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Juan Pablo II y el Deporte (4)
Juan Pablo II y el Deporte (4)

Discursos del Papa Juan Pablo II a los deportistas, durante el año 2000, año del Jubileo.


Por: Juan Pablo II | Fuente: www.vatican.va





A los participantes en el Maratón de la ciudad de Roma".ANGELUS. 1 de enero del año 2000.

Dirijo mi saludo más cordial a los participantes en el gran "Maratón de la ciudad de Roma", evento singular que abre el Año jubilar de los deportistas. Saludo en particular a los directivos de la Federación internacional de Atletismo, a la presidencia del Comité olímpico italiano, al alcalde de Roma y a las demás autoridades presentes.

Queridos atletas, aficionados, organizadores y responsables de esta interesante aventura del deporte, habéis escogido el primer día del año 2000 para esta cita ya tradicional.

Os bendigo de buen grado a todos vosotros, los que participáis en la competición, y también a vosotros, más numerosos aún, que tomáis parte en la carrera por las calles de la ciudad. En el alba de un nuevo año, de un año extraordinario como es el 2000, al recorrer las calles de la ciudad de Roma, os convertís en mensajeros de fraternidad y paz.

Vuestra carrera es larga y exige esfuerzo y fatiga; pero os habéis preparado para ella con entrenamientos adecuados. Lo que importa a todo corredor es llegar a la meta.

La vida se puede comparar a un maratón singular, que todos estamos llamados a correr, cada uno con modalidades y ritmo diversos. Pero a todos nos espera la misma meta: el encuentro con Cristo. Os deseo que a lo largo de este Año jubilar cada hombre y cada mujer tome conciencia del sentido y del valor de la vida, que ha de gastar al servicio de los hermanos, según el plan providencial de Dios.

Amadísimos hermanos y hermanas, ¡buen maratón! Que esta competición sea una fiesta del deporte y de la fraternidad. ¡Feliz año 2000!


Numeral 4, de la Audiencia de Su Santidad Juan pablo II a los parrocos y al clero de Roma, el jueves 9 de marzo de 2000.
4. Debéis cuidar asimismo de que el anuncio de la misericordia de Dios y la experiencia viva de su perdón lleguen, a través del compromiso concreto de los cristianos laicos, a todos los ambientes de vida y trabajo, para reafirmar la fuerza del amor de Cristo que vence las divisiones e incomprensiones y restablece relaciones más fraternas y solidarias. Ningún ambiente o situación de vida es extraño al Evangelio y al compromiso de una activa presencia evangelizadora del sacerdote y de todo bautizado.

Asimismo, debéis prestar especial atención pastoral a los jóvenes, en quienes Cristo deposita su mirada amorosa, incluso cuando se alejan de la comunidad cristiana que los ha educado en la fe y en los sacramentos. ¡Cuántos adolescentes y jóvenes de nuestra ciudad no saben que el Señor los ama y los busca, porque nadie se lo anuncia y nadie va a su encuentro con sincera amistad y fraternidad, donde ellos se hallan: en los ambientes de estudio o de trabajo, de deporte y tiempo libre, en las calles del barrio!

Esta tarea concierne en primer lugar a los jóvenes creyentes, llamados a ser misioneros entre sus coetáneos y a redescubrir, en las comunidades y en los grupos, que hay que comunicar y ofrecer a todos, sin temor y con valentía apostólica, la alegría de la fe en Cristo.

Sin embargo, no podemos olvidar que el sacerdote es por vocación evangelizador y padre espiritual de los jóvenes que el Señor le confía. Ellos tienen necesidad de encontrar en el sacerdote a un amigo disponible y sincero, pero también a un testigo que viva con alegría y coherencia espiritual y moral la propia llamada. De esta forma, se les ayudará a descubrir y acoger a su vez la vocación que da significado y valor a toda su vida.

La preparación y la celebración de la próxima Jornada mundial de la juventud es una ocasión verdaderamente providencial para renovar la pastoral juvenil e imprimir en las parroquias, los movimientos y los grupos un nuevo impulso vocacional y misionero.

Discusro del Santo Padre Juan Pablo II a la Sociedad Deportiva Italiana Lacio, el Viernes 27 de octubre de 2000

1. ¡Bienvenidos, amigos blanco-celestes del Lacio, al cumplirse cien años del nacimiento de vuestra Sociedad! No es la primera vez que tengo la ocasión de acoger en el Vaticano a atletas y socios de varios equipos. Pero no sucede con frecuencia que me encuentre con un grupo tan nutrido de miembros de una misma familia deportiva. Gracias por vuestra amable visita, que me hace revivir la atmósfera y el clima típicos de los grandes acontecimientos deportivos, impregnados de serena distensión y de alegre fraternidad.

Os saludo a todos cordialmente. Saludo a los representantes de las diversas secciones y a los asistentes espirituales. De modo especial, agradezco al ingeniero Renzo Nostini, presidente general de la Sociedad deportiva Lacio, las amables palabras que me ha dirigido en nombre de los directivos, los atletas, los deportistas, los simpatizantes y vuestras familias. En sus palabras he percibido el sentido de vuestra visita y el entusiasmo de vuestra Sociedad, la cual ha escrito en estos cien años una página muy interesante en el libro del deporte italiano.


2. En el Año santo 1900, el 9 de enero, nació una prometedora sociedad con un significativo patrimonio moral y deportivo, expresado simbólicamente con el lema latino "concordia parva crescunt", es decir, gracias a la concordia se desarrollan las realidades pequeñas. Los acontecimientos han confirmado ese antiguo axioma: a lo largo de los años, la Lacio se ha convertido en una sociedad polideportiva, en la que hay veintiocho secciones, unidas por el mismo espíritu olímpico y por el deseo de solidaridad recíproca. Estoy seguro de que este centenario, al impulsaros a redescubrir los ideales de aquel tiempo, constituirá una ocasión propicia para dar relieve también a la dimensión ético-religiosa, indispensable para una plena maduración de la persona humana. Precisamente por esto, habéis querido incluir entre las diversas manifestaciones celebrativas un encuentro espiritual en el marco del jubileo.


Me alegra citar aquí una conocida expresión del apóstol san Pablo, que se aplica muy bien a vuestra múltiple actividad, en los ámbitos aficionado y profesional: "Los atletas se privan de todo" (1 Co 9, 25). En efecto, sin equilibrio, autodisciplina, sobriedad y capacidad de relacionarse honradamente con los demás, el deportista no puede comprender plenamente el sentido de una actividad física destinada no sólo a robustecer el cuerpo, sino también la mente y el corazón.

3. Por desgracia, algunas veces en el ámbito deportivo suceden episodios que humillan el verdadero significado de la competición y no sólo afectan a los atletas, sino también a la comunidad. En particular, el apoyo apasionado al propio equipo no puede llegar nunca a ofender a las personas o a dañar los bienes de la colectividad. Toda competición deportiva debe conservar siempre el carácter de una diversión sana y relajante. De estos valores hablan los colores olímpicos -el blanco y el celeste- que distinguen vuestra bandera y que debéis contemplar siempre con una mirada aguda y penetrante como la del águila, que campea en vuestro escudo.

Queridos amigos, durante sus cien años de vida, la Sociedad deportiva Lacio ha ofrecido a innumerables jóvenes y adultos la posibilidad de forjar su personalidad con los exigentes desafíos del deporte. Lo atestiguan los muchos premios, italianos e internacionales, que han recibido atletas formados en vuestras instalaciones. Pero es justo recordar también el empeño concreto que vuestra asociación ha puesto en los vastos campos de la solidaridad y del voluntariado. A este respecto, merece una mención especial la labor realizada por vuestros socios con ocasión de la reciente e inolvidable Jornada mundial de la juventud, y la ayuda concreta prestada al jubileo de las familias.

A la vez que os expreso mi aprecio por el bien realizado, os exhorto a proseguir por este camino al servicio de la juventud, de la familia y de la sociedad entera.

Con estos deseos, invoco sobre vosotros la maternal protección de María y a todos os bendigo con afecto.

Jubileo de los deportistas, Discurso de Su Santidad el Papa Juan Pablo II, a los participantes en el Congreso Internacional sobre el deporte. Roma, sábado 28 de ocoubre de 2000.
Amables señoras y señores:

1. Con mucho gusto intervengo en vuestro Congreso internacional sobre el significativo tema:”En el tiempo del jubileo: el rostro y el alma del deporte". En espera de encontrarme mañana, en el estadio Olímpico, con todo el mundo del deporte que celebra su jubileo, hoy tengo la grata ocasión de saludaros a vosotros que, por diversos motivos, sois representantes cualificados del deporte.

Saludo a los promotores de este encuentro, en especial al presidente del Comité olímpico internacional, señor Juan Antonio Samaranch, y al presidente del Comité olímpico italiano, señor Giovanni Petrucci, y extiendo mi saludo a los diferentes relatores y representantes de múltiples entidades deportivas del mundo. Doy las gracias, en particular, a monseñor Crescenzio Sepe, que se ha hecho intérprete de vuestros sentimientos comunes, ilustrando el significado de este encuentro.

El tema que habéis elegido para vuestra reflexión centra la atención en la naturaleza y en los fines de la práctica deportiva en nuestro tiempo, que se caracteriza por múltiples e importantes cambios sociales. El deporte es seguramente uno de los fenómenos importantes que, con un lenguaje comprensible a todos, puede comunicar valores muy profundos. Puede ser vehículo de elevados ideales humanos y espirituales cuando se practica con pleno respeto de las reglas; pero no alcanza su auténtico objetivo cuando da cabida a otros intereses que ignoran la centralidad de la persona humana.

2. El tema habla de "rostro" y de "alma" del deporte. En efecto, la actividad deportiva, además de destacar las ricas posibilidades físicas del hombre, también pone de relieve sus capacidades intelectuales y espirituales. No es mera potencia física y eficiencia muscular; también tiene un alma y debe mostrar su rostro integral. Por eso el verdadero atleta no debe dejarse arrastrar por la obsesión de la perfección física, ni ha de dejarse subyugar por las duras leyes de la producción y del consumo, o por consideraciones puramente utilitaristas y hedonistas.

Las potencialidades del fenómeno deportivo lo convierten en instrumento significativo para el desarrollo global de la persona y en factor utilísimo para la construcción de una sociedad más a la medida del hombre. El sentido de fraternidad, la magnanimidad, la honradez y el respeto del cuerpo -virtudes indudablemente indispensables para todo buen atleta-, contribuyen a la construcción de una sociedad civil donde el antagonismo cede su lugar al agonismo, el enfrentamiento al encuentro, y la contraposición rencorosa a la confrontación leal. Entendido de este modo, el deporte no es un fin, sino un medio; puede transformarse en vehículo de civilización y de genuina diversión, estimulando a la persona a dar lo mejor de sí y a evitar lo que puede ser peligroso o gravemente perjudicial para sí misma o para los demás.

3. Por desgracia, son muchos, y cada vez se van haciendo más evidentes, los signos de malestar que a veces ponen en tela de juicio los mismos valores éticos en los que se funda la práctica deportiva. En efecto, junto a un deporte que ayuda a la persona, hay otro que la perjudica; junto a un deporte que exalta el cuerpo, hay otro que lo mortifica y lo traiciona; junto a un deporte que persigue ideales nobles, hay otro que busca sólo el lucro; junto a un deporte que une, hay otro que separa.

Queridos responsables, directivos, aficionados al deporte y atletas, ojalá que este jubileo del deporte os infunda un nuevo impulso de creatividad y de superación, mediante una práctica deportiva que sepa conciliar, con espíritu constructivo, las complejas exigencias planteadas por los actuales cambios culturales y sociales con las exigencias inmutables del ser humano.


4. Permitidme una reflexión más. El deporte, a la vez que favorece el vigor físico y templa el carácter, no debe apartar jamás de los deberes espirituales a cuantos lo practican y aprecian. Según palabras de san Pablo, sería como si uno corriera sólo "por una corona que se marchita", olvidando que los cristianos nunca pueden perder de vista "la que no se marchita" (cf. 1 Co 9, 25). La dimensión espiritual debe cultivarse y armonizarse con las diversas actividades de distracción, entre las cuales se incluye también el deporte.

A causa del ritmo de la sociedad moderna y de algunas actividades deportivas, el cristiano podría olvidar a veces la necesidad de participar en la asamblea litúrgica del día del Señor. Pero las exigencias de un descanso justo y merecido no pueden hacer que el fiel incumpla su obligación de santificar las fiestas. Por el contrario, en el día del Señor la actividad deportiva ha de insertarse en un ambiente de serena distensión, que favorezca el encuentro y el crecimiento en la comunión, especialmente familiar.

Expreso de corazón mis mejores deseos de éxito para vuestro encuentro y, al mismo tiempo que invoco sobre vosotros la protección de María, os aseguro mi recuerdo en la oración a todos, y de buen grado os bendigo.

Jubileo de los deportistas, Homilía de Su Santidad el Papa Juan Pablo II, el domingo 29 de octubre de 2000.
1. "Ya sabéis que en el estadio todos los atletas corren, aunque uno solo se lleva el premio. Corred así: para ganar" (1 Co 9, 24).
En Corinto, a donde san Pablo había llevado el anuncio del Evangelio, había un estadio muy importante, en el que se disputaban los "juegos ístmicos". Por eso, muy oportunamente el Apóstol, para estimular a los cristianos de aquella ciudad a comprometerse a fondo en la "carrera" de la vida, alude a las competiciones atléticas. En el estadio -dice- todos corren, aunque sólo uno gana: corred así también vosotros... Mediante la metáfora de una sana competición deportiva, pone de relieve el valor de la vida, comparándola con una carrera hacia una meta no sólo terrena y pasajera, sino también eterna. Una carrera en la que todos, y no sólo uno, pueden ganar.
Escuchamos hoy estas palabras del Apóstol, reunidos en este estadio Olímpico de Roma, que una vez más se transforma en un gran templo al aire libre, como sucedió con ocasión del Jubileo internacional de los deportistas, en 1984, Año santo de la Redención. Entonces, como hoy, es Cristo, único Redentor del hombre, quien nos acoge y con su palabra de salvación ilumina nuestro camino.
A todos vosotros, amadísimos atletas y deportistas de todo el mundo, que celebráis vuestro jubileo, dirijo mi afectuoso saludo. Expreso mi gratitud más cordial a los responsables de los organismos deportivos internacionales e italianos, y a todos los que han colaborado en la organización de esta cita singular con el mundo del deporte y con sus diversas secciones.
Agradezco las palabras que me ha dirigido el presidente del Comité olímpico internacional, señor Juan Antonio Samaranch, y el presidente del Comité olímpico nacional italiano, señor Giovanni Petrucci, así como el señor Antonio Rossi, medalla de oro en Sydney y en Atlanta, que ha interpretado los sentimientos de todos vosotros, amadísimos atletas. Al veros reunidos con gran orden en este estadio, me vienen a la memoria muchos recuerdos de mi vida relacionados con experiencias deportivas. Queridos amigos, gracias por vuestra presencia y, sobre todo, gracias por el entusiasmo con que estáis viviendo esta cita jubilar.
2. Con esta celebración el mundo del deporte se une, como un grandioso coro, para expresar con la oración, el canto, el juego y el movimiento un himno de alabanza y acción de gracias al Señor. Es la ocasión propicia para dar gracias a Dios por el don del deporte, con el que el hombre ejercita su cuerpo, su inteligencia y su voluntad, reconociendo que estas capacidades son dones de su Creador.
Gran importancia cobra hoy la práctica del deporte, porque puede favorecer en los jóvenes la afirmación de valores importantes como la lealtad, la perseverancia, la amistad, la comunión y la solidaridad. Precisamente por eso, durante estos últimos años ha ido desarrollándose cada vez más como uno de los fenómenos típicos de la modernidad, casi como un "signo de los tiempos" capaz de interpretar nuevas exigencias y nuevas expectativas de la humanidad. El deporte se ha difundido en todos los rincones del mundo, superando la diversidad de culturas y naciones.
A causa de la dimensión planetaria que ha adquirido esta actividad, es grande la responsabilidad de los deportistas en el mundo. Están llamados a convertir el deporte en ocasión de encuentro y de diálogo, superando cualquier barrera de lengua, raza y cultura. En efecto, el deporte puede dar una valiosa aportación al entendimiento pacífico entre los pueblos y contribuir a que se consolide en el mundo la nueva civilización del amor.
3. El gran jubileo del año 2000 invita a todos y a cada uno a emprender un serio camino de reflexión y conversión. ¿Puede el mundo del deporte eximirse de este providencial dinamismo espiritual? No. Al contrario, precisamente la importancia que el deporte tiene hoy invita a cuantos participan en él a aprovechar esta oportunidad para hacer un examen de conciencia. Es importante constatar y promover los numerosos aspectos positivos del deporte, pero también es necesario captar las diferentes situaciones negativas en las que puede caer.
Las potencialidades educativas y espirituales del deporte deben llevar a que los creyentes y los hombres de buena voluntad se unan y contribuyan a superar cualquier desviación que pudiera producirse en él, considerándola un fenómeno contrario al desarrollo pleno de la persona y a su alegría de vivir. Hay que proteger con esmero el cuerpo humano de cualquier atentado contra su integridad y de toda forma de explotación e idolatría.
Es preciso estar dispuestos a pedir perdón por lo que en el mundo del deporte se ha hecho o se ha omitido, en contraste con los grandes compromisos asumidos en el jubileo anterior. Estos compromisos serán reafirmados en el "Manifiesto del deporte", que se presentará dentro de poco. Quiera Dios que esta verificación ofrezca a todos -directivos, técnicos y atletas- la ocasión de encontrar un nuevo impulso creativo y estimulante, para que el deporte responda, sin desnaturalizarse, a las exigencias de nuestro tiempo: un deporte que tutele a los débiles y no excluya a nadie, libere a los jóvenes del riesgo de la apatía y de la indiferencia, y suscite en ellos un sano espíritu de competición; un deporte que sea factor de emancipación de los países más pobres y ayude a eliminar la intolerancia y a construir un mundo más fraterno y solidario; un deporte que contribuya a hacer que se ame la vida y que eduque para el sacrificio, el respeto y la responsabilidad, llevando a una plena valorización de toda persona humana.
4. "Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares" (Sal 125, 5). El Salmo responsorial nos ha recordado que para tener éxito en la vida es preciso perseverar en el esfuerzo. Quien practica el deporte lo sabe muy bien: sólo a costa de duros entrenamientos se obtienen resultados significativos. Por eso el deportista está de acuerdo con el salmista cuando afirma que el esfuerzo realizado en la siembra halla su recompensa en la alegría de la cosecha: "Al ir, iban llorando, llevando la semilla; al volver, vuelven cantando, trayendo sus gavillas" (Sal 125, 6).
En las recientes Olimpíadas de Sydney hemos admirado las hazañas de grandes atletas, que, para alcanzar esos resultados, se sacrificaron durante años, día a día. Esta es la lógica del deporte, especialmente del deporte olímpico; y es también la lógica de la vida: sin sacrificio no se obtienen resultados importantes, y tampoco auténticas satisfacciones.
Nos lo ha recordado una vez más el apóstol san Pablo: "Los atletas se privan de todo; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita" (1 Co 9, 25). Todo cristiano está llamado a convertirse en un buen atleta de Cristo, es decir, en un testigo fiel y valiente de su Evangelio. Pero para lograrlo, es necesario que persevere en la oración, se entrene en la virtud y siga en todo al divino Maestro.
En efecto, él es el verdadero atleta de Dios; Cristo es el hombre "más fuerte" (cf. Mc 1, 7), que por nosotros afrontó y venció al "adversario", Satanás, con la fuerza del Espíritu Santo, inaugurando el reino de Dios. Él nos enseña que para entrar en la gloria es necesario pasar a través de la pasión (cf. Lc 24, 26 y 46), y nos precedió por este camino, para que sigamos sus pasos.
Que el gran jubileo nos ayude a afianzarnos y fortalecernos para afrontar los desafíos que nos esperan en esta alba del tercer milenio.
5. "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 47).
Estas son las palabras del ciego de Jericó en el episodio narrado en la página evangélica que acabamos de proclamar. Ojalá que las hagamos nuestras: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!".
Fijamos, oh Cristo, nuestra mirada en ti, que ofreces a todo hombre la plenitud de la vida. Señor, tú curas y fortaleces a quien, confiando en ti, cumple tu voluntad.
Hoy, en el ámbito del gran jubileo del año 2000, están reunidos aquí espiritualmente los deportistas de todo el mundo, ante todo para renovar su fe en ti, único Salvador del hombre.
También los que, como los atletas, están en la plenitud de sus fuerzas, reconocen que sin ti, oh Cristo, son interiormente como ciegos, o sea, incapaces de conocer la verdad plena y de comprender el sentido profundo de la vida, especialmente frente a las tinieblas del mal y de la muerte. Incluso el campeón más grande, ante los interrogantes fundamentales de la existencia, se siente indefenso y necesitado de tu luz para vencer los arduos desafíos que un ser humano está llamado a afrontar.
Señor Jesucristo, ayuda a estos atletas a ser tus amigos y testigos de tu amor. Ayúdales a poner en la ascesis personal el mismo empeño que ponen en el deporte; ayúdales a realizar una armoniosa y coherente unidad de cuerpo y alma.
Que sean, para cuantos los admiran, modelos a los que puedan imitar. Ayúdales a ser siempre atletas del espíritu, para alcanzar tu inestimable premio: una corona que no se marchita y que dura para siempre. Amén.

JUAN PABLO II. JUBILEO DE LOS DEPORTISTAS.ÁNGELUS. Domingo 29 de octubre de 2000

1. En este momento de alegría no podemos ni debemos olvidar que en algunas regiones del mundo se sigue sufriendo y, a menudo, muriendo. Pienso, de modo particular, en la región de Oriente Medio.

Deseo una vez más invitar a todas las partes implicadas en el proceso de paz a no escatimar esfuerzos para el restablecimiento del clima de diálogo que existía hasta hace unas semanas. La confianza mutua, el rechazo de las armas y el respeto de la ley internacional son los únicos medios capaces de reactivar el proceso de paz. Por eso, oremos para que se vuelva a la mesa de las negociaciones y, a través del diálogo, se llegue a la anhelada meta de una paz justa y duradera, que garantice a todos el derecho inalienable a la libertad y a la seguridad.

2. Nos disponemos ahora a concluir la celebración eucarística, corazón de este acontecimiento jubilar. Hemos ofrecido a Dios el deporte como actividad del hombre orientada a su desarrollo pleno y a establecer relaciones sociales fraternas. Este altar, puesto en el gran estadio Olímpico de Roma, nos ha recordado que también el deporte es, ante todo, don de Dios.

Ahora bien, este don debe convertirse en misión y en testimonio. En el ámbito del Año jubilar, se leerá dentro de poco el "Manifiesto del deporte", para subrayar el compromiso concreto que brota de este jubileo.

Dirijo un saludo cordial a todos los deportistas de lengua francesa que participan en este jubileo, invitándolos a ser, mediante el deporte, mensajeros de paz y fraternidad, así como ejemplos de vida recta y armoniosa. Con mi bendición apostólica.

Queridos fieles de lengua inglesa que participáis en esta celebración jubilar, el deporte os ha traído desde diferentes países para buscar un interés común y las mismas metas. Vuestra pasión por el deporte contribuye a la solidaridad humana, la amistad y la buena voluntad entre los pueblos. Que vuestros esfuerzos físicos sean una parte de vuestra búsqueda de los valores más elevados, que forjan vuestro carácter y os dan dignidad y un sentido de realización, tanto a vuestros propios ojos como a los ojos de los demás. Desde la perspectiva cristiana, la vida misma es una competición y un esfuerzo en busca de la bondad y la santidad. Dios bendiga vuestros empeños y os colme a vosotros y a vuestras familias de su amor y de su paz.

Saludo cordialmente a los deportistas, a los entrenadores y a los directivos de los países de lengua alemana. La "cuestión más insignificante del mundo" se desluce a menudo por la fuerte presión de la competición. Ojalá que la meditación os infunda serenidad: la competición es sólo un juego. El deporte debe divertir y alegrar. Que os acompañe la bendición de Dios.

Saludo a los deportistas de lengua española. Os invito a dedicar vuestros esfuerzos al desarrollo de toda la persona, al fomento de la paz entre los pueblos y al logro del trofeo más preciado: recibir de Dios la misericordia y ser coronados en la gloria de Cristo.

Dirijo un saludo cordial y mi aliento a los deportistas profesionales y aficionados de los diversos países de lengua portuguesa, recordando a todos que la meta y el galardón más alto de la vida es Jesucristo. No os contentéis con menos; y subiréis, victoriosos, al podio de la eternidad.

Saludo cordialmente a los deportistas de Polonia y de los demás países del mundo. En el día de vuestro jubileo doy gracias, con vosotros, a Dios por la fuerza del espíritu, mediante la cual diariamente no escatimáis esfuerzos y superáis vuestra debilidad personal, para conquistar en noble competición el laurel de la victoria en las diversas disciplinas del deporte. Vuestro esfuerzo perseverante y la alegría de la victoria adquieren el significado de un símbolo, al que puede referirse todo el que quiera crecer espiritualmente y, de modo particular, un cristiano que, como escribe san Pablo, "compite en la noble competición" para obtener de las manos de Cristo, terminada la carrera de la vida, "la corona de la justicia" (cf. 2 Tm 4, 6-7). Que Dios os bendiga cuando deis este particular testimonio.

3. Nos dirigimos ahora a María santísima, invocando su protección materna sobre todo el mundo del deporte, para que esté siempre animado por valores auténticos y contribuya al desarrollo integral del hombre y de la sociedad.

Discurso del Santo padre, Juan Pablo II, a la Asociación deportiva de fútbol de Roma. Jueves 30 de noviembre de 2000.

1. Me alegra acogeros, queridos amigos romanistas -directivos, atletas y aficionados-, que formáis la Asociación deportiva de fútbol Roma. Os saludo con afecto y os felicito por vuestra decisión de celebrar el jubileo junto, como una gran familia.

Dirijo un saludo especial al doctor Francesco Sensi, presidente de vuestra asociación, que se ha hecho promotor de esta iniciativa espiritual, y le agradezco las amables palabras con las que ha interpretado vuestros sentimientos comunes.
Vuestra asociación ha querido tomar el nombre de "Roma" para identificarse, de algún modo, con la historia de nuestra ciudad, rica en acontecimientos gloriosos. Sabéis que es historia, en particular, de santidad: al martirio de san Pedro y san Pablo siguió el de muchísimos otros testigos; además, a lo largo de los siglos, numerosos santos y santas han nacido o vivido en Roma. Asimismo, Roma, como sede del Sucesor de Pedro, "preside la comunión de la caridad" (san Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, 1, 1).

El hecho de que vuestra asociación lleve el nombre de Roma es para vosotros, queridos amigos romanistas, un singular compromiso de vivir coherentemente la fe cristiana; una invitación a testimoniar diariamente, en vuestro ambiente, el amor evangélico. Podríamos decir que el Señor os repite a vosotros, como a todo creyente que vive en Roma, lo que dijo a san Pablo: ”Es preciso que des testimonio de mí en Roma" (Hch 23, 11).

2. A vosotros se os pide que deis este testimonio fiel especialmente en el deporte, que se ha convertido en uno de los fenómenos típicos de nuestro tiempo. El deporte interesa e implica a grandes multitudes, entre otras causas, gracias a los medios de comunicación social, y se ha transformado en un acontecimiento planetario en el que naciones y culturas diversas viven la misma experiencia de fiesta. Precisamente por eso el deporte puede favorecer la construcción de un mundo más fraterno y solidario, contribuyendo a la superación de situaciones de incomprensión recíproca entre personas y pueblos.

El deporte, si se vive de modo adecuado, se convierte en una especie de ascesis, el ambiente ideal para el ejercicio de muchas virtudes. Algunas de estas virtudes fueron subrayadas muy bien por mi venerado predecesor el Papa Pío XII: "La lealtad, que impide recurrir a subterfugios, la docilidad y la obediencia a las sabias órdenes de quien dirige un ejercicio de equipo, el espíritu de renuncia cuando es preciso sacrificarse en bien de los propios "colores", la fidelidad a los compromisos, la modestia en los triunfos, la generosidad con los vencidos, la serenidad cuando la suerte es adversa, la paciencia con el público no siempre moderado, la justicia, si el deporte de competición está vinculado a intereses financieros acordados libremente y, en general, la castidad y la templanza ya recomendada por los antiguos" (Discurso al Centro deportivo italiano, 5 de octubre de 1955).

Sin embargo, el deporte se convierte en fenómeno alienante cuando las demostraciones de habilidad y de fuerza física desembocan en la idolatría del cuerpo; cuando la competitividad exasperada lleva a considerar al adversario como un enemigo al que hay que humillar; cuando la afición impide una valoración objetiva de la persona y de los acontecimientos y, sobre todo, cuando degenera en violencia. Además, cuando prevalece el interés comercial, se puede transformar la práctica deportiva en mera búsqueda de lucro.

Otro aspecto que no hay que descuidar es que, a causa de la actual organización de las competiciones deportivas, resulta a veces menos fácil para los creyentes la debida santificación del día festivo, mientras que para las familias resulta más difícil vivir juntos momentos de útil distensión.
3. En cuanto al fútbol, se trata de una actividad que pueden practicar todos, desde los niños hasta los adultos, y que, por su capacidad de asociación, crea un espectáculo apreciado en el marco de un clima generalizado de fiesta. Por su índole popular, el fútbol responde a múltiples expectativas y ofrece un entretenimiento sereno tanto a aficionados como a familias enteras.
Sin embargo, a veces se convierte en ocasión de enfrentamientos, con preocupantes episodios de intolerancia y agresividad, y desemboca en graves manifestaciones de violencia. ¡Qué importante es entonces recordar el necesario respeto de la ética deportiva! ¡Cuán urgente es la responsabilidad de los directivos, de los atletas, de los cronistas y de los aficionados! Pienso, sobre todo, en los atletas que tienen ante sí un público, especialmente formado por jóvenes, que los ve como modelos para imitar. Con su ejemplo pueden transmitir mensajes de alto valor humano y espiritual. Al contrario, los comportamientos incorrectos causan efectos nocivos que, por desgracia, se amplifican con una resonancia negativa imprevisible. Siempre hay que ser conscientes de esto.

4. Amigos de la Asociación deportiva de fútbol Roma, que vuestro jubileo os ayude a comprender, a través de la metáfora del deporte, las exigencias de la vida del espíritu. San Pablo recuerda que la existencia es como una carrera en el estadio, en la que todos participan. Pero, mientras que en las carreras sólo uno triunfa, en la competición de la vida todos pueden y deben conquistar la victoria. Y, para poder hacerlo, es preciso ser moderados en todo, tener la mirada fija en la meta, valorar el sacrificio y entrenarse continuamente para evitar el mal y hacer el bien. Así, con la ayuda de Dios, se conquista la meta celestial.

María, a quien en la capilla de vuestro centro deportivo invocáis como Salus populi romani, os ayude en este partido que dura toda la vida; os proteja a vosotros, a vuestras familias y a todo el pueblo de los romanistas. Por mi parte, os bendigo a cada uno de vosotros y a cuantos se han unido a vosotros para esta celebración jubilar.

Discurso de Su Santidad Juan pablo II, a los miembros de la Federación Internacional de fútbol Asociado (FIFA). (FIFA). El lunes 11 de diciembre de 2000.

Señor presidente; señoras y señores:
Con gran placer os doy la bienvenida esta mañana con ocasión de la reunión del comité ejecutivo de la FIFA. Saludo al presidente, señor Joseph Sepp Blater, y a sus vicepresidentes, al secretario general señor Michel Zen-Ruffinen, a los presidentes de las Confederaciones internacionales y a todos vosotros, que tenéis la responsabilidad del mundo del fútbol, una tarea verdaderamente universal.

En efecto, el fútbol es un deporte de alcance mundial, y esto es mucho más evidente aún en la actualidad debido al gran interés popular y a la cobertura de los medios de comunicación social con que se sigue el deporte. Vuestra responsabilidad tiene una dimensión mundial, ya que más de doscientos países y ciento veinte millones de jugadores forman parte de vuestra asociación. Tenéis un inmenso poder y debéis usarlo para el bien de toda la familia humana.

Ciertamente, sois administradores; pero también sois educadores, dado que el deporte puede transmitir efectivamente muchos valores elevados, como la lealtad, la amistad y el espíritu de equipo. Es muy importante tener presente esto en un tiempo en que el fútbol se ha convertido, por decirlo así, en una industria mundial. Es verdad que el éxito financiero del fútbol puede ayudar a sostener nuevas y valiosas iniciativas, como el "Proyecto caridad" de la FIFA. Pero también puede contribuir a una cultura del egoísmo y de la avidez. Por este motivo hay que poner de relieve los valores más nobles del deporte y darlos a conocer mediante los organismos representados en vuestra federación.

Como deporte practicado por personas de diferentes ámbitos étnicos, raciales, económicos y sociales, el fútbol es un excelente medio para promover la solidaridad, tan necesaria en un mundo profundamente afectado por tensiones étnicas y raciales. La "Campaña de juego limpio" de la FIFA es un signo positivo de que queréis hacer lo que está de vuestra parte para que con el deporte se pueda crear un clima de respeto y comprensión entre los pueblos.

El deporte es educativo, porque transforma los impulsos humanos, incluso los potencialmente negativos, en buenos propósitos. Los jóvenes aprenden a desarrollar un sano espíritu de lucha, sin conflictos. Aprenden a competir en un campo, donde su adversario no es su enemigo. Por esta razón, expreso mi más viva esperanza de que la FIFA siga afrontando en todos los niveles el problema de la violencia, que tanto perjudica al deporte.

De hecho, el fútbol, tan importante para enseñar a afrontar los grandes desafíos de la vida, sigue siendo un deporte. Es una forma de juego, simple y complejo a la vez, en el que la gente siente alegría por las extraordinarias posibilidades físicas, sociales y espirituales de la vida humana. Sería muy triste si un día se perdiera el espíritu del juego y el sentido de la alegría de la competición noble. Vosotros sois los guardianes del espíritu auténtico del juego. Habéis elegido como vuestro lema las palabras: "Por el bien del juego". Sin duda, el bien del juego también puede ser una parte importante del bien del mundo. Como prenda de que el Todopoderoso os acompaña en esta tarea, invoco sobre vosotros y sobre quienes representáis los dones divinos de paz y alegría. Dios os bendiga a todos.


Audiencia general del miércoles 20 de diciembre de 2000 (saludo a la Asociación italiana de árbitro de fútbol).

Bienvenidos y gracias por vuestra visita. En varias ocasiones, durante estos últimos meses, me he encontrado con diferentes representantes del mundo del deporte, especialmente del fútbol. Vuestra presencia me brinda hoy la oportunidad de recordar una vez más la importancia de la práctica del deporte cuando se inspira en los valores humanos y espirituales. Sed siempre testigos de estos valores. También a vosotros y a vuestras familias deseo de corazón una Navidad llena de alegría y paz

Alocución del Santo Padre Juan Pablo II, a los muchachos de la Acción Católica Italiana, Jueves 21 de diciembre de 2000.

1. Amadísimos muchachos y muchachas de la Acción católica, os agradezco esta tradicional visita navideña. Cuando llegan los muchachos de la Acción católica, significa que la Navidad está cerca.
Habéis venido de dos en dos, como los discípulos de Jesús, desde diversas regiones de Italia, acompañados por un educador de cada diócesis. Os saludo con gran afecto y, de modo especial, a los mayores responsables que os acompañan.
Quizá alguno de vosotros estuvo presente en el jubileo de los niños y muchachos que se celebró el 2 de enero pasado. Ese fue el primer gran encuentro del jubileo, y recuerdo que la Acción católica trabajó mucho con vistas a esa manifestación. Ahora, queridos muchachos, hemos llegado casi al final del Año santo. Por eso, os pregunto: ¿cómo habéis vivido estos meses? Desde luego, con respecto al año pasado, habéis crecido bastante. A vuestra edad, un año más significa mucho, y los cambios se notan más. Pero, ¿podéis decir que habéis crecido también como cristianos? Vuestra amistad con Jesús ¿ha llegado a ser más fuerte y más profunda?

2. Ciertamente, la Acción católica os ha ayudado en vuestro crecimiento como discípulos de Cristo. Con vuestros grupos habéis recorrido durante este año del gran jubileo un camino aún más hermoso, más rico y más gozoso, y los frutos no faltarán. Junto con vuestros educadores y asistentes, os proponéis ser aún más misioneros, más capaces de llevar a los demás la alegría de haber encontrado a Jesús. Me alegra constatar este esfuerzo misionero, y os repito que cuento mucho con vuestra colaboración para la difusión del Evangelio en la familia, en la escuela, en el deporte, en todas partes.

Por mi parte, os acompaño con mi oración para que, como Jesús, crezcáis en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres. Esto se realizará si amáis siempre a la Virgen y os dejáis guiar por ella. El ejemplo de los pastorcitos de Fátima, Francisco y Jacinta, a quienes precisamente este año he tenido la alegría de proclamar beatos, demuestra una vez más que los niños tienen una relación especial con la Virgen María. Con su ayuda, pueden alcanzar la cumbre de la santidad.

Quisiera daros un consejo: id a Belén y llevad a Jesús recién nacido este carné, el "Número 1". Él no debe faltar en la Acción católica y la Acción católica no debe faltarle a él. Estos son los deseos que os formulo a todos.
¡Feliz Navidad!

Queridos muchachos, gracias una vez más por vuestra visita y por vuestros dones. Os bendigo con gran afecto a vosotros y a todos vuestros amigos de la Acción católica, a vuestros familiares y a vuestros educadores.
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