También te puede interesar
Anita Solé, decidida a ser santa
Anita Solé, decidida a ser santa
¡Cuántas gracias tenemos que dar a Jesús por habernos llamado para ser del número de sus íntimos hijos gozando siempre de las caricias del amor!
Por: María de los Ángeles Maeso Escudero. Hermana Franciscana de los Sagrados Corazones | Fuente: Testigos de Cristo
Por: María de los Ángeles Maeso Escudero. Hermana Franciscana de los Sagrados Corazones | Fuente: Testigos de Cristo

Fuente: Libro Jóvenes Testigos de Cristo
José María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.), Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed. Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010, 360 pp.
Anita Solé, decidida a ser santa
Nacimiento y primeros años
Anita Solé Romá, luego hermana Montserrat, nació en Miralcamp, pequeña localidad leridana, enclavada en la comarca del Pla dUrgell; ligar perteneciente a la diócesis de Solsona. La superficie urbana se aproxima al medio kilómetro cuadrado, treinta veces mayor es la extensión municipal. Las líneas divisorias, trazadas con perfección, se remontan al tiempo de los últimos señores feudales, los Medinaceli.
Es hermosa la estampa de Miralcamp, situada en el turó de la Serra, de unos 287 metros de altitud.
La parroquia, iglesia del antiguo castillo, preside la elevación del pueblo. Ya desde lejos invita a la contemplación. Cuando te acercas a la casa de Dios, su emplazamiento como sugestivo mirador te invita a divisar el territorio, los magníficos campos de cultivo del entorno. Todo un símbolo de nuestra relación con el Señor, de nuestra llamada a la santidad, como descubriremos en Anita, y de mirar a nuestro alrededor con la cercanía del Dios bueno que a todos ama, que hace salir el sol sobre justos y pecadores. Lugar sugestivo.
Las estadísticas hablan de 1.440 habitantes en 2009. El Canal dUrgell, construido en el siglo XIX, resultó muy beneficioso para la agricultura, la población aumenta. A principios del siglo XX avanza hacia los mil habitantes; entre los vecinos de entonces encontramos a Jacinto Solé y Rosa Romá, jóvenes esposos que contrajeron matrimonio el 25 de febrero de 1911; él de veintiséis años y ella de veinte.
Anita nace al despuntar el día 6 de enero de 1918. Fue recibida por todos como obsequio de Reyes. Sus hermanos, Ramón de cinco años de edad y José de cuatro, dicen que es su mejor regalo: - ¡Qué alegría! - ¡Cuidaremos a nuestra hermanita!, los papás sonríen satisfechos. - ¡La querremos mucho! Y siempre le han tenido un intenso afecto fraternal. De por vida han mantenido una gran veneración hacia la virtud de su hermanita.
Pero, ¿quién es Anita? Deseo que la conozcáis. Es una joven excepcional. No podemos encontrar en ella grandes obras, acciones importantes. Sólo sé que a todas las personas que la conocieron se les llena la cara de paz y gozo al nombrarla. Los que la tuvieron más cerca afirman que Anita era muy buena, los que más intimaron con ella atestiguan que era una santa.
En las veces que he oído hablar de ella, no faltan afirmaciones como éstas: - era una santa, - un alma de Dios, - toda delicadeza, - con su bondad los problemas los convertía en nada. Amaba al Señor por encima de todo.
Su secreto: sonrisa, delicadeza, bondad, fortaleza, paz, servicio, entrega; todo enmarcado en un intenso amor a Jesús y a María.
Desde sus orígenes, en una familia de profunda vida cristiana, el Señor ocupa el lugar central. Recibió el bautismo en el primer domingo de su vida. Era el día 13 de enero de 1918. Contentos y cuidando de abrigar bien a Anita para protegerla del frío invernal, un grupo de adultos y niños sale del domicilio familiar. La comitiva asciende cuestas y escaleras de la parroquia de San Miguel Arcángel. Ramón y Mariana, tíos maternos, apadrinan a la recién nacida; de ellos, la pequeña Ana María Ramona, recibe su segundo y tercer nombre.
Los niños esperan alborozados el final de la ceremonia. Los padrinos no podrían olvidar la tradición: lanzan al aire confites, almendras, caramelos, chocolate Saltos y alegrías infantiles, expresión de la grande y auténtica alegría compartida: Dios, en el sacramento del Bautismo, acaba de regalar su misma vida a la pequeña Anita, Dios Padre la ha hecho su hija en Jesucristo, con el Espíritu habitan en ella. Anita mantendrá firme la llamada a la santidad durante toda su vida.
Sus padres, muy buenos cristianos y trabajadores, se afanan en la educación de sus hijos y en el sostenimiento de la familia. Cultivan una pequeña parcela de campo que tienen a unos cuarenta y cinco minutos de la población y, además, han establecido una vaquería; con su trabajo dan a la familia un vivir holgado, a la vez que austero. Jacinto, muy vigoroso y trabajador incansable, muchos días va de jornalero a prestar sus servicios a casas más poderosas. Rosa aporta generosa y abnegada su cooperación: cuida con extrema solicitud la casa y la familia, además ayuda al esposo en las tareas, a veces duras, de la vaquería. Madre-catequista enseña a sus hijos las primeras oraciones; cuando los chiquillos se admiran por las torres iluminadas de la iglesia, ella les explica el sentido religioso de la festividad anunciada. Un día ve llorar al pequeño José, la madre le pregunta cariñosa: - ¿qué te ocurre? El niño, entre gimoteos, responde: - He oído decir a unas mujeres que se acabará el mundo. Crecen sus sollozos al expresar su profundo pesar: - ¡no podré ser sacerdote! Durante toda su vida, el que andando el tiempo será el santo sacerdote claretiano P. José María , recordará la alegría dibujada en la cara de su madre al percibir aquel hermoso brote de vocación.
Padres e hijos viven en sumo afecto, paz y armonía. Es una familia encantadora: el matrimonio fiel y responsable, abierto a la vida y dispuesto a secundar la acción de Dios, los niños creciendo felices. En 1919 la señora espera su cuarto hijo, se diría que todo funciona correctamente a pesar del trabajo esforzado; sin embargo, la juventud de la señora Rosa no logra superar una rápida enfermedad. En la mañana del día trece de junio fallece a los veintiocho años de edad.
Deja sus tres hijos en la orfandad y desconsolado a su buenísimo esposo.
Anita sólo tiene diecisiete meses, José está a punto de cumplir los seis años de edad, Ramón no supera los siete. La tristeza les invade; al beso dado a la madre que acaba de morir, le suceden el toque de campana, la congoja del padre, el pesar de familiares y amigos, los rosarios rezados en el domicilio familiar de la calle de la Iglesia, el funeral, las señales de luto. A los tres pequeños y al bondadoso don Jacinto les ha cambiado la vida, los niños ven al hombrón de su padre echarse a llorar como un niño al hablar u oír hablar de su difunta esposa. Los niños emocionados respiran la fe y confianza en el Señor del padre de familia: Dios habrá acogido a la buenísima esposa y madre; en el Cielo nos volveremos a encontrar. Entre sollozos se consuelan.
Cualquiera puede imaginar el dolor del padre al salir cada día de casa y dejar solos a los pequeños, por el bien de la familia tiene que cultivar el campo y asumir todo el trabajo de la vaquería. Los chicos le ayudan lo que pueden. Siempre van los tres pequeños juntos; si el camino es largo, los dos niños ejercen de mayores y se turna para llevar a Anita en brazos. Los hermanitos pasan solos los diversos días; al anochecer, el frío y el miedo los atenaza, acurrucados esperan la llegada del padre.
Jacinto ve que esta situación difícil y casi límite no se puede mantener. Con diligencia y acierto busca una salida; el cuidado y la educación cristiana de sus hijos se impone; en enero, pasado medio año de la muerte de su querida Rosa, contrae matrimonio con Josefa Rojas, señora piadosa, recta en su proceder y en su enfoque de la educación.
La relación de la nueva madre con los tres huérfanos debe valorarse como providencial. Pero, no se puede olvidar que la «madre» es un regalo de Dio su que su vacío es insustituible. Por tanto, no será fácil para los niños.
Durante cuatro años los tres pequeños comparten juegos y vida fraterna. Anita sigue recibiendo el cuidado de sus hermanitos. Antes de que Anita cumpla tres años, la recién nacida Antonia, la despoja del título de benjamina. No sólo esto, además ha de crecer rápido: con sólo cinco años de edad se convierte en primogénita. ¿Qué ha pasado? Sus ojos grandes crecen de admiración, no lo pueden creer: - ¿Os vais?, pregunta entristecida a sus hermanos, - ¿A dónde?, - A Cervera, le responden; entusiasmados le explican: - ¡Vamos a ingresar en el colegio misionero claretiano! Anita crece en una familia en la que el amor al Señor ocupa el primer plano. Sus lágrimas infantiles se transforman al compartir el deseo de sus hermanos de ser misioneros y sacerdotes. El día que parten se abre una nueva etapa en la vida de Anita: desde los cinco hasta los diecisiete años, quedará sola para vivir la experiencia familiar de orfandad; sólo ella sabe su secreto.
Todos los testimonios coinciden: - siempre hablaba con gran elogio y gratitud de su segunda madre. Se portó como obediente y fiel hija; acogió como hermanos muy queridos a los que fueron llegando al hogar: a la pequeña Antonia y a José María , cuando ella ya había cumplido los siete años.
En su corazón conservan un lugar privilegiado sus hermanos ausentes Ramón y José; el recuerdo de su querida madre Rosa permaneces indeleble: cada trece de junio, aniversario de su muerte, guarda cariñosa y fiel su triste añoranza.
Modelo de niña y de joven
Con algo menos de cuatro años, el día 3 de octubre de 1921, Anita recibe el sacramento de la confirmación administrado por el obispo doctor Valentí Comelles.
Llega la hora de su vida escolar, la matriculan en el colegio de las hermanas, de las franciscanas; Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones es el nombre completo.
La afirmación unánime es que esta joven es modelo de alumna y compañera. ¿Cómo lo explican? Hace unos años tuve ocasión de conocer algunas condiscípulas, hoy adultas, manifiestan: - Era un modelo en todo: muy aplicada, muy trabajadora; - alternaba sus tareas escolares con las familiares y el trabajo, - era muy cariñosa; - nunca se la veía enfadada; - siempre estaba contenta; - era muy alegre e infundía alegría; - no daba nunca un disgusto. Las compañeras le consultan y ella amablemente les enseña.
En el colegio se encuentra como en casa. Siempre estuvo en relación con las hermanas; con la sola excepción de dos años en el internado de las josefinas en Lérida, que debió ser al cumplir los ocho o nueve años. También en el internado guardan un buen recuerdo de ella por su carácter dulce y su buena conducta.
La joven comparte su gozo de ser cristiana; catequista, en la iglesia y en el colegio, habla con unción y ejemplo de vida, aquellas niñas recordarán más tarde sus explicaciones, las oraciones y los cantos religiosos que les enseñaba: - hacía cosas de bondad, - era muy humilde y buena, - era un modelo para nosotras.
En casa, ayuda todo lo que puede; a su hermana, la suple en el fregado de los platos. En el campo ayuda a coger espigas en tiempo de siega, a recoger hierbas, a recolectar almendras; le alegra el poder ir al campo a comer con su padre, a veces busca caracoles ¡harán una buena caracolada! Su hermano menor es feliz cuando Anita se afana en llevarlo con ella a recoger hierba y al encuentro con su padre en el campo.
Aprender a coser es otra de sus tareas, formación valorada para las jóvenes. Su madre Rosa, cuando había visto acercarse la muerte, había repartido en testamento sus bienes entre sus hijos; en el cupo de la hija estaba la máquina de coser, herramienta muy cotizada. Parece que había un cierto número de talleres a los que las jóvenes podían acudir para aprender labores. La joven Anita es aprendiz en la casa de la modista. Ella es hacendosa, valora a la instructora y sigue sus enseñanzas, estima que a una mayor preparación le sigue un mejor servicio y entrega a los demás. Sólo una cosa la retrae y le impide asistir gustosa: cuando, en el ambiente agradable que se crea entre las cosedoras, los comentarios del grupo se transforman en negativos.
Anita es responsable y trabajadora, ¡todavía da para más! Vende la leche de la vaquería, y cuando más tarde los padres establecen una tienda, colmado o droguería, en la plaza de la Cruz, Anita será la dependienta. Le gusta, tiene la oportunidad de tratar más a los vecinos del pueblo. Recibe con agrado y con aquella sonrisa, perenne dibujo de sus labios; ayuda a los pobres todo lo que puede, en la tienda tiene una cierta libertad. Cuida el establecimiento, lo tiene limpio y ordenado, y si aún le queda algún rato libre, lee o hace alguna labor de ganchillo. Es muy trabajadora.
Todos los días reza el Rosario y, antes de abrir la tienda, ¡a las seis de la mañana!, acude sin falta a Misa y comulga.
Es muy noble y cariñosa; todos la quieren y comentan su bondad. A veces, las amigas, exclaman: - ¡Anita, eres una santa!, ella hace un gesto de desaprobación y ríe, quitando importancia. Tiene una bondad sobresaliente. Ama a los otros, nunca da una mala respuesta, ni hace un desaire. Es una chica divertida y muy simpática, persona alegre, lleva la alegría a los demás, se le oye cantar y le gusta hacer bromas.
Vocación
La joven Anita reúne un equilibrado bagaje formativo, a los dieciséis años no le falta el conocimiento del dolor, de las personas y de la vida, y, sobre todo, ha recibido una valiosa formación cristiana en un ambiente sumamente favorable: el hogar muy puro y sin la mínima contaminación mundana; la parroquia dirigida por muy prudentes y fervorosos sacerdotes; el colegio con un equipo de religiosas genuinamente franciscanas.
Cuando Anita tenía once años, su hermano José había hecho los primeros votos religiosos en los claretianos. Su padre ya conoce el gozo de la entrega de los hijos a Dios. Ahora le toca el turno a Anita. Un chico del pueblo se fija en ella, a su propuesta responde que ella desea ser religiosa.
En su familia conservan con veneración la carta que esta joven de dieciséis años escribe a su padre el día 17 de agosto de 1934. ¡Recuerdo inestimable! Le felicita por su santo y le habla de su vocación; le duele la separación:
«No les olvidaré en todos los días de mi vida ante los amantes Corazones de Jesús, María y José. Verdaderamente hace tristeza dejar a los padres».
Decidida expone su razón: Dios es
«El que me llama para que sea su esposa, no lo puedo desobedecer»; cuando Dios llama a su servicio uno «debe ser fiel y generoso».
En abril del año siguiente, 1935, preparando su entrada al noviciado, va a Lérida a despedirse de su tía Concepción Romá y de tres primas; allí providencialmente se encuentra con su hermano José. Él mismo nos lo explicaba:
«Como es de suponer la tía y las primas argumentaban de cómo sentían y lamentaban su extraña aventura: Dejar, tan jovencita el mundo, renunciar a tantas oportunidades como se le ofrecían, partir para tan lejano noviciado , además se presentía la próxima tragedia y persecución que se iba a desatar contra sacerdotes y religiosas. Anita, sola en la batalla, serena y sonriente rebatía todos los argumentos y ataques con una convicción que indicaba que todo lo tenía pensado y programado de muy lejos. En una corta intervención mía en el debate, yo le insinué: Pero, Anita, yo me voy a ordenar sacerdote muy pronto; nunca en la vida hemos celebrado una fiesta en familia ¿Podrías esperar a entrar después de mi ordenación? La respuesta fue sin titubeo y contundente: No, no le quiero regatear a Jesús ni un segundo. La visión de Anita era más diáfana que la mía, ella moría el 7 de abril de 1936 y un servidor me ordenaba el 19 de abril del mismo año ¡Secretos adorables de la Providencia! Y a la verdad la respuesta que me dio Anita creo que es la fotografía más exacta del amor y generosidad que había alcanzado en su vida espiritual».
Hacia la casa franciscana
Llega el día esperado, dedicado a nuestra Señora de Montserrat, patrona principal de Cataluña. Poco se dormiría aquella noche, el andén sería testigo del pesar familiar; se despiden pensando que no la volverán a ver. El amor a Dios la conduce más de prisa que el tren que parte a las 5.30 de la mañana, el abrazo maternal de su madre María Santísima le acompaña; Anita misma escribirá más tarde:
«La Verge Moreneta en el día que se celebraba su fiesta me abrió las puertas del convento para que entrar, a entregarme a Jesús sin reserva alguna».
¿A dónde se dirige? El Señor la ha invitado a seguirle según el espíritu que ha visto vivir a las hermanas del colegio, las hermanas franciscanas de los Sagrados Corazones. Es el carisma que Él mismo regaló a la Iglesia a través de los fundadores. ¡Si conocierais a la beata Carmen del Niño Jesús, os dejaríais seducir! Una mujer admirable: su amor, bondad y fortaleza se hacen sonrisa de Dios para los más necesitados, en la educación de los niños y jóvenes, en el cuidado y atención a los enfermos y desvalidos. Decía madre Carmen: «¡Cuando miro al Cielo, se acrecientan mis deseos de ir por esos mundos a enseñar a los hombres a conocer y a amar a Dios!». En 1884 funda la Congregación en Antequera, provincia de Málaga. Abre casa en Castilla (Nava del Rey) y tan sólo tres años más tarde, en 1887, el Instituto religioso comienza a extenderse también por Cataluña. El amor a Dios y el impulso universal de la extensión del Reino de Dios mueve a Madre Carmen.
Anita se ha dejado cautivar por el Señor, que la espera en esta Congregación de Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones. Ha pedido su entrada. Admitida, comienza su tiempo de postulantado; la Congregación a las jóvenes que aspiran a ser religiosas les ofrece unos primeros meses de formación, un adentrarse paulatinamente en esta nueva vida, época de mutuo conocimiento. Es un tiempo en el que se incrementa la ilusión de la joven que se siente llamada por Dios. Así le ocurrió a Anita. Inicia su postulantado, en una de las casas del Instituto, en Barcelona, en la Guardería Cuna del Niño Jesús, institución fundada para la atención de los hijos de los obreros.
Decidida a ser santa
En junio se une al grupo de postulantes y novicias de la Casa Madre de la Congregación, en Antequera. El viaje en tren lo hace con la familia catalana Casas, que va a visitar a su hija novicia, sor Natividad.
La hermana novicia, con sabor de florecilla, explica la llegad de Anita en el atardecer de la víspera de la fiesta de la Santísima Trinidad:
«Fui al recibidor con nuestra Madre Maestra, la Rda. M. Expectación. Cuando mi familia se despidió, fuimos a la ropería a vestir a la nueva postulante. La Madre Maestra le iba haciendo preguntas, pero ella escuchaba sin contestar directamente y, al final, dijo: Madre, yo he venido aquí para ser santa. Esplendida respuesta, concisa y clara, señala el horizonte de su vocación. Y para ella, empezó una vida sencilla, aparentemente sin altibajos».
La hermana Anita escribe varias cartas a su familia, escritos conservados con devoción; unas en el domicilio familiar, otras por sus receptores: «Las he conservado toda la vida como un recuerdo y una reliquia de mi admirada hermana», afirma su hermano claretiano. Sus cartas son muy alegres y cariñosas, para todos y cada uno tiene una palabra adecuad, de ánimo y de alivio, de agrado y de estímulo a la responsabilidad y a la santidad.
En sus escritos repite sin cesar la alegría que siente de encontrarse en la casa religiosa: «Yo sigo muy bien y contentísima». En agosto, en carta de felicitación a su padre, reitera:
«Pensad que a vuestra hija el Señor se ha dignado colocarla en un palacio donde habita el Rey de los cielos y tierra ¿A dónde la podéis tener mejor?» «Yo estoy casi segura que más de una vez habréis pensado: dichosa ella que la tengo en compañía del Esposo más fiel del mundo ¿no es verdad?».
Conoce su fragilidad y que necesita de la ayuda del Señor:
«En su primera carta me decía mamá, que cada vez que entraba en la Iglesia se acuerda de mí, pues no me olvidan nunca en sus santas súplicas, mucho lo necesito que Jesús me haga santa y me dé una santa perseverancia sabiendo cumplir siempre su Divina voluntad».
Preparación para iniciar el noviciado
Se acerca el tiempo del noviciado; con otras hermanas se prepara con los ejercicios espirituales. A su hermano José, próximo a ser ordenado sacerdote, le dice:
«Se me pasaron los diez días como un sueño, no puedes figurarte los deseos que tenía de hacer unos santos Ejercicios para poderme unir más íntimamente con Jesús y comprender más perfectamente lo que es la vida religiosa». Y, añade: «Yo, José, estoy contentísima sin acordarme de nada de las libertades de los padre, etcétera, al contrario si alguna vez me acuerdo, se me llena el corazón de alegría al pensar que Jesús ha querido que lo dejase todo para servirle a Él solo».
Precioso diálogo con su hermano, en el que ambos aspiran a la santidad:
«José, me dices que no vaya a medias con Jesús, pues a Él me he entregado enteramente, que haga de mí lo que quiera, soy su hija, su Esposa querida, pues que disponga de mí. Le he prometido que con su santa gracia nunca le seré infiel, primero morir mil veces antes que ofenderle gravemente.
Que todos los días de tu vida te acuerdes de pedir a Jesús por mí que sea santa, que lo mismo hago yo por ti, que si Jesús te llama al sacerdocio le sepas responder a tan grande beneficio».
Comienza el noviciado
El día es inminente:
«Pues sí, queridos padres, no pueden figurarse lo contentísima que estoy y con las ganas de que llegue este día tan hermoso, día de gracias y bendiciones para mí, como para ustedes también, porque yo arrodillada a los pies del altar con todo el fervor de mi alma le pediré a Jesús que les haga participar de las mismas gracias, como estoy convencida que así lo hace. Siendo Jesús tan buen pagador no dejará de darles la recompensa ya en esta vida y mucho más en la otra, de corresponder tan fielmente a los sacrificios que os ha pedido al llamar a vuestros hijos a la vida religiosa, que felicidad es para los que a ella están llamados, queridos padres».
El 30 de octubre a las cuatro de la tarde tiene lugar el acto que se realiza unido a la vestición del hábito:
«Me vestí con el vestido que Jesús me tenía preparado hacía tanto tiempo, para distinguirme entre tantas doncellas que hay en el mundo. Ya pueden pensar lo contenta que estoy, todas las veces que me lo pongo y me lo quito pienso: ya no perteneces al mundo, sino que perteneces toda enteramente a Jesús». Como señal de la elección del Señor, les anuncia el nombre recibido: «Este es el nombre que tengo en religión: Sor Montserrat de San Jacinto.
¡Si supieras la felicidad de la que goza mi alma! ¡Es tan grande, José! ¡Oh, qué dulce es habitar en la cariñosa compañía de Jesús!; yo, José, parece que no estoy viviendo en la tierra, sino que vivo en el cielo.
¡Cuántas gracias tenemos que dar a Jesús por habernos llamado para ser del número de sus íntimos hijos gozando siempre de las caricias del amor! En tus fervorosas oraciones no me olvides, dile a Jesús que cada día le conozca más para poderle amar cada vez más y más, estos son mis ardientes deseos».
La novicia Montserrat
En sus cartas conserva siempre sencillez, humildad y alegría: Se interesa por las cosas de los suyos: por la cosecha, «ya me dirán si hay mucho grano, porque aunque esté en el convento quiero saber cómo le van las cosas» ; por el despacho en la botiga y la atención del teléfono del pueblo; por la bicicleta que facilita el trabajo a su hermano; por la predicación del tío sacerdote y la de su hermano claretiano. Felicita onomásticas, vecinos y familiares, da pésames, recuerdos para los conocidos y para las hermanas del colegio. Recuerda detalles de las fiestas: la crema, los panellets, el turrón ¡Siempre con buen humor! Dirige bromas a sus hermanos. Da consejos a su hermana para que aproveche el estudio, haga oración y asista diariamente a la Eucaristía, «Que seas una jovencita bien agradable a Jesús» ; a su hermano pequeño: «En el colegio procura aprender mucho y ser bueno».
Las novicias le tienen gran estima. ¡Era muy fervorosa!, afirman que hasta «se sentía envidia al ver su actitud en la oración». Hasta se atreven a afirmar que parece que «vive en continua presencia de Dios».
Durante el rezo del Rosario y de la corona, si no tenía otra cosa que hacer, se sienta junto a la canasta de las medias y zurce las de las hermanas.
En el trabajo trata de aliviar a las demás, se presta para las tareas más difíciles y más duras, sin pretender sobresalir ni ser alabada. Obedece siempre perfectamente.
En el recreo gasta bromas; su alegría es sencilla y natural. Le brota de dentro, le sale espontánea.
Las hermanas que fueron compañeras suyas de noviciado la describen así:
- Tenía un natural sencillo y un algo de bondad por encima de todo; - era amabilísima; - con humildad a prueba de bomba, con sencillez y espontaneidad; - Se veía que ella quería hacerse santa, no perdía ocasión de hacerse santa.
-
En 1936, España vive situaciones sociales y políticas dotadas de tensión. Su familia se inquieta por saber cómo estarán en Antequera, ella les tranquiliza puesta su confianza en el Señor:
«No sufran por mí, porque aquí está todo muy tranquilo hasta la hora presente, gracias a Dios, y si pasara algo tenemos quien nos guarda, está dentro de nuestra casa la fuerza poderosa, Jesús en la Eucaristía».
Con dulzura continúa sus reflexiones. Más adelante, con humildad y amor a Dios, añade la excelencia de martirio:
«Pero ¡cuán dulce es sufrir por quien se ama!, ¿será mucho sacrificarnos, y si es necesario hasta dar la vida, por quien primero nos sacrificó la suya? ¡Oh, no tendremos tanta dicha en ser mártires, no merecemos aún este grande beneficio!»
Enfermedad y muerte
La salud de la hermana Montserrat es buena; sin embargo, enferma. Se agudiza la enfermedad, la medicina no puede hacer frente a la gravedad y fallece el día 7 de abril de 1936.
Se habla de un grano, de un ántrax. Ella es mortificada y, en un primer momento, no le da gran importancia. Lo sufre sin quejarse. Parece que le cierra en falso. Crece la infección y se hace manifiesta la dificultad de movimiento. Dicen que sufre peritonitis y septicemia. La gravedad se agudiza.
La Madre Maestra informa apesadumbrada a su familia:
«Ella está muy conforme con todo lo que Ntro. Señor quiera enviarla, y así me ha rogado que se lo diga a Vdes. Cuando le he dicho que iba a escribirles para darles detalles de su enfermedad. Me dice les diga que estén tranquilos y no sufran, pues nada le falta a ella ni en lo espiritual ni en lo temporal, y así es ciertamente.
Ha recibido ya los Santos Sacramentos con gran fervor y edificación de todas y, ella misma, ha pedido que se le dieran los votos para que si Dios Ntro. Señor disponía de ella, se fuera al Cielo consagrada en cuerpo y alma a Jesús».
La hermana Montserrat, nuestra Anita, después de profesar manifestó su deseo de ver a las novicias. Las hermanas rodean su cama y, ella, con la mayor tranquilidad y expresión alegre, les dice:
«Men vai al Cel, men vaig al Cel» [Me voy al Cielo, me voy al Cielo]. «A la Madre Maestra le daba las gracias; la Madre Maestra lloraba. Aquello era la antesala del Cielo. Incluso era bonita», afirman las novicias. Aquel mismo día entró en la Casa del Padre.
En la carta a sus familiares, continúa escribiendo la Madre Maestra:
«Dios Ntro. Señor ha querido llevársela. Estamos apenadísimas, ya escribiremos a Vdes. con más detalles; ha muerto hoy día 7 a eso de las 12; sólo faltaban unos minutos. Ha muerto como una santa, como un ángel.
Ella rogará por ustedes y por nosotras en el Cielo; así lo dijo momentos antes de morirse. Las Madres se unen al dolor de ustedes, y muy especialmente su afma. en Cristo».
Después de su muerte ocurre un hecho singular:
«El sepulcro de Anita tenía siempre flores abundantes, nuevas y escogidas que iban aportando personas seglares. Y la razón era: que en el Noviciado había muerto una joven muy santa».
Sólo detiene esta n muestra de veneración el inicio de los tres años de conflagración civil en España.
Anita, a sus dieciocho años, ha perfumado con aromas de cielo el hogar, el pueblo, el noviciado franciscano.
«Nunca vi en Sor Montserrat de San Jacinto, nada que desdijera de su propósito de ser santa», afirma una de las hermanas compañeras de noviciado.
Su hermano sacerdote, agradecido a la Congregación, decía:
«Que el Señor se lo premie y les envíe vocaciones como las de Sor Montserrat de San Jacinto».
La Congregación tiene presente la virtud y el ejemplo de Anita, Sor Montserrat.
Los jóvenes y menos jóvenes hemos de aprender de sus actitudes, de su amor a Dios y a nuestra Madre la Santísima Virgen María. Al igual que Anita, hemos de mantener viva la llamada a la santidad. Allí, donde Dios nos ponga, hemos de perseverar en la decisión manifestada por Anita:
«He venido aquí para ser santa. No le quiero regatear a Jesús ni un segundo».
José María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.), Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed. Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010, 360 pp.
Anita Solé, decidida a ser santa
Nacimiento y primeros años
Anita Solé Romá, luego hermana Montserrat, nació en Miralcamp, pequeña localidad leridana, enclavada en la comarca del Pla dUrgell; ligar perteneciente a la diócesis de Solsona. La superficie urbana se aproxima al medio kilómetro cuadrado, treinta veces mayor es la extensión municipal. Las líneas divisorias, trazadas con perfección, se remontan al tiempo de los últimos señores feudales, los Medinaceli.
Es hermosa la estampa de Miralcamp, situada en el turó de la Serra, de unos 287 metros de altitud.
La parroquia, iglesia del antiguo castillo, preside la elevación del pueblo. Ya desde lejos invita a la contemplación. Cuando te acercas a la casa de Dios, su emplazamiento como sugestivo mirador te invita a divisar el territorio, los magníficos campos de cultivo del entorno. Todo un símbolo de nuestra relación con el Señor, de nuestra llamada a la santidad, como descubriremos en Anita, y de mirar a nuestro alrededor con la cercanía del Dios bueno que a todos ama, que hace salir el sol sobre justos y pecadores. Lugar sugestivo.
Las estadísticas hablan de 1.440 habitantes en 2009. El Canal dUrgell, construido en el siglo XIX, resultó muy beneficioso para la agricultura, la población aumenta. A principios del siglo XX avanza hacia los mil habitantes; entre los vecinos de entonces encontramos a Jacinto Solé y Rosa Romá, jóvenes esposos que contrajeron matrimonio el 25 de febrero de 1911; él de veintiséis años y ella de veinte.
Anita nace al despuntar el día 6 de enero de 1918. Fue recibida por todos como obsequio de Reyes. Sus hermanos, Ramón de cinco años de edad y José de cuatro, dicen que es su mejor regalo: - ¡Qué alegría! - ¡Cuidaremos a nuestra hermanita!, los papás sonríen satisfechos. - ¡La querremos mucho! Y siempre le han tenido un intenso afecto fraternal. De por vida han mantenido una gran veneración hacia la virtud de su hermanita.
Pero, ¿quién es Anita? Deseo que la conozcáis. Es una joven excepcional. No podemos encontrar en ella grandes obras, acciones importantes. Sólo sé que a todas las personas que la conocieron se les llena la cara de paz y gozo al nombrarla. Los que la tuvieron más cerca afirman que Anita era muy buena, los que más intimaron con ella atestiguan que era una santa.
En las veces que he oído hablar de ella, no faltan afirmaciones como éstas: - era una santa, - un alma de Dios, - toda delicadeza, - con su bondad los problemas los convertía en nada. Amaba al Señor por encima de todo.
Su secreto: sonrisa, delicadeza, bondad, fortaleza, paz, servicio, entrega; todo enmarcado en un intenso amor a Jesús y a María.
Desde sus orígenes, en una familia de profunda vida cristiana, el Señor ocupa el lugar central. Recibió el bautismo en el primer domingo de su vida. Era el día 13 de enero de 1918. Contentos y cuidando de abrigar bien a Anita para protegerla del frío invernal, un grupo de adultos y niños sale del domicilio familiar. La comitiva asciende cuestas y escaleras de la parroquia de San Miguel Arcángel. Ramón y Mariana, tíos maternos, apadrinan a la recién nacida; de ellos, la pequeña Ana María Ramona, recibe su segundo y tercer nombre.
Los niños esperan alborozados el final de la ceremonia. Los padrinos no podrían olvidar la tradición: lanzan al aire confites, almendras, caramelos, chocolate Saltos y alegrías infantiles, expresión de la grande y auténtica alegría compartida: Dios, en el sacramento del Bautismo, acaba de regalar su misma vida a la pequeña Anita, Dios Padre la ha hecho su hija en Jesucristo, con el Espíritu habitan en ella. Anita mantendrá firme la llamada a la santidad durante toda su vida.
Sus padres, muy buenos cristianos y trabajadores, se afanan en la educación de sus hijos y en el sostenimiento de la familia. Cultivan una pequeña parcela de campo que tienen a unos cuarenta y cinco minutos de la población y, además, han establecido una vaquería; con su trabajo dan a la familia un vivir holgado, a la vez que austero. Jacinto, muy vigoroso y trabajador incansable, muchos días va de jornalero a prestar sus servicios a casas más poderosas. Rosa aporta generosa y abnegada su cooperación: cuida con extrema solicitud la casa y la familia, además ayuda al esposo en las tareas, a veces duras, de la vaquería. Madre-catequista enseña a sus hijos las primeras oraciones; cuando los chiquillos se admiran por las torres iluminadas de la iglesia, ella les explica el sentido religioso de la festividad anunciada. Un día ve llorar al pequeño José, la madre le pregunta cariñosa: - ¿qué te ocurre? El niño, entre gimoteos, responde: - He oído decir a unas mujeres que se acabará el mundo. Crecen sus sollozos al expresar su profundo pesar: - ¡no podré ser sacerdote! Durante toda su vida, el que andando el tiempo será el santo sacerdote claretiano P. José María , recordará la alegría dibujada en la cara de su madre al percibir aquel hermoso brote de vocación.
Padres e hijos viven en sumo afecto, paz y armonía. Es una familia encantadora: el matrimonio fiel y responsable, abierto a la vida y dispuesto a secundar la acción de Dios, los niños creciendo felices. En 1919 la señora espera su cuarto hijo, se diría que todo funciona correctamente a pesar del trabajo esforzado; sin embargo, la juventud de la señora Rosa no logra superar una rápida enfermedad. En la mañana del día trece de junio fallece a los veintiocho años de edad.
Deja sus tres hijos en la orfandad y desconsolado a su buenísimo esposo.
Anita sólo tiene diecisiete meses, José está a punto de cumplir los seis años de edad, Ramón no supera los siete. La tristeza les invade; al beso dado a la madre que acaba de morir, le suceden el toque de campana, la congoja del padre, el pesar de familiares y amigos, los rosarios rezados en el domicilio familiar de la calle de la Iglesia, el funeral, las señales de luto. A los tres pequeños y al bondadoso don Jacinto les ha cambiado la vida, los niños ven al hombrón de su padre echarse a llorar como un niño al hablar u oír hablar de su difunta esposa. Los niños emocionados respiran la fe y confianza en el Señor del padre de familia: Dios habrá acogido a la buenísima esposa y madre; en el Cielo nos volveremos a encontrar. Entre sollozos se consuelan.
Cualquiera puede imaginar el dolor del padre al salir cada día de casa y dejar solos a los pequeños, por el bien de la familia tiene que cultivar el campo y asumir todo el trabajo de la vaquería. Los chicos le ayudan lo que pueden. Siempre van los tres pequeños juntos; si el camino es largo, los dos niños ejercen de mayores y se turna para llevar a Anita en brazos. Los hermanitos pasan solos los diversos días; al anochecer, el frío y el miedo los atenaza, acurrucados esperan la llegada del padre.
Jacinto ve que esta situación difícil y casi límite no se puede mantener. Con diligencia y acierto busca una salida; el cuidado y la educación cristiana de sus hijos se impone; en enero, pasado medio año de la muerte de su querida Rosa, contrae matrimonio con Josefa Rojas, señora piadosa, recta en su proceder y en su enfoque de la educación.
La relación de la nueva madre con los tres huérfanos debe valorarse como providencial. Pero, no se puede olvidar que la «madre» es un regalo de Dio su que su vacío es insustituible. Por tanto, no será fácil para los niños.
Durante cuatro años los tres pequeños comparten juegos y vida fraterna. Anita sigue recibiendo el cuidado de sus hermanitos. Antes de que Anita cumpla tres años, la recién nacida Antonia, la despoja del título de benjamina. No sólo esto, además ha de crecer rápido: con sólo cinco años de edad se convierte en primogénita. ¿Qué ha pasado? Sus ojos grandes crecen de admiración, no lo pueden creer: - ¿Os vais?, pregunta entristecida a sus hermanos, - ¿A dónde?, - A Cervera, le responden; entusiasmados le explican: - ¡Vamos a ingresar en el colegio misionero claretiano! Anita crece en una familia en la que el amor al Señor ocupa el primer plano. Sus lágrimas infantiles se transforman al compartir el deseo de sus hermanos de ser misioneros y sacerdotes. El día que parten se abre una nueva etapa en la vida de Anita: desde los cinco hasta los diecisiete años, quedará sola para vivir la experiencia familiar de orfandad; sólo ella sabe su secreto.
Todos los testimonios coinciden: - siempre hablaba con gran elogio y gratitud de su segunda madre. Se portó como obediente y fiel hija; acogió como hermanos muy queridos a los que fueron llegando al hogar: a la pequeña Antonia y a José María , cuando ella ya había cumplido los siete años.
En su corazón conservan un lugar privilegiado sus hermanos ausentes Ramón y José; el recuerdo de su querida madre Rosa permaneces indeleble: cada trece de junio, aniversario de su muerte, guarda cariñosa y fiel su triste añoranza.
Modelo de niña y de joven
Con algo menos de cuatro años, el día 3 de octubre de 1921, Anita recibe el sacramento de la confirmación administrado por el obispo doctor Valentí Comelles.
Llega la hora de su vida escolar, la matriculan en el colegio de las hermanas, de las franciscanas; Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones es el nombre completo.
La afirmación unánime es que esta joven es modelo de alumna y compañera. ¿Cómo lo explican? Hace unos años tuve ocasión de conocer algunas condiscípulas, hoy adultas, manifiestan: - Era un modelo en todo: muy aplicada, muy trabajadora; - alternaba sus tareas escolares con las familiares y el trabajo, - era muy cariñosa; - nunca se la veía enfadada; - siempre estaba contenta; - era muy alegre e infundía alegría; - no daba nunca un disgusto. Las compañeras le consultan y ella amablemente les enseña.
En el colegio se encuentra como en casa. Siempre estuvo en relación con las hermanas; con la sola excepción de dos años en el internado de las josefinas en Lérida, que debió ser al cumplir los ocho o nueve años. También en el internado guardan un buen recuerdo de ella por su carácter dulce y su buena conducta.
La joven comparte su gozo de ser cristiana; catequista, en la iglesia y en el colegio, habla con unción y ejemplo de vida, aquellas niñas recordarán más tarde sus explicaciones, las oraciones y los cantos religiosos que les enseñaba: - hacía cosas de bondad, - era muy humilde y buena, - era un modelo para nosotras.
En casa, ayuda todo lo que puede; a su hermana, la suple en el fregado de los platos. En el campo ayuda a coger espigas en tiempo de siega, a recoger hierbas, a recolectar almendras; le alegra el poder ir al campo a comer con su padre, a veces busca caracoles ¡harán una buena caracolada! Su hermano menor es feliz cuando Anita se afana en llevarlo con ella a recoger hierba y al encuentro con su padre en el campo.
Aprender a coser es otra de sus tareas, formación valorada para las jóvenes. Su madre Rosa, cuando había visto acercarse la muerte, había repartido en testamento sus bienes entre sus hijos; en el cupo de la hija estaba la máquina de coser, herramienta muy cotizada. Parece que había un cierto número de talleres a los que las jóvenes podían acudir para aprender labores. La joven Anita es aprendiz en la casa de la modista. Ella es hacendosa, valora a la instructora y sigue sus enseñanzas, estima que a una mayor preparación le sigue un mejor servicio y entrega a los demás. Sólo una cosa la retrae y le impide asistir gustosa: cuando, en el ambiente agradable que se crea entre las cosedoras, los comentarios del grupo se transforman en negativos.
Anita es responsable y trabajadora, ¡todavía da para más! Vende la leche de la vaquería, y cuando más tarde los padres establecen una tienda, colmado o droguería, en la plaza de la Cruz, Anita será la dependienta. Le gusta, tiene la oportunidad de tratar más a los vecinos del pueblo. Recibe con agrado y con aquella sonrisa, perenne dibujo de sus labios; ayuda a los pobres todo lo que puede, en la tienda tiene una cierta libertad. Cuida el establecimiento, lo tiene limpio y ordenado, y si aún le queda algún rato libre, lee o hace alguna labor de ganchillo. Es muy trabajadora.
Todos los días reza el Rosario y, antes de abrir la tienda, ¡a las seis de la mañana!, acude sin falta a Misa y comulga.
Es muy noble y cariñosa; todos la quieren y comentan su bondad. A veces, las amigas, exclaman: - ¡Anita, eres una santa!, ella hace un gesto de desaprobación y ríe, quitando importancia. Tiene una bondad sobresaliente. Ama a los otros, nunca da una mala respuesta, ni hace un desaire. Es una chica divertida y muy simpática, persona alegre, lleva la alegría a los demás, se le oye cantar y le gusta hacer bromas.
Vocación
La joven Anita reúne un equilibrado bagaje formativo, a los dieciséis años no le falta el conocimiento del dolor, de las personas y de la vida, y, sobre todo, ha recibido una valiosa formación cristiana en un ambiente sumamente favorable: el hogar muy puro y sin la mínima contaminación mundana; la parroquia dirigida por muy prudentes y fervorosos sacerdotes; el colegio con un equipo de religiosas genuinamente franciscanas.
Cuando Anita tenía once años, su hermano José había hecho los primeros votos religiosos en los claretianos. Su padre ya conoce el gozo de la entrega de los hijos a Dios. Ahora le toca el turno a Anita. Un chico del pueblo se fija en ella, a su propuesta responde que ella desea ser religiosa.
En su familia conservan con veneración la carta que esta joven de dieciséis años escribe a su padre el día 17 de agosto de 1934. ¡Recuerdo inestimable! Le felicita por su santo y le habla de su vocación; le duele la separación:
«No les olvidaré en todos los días de mi vida ante los amantes Corazones de Jesús, María y José. Verdaderamente hace tristeza dejar a los padres».
Decidida expone su razón: Dios es
«El que me llama para que sea su esposa, no lo puedo desobedecer»; cuando Dios llama a su servicio uno «debe ser fiel y generoso».
En abril del año siguiente, 1935, preparando su entrada al noviciado, va a Lérida a despedirse de su tía Concepción Romá y de tres primas; allí providencialmente se encuentra con su hermano José. Él mismo nos lo explicaba:
«Como es de suponer la tía y las primas argumentaban de cómo sentían y lamentaban su extraña aventura: Dejar, tan jovencita el mundo, renunciar a tantas oportunidades como se le ofrecían, partir para tan lejano noviciado , además se presentía la próxima tragedia y persecución que se iba a desatar contra sacerdotes y religiosas. Anita, sola en la batalla, serena y sonriente rebatía todos los argumentos y ataques con una convicción que indicaba que todo lo tenía pensado y programado de muy lejos. En una corta intervención mía en el debate, yo le insinué: Pero, Anita, yo me voy a ordenar sacerdote muy pronto; nunca en la vida hemos celebrado una fiesta en familia ¿Podrías esperar a entrar después de mi ordenación? La respuesta fue sin titubeo y contundente: No, no le quiero regatear a Jesús ni un segundo. La visión de Anita era más diáfana que la mía, ella moría el 7 de abril de 1936 y un servidor me ordenaba el 19 de abril del mismo año ¡Secretos adorables de la Providencia! Y a la verdad la respuesta que me dio Anita creo que es la fotografía más exacta del amor y generosidad que había alcanzado en su vida espiritual».
Hacia la casa franciscana
Llega el día esperado, dedicado a nuestra Señora de Montserrat, patrona principal de Cataluña. Poco se dormiría aquella noche, el andén sería testigo del pesar familiar; se despiden pensando que no la volverán a ver. El amor a Dios la conduce más de prisa que el tren que parte a las 5.30 de la mañana, el abrazo maternal de su madre María Santísima le acompaña; Anita misma escribirá más tarde:
«La Verge Moreneta en el día que se celebraba su fiesta me abrió las puertas del convento para que entrar, a entregarme a Jesús sin reserva alguna».
¿A dónde se dirige? El Señor la ha invitado a seguirle según el espíritu que ha visto vivir a las hermanas del colegio, las hermanas franciscanas de los Sagrados Corazones. Es el carisma que Él mismo regaló a la Iglesia a través de los fundadores. ¡Si conocierais a la beata Carmen del Niño Jesús, os dejaríais seducir! Una mujer admirable: su amor, bondad y fortaleza se hacen sonrisa de Dios para los más necesitados, en la educación de los niños y jóvenes, en el cuidado y atención a los enfermos y desvalidos. Decía madre Carmen: «¡Cuando miro al Cielo, se acrecientan mis deseos de ir por esos mundos a enseñar a los hombres a conocer y a amar a Dios!». En 1884 funda la Congregación en Antequera, provincia de Málaga. Abre casa en Castilla (Nava del Rey) y tan sólo tres años más tarde, en 1887, el Instituto religioso comienza a extenderse también por Cataluña. El amor a Dios y el impulso universal de la extensión del Reino de Dios mueve a Madre Carmen.
Anita se ha dejado cautivar por el Señor, que la espera en esta Congregación de Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones. Ha pedido su entrada. Admitida, comienza su tiempo de postulantado; la Congregación a las jóvenes que aspiran a ser religiosas les ofrece unos primeros meses de formación, un adentrarse paulatinamente en esta nueva vida, época de mutuo conocimiento. Es un tiempo en el que se incrementa la ilusión de la joven que se siente llamada por Dios. Así le ocurrió a Anita. Inicia su postulantado, en una de las casas del Instituto, en Barcelona, en la Guardería Cuna del Niño Jesús, institución fundada para la atención de los hijos de los obreros.
Decidida a ser santa
En junio se une al grupo de postulantes y novicias de la Casa Madre de la Congregación, en Antequera. El viaje en tren lo hace con la familia catalana Casas, que va a visitar a su hija novicia, sor Natividad.
La hermana novicia, con sabor de florecilla, explica la llegad de Anita en el atardecer de la víspera de la fiesta de la Santísima Trinidad:
«Fui al recibidor con nuestra Madre Maestra, la Rda. M. Expectación. Cuando mi familia se despidió, fuimos a la ropería a vestir a la nueva postulante. La Madre Maestra le iba haciendo preguntas, pero ella escuchaba sin contestar directamente y, al final, dijo: Madre, yo he venido aquí para ser santa. Esplendida respuesta, concisa y clara, señala el horizonte de su vocación. Y para ella, empezó una vida sencilla, aparentemente sin altibajos».
La hermana Anita escribe varias cartas a su familia, escritos conservados con devoción; unas en el domicilio familiar, otras por sus receptores: «Las he conservado toda la vida como un recuerdo y una reliquia de mi admirada hermana», afirma su hermano claretiano. Sus cartas son muy alegres y cariñosas, para todos y cada uno tiene una palabra adecuad, de ánimo y de alivio, de agrado y de estímulo a la responsabilidad y a la santidad.
En sus escritos repite sin cesar la alegría que siente de encontrarse en la casa religiosa: «Yo sigo muy bien y contentísima». En agosto, en carta de felicitación a su padre, reitera:
«Pensad que a vuestra hija el Señor se ha dignado colocarla en un palacio donde habita el Rey de los cielos y tierra ¿A dónde la podéis tener mejor?» «Yo estoy casi segura que más de una vez habréis pensado: dichosa ella que la tengo en compañía del Esposo más fiel del mundo ¿no es verdad?».
Conoce su fragilidad y que necesita de la ayuda del Señor:
«En su primera carta me decía mamá, que cada vez que entraba en la Iglesia se acuerda de mí, pues no me olvidan nunca en sus santas súplicas, mucho lo necesito que Jesús me haga santa y me dé una santa perseverancia sabiendo cumplir siempre su Divina voluntad».
Preparación para iniciar el noviciado
Se acerca el tiempo del noviciado; con otras hermanas se prepara con los ejercicios espirituales. A su hermano José, próximo a ser ordenado sacerdote, le dice:
«Se me pasaron los diez días como un sueño, no puedes figurarte los deseos que tenía de hacer unos santos Ejercicios para poderme unir más íntimamente con Jesús y comprender más perfectamente lo que es la vida religiosa». Y, añade: «Yo, José, estoy contentísima sin acordarme de nada de las libertades de los padre, etcétera, al contrario si alguna vez me acuerdo, se me llena el corazón de alegría al pensar que Jesús ha querido que lo dejase todo para servirle a Él solo».
Precioso diálogo con su hermano, en el que ambos aspiran a la santidad:
«José, me dices que no vaya a medias con Jesús, pues a Él me he entregado enteramente, que haga de mí lo que quiera, soy su hija, su Esposa querida, pues que disponga de mí. Le he prometido que con su santa gracia nunca le seré infiel, primero morir mil veces antes que ofenderle gravemente.
Que todos los días de tu vida te acuerdes de pedir a Jesús por mí que sea santa, que lo mismo hago yo por ti, que si Jesús te llama al sacerdocio le sepas responder a tan grande beneficio».
Comienza el noviciado
El día es inminente:
«Pues sí, queridos padres, no pueden figurarse lo contentísima que estoy y con las ganas de que llegue este día tan hermoso, día de gracias y bendiciones para mí, como para ustedes también, porque yo arrodillada a los pies del altar con todo el fervor de mi alma le pediré a Jesús que les haga participar de las mismas gracias, como estoy convencida que así lo hace. Siendo Jesús tan buen pagador no dejará de darles la recompensa ya en esta vida y mucho más en la otra, de corresponder tan fielmente a los sacrificios que os ha pedido al llamar a vuestros hijos a la vida religiosa, que felicidad es para los que a ella están llamados, queridos padres».
El 30 de octubre a las cuatro de la tarde tiene lugar el acto que se realiza unido a la vestición del hábito:
«Me vestí con el vestido que Jesús me tenía preparado hacía tanto tiempo, para distinguirme entre tantas doncellas que hay en el mundo. Ya pueden pensar lo contenta que estoy, todas las veces que me lo pongo y me lo quito pienso: ya no perteneces al mundo, sino que perteneces toda enteramente a Jesús». Como señal de la elección del Señor, les anuncia el nombre recibido: «Este es el nombre que tengo en religión: Sor Montserrat de San Jacinto.
¡Si supieras la felicidad de la que goza mi alma! ¡Es tan grande, José! ¡Oh, qué dulce es habitar en la cariñosa compañía de Jesús!; yo, José, parece que no estoy viviendo en la tierra, sino que vivo en el cielo.
¡Cuántas gracias tenemos que dar a Jesús por habernos llamado para ser del número de sus íntimos hijos gozando siempre de las caricias del amor! En tus fervorosas oraciones no me olvides, dile a Jesús que cada día le conozca más para poderle amar cada vez más y más, estos son mis ardientes deseos».
La novicia Montserrat
En sus cartas conserva siempre sencillez, humildad y alegría: Se interesa por las cosas de los suyos: por la cosecha, «ya me dirán si hay mucho grano, porque aunque esté en el convento quiero saber cómo le van las cosas» ; por el despacho en la botiga y la atención del teléfono del pueblo; por la bicicleta que facilita el trabajo a su hermano; por la predicación del tío sacerdote y la de su hermano claretiano. Felicita onomásticas, vecinos y familiares, da pésames, recuerdos para los conocidos y para las hermanas del colegio. Recuerda detalles de las fiestas: la crema, los panellets, el turrón ¡Siempre con buen humor! Dirige bromas a sus hermanos. Da consejos a su hermana para que aproveche el estudio, haga oración y asista diariamente a la Eucaristía, «Que seas una jovencita bien agradable a Jesús» ; a su hermano pequeño: «En el colegio procura aprender mucho y ser bueno».
Las novicias le tienen gran estima. ¡Era muy fervorosa!, afirman que hasta «se sentía envidia al ver su actitud en la oración». Hasta se atreven a afirmar que parece que «vive en continua presencia de Dios».
Durante el rezo del Rosario y de la corona, si no tenía otra cosa que hacer, se sienta junto a la canasta de las medias y zurce las de las hermanas.
En el trabajo trata de aliviar a las demás, se presta para las tareas más difíciles y más duras, sin pretender sobresalir ni ser alabada. Obedece siempre perfectamente.
En el recreo gasta bromas; su alegría es sencilla y natural. Le brota de dentro, le sale espontánea.
Las hermanas que fueron compañeras suyas de noviciado la describen así:
- Tenía un natural sencillo y un algo de bondad por encima de todo; - era amabilísima; - con humildad a prueba de bomba, con sencillez y espontaneidad; - Se veía que ella quería hacerse santa, no perdía ocasión de hacerse santa.
-
En 1936, España vive situaciones sociales y políticas dotadas de tensión. Su familia se inquieta por saber cómo estarán en Antequera, ella les tranquiliza puesta su confianza en el Señor:
«No sufran por mí, porque aquí está todo muy tranquilo hasta la hora presente, gracias a Dios, y si pasara algo tenemos quien nos guarda, está dentro de nuestra casa la fuerza poderosa, Jesús en la Eucaristía».
Con dulzura continúa sus reflexiones. Más adelante, con humildad y amor a Dios, añade la excelencia de martirio:
«Pero ¡cuán dulce es sufrir por quien se ama!, ¿será mucho sacrificarnos, y si es necesario hasta dar la vida, por quien primero nos sacrificó la suya? ¡Oh, no tendremos tanta dicha en ser mártires, no merecemos aún este grande beneficio!»
Enfermedad y muerte
La salud de la hermana Montserrat es buena; sin embargo, enferma. Se agudiza la enfermedad, la medicina no puede hacer frente a la gravedad y fallece el día 7 de abril de 1936.
Se habla de un grano, de un ántrax. Ella es mortificada y, en un primer momento, no le da gran importancia. Lo sufre sin quejarse. Parece que le cierra en falso. Crece la infección y se hace manifiesta la dificultad de movimiento. Dicen que sufre peritonitis y septicemia. La gravedad se agudiza.
La Madre Maestra informa apesadumbrada a su familia:
«Ella está muy conforme con todo lo que Ntro. Señor quiera enviarla, y así me ha rogado que se lo diga a Vdes. Cuando le he dicho que iba a escribirles para darles detalles de su enfermedad. Me dice les diga que estén tranquilos y no sufran, pues nada le falta a ella ni en lo espiritual ni en lo temporal, y así es ciertamente.
Ha recibido ya los Santos Sacramentos con gran fervor y edificación de todas y, ella misma, ha pedido que se le dieran los votos para que si Dios Ntro. Señor disponía de ella, se fuera al Cielo consagrada en cuerpo y alma a Jesús».
La hermana Montserrat, nuestra Anita, después de profesar manifestó su deseo de ver a las novicias. Las hermanas rodean su cama y, ella, con la mayor tranquilidad y expresión alegre, les dice:
«Men vai al Cel, men vaig al Cel» [Me voy al Cielo, me voy al Cielo]. «A la Madre Maestra le daba las gracias; la Madre Maestra lloraba. Aquello era la antesala del Cielo. Incluso era bonita», afirman las novicias. Aquel mismo día entró en la Casa del Padre.
En la carta a sus familiares, continúa escribiendo la Madre Maestra:
«Dios Ntro. Señor ha querido llevársela. Estamos apenadísimas, ya escribiremos a Vdes. con más detalles; ha muerto hoy día 7 a eso de las 12; sólo faltaban unos minutos. Ha muerto como una santa, como un ángel.
Ella rogará por ustedes y por nosotras en el Cielo; así lo dijo momentos antes de morirse. Las Madres se unen al dolor de ustedes, y muy especialmente su afma. en Cristo».
Después de su muerte ocurre un hecho singular:
«El sepulcro de Anita tenía siempre flores abundantes, nuevas y escogidas que iban aportando personas seglares. Y la razón era: que en el Noviciado había muerto una joven muy santa».
Sólo detiene esta n muestra de veneración el inicio de los tres años de conflagración civil en España.
Anita, a sus dieciocho años, ha perfumado con aromas de cielo el hogar, el pueblo, el noviciado franciscano.
«Nunca vi en Sor Montserrat de San Jacinto, nada que desdijera de su propósito de ser santa», afirma una de las hermanas compañeras de noviciado.
Su hermano sacerdote, agradecido a la Congregación, decía:
«Que el Señor se lo premie y les envíe vocaciones como las de Sor Montserrat de San Jacinto».
La Congregación tiene presente la virtud y el ejemplo de Anita, Sor Montserrat.
Los jóvenes y menos jóvenes hemos de aprender de sus actitudes, de su amor a Dios y a nuestra Madre la Santísima Virgen María. Al igual que Anita, hemos de mantener viva la llamada a la santidad. Allí, donde Dios nos ponga, hemos de perseverar en la decisión manifestada por Anita:
«He venido aquí para ser santa. No le quiero regatear a Jesús ni un segundo».
Consultorios



















