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Deus Ludens (1)
Deus Ludens (1)

Dios es nuestro compañero de juego.






El Dios creador del Antiguo Testamento ha jugado desde la eternidad y hasta nuestros tiempos; sus actos lúdicos se expresan en el gozo de la creación y en la bendición de la creatura que tiene como compañera de juego.

El acto creador de Dios es el juego más grande que Dios ha tenido con el mundo; una danza plenamente creadora que Dios hace por complacencia, en referencia a esto, el libro de Los Proverbios trae una clara alusión al juego de Dios antes, durante y después de la creación, que refuerza la imagen teológica del Deus ludens: “yo estaba entonces junto a él, como aprendiz yo era su encanto cotidiano, todo el tiempo jugaba en su presencia jugaba con la bola de la tierra, disfrutaba con los hombres” (Pro 8, 30-31).

El hebreo trae el verbo sachaq en la forma piel en participio y en femenino, indicando el juego de la Sabidurìa divina; sin embargo la traducción de los Setenta interpreta el acto de la sabiduría delante de Dios como regocijo en lugar de juego, como lo hace el texto de la vulgata.

El autor de Los Proverbios ha querido enfatizar la eterna y gozosa presencia de la Sabiduría con actos lúdicos. Así pues, la sabiduría que jugaba delante de Dios antes de la creación, luego con el mundo (La Bola del orbe) durante la generación de la tierra, ahora se deleita con la humanidad buenamente creada en el goce de la plena libertad.

Todo lo anterior quiere decir que el hombre es un compañero voluntario de juego, danza y alabanza ( Cfr. Sal 30,11; 149,3; 150,4; Cant. 6, 13; Jer. 31, 13; Lam. 5:15). Actos a los que el salmista frecuentemente convoca como la máxima posibilidad de regocijarse con el Creador.

Justamente, el Génesis da cuenta del cotidiano y familiar regocijo que había entre El Deus Ludens y el primer hombre liberado; cuando describe el paseo de Dios por el jardín del Edén: “Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahvéh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (Gen 3, 8). Con la frescura de la brisa en la hora de la tarde caminaba (paseaba) el creador por medio de la naturaleza, en contacto con el aire fresco y libre, para encontrarse con su compañeros de juego, y disfrutar de la vida; una actitud netamente lúdica, deportiva y recreativa.

La feliz imagen del Dios lúdico se capta además en la narración de la experiencia de Sara a quien Dios le hace reír. La secuencia literaria del la risa de esta mujer se encuentra narrada en Gen 18, 12.13.15; 21, 3.6; en donde se alcanza a apreciar el impacto emocional que produce la intervención maravillosa de Dios sobra la frágil capacidad que tiene el ser humano para comprenderla, y por consiguiente no solo reacciona riendo (Gen 18, 12) sino negando que ríe (Gen 18, 15), pero al final concluye confesando que ella no se ríe por si misma, sino que ha sido Dios quien le ha hecho reír; Sara comprende además que cualquiera que le oiga participará de esa increíble felicidad otorgada por Dios (Gen 21, 3).

En el relato, Abraham ha tenido la misma reacción risueña de su esposa, reconoce el íntimo misterio del Dios que da la risa, por eso al hijo le pone el nombre de Isaac que quiere decir: “Dios ríe”

El Dios de Adán y Eva, de Abraham y Sara, también se expresa lúdico después del diluvio cuando por su propia iniciativa le comunica a Noé y a toda su familia, y en ella a toda la humanidad, que ha establecido una promesa perdurable de no agresión, dejando como señal para toda la tierra, su arco depuesto y colgado sobre las nubes (Gen 9, 12); se trata del siempre sorprendente y maravilloso arco iris, uno de los mas hermosos juegos de Dios, con el que cada vez el hombre de todos los tiempos no solo se regocija, sino que se pacifica y tranquiliza.

Por tres veces, el relato hace recordar que Dios lo pondrá como señal de paz en las nubes.
“Yo pongo mi arco en la nube” (Gen 9, 13);
“aparecerá el arco en las nubes (Gen 9, 14);
“saldrá el arco en las nubes” (Gen 9, 15).

Con este juego multicolor, Dios apacigua los temores de la humanidad, su iniciativa denota la imagen de Dios guerrero armado con un arco; un arquero que por medio del diluvio ha manifestado su poder aniquilador, y ahora toma la iniciativa para establecer un pacto con el hombre vencido, prometiéndole paz y vida permanente.

Compartimos el comentario de Rambàn en el sentido que Dios ha puesto su arco sin apuntar hacia la tierra, pues no se dispone arrojar fuertes flechas hacia sus moradores, a la manera como los enemigos deponían sus arcos dirigiéndolos hacia ellos mismos, en señal de paz hacia sus adversarios.

El juego divino de la paz se exhibe ahora desde el cielo para recordarse así mismo de su proyecto pacificador para con la tierra y todo cuanto en ella vive y habita, y para anunciar su paz eterna.

Profesor Tomas Bolaño:trosime@une.net.co







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