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Cecilia Perrín, testigo de la vida y del amor
Cecilia Perrín, testigo de la vida y del amor
«Hay una gran diferencia entre practicar una ideología cuando todo va bien y hacerlo cuando no es así. Cuando las cosas son difíciles no es tan espontáneo creer, decir esto es Amor de Dios y seguir viviendo con esta seguridad».
Por: Dª Zaida Fernández Fernández | Fuente: Catholic.net
Por: Dª Zaida Fernández Fernández | Fuente: Catholic.net

Fuente: Libro Jóvenes Testigos de Cristo
José María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.), Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed. Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010, 360 pp.
Cecilia Perrín, testigo de la vida y del amor
Autor: Dª Zaida Fernández Fernández.
Miembro de los Focolares
María Cecilia Perrín de Buide nació en Punta Alta, provincia de Buenos Aires, el día 22 de febrero de 1957. Sus padres son Angelita y Manolo. Cecilia es la tercera de cinco hermanos. Su madre aún vive en el momento en que se hace este relato (2010). El día 10 de noviembre de 2005 se abrió el proceso de beatificación y de canonización tanto de Cecilia como de su propio padre.
A Cecilia le encantaba usar pañuelos en el cuello o en la frente a modo de diadema. También usaba cadenitas, colgantes de fantasía, anillos. Cambiaba continuamente de peinado y muchas veces se cortaba el pelo ella misma.
Había en el barrio un vecino ciego, un señor mayor. Cada vez que ella pasaba por su casa lo saludaba, hablaba un rato con él. Era afectuosa y conquistó su corazón hasta el punto que él pedía que lo sacaran a la calle a la hora que ella solía pasar, al volver del colegio, para esperarla.
Cecilia a los doce años perdió a su abuela materna. Durante el entierro se colocó al lado de su madre y le decía:
No llores mamá. La abuelita está viva. Antes vivía con nosotros, ahora vive en el Cielo.
Su madre quedó un tanto sorprendida de esta realidad tan patente para ella.
En Cecilia existía la inquietud de interesarse por los demás. Por eso, a la hora de la siesta solía asomarse a la ventana para ver pasar a las personas, las observaba y dentro de ella se preguntaba quiénes serán, qué realidad de vida tendrán detrás de cada una de ellas
Con trece años de edad conoció el Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich en 1943, al que Cecilia arrastraría más tarde a toda su familia. Esta familia fue una de las primeras que se adhirieron al Movimiento en Punta Ala y que se convirtió en sembradora de esa semilla convirtiendo su casa, de un modo natural, en un lugar de reunión espontánea, en un centro para quienes deseaban conocer y vivir la espiritualidad propia del Movimiento.
Cecilia era muy sensible, se movía con gran libertad, solía escuchar lo que su conciencia le dictaba desde lo más profundo de sí.
Todavía muy joven (quince años) tuvo algo más que amistad con un joven, Luis, con quien salía todos los sábados, en pandilla con otros amigos. Esta relación duró poco, pues Luis se fue a estudiar a la capital, a Buenos Aires. Y, si bien fue una inquietud juvenil, la verdad es que seguían teniendo contacto, pues durante los años que él permaneció fuera, mientras hacía la carrera, cada vez que volvía a casa se veían y para él esto era un apoyo muy importante.
Luis estaba en la capital cuando Cecilia empezó a salir con Carlos, compañero de colegio de un hermano de ésta. Con Carlos asistió a una Mariápolis , en la cual le dijo claramente que durante el día participaría en todos los encuentros y que al atardecer se podrían ver y comunicar recíprocamente cómo les había ido a cada uno. Carlos se quedó atónito, no entendió mucho esta actitud, pero aceptó. Fue así como éste empezó a comprender ciertas actitudes de donación, no sólo de Cecilia, sino también de toda la familia. A los diecisiete años enfermó la madre de Cecilia, hecho que normalmente hace tambalear un poco a toda la familia. Esto último es también lo que sucedió en la suya.
Carlos, su amigo, comenta. Siendo Cecilia
«tan joven se vio en la necesidad de cocinar, ordenar una casa, mantener un orden de vida de sus hermanos menores para que no sintieran la falta de la madre, ayudándoles a tomar decisiones en la vida. Estudiaba secundaria; pero, al no lograr estudiar, le quedaban algunas asignaturas. Fueron dos años muy duros para mí continúa Carlos- , pero una cosa sí puedo decir ( ): ( ) sus razonamientos me cambiaron la vida. Ella tenía muy claro que no nos podemos apoyar en las personas, en una ocasión a mí me dijo: sabes, Carlos, no te apoyes ni siquiera en mí, yo te puedo defraudar, el único que no te falla es Jesús. Esto tenlo presente para cualquier relación; proyéctala más allá de la persona en sí, porque si no, si el otro te falla, te caes, y esto Dios no lo quiere. Él nunca te fallará ¡Seguro!».
Cecilia le explicaba un día a una tía suya:
Tenemos que aprender a vivir la vida de otra forma, saliendo de uno mismo y viendo la realidad en su totalidad. Es entonces cuando las alegría y los dolores tienen la misma intensidad y lo que pasa es que a la alegría no se le da tanta importancia como al dolor.
Cecilia, realizando un gran esfuerzo, logró estudiar y examinarse, sacando notas bajas, pero aprobadas.
Una amiga suya le escribió quejándose un poco del cansancio que le producía el tran tran de la vida. Y ella le respondió con una tarjeta postal:
¿Qué hacer cuando uno ha amado hasta el cansancio? Seguir amando.
Esta respuesta fue la mejor en esos momentos en los cuales su amiga no comprendía nada.
Participó con Carlos en un encuentro de novios. Allí hicieron un análisis profundo de su relación, de sus exigencias y expectativas y, viendo que no coincidían lo suficiente como para enfrentarse a un proyecto de familia, comprendieron la necesidad de abandonar su noviazgo.
Cecilia, más tarde pudo ir a la Universidad, donde empezó tres carreras: Bioquímica, Historia y Filosofía. Pero no acabó ninguna.
En Historia tenía un compañero no católico, Roberto, con el cual, a pesar de su gran amistad, discutían siempre por cuestiones de religión. Pero ella, abierta a cuanto le decía, nunca le faltó a la caridad, si bien se le notaba que le producía tristeza.
Muy joven trabajó como preceptora en el Instituto Canossiano, dando clases de religión y destacando por su humildad y sencillez. A alguna compañera que le comentaba problemas del colegio, en una ocasión le dijo:
Mira, nosotras sólo tenemos que hacer una cosa, incendiar de Amor este lugar, los problemas, las situaciones laborales, Dios se encargará de ponerlas en claro.
Era una de las profesoras más jóvenes, le gustaba vestirse bien, ir a la moda, solía llevar dos bufandas mezcladas que le daban un toque de armonía y modernismo.
Tenía su temario para desarrollar el curso, pero siempre estaba abierta a dejar el tema preparado y atender a aquellas necesidades que preocupaban a los alumnos, cuestiones que por razón de la edad de la pubertad siempre estaban mezcladas de confusión y de protesta. No sólo le planteaban problemas personales, sino también a nivel de grupo y de colegio. Sus alumnos la definen como una persona con una fe joven, abierta y fresca.
Al regresar Luis de Buenos Aires para establecerse en Punta Alta, volvieron a salir juntos, formalizando su relación, que duró dos años. Tras los cuales, contando cada uno de ellos 26 años de edad, se casaron, formando una familia donde el amor estaba a la base de toda relación.
A los seis meses de casados, se quedó embarazada, cosa que les llenó de júbilo, teniendo la plena conciencia de que un hijo es alguien a quien Dios quiere traer al mundo valiéndose del amor de dos personas.
A los tres o cuatro meses de este gozoso acontecimiento, a Cecilia le salió una pequeña llaguita en la lengua, comenzando así días de muchas consultas, análisis y tratamientos. Pero éstos resultaban algo complicados de realizar por razón del embarazo. Cada situación la vivían con mucha paz, ayudándoles a descubrir la alegría de vivir el momento presente y ella agradecía a Jesús el permitirle experimentar lo que es la Vida y cómo vivirla.
Una cosa tenía clara, que después de exigirle al médico que le dijese la verdad de su estado, no quería perjudicar a la criatura en gestación con tratamientos violentos, quería hacer la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias. Se apoyaba como sobre cuatro pilares: su profunda fe; su amor a Jesús crucificado y abandonado, que pone en acción la obra de la redención; el afecto de su marido, familiares y amigos; y la fuerza de la unidad con quienes compartían su Ideal.
Más tarde supo que lo suyo era irreversible y que debería permanecer en la capital el tiempo que fuera necesario. Por esta razón alquilaron un pequeño apartamento. Los padres, para estar cerca de ella y acompañarla, también se trasladaron a Buenos Aires, donde vivía la otra hija.
A pesar de la enfermedad vivían con ilusión la llegada del bebé, cuya vida trataba siempre de proteger, conscientes de que pasase lo que pasase, todo era amor de Dios.
Le propusieron hacer una operación, pero como la consecuencia era que la alimentación que le iban a suministrar no era suficiente para el desarrollo del bebé, la descartaron. Luego le propusieron un aborto terapéutico, idea que tanto ella como su marido desecharon, en consonancia con sus principios de fe. De aquí que algunos médicos se quedaron perplejos al ver la aceptación del alto riesgo que corría la vida de la madre.
En uno de estos momentos, Luis, su marido, que siempre trató de mantenerse en pie, dijo:
«Hay una gran diferencia entre practicar una ideología cuando todo va bien y hacerlo cuando no es así. Cuando las cosas son difíciles no es tan espontáneo creer, decir esto es Amor de Dios y seguir viviendo con esta seguridad».
Cecilia tenía momentos duros, lloraba. En una conversación con su hermana María Inés, le decía: Y mi hijo ¿va a tragar todo este dolor, esta angustia? ¿qué le estoy dando yo a mi hijo?
La hermana le responde con toda serenidad: Le estás dando la clave más preciosa para hacer feliz al otro, que es la vida que genera el amor al dolor, al crucificado. Esto la tranquilizó, aunque estaba sumergida en una gran incertidumbre, en una paradoja. Por una parte, una fe absoluta, por otra, la duda: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
La enfermedad seguía avanzando, era necesario aumentar la radiación, por lo que se decidió adelantar el nacimiento del bebé mediante cesárea. Nació una niña, María Agustina, pero con alguna complicación respiratoria, debiendo permanecer varios días en la incubadora.
Cuando la niña tenía ya cuatro meses, madre e hija se fueron a su casa. Cecilia, viendo a la niña, no cesaba de repetir: Es un regalo que Jesús nos hizo. Bañarla, cambiarla, la llenaba de satisfacción. Durante todo el tiempo disponible, disfrutaba de ella, de la gorda (como la llamaba).
Eran los últimos meses del año 1984, Cecilia había tenido relación con Margarita Bavosi , que estaba muy, muy grave. Por eso fueron días en los que repetía: Recuerdo mucho a Luminosa, sé que su enfermedad ha empeorado y ofrezco este dolor por ella. ¡¡No te puedes imaginar cómo siento que somos una familia!!
Se intentaron distintos tipos de experiencias médicas. Al salir de una de estas curas, la hermana de Cecilia la ve resplandeciente, feliz, y le pregunta que había pasado. La respuesta fue: Hoy por primera vez pude decir a Jesús un Sí con todo mi ser. Creo en su Amor más allá de todo y todo esto es Amor de Él. Ella encontraba en el amor de Dios detrás del incomprensible sufrimiento de su enfermedad. Amor que la fortalecía y la llenaba de paz y serenidad.
Cecilia, en su última fase, estaba pendiente del hecho de no poder hablar bien, de que estaba hinchada y fea. Y, a pesar de que sabía que todo eran cosas vanas y que no le importaban demasiado, sí sentía el temor de perder sus apariencias, tanto es así que ella siempre hacía ver el lado de su cara donde no se veía la destrucción de la barbilla y del maxilar.
Se ponía un pañuelo a juego con el camisón, así demostraba una cierta armonía y despistaba a los visitantes. Sabiendo esto, es decir, que le gustaba que la vieran arreglada y bien compuesta, adquiere más fuerza y peso esta experiencia-diálogo con Jesús, que ella misma cuenta en una carta que escribió una de las veces que entró en la clínica:
Quiero ser como Tú quieras, tener la personalidad que Tú quieras, ser como tú quieras que sea con quien esté a mi lado, tener la belleza que Tú quieras que tenga, . Un psicólogo me preguntó si veía esta enfermedad mía como una injusticia, le contesté que no lo sabía y, al darme cuenta de que me compadecía de mí misma, le pedí perdón a Jesús y fuerzas para poder mantener una actitud nueva para que todo esto que me pasa no lo vea como injusticia, sino como luz y gozo para quienes seme acerquen.
Escribe gran cantidad de cartas en las que comunica a sus familiares y amigos su estado de salud. De una, escrita a una amiga suya, entresacamos:
Si tuviera que contarte cómo vivo todo este tiempo, no podría, porque todavía no lo sé. Hay mucho dolor, mucho aprendizaje, mucho darme cuenta de la superficialidad que hay en mí. De lo que estoy segura es que esto es Amor de Dios, y, si bien con miedo, le pido que no cese de manifestarme qué es lo que quiere de mí .
Cada vez le costaba más hablar. Por esto escribía tanto. Haciéndolo a una tía suya, entre otras cosas, le decía:
« Te puedo decir que sí ¡soy feliz!, que doy mi vida para que el amor de Dios se manifieste en todos nosotros y en cada uno a su manera. Gracias por los regalos, ahora la gorda duerme, se porta muy bien, duerme toda la noche y ya empieza a hacer monerías. Los pañales que nos mandaste nos vienen que ni al pelo, ya no teníamos ninguno ni tampoco el dinero para comprarlos Mamá está muy bien, volviendo a recordar su tiempo de biberones y cambios de pañales. Nos acompañan mucho la gente del Movimiento, todos los días hay alguien que viene a estar y hacer lo que haga falta. Luis está muy bien, creciendo, como todos, en esta nueva experiencia».
A una prima suya le dice:
... No sé qué querrá Jesús para el futuro, lo que sí sé es que me hizo conocerlo y quererlo como nunca lo habría pensado. Vale todo lo vivido y todo lo que aún tenga que vivir por haber descubierto lo que descubrí el dolor es solamente un camino para llegar a Él. Yo te aseguro que lo vivo así.
Un día un sacerdote le dijo que el cristiano no tiene que preguntarle a Dios el porqué de lo que sucede, sino el para qué, y que no importa tampoco que se vive, sino cómo se vive. Ella se dice para sí:
Haciéndolo con este sentido comprendo que no importa si lo vivido es agradable o desagradable humanamente, ya que se vive la vida tal como Jesús la presenta en cada momento.
A un alumno de quinto curso le contesta a una carta suya y, entre otras cosas le dice:
He sabido que tuviste problemas como consecuencia de unas preguntas que hiciste. Mira, yo quiero asegurarte que no te pares si las respuestas no te satisfacen, la vida fue creada para aprehender, igual a tomar. Por ello toma de la vida lo que ella es. Preguntando es como se sabe la verdad, pero hay que dar por supuesto que el otro es limitado y que si no te satisface la respuesta no es culpa suya, la puedes buscar en otro lado, no para certificar la propia idea sino para encontrar la verdad, y no importa quién la tiene, lo importante es descubrirla y seguir adelante con autenticidad. No nos podemos quedar en la ignorancia, esto sería mediocridad, el hombre está hecho para vivir, para dominar la vida. Unas veces tendrás razón, otras no, lo importante es que venga a la luz la verdad .
Ella tomó conciencia de que iba a morir. A su marido le escribe:
He realizado mi mayor sueño: ser tu esposa, quiero que sepas que le pido a Jesús la vida en esta tierra, por ti, para hacernos santos juntos, para educar a nuestra hija juntos, para que sea la mujer que Jesús quiere también le pido a Jesús que me ponga guapa para ti. Tengo unas ganas inmensas de que llegue ese día .
A una persona del Movimiento de los Focolares decía:
En estos últimos días Jesús me ha hecho sentir cosas nuevas, como, por ejemplo, el desapego de Luis, de Ma. Agustina y luego el desapego de mí misa, sentí que es lo mismo vivir que morir, si bien confieso que hubo momentos en los que creí que morir era más fácil que vivir .
A un hermano:
Se me cierra la garganta y, a veces, se me hace dificultoso el respirar esto me hace tener muy presente a Luminosa; entonces aprovecho, lo ofrezco por ella y también le pido a su ángel de la guarda que nos ayude .
Cecilia, siendo consciente de que se acercaba su dies natalis , a su marido le confesó: Espero que te cases pronto, por ti y por Ma. Agustina . Luis no llegó a comprender estas cosas, porque el amor que les unía era muy grande. Todo era un juego de muerte-vida. La enfermedad y todo eso era muerte, pero lo que ella transmitía era vida, esa Vida que ella había descubierto en Dios. Por eso, al terminar la quimioterapia buscó otro tratamiento, pues amaba la vida, sobre todo para dedicarse a su marido y especialmente a su niña.
Un día estaba sentada en la cama y llamó a su hermana María Inés, a quien con un hilo de voz le dijo: ¡Qué equivocada viví hasta ahora! A lo que le contestó: Pero ¿qué estás diciendo, Ceci? Cecilia bajó la cabeza y todos se quedaron un tanto extrañados, porque siempre habían admirado su entereza, era una mujer realizada, que amaba y era amada, por su esposo, su hija, sus alumnos, su familia, sus amigos, todos. Luego supimos, al conocer su diario, que ese día escribió:
Hoy pensaba que había vivido hasta ese momento sabiendo sí que la vida es limitada, pero actuaba como si no tuviera límites, como si fuera eterna, desperdiciando tantos momentos que si no hubiese sido por la enfermedad jamás los hubiera vivido .
Viendo la vida de Cecilia podríamos intuir cuál era su idea de Dios. Ésta podrí haber sido la belleza, la alegría, las ganas de vivir. Por eso, cuando empieza a perder la belleza, cuando el dolor era una constante, cuando las ganas de vivir no daban como fruto la curación, ya podemos llegar a entender la frase dicha a su hermana. Y es que ella empieza a conocer más profundamente a ese Jesús sobre la cruz, que ya no es hermoso. A pesar de la juventud de Nuestro Señor Jesucristo, sus amigos lo van abandonando, su figura produce rechazo, parece haber fracasado en su misión de cumplir las promesas hechas por Dios a su pueblo, hasta el punto de Él mismo preguntar a su padre ¿Por qué me has abandonado? Y, agrega a continuación: En tus manos encomiendo mi espíritu: Esta es la medida del Amor de Dios que para Cecilia adquiere un sentido vital .
El día 26 de diciembre de 1984 le escribe a una amiga:
¡Qué cosa más grande los amigos! ¿No? ¡Cuántas cosas surgen del corazón en una amistad! Cuánto sentimiento desinteresado: querer el bien del otro más allá del propio. Cómo se ensancha el corazón cuando te das cuenta de que el otro llora con quien llora, ríe con quien ríe y todo esto lo siento a través de vosotros Tenemos un gran tesoro en las manos, ¡aprovechémoslo!... lo que sí te puedo afirmar es que Dios se encargó, se encarga y se encargará de mí .
En los últimos dos meses de Cecilia su aspecto físico estaba muy desfigurado. Por eso no quería que la vieran, pues deseaba que la recordasen bien.
El último mes hubo de internarla para estar más controlada. Y, la última semana, estuvo inconsciente. Sin embargo, la realidad que transmitía era tal que las enfermeras se acercaban con frecuencia sólo para verla.
Una noche, María Inés quiso sustituir a Luis, quien se quedaba con su esposa todas las noches. Al entrar María Inés en la habitación, cuando la vio, se llevó un susto, porque era una Cecilia que ella no conocía. Quedó impresionadísima, salió un momento al pasillo y, al volver a entrar, al mirarla fijamente sintió como la respuesta: su belleza era otra. Lo que transmitía era mucha más fuerte, era percibir lo sagrada y misteriosa que es la Vida. Allí comprendió por qué las enfermeras entraban en la habitación sólo para mirarla. La realidad que se respiraba era el triunfo del Amor.
Fue su última noche, pues al día siguiente, 1 de marzo de 1985, Cecilia partió para el Paraíso.
A su marido, Luis, le había pedido ser enterrada en la Mariápolis Andrea . Así se hizo. Cuando llegó a su destino era de noche, una noche hermosísima, con una luna blanca que se entreveía entre los árboles, llena de estrellas. Mirando a éstas se tenía la sensación de que una de ellas era ella y que las demás le mostraban a Cecilia el camino a la Casa del Padre, en cuyas manos entregó su vida. En su lápida está escrita la oración que ella dirigía a Jesús:
Tus caminos son una locura, rompen mi humanidad, pero son los únicos que quiero recorrer .
Si quieres comunicarte con el autor de este artículo, escribe un mensaje a Dª Zaida Fernández Fernández
Notas:
1. Convivencia de varios días en los que se pone la base de la fraternidad universal y donde la única ley es el amor recíproco.
2. Conocida también con el nombre de Luminosa. Era argentina, fue delegada del Movimiento de los Focolares en España durante sus últimos catorce años de vida. Falleció a los cuarenta y cuatro años (1985) y su proceso de beatificación se encuentra, en la fase apostólica, en Roma.
3. Sabemos que Cristo es verdadero y perfecto Dios, belleza infinita, hermosura sobre todo hermosura, bien sobre todo bien, maravilla sobre toda maravilla, suma beatitud. Sabemos también que nuestro adorable redentor ha prometido la felicidad a los buenos. A su vez, experimentamos que en el mundo existe el dolor. Pero, al descubrir en Cristo crucificado la más elocuente expresión del amor infinito, le agradecemos su donación, madura nuestro corazón y llegamos a percibir que nuestro dolor tiene sentido y que es hermoso abrazar la cruz que Dios nos da. En torno a estas coordenadas se situaría lo que se desveló a los ojos de Cecilia, a quien Jesús bendijo con la cruz.
4. Actualmente se llama Lía, en honor a una de las primeras compañeras de Chiara Lubich que llevó a Argentina la espiritualidad del carisma de los Focolares, donde permaneció hasta casi su muerte. Está en la ciudad de OHiggins a 200 km. De Buenos Aires.
5. Jesucristo no quita nada a la humanidad, sino que la eleva al hombre y lo da todo. El vaso quebrado es sólo la donación plena y la rotura del egoísmo. Esto es como si se rompiese un frasco de perfume para que todo se llenara de su agradabilísima fragancia. Es, en suma, la inmensa cordura de la locura de amor. Las personas más heroicas y más grandes saben vivir así, en esta hermosura de vida. Cecilia quiso darnos este aroma.
José María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.), Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed. Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010, 360 pp.
Cecilia Perrín, testigo de la vida y del amor
Autor: Dª Zaida Fernández Fernández.
Miembro de los Focolares
María Cecilia Perrín de Buide nació en Punta Alta, provincia de Buenos Aires, el día 22 de febrero de 1957. Sus padres son Angelita y Manolo. Cecilia es la tercera de cinco hermanos. Su madre aún vive en el momento en que se hace este relato (2010). El día 10 de noviembre de 2005 se abrió el proceso de beatificación y de canonización tanto de Cecilia como de su propio padre.
A Cecilia le encantaba usar pañuelos en el cuello o en la frente a modo de diadema. También usaba cadenitas, colgantes de fantasía, anillos. Cambiaba continuamente de peinado y muchas veces se cortaba el pelo ella misma.
Había en el barrio un vecino ciego, un señor mayor. Cada vez que ella pasaba por su casa lo saludaba, hablaba un rato con él. Era afectuosa y conquistó su corazón hasta el punto que él pedía que lo sacaran a la calle a la hora que ella solía pasar, al volver del colegio, para esperarla.
Cecilia a los doce años perdió a su abuela materna. Durante el entierro se colocó al lado de su madre y le decía:
No llores mamá. La abuelita está viva. Antes vivía con nosotros, ahora vive en el Cielo.
Su madre quedó un tanto sorprendida de esta realidad tan patente para ella.
En Cecilia existía la inquietud de interesarse por los demás. Por eso, a la hora de la siesta solía asomarse a la ventana para ver pasar a las personas, las observaba y dentro de ella se preguntaba quiénes serán, qué realidad de vida tendrán detrás de cada una de ellas
Con trece años de edad conoció el Movimiento de los Focolares, fundado por Chiara Lubich en 1943, al que Cecilia arrastraría más tarde a toda su familia. Esta familia fue una de las primeras que se adhirieron al Movimiento en Punta Ala y que se convirtió en sembradora de esa semilla convirtiendo su casa, de un modo natural, en un lugar de reunión espontánea, en un centro para quienes deseaban conocer y vivir la espiritualidad propia del Movimiento.
Cecilia era muy sensible, se movía con gran libertad, solía escuchar lo que su conciencia le dictaba desde lo más profundo de sí.
Todavía muy joven (quince años) tuvo algo más que amistad con un joven, Luis, con quien salía todos los sábados, en pandilla con otros amigos. Esta relación duró poco, pues Luis se fue a estudiar a la capital, a Buenos Aires. Y, si bien fue una inquietud juvenil, la verdad es que seguían teniendo contacto, pues durante los años que él permaneció fuera, mientras hacía la carrera, cada vez que volvía a casa se veían y para él esto era un apoyo muy importante.
Luis estaba en la capital cuando Cecilia empezó a salir con Carlos, compañero de colegio de un hermano de ésta. Con Carlos asistió a una Mariápolis , en la cual le dijo claramente que durante el día participaría en todos los encuentros y que al atardecer se podrían ver y comunicar recíprocamente cómo les había ido a cada uno. Carlos se quedó atónito, no entendió mucho esta actitud, pero aceptó. Fue así como éste empezó a comprender ciertas actitudes de donación, no sólo de Cecilia, sino también de toda la familia. A los diecisiete años enfermó la madre de Cecilia, hecho que normalmente hace tambalear un poco a toda la familia. Esto último es también lo que sucedió en la suya.
Carlos, su amigo, comenta. Siendo Cecilia
«tan joven se vio en la necesidad de cocinar, ordenar una casa, mantener un orden de vida de sus hermanos menores para que no sintieran la falta de la madre, ayudándoles a tomar decisiones en la vida. Estudiaba secundaria; pero, al no lograr estudiar, le quedaban algunas asignaturas. Fueron dos años muy duros para mí continúa Carlos- , pero una cosa sí puedo decir ( ): ( ) sus razonamientos me cambiaron la vida. Ella tenía muy claro que no nos podemos apoyar en las personas, en una ocasión a mí me dijo: sabes, Carlos, no te apoyes ni siquiera en mí, yo te puedo defraudar, el único que no te falla es Jesús. Esto tenlo presente para cualquier relación; proyéctala más allá de la persona en sí, porque si no, si el otro te falla, te caes, y esto Dios no lo quiere. Él nunca te fallará ¡Seguro!».
Cecilia le explicaba un día a una tía suya:
Tenemos que aprender a vivir la vida de otra forma, saliendo de uno mismo y viendo la realidad en su totalidad. Es entonces cuando las alegría y los dolores tienen la misma intensidad y lo que pasa es que a la alegría no se le da tanta importancia como al dolor.
Cecilia, realizando un gran esfuerzo, logró estudiar y examinarse, sacando notas bajas, pero aprobadas.
Una amiga suya le escribió quejándose un poco del cansancio que le producía el tran tran de la vida. Y ella le respondió con una tarjeta postal:
¿Qué hacer cuando uno ha amado hasta el cansancio? Seguir amando.
Esta respuesta fue la mejor en esos momentos en los cuales su amiga no comprendía nada.
Participó con Carlos en un encuentro de novios. Allí hicieron un análisis profundo de su relación, de sus exigencias y expectativas y, viendo que no coincidían lo suficiente como para enfrentarse a un proyecto de familia, comprendieron la necesidad de abandonar su noviazgo.
Cecilia, más tarde pudo ir a la Universidad, donde empezó tres carreras: Bioquímica, Historia y Filosofía. Pero no acabó ninguna.
En Historia tenía un compañero no católico, Roberto, con el cual, a pesar de su gran amistad, discutían siempre por cuestiones de religión. Pero ella, abierta a cuanto le decía, nunca le faltó a la caridad, si bien se le notaba que le producía tristeza.
Muy joven trabajó como preceptora en el Instituto Canossiano, dando clases de religión y destacando por su humildad y sencillez. A alguna compañera que le comentaba problemas del colegio, en una ocasión le dijo:
Mira, nosotras sólo tenemos que hacer una cosa, incendiar de Amor este lugar, los problemas, las situaciones laborales, Dios se encargará de ponerlas en claro.
Era una de las profesoras más jóvenes, le gustaba vestirse bien, ir a la moda, solía llevar dos bufandas mezcladas que le daban un toque de armonía y modernismo.
Tenía su temario para desarrollar el curso, pero siempre estaba abierta a dejar el tema preparado y atender a aquellas necesidades que preocupaban a los alumnos, cuestiones que por razón de la edad de la pubertad siempre estaban mezcladas de confusión y de protesta. No sólo le planteaban problemas personales, sino también a nivel de grupo y de colegio. Sus alumnos la definen como una persona con una fe joven, abierta y fresca.
Al regresar Luis de Buenos Aires para establecerse en Punta Alta, volvieron a salir juntos, formalizando su relación, que duró dos años. Tras los cuales, contando cada uno de ellos 26 años de edad, se casaron, formando una familia donde el amor estaba a la base de toda relación.
A los seis meses de casados, se quedó embarazada, cosa que les llenó de júbilo, teniendo la plena conciencia de que un hijo es alguien a quien Dios quiere traer al mundo valiéndose del amor de dos personas.
A los tres o cuatro meses de este gozoso acontecimiento, a Cecilia le salió una pequeña llaguita en la lengua, comenzando así días de muchas consultas, análisis y tratamientos. Pero éstos resultaban algo complicados de realizar por razón del embarazo. Cada situación la vivían con mucha paz, ayudándoles a descubrir la alegría de vivir el momento presente y ella agradecía a Jesús el permitirle experimentar lo que es la Vida y cómo vivirla.
Una cosa tenía clara, que después de exigirle al médico que le dijese la verdad de su estado, no quería perjudicar a la criatura en gestación con tratamientos violentos, quería hacer la voluntad de Dios hasta las últimas consecuencias. Se apoyaba como sobre cuatro pilares: su profunda fe; su amor a Jesús crucificado y abandonado, que pone en acción la obra de la redención; el afecto de su marido, familiares y amigos; y la fuerza de la unidad con quienes compartían su Ideal.
Más tarde supo que lo suyo era irreversible y que debería permanecer en la capital el tiempo que fuera necesario. Por esta razón alquilaron un pequeño apartamento. Los padres, para estar cerca de ella y acompañarla, también se trasladaron a Buenos Aires, donde vivía la otra hija.
A pesar de la enfermedad vivían con ilusión la llegada del bebé, cuya vida trataba siempre de proteger, conscientes de que pasase lo que pasase, todo era amor de Dios.
Le propusieron hacer una operación, pero como la consecuencia era que la alimentación que le iban a suministrar no era suficiente para el desarrollo del bebé, la descartaron. Luego le propusieron un aborto terapéutico, idea que tanto ella como su marido desecharon, en consonancia con sus principios de fe. De aquí que algunos médicos se quedaron perplejos al ver la aceptación del alto riesgo que corría la vida de la madre.
En uno de estos momentos, Luis, su marido, que siempre trató de mantenerse en pie, dijo:
«Hay una gran diferencia entre practicar una ideología cuando todo va bien y hacerlo cuando no es así. Cuando las cosas son difíciles no es tan espontáneo creer, decir esto es Amor de Dios y seguir viviendo con esta seguridad».
Cecilia tenía momentos duros, lloraba. En una conversación con su hermana María Inés, le decía: Y mi hijo ¿va a tragar todo este dolor, esta angustia? ¿qué le estoy dando yo a mi hijo?
La hermana le responde con toda serenidad: Le estás dando la clave más preciosa para hacer feliz al otro, que es la vida que genera el amor al dolor, al crucificado. Esto la tranquilizó, aunque estaba sumergida en una gran incertidumbre, en una paradoja. Por una parte, una fe absoluta, por otra, la duda: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
La enfermedad seguía avanzando, era necesario aumentar la radiación, por lo que se decidió adelantar el nacimiento del bebé mediante cesárea. Nació una niña, María Agustina, pero con alguna complicación respiratoria, debiendo permanecer varios días en la incubadora.
Cuando la niña tenía ya cuatro meses, madre e hija se fueron a su casa. Cecilia, viendo a la niña, no cesaba de repetir: Es un regalo que Jesús nos hizo. Bañarla, cambiarla, la llenaba de satisfacción. Durante todo el tiempo disponible, disfrutaba de ella, de la gorda (como la llamaba).
Eran los últimos meses del año 1984, Cecilia había tenido relación con Margarita Bavosi , que estaba muy, muy grave. Por eso fueron días en los que repetía: Recuerdo mucho a Luminosa, sé que su enfermedad ha empeorado y ofrezco este dolor por ella. ¡¡No te puedes imaginar cómo siento que somos una familia!!
Se intentaron distintos tipos de experiencias médicas. Al salir de una de estas curas, la hermana de Cecilia la ve resplandeciente, feliz, y le pregunta que había pasado. La respuesta fue: Hoy por primera vez pude decir a Jesús un Sí con todo mi ser. Creo en su Amor más allá de todo y todo esto es Amor de Él. Ella encontraba en el amor de Dios detrás del incomprensible sufrimiento de su enfermedad. Amor que la fortalecía y la llenaba de paz y serenidad.
Cecilia, en su última fase, estaba pendiente del hecho de no poder hablar bien, de que estaba hinchada y fea. Y, a pesar de que sabía que todo eran cosas vanas y que no le importaban demasiado, sí sentía el temor de perder sus apariencias, tanto es así que ella siempre hacía ver el lado de su cara donde no se veía la destrucción de la barbilla y del maxilar.
Se ponía un pañuelo a juego con el camisón, así demostraba una cierta armonía y despistaba a los visitantes. Sabiendo esto, es decir, que le gustaba que la vieran arreglada y bien compuesta, adquiere más fuerza y peso esta experiencia-diálogo con Jesús, que ella misma cuenta en una carta que escribió una de las veces que entró en la clínica:
Quiero ser como Tú quieras, tener la personalidad que Tú quieras, ser como tú quieras que sea con quien esté a mi lado, tener la belleza que Tú quieras que tenga, . Un psicólogo me preguntó si veía esta enfermedad mía como una injusticia, le contesté que no lo sabía y, al darme cuenta de que me compadecía de mí misma, le pedí perdón a Jesús y fuerzas para poder mantener una actitud nueva para que todo esto que me pasa no lo vea como injusticia, sino como luz y gozo para quienes seme acerquen.
Escribe gran cantidad de cartas en las que comunica a sus familiares y amigos su estado de salud. De una, escrita a una amiga suya, entresacamos:
Si tuviera que contarte cómo vivo todo este tiempo, no podría, porque todavía no lo sé. Hay mucho dolor, mucho aprendizaje, mucho darme cuenta de la superficialidad que hay en mí. De lo que estoy segura es que esto es Amor de Dios, y, si bien con miedo, le pido que no cese de manifestarme qué es lo que quiere de mí .
Cada vez le costaba más hablar. Por esto escribía tanto. Haciéndolo a una tía suya, entre otras cosas, le decía:
« Te puedo decir que sí ¡soy feliz!, que doy mi vida para que el amor de Dios se manifieste en todos nosotros y en cada uno a su manera. Gracias por los regalos, ahora la gorda duerme, se porta muy bien, duerme toda la noche y ya empieza a hacer monerías. Los pañales que nos mandaste nos vienen que ni al pelo, ya no teníamos ninguno ni tampoco el dinero para comprarlos Mamá está muy bien, volviendo a recordar su tiempo de biberones y cambios de pañales. Nos acompañan mucho la gente del Movimiento, todos los días hay alguien que viene a estar y hacer lo que haga falta. Luis está muy bien, creciendo, como todos, en esta nueva experiencia».
A una prima suya le dice:
... No sé qué querrá Jesús para el futuro, lo que sí sé es que me hizo conocerlo y quererlo como nunca lo habría pensado. Vale todo lo vivido y todo lo que aún tenga que vivir por haber descubierto lo que descubrí el dolor es solamente un camino para llegar a Él. Yo te aseguro que lo vivo así.
Un día un sacerdote le dijo que el cristiano no tiene que preguntarle a Dios el porqué de lo que sucede, sino el para qué, y que no importa tampoco que se vive, sino cómo se vive. Ella se dice para sí:
Haciéndolo con este sentido comprendo que no importa si lo vivido es agradable o desagradable humanamente, ya que se vive la vida tal como Jesús la presenta en cada momento.
A un alumno de quinto curso le contesta a una carta suya y, entre otras cosas le dice:
He sabido que tuviste problemas como consecuencia de unas preguntas que hiciste. Mira, yo quiero asegurarte que no te pares si las respuestas no te satisfacen, la vida fue creada para aprehender, igual a tomar. Por ello toma de la vida lo que ella es. Preguntando es como se sabe la verdad, pero hay que dar por supuesto que el otro es limitado y que si no te satisface la respuesta no es culpa suya, la puedes buscar en otro lado, no para certificar la propia idea sino para encontrar la verdad, y no importa quién la tiene, lo importante es descubrirla y seguir adelante con autenticidad. No nos podemos quedar en la ignorancia, esto sería mediocridad, el hombre está hecho para vivir, para dominar la vida. Unas veces tendrás razón, otras no, lo importante es que venga a la luz la verdad .
Ella tomó conciencia de que iba a morir. A su marido le escribe:
He realizado mi mayor sueño: ser tu esposa, quiero que sepas que le pido a Jesús la vida en esta tierra, por ti, para hacernos santos juntos, para educar a nuestra hija juntos, para que sea la mujer que Jesús quiere también le pido a Jesús que me ponga guapa para ti. Tengo unas ganas inmensas de que llegue ese día .
A una persona del Movimiento de los Focolares decía:
En estos últimos días Jesús me ha hecho sentir cosas nuevas, como, por ejemplo, el desapego de Luis, de Ma. Agustina y luego el desapego de mí misa, sentí que es lo mismo vivir que morir, si bien confieso que hubo momentos en los que creí que morir era más fácil que vivir .
A un hermano:
Se me cierra la garganta y, a veces, se me hace dificultoso el respirar esto me hace tener muy presente a Luminosa; entonces aprovecho, lo ofrezco por ella y también le pido a su ángel de la guarda que nos ayude .
Cecilia, siendo consciente de que se acercaba su dies natalis , a su marido le confesó: Espero que te cases pronto, por ti y por Ma. Agustina . Luis no llegó a comprender estas cosas, porque el amor que les unía era muy grande. Todo era un juego de muerte-vida. La enfermedad y todo eso era muerte, pero lo que ella transmitía era vida, esa Vida que ella había descubierto en Dios. Por eso, al terminar la quimioterapia buscó otro tratamiento, pues amaba la vida, sobre todo para dedicarse a su marido y especialmente a su niña.
Un día estaba sentada en la cama y llamó a su hermana María Inés, a quien con un hilo de voz le dijo: ¡Qué equivocada viví hasta ahora! A lo que le contestó: Pero ¿qué estás diciendo, Ceci? Cecilia bajó la cabeza y todos se quedaron un tanto extrañados, porque siempre habían admirado su entereza, era una mujer realizada, que amaba y era amada, por su esposo, su hija, sus alumnos, su familia, sus amigos, todos. Luego supimos, al conocer su diario, que ese día escribió:
Hoy pensaba que había vivido hasta ese momento sabiendo sí que la vida es limitada, pero actuaba como si no tuviera límites, como si fuera eterna, desperdiciando tantos momentos que si no hubiese sido por la enfermedad jamás los hubiera vivido .
Viendo la vida de Cecilia podríamos intuir cuál era su idea de Dios. Ésta podrí haber sido la belleza, la alegría, las ganas de vivir. Por eso, cuando empieza a perder la belleza, cuando el dolor era una constante, cuando las ganas de vivir no daban como fruto la curación, ya podemos llegar a entender la frase dicha a su hermana. Y es que ella empieza a conocer más profundamente a ese Jesús sobre la cruz, que ya no es hermoso. A pesar de la juventud de Nuestro Señor Jesucristo, sus amigos lo van abandonando, su figura produce rechazo, parece haber fracasado en su misión de cumplir las promesas hechas por Dios a su pueblo, hasta el punto de Él mismo preguntar a su padre ¿Por qué me has abandonado? Y, agrega a continuación: En tus manos encomiendo mi espíritu: Esta es la medida del Amor de Dios que para Cecilia adquiere un sentido vital .
El día 26 de diciembre de 1984 le escribe a una amiga:
¡Qué cosa más grande los amigos! ¿No? ¡Cuántas cosas surgen del corazón en una amistad! Cuánto sentimiento desinteresado: querer el bien del otro más allá del propio. Cómo se ensancha el corazón cuando te das cuenta de que el otro llora con quien llora, ríe con quien ríe y todo esto lo siento a través de vosotros Tenemos un gran tesoro en las manos, ¡aprovechémoslo!... lo que sí te puedo afirmar es que Dios se encargó, se encarga y se encargará de mí .
En los últimos dos meses de Cecilia su aspecto físico estaba muy desfigurado. Por eso no quería que la vieran, pues deseaba que la recordasen bien.
El último mes hubo de internarla para estar más controlada. Y, la última semana, estuvo inconsciente. Sin embargo, la realidad que transmitía era tal que las enfermeras se acercaban con frecuencia sólo para verla.
Una noche, María Inés quiso sustituir a Luis, quien se quedaba con su esposa todas las noches. Al entrar María Inés en la habitación, cuando la vio, se llevó un susto, porque era una Cecilia que ella no conocía. Quedó impresionadísima, salió un momento al pasillo y, al volver a entrar, al mirarla fijamente sintió como la respuesta: su belleza era otra. Lo que transmitía era mucha más fuerte, era percibir lo sagrada y misteriosa que es la Vida. Allí comprendió por qué las enfermeras entraban en la habitación sólo para mirarla. La realidad que se respiraba era el triunfo del Amor.
Fue su última noche, pues al día siguiente, 1 de marzo de 1985, Cecilia partió para el Paraíso.
A su marido, Luis, le había pedido ser enterrada en la Mariápolis Andrea . Así se hizo. Cuando llegó a su destino era de noche, una noche hermosísima, con una luna blanca que se entreveía entre los árboles, llena de estrellas. Mirando a éstas se tenía la sensación de que una de ellas era ella y que las demás le mostraban a Cecilia el camino a la Casa del Padre, en cuyas manos entregó su vida. En su lápida está escrita la oración que ella dirigía a Jesús:
Tus caminos son una locura, rompen mi humanidad, pero son los únicos que quiero recorrer .
Si quieres comunicarte con el autor de este artículo, escribe un mensaje a Dª Zaida Fernández Fernández
Notas:
1. Convivencia de varios días en los que se pone la base de la fraternidad universal y donde la única ley es el amor recíproco.
2. Conocida también con el nombre de Luminosa. Era argentina, fue delegada del Movimiento de los Focolares en España durante sus últimos catorce años de vida. Falleció a los cuarenta y cuatro años (1985) y su proceso de beatificación se encuentra, en la fase apostólica, en Roma.
3. Sabemos que Cristo es verdadero y perfecto Dios, belleza infinita, hermosura sobre todo hermosura, bien sobre todo bien, maravilla sobre toda maravilla, suma beatitud. Sabemos también que nuestro adorable redentor ha prometido la felicidad a los buenos. A su vez, experimentamos que en el mundo existe el dolor. Pero, al descubrir en Cristo crucificado la más elocuente expresión del amor infinito, le agradecemos su donación, madura nuestro corazón y llegamos a percibir que nuestro dolor tiene sentido y que es hermoso abrazar la cruz que Dios nos da. En torno a estas coordenadas se situaría lo que se desveló a los ojos de Cecilia, a quien Jesús bendijo con la cruz.
4. Actualmente se llama Lía, en honor a una de las primeras compañeras de Chiara Lubich que llevó a Argentina la espiritualidad del carisma de los Focolares, donde permaneció hasta casi su muerte. Está en la ciudad de OHiggins a 200 km. De Buenos Aires.
5. Jesucristo no quita nada a la humanidad, sino que la eleva al hombre y lo da todo. El vaso quebrado es sólo la donación plena y la rotura del egoísmo. Esto es como si se rompiese un frasco de perfume para que todo se llenara de su agradabilísima fragancia. Es, en suma, la inmensa cordura de la locura de amor. Las personas más heroicas y más grandes saben vivir así, en esta hermosura de vida. Cecilia quiso darnos este aroma.
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