tiene que ser el camino a seguir de todo cristiano.


Por: P Alberto Ramírez Mozqueda | Fuente: Catholic.net




Del santo Evangelio según san Mateo 7, 21-27

No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; apartaos de mí, agentes de iniquidad! Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina.


Reflexión


¿Cuándo ha sido más fácil ser cristiano, en los años anteriores o el día de hoy? Yo creo que ser cristiano no ha sido fácil nunca y no puede serlo, porque nuestra fe de cristianos nos invita, nos alerta y nos exige una elección constante cada día que no es fácil definitivamente en el momento que vivimos.

Algo ha fallado en la educación de las nuevas generaciones que no son capaces de elección, de búsqueda y de compromiso. Los adultos y las nuevas generaciones no quieren compromisos de por vida. Los contratos entre los hombres y entre las instituciones no se hacen ya a largo plazo, algo pudiera fallar en el camino, y es mejor un contrato corto. Los empleados son contratados por las compañías precisamente a plazos, de manera que cuando se llegue el tiempo aquellos no tengan que reclamar derecho de antigüedad. No se diga para el matrimonio, para formar pareja. Hoy se dice vamos a conocernos, vamos a tratarnos, y si todo sale bien, nos uniremos... pero ese conocerse, ya juntos, parece que se prolonga y se prolonga, llegan los hijos y los cónyuges siguen preguntándose si serán felices juntos. Y aún para las cosas de la fe, dudamos y no nos decidimos. Me acuerdo que en mis primeros años de sacerdocio, un día fui llamado de emergencia a atender a una pareja que había sufrido un accidente en carrera. Resultó que el matrimonio eran gente muy conocida, porque el marido había sido compañero de trabajo de mi papá. Los esposos estaban en medio de un trajín muy grande, pues los estaban preparando para trasladarlos a un hospital que tuviera todos los requerimientos para su tratamiento. Me acerqué entre el barullo de médicos y enfermeras y pude confesar a la señora. El señor, se veía bastante, bastante mal, me acerqué me identifiqué como hijo de su compañero de trabajo y le propuse que pudiera confesarse y recibir a nuestro Señor para ser confortado en su enfermedad. Él se quedó bastante tiempo pensativo, y luego me dijo: “Hay, padrecito, esas cosas hay que pensarlas con calma... yo te aviso...”.

Pero ante esta situación Cristo que tiene mucho que ofrecer, porque arriesgó mucho, su propia vida en lo alto de la cruz, exige una respuesta pronta, eficaz, profunda, personal y duradera: “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Ese hacer la voluntad del Padre tiene que ser el camino a seguir, la labor, la tarea constante a seguir de todo cristiano.

Y la voluntad del Señor es el amor, el amor descarado y sin disfraces a todos los que nos rodean, hasta constituir una humanidad donde haya oportunidad para todos los hombres y todos tengan la posibilidad de una condición de hijos de Dios. Cala mucho en el ánimo ver señoras que entran a Misa con un buen medallón de oro colgado al cuello, mientras en la puerta se apiñan los indígenas y los pordioseros que no tienen un miserable techo donde hacer vida común.

Por eso hay que considerar bien, pero muy bien, la sentencia de Cristo: “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos”. Se trata de la propia salvación, del destino final, de vivir para siempre en el seno de amor de ese Dios Trino que recordábamos hace ocho días. Y se trata entonces de aquella misma disyuntiva que planteaba Moisés a su pueblo cuando publicaba solemnemente la voluntad de Dios contenida en las tablas de la Ley: “Miren, He aquí que yo pongo hoy delante de ustedes la bendición y la maldición. La bendición si obedecen los mandamientos del Señor su Dios, que yo les promulgo hoy: la maldición si no obedecen los mandamientos del Señor, su Dios y se apartan del camino que les señalo hoy, para ir en pos de otros dioces que ustdes no conocen”.

Y este es el peligro del hombre de hoy, alejarse, ignorar, desconocer al Dios verdadero para ir en pos de idolillos que no tienen consistencia y no pueden salvar. Así aparece hoy el culto al cuerpo, a la belleza, a la juventud, a lo nuevo, a lo que brilla, y quiere deshacerse pronto de todo lo que estorba, niños deficientes, ancianos que ya lo dieron todo, enfermos sobre los que no se prevé una pronta recuperación. Con sentido práctico, hay que eliminarlos, y que se queden los sanos, los jóvenes, los bellos, los afortunados, los privilegiados. Fuera los pobres y las naciones pobretonas y las que traen problemas, acribillarlas, acabarlas para que florezca “una nueva humanidad”.

Cristo llama a la cordura, a la sencillez, a la adhesión, al compromiso, a la aceptación del mensaje, pero desde dentro, y movidos por el mismo amor que Cristo y el Espíritu Santo nos han mostrado, para no caer, y ahí estamos incluidos todos, predicadores, exorcistas, sacerdotes, obispos: “Señor, Señor, ¿no hemos hablado y arrojado demonios en tu nombre y no hemos hecho, en tu nombre, muchos milagros? Entonces yo les diré en su cara: “Nunca los he conocido. Aléjense de mí, ustedes, los que han hecho el mal”.

No estamos solos, para construir esa casa, esa mansión eterna, ese lugarcito en el regazo del Buen Padre Dios, tenemos que acogernos a Jesús y clamar con toda el alma: “Vuelve, Señor, tus ojos a tu siervo y sálvame por tu misericordia. Tú que eres mi fortaleza y mi defensa, por tu nombre, dirígeme y guíame. Sean fuertes y valientes de corazón, ustedes los que esperan en el Señor”.

 

 

 

 

 

 

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