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Chiara Badano, una espléndida luz de la juventud actual

Chiara Badano, una espléndida luz de la juventud actual
Chiara un ejemplo de coherencia cristiana y un motivo para alabar a Dios, porque su amor es más fuerte que el mal y que la muerte.


Por: Antonio González | Fuente: Catholic.net



Fuente: Libro Jóvenes Testigos de Cristo
José María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.), Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed. Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010, 360 pp.


Chiara Badano, una espléndida luz de la juventud actual

Autor: Antonio González

Con motivo de la beatificación de Chiara Badano, el día 25 de septiembre de 2010, Benedicto XVI decía ante una audiencia de más de diez mil miembros del Movimiento de los Focolares, muchos de ellos jóvenes, que pueden encontrar en Chiara un ejemplo de coherencia cristiana y un motivo para alabar a Dios, porque su amor es más fuerte que el mal y que la muerte. Y que deben agradecer a la a virgen María que conduce a los jóvenes, aún a través de las dificultades y los sufrimientos, a enamorarse de Jesús y descubrir la belleza de la vida.

¿Quien es esta joven que con sólo 18 años ha sorprendido a las gentes d e nuestro tiempo, y que ha sido beatificada tan rápidamente por la iglesia que incluso sus padres asistieron a la seremonia?

Un nacimiento deseado y una niña feliz

Chiara Badano nació en la localidad italiana de Sasello, situada en la región de los Apeninos de Liguria, el 29 de octubre 1971. Venía al mundo en el seno del matrimonio cristiano, formado por Ruggero Badano, camionero y María Teresa Caviglia, obrera, que durante once años habían pedido insistentemente a Dios y a nuestra Señora del le Rocche tener descendencia. Ir tal circunstancia dirá la madre años más tarde: "En medio d en inmensa alegría, comprendíamos enseguida que no era solo hija nuestra sino, ante todo, hija de Dios".

La pequeña hizo honor a su nombre, Chiara (Clara), desde el comienzo de su existencia: tenía unos ojos límpidos y grandes, una sonrisa dulce y comunicativa, inteligente y cariñosa. Vivaz, alegre y muy activa, de carácter fuerte ero dócil, fue educada cristianamente, de labios de su madre escuchaba con infantil candor las parábolas del Evangelio y las historias de Jesús, aprendiendo a decirle "siempre si" desde su infancia.

Chiara creció sana, amando la naturaleza y el juego, advirtiendo se ene lla la atención especial a los "últimos", por los cuales muchas veces renuncia a momentos de distracción. Desde su jardín de infancia mete sus ahorrarlos en una hucha para los "negritos"; pues sueña con irse un día a África como médico para curar a los niños pobres.

En el día de su primera Comunión recibe como regalo ello ro de los Evangelios. Será para ella un "magnífico libro" y "un extraordinario mensaje"; y afirmara: "Como para mi es fil aprender el alfabeto, así debe ser para vivir el Evangelio también".

La pequeña Chiara es una niña normal y feliz como se desprende sus primeros cuadernos de clase, en los que se palpa su alegría y asombro al descubrir la vida de cada día. También se aprecia en ellos su carácter generoso: en una tarea de primer grado, escribiendo al niño Jesús, no le pide juguetes, sino: "Haz que la abuela Gilda se curé y todas las personas que no están bien". La niña tiene una debilidad por las personas ancianas, a las que trata de ayudar.

Si alguna vez se enfada con los padres, pronto busca la armonía, es conciliadora. Cosas pequeñas pero significativas: la Mamá le propone que recoja la mesa. "No, no quiero". Y se encierra en su habitación pero sale pronto y dice: "Es como la historia del Evangelio, de los obreros que no quieren ir a la viña, y uno dice que sí y después no va, y el otro dice que no...Mamá, vuelve a ponerme el delantal". Y recoge la mesa.

Pequeñas historias como estas testimonian como recibía una sólida educación cristiana, gracias ala comunidad abroquela, al párroco que imparte atractivas lecciones de catecismo, a las buenas amistades.

A los nueve años de edad, en septiembre de 1980, vive un hecho fundamental en su vida: el encuentro con el Movimiento de los Focolares en una reunión de los miembros más jóvenes, las Gen 3. Sus padres se adhieren progresivamente a la espiritualidad del grupo, especialmente a partir de la Family Fest de 1981. Comentaba su madre: "Regresando a casa decíamos que, si nos hubiesen preguntado cuando nos habíamos casado , habríamos respondido: cuando hemos encontrado este ideal".

Desde ese momento al familia Badano iniciaba un nuevos sigilo de vida y será un ejemplo de respeto, calor y unidad. Chiara se preocupa por los compañeros del colegio, se ofrece a cuidar a sus abuelos ancianos para descargar a su madre, ayuda a los Pons que se encuentran en el pueblo. Y todo ellos sin dejar de ser una niña normal, alegre y divertida, como la recuerdan aquellos que la conocieron. una noche antes de dormir, Chiera escribe uno de sus sencillos acontecimientos: "una compañera tiene escarlatina, y todos tienen miedo de ir a visitarla. e acuerdo con mis favores le llevó las tareas de clase, para que nos e sienta sola". Es sólo un detalle de sus preocupaciones.

Un adolescente normal

En las fotos de niña se puede ver a Chiara como una persona con ganas de vivir, con un carácter bien definido y una mirada limpia, que es lo más atrayente. La hermosura de su rostro y la belleza interior que se transparenta en sus ojos no se estropean en la adolescencia, ni con los pequeños granos de la edad.

En 1985 se traslada a Savona para cursar el bachillerato. Se esfuerza en el estudio, pero no le rinde todo lo deseado. CN sus padres emerge una incomprensión, si bien el afecto es más fuerte, y no es difícil que se llegue a acuerdos aceptables por ambas partes, como por ejemplo en los horarios de llegada a casa, pues a Chiara le gusta trasnochar los fines de semana con los amigos me un café.

"Tenía una sólida base humana - afirma Chicca Coriasco, su confidente -; gustaba vestirse con propiedad, peinarse bien y algunas veces maquillarse un poco, pero nunca con lujo". Es apreciada y sabe hacerse querer: esta siempre rodeada de amigos y amigas. Es una gran deportista: práctica el tenis, hace natación y sale de excursión a la montaña. no sabe estar quieta, le gusta mucho bailar y cantar, y sueña con ser azafata de vuelo. Los chicos la pretenden y ella a veces comenta a su amiga, mirando a alguno: "ese me gusta", pero nada más.

A la vez tenía una gran capacidad de retiro y silencio, y disfrutaba estando a solas con Dios, orando, para luego volver y darse de verdad a los demás.

En el verano de 1988 Chiara atravesó un periodo difícil. Se entera de que ha suspendido matemáticas y que tiene que repetir curso cuando acompaña a Roma a las niñas del Movimiento, las Gen 4, a un congreso. Le duele el suspenso, pero no se rinde. escribe a su padres: "Ha llegado un momento muy importante: el encuentro con Jesús abandonado. Abrazarlo no ha sido fácil; pero Chiara esta mañana le explicó a las Gen 4 que El debe ser su esposo".

Chiara, es Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, con quien mantendrá abundante correspondencia, pero sobre todo una relación vital muy intensa hasta el último momento de su vida, cuando llega a decir: " todo se lo debo a Dios y a Chiara".

La gran prueba

Jugando al tenis un día, Chiara siente un dolor punzante en el hombro. No le da mayor importancia, tampoco los médicos. Pero las recaídas llevan a los doctores a profundizar los análisis. Finalmente el diagnóstico más temido: cáncer, saco a ostiogénico con metástasis, un tipo de tumor de los más graves y dolorosos. Chiara encaja el golpe con valentía, sin llanto ni rebelión. Después de un largo silencio, expresa su esperanza de curarse: "lo lograre soy joven" dice. Tiene diecisiete años.

Tal diagnóstico lógicamente cambió su vida, aunque pretendía seguir con la normalidad, y fue el comienzo de su profunda y rápida escalada hacia la santidad. Pero Chiara no estaba sola, y lo confiesa su padre: "teníamos la certeza de que Jesús estaba con nosotros. El nos daba la fuerza". Chiara no maldice su situación, sino que la acepta y Jesús se convierte cada vez más en su "esposo". Escribe: "este mal, Jesús me lo ha mandado en el momento justo".

Comienza la quimioterapia y los largos periodos de tiempo en el hospital de Turín, que no son los días de aislamiento precisamente, sino de una nueva oportunidad de hacer el bien. Chiara se interesa por una muchacha drogadicta, gravemente deprimida, y, descuidando su reposo, la acompaña a todas raptes, levantándose de la cama a pesar del dolor que le provoca el gran callo óseo que tiene en la espalda: "ya tender tiempo para dormir", dice.

Chiara sorprende a todos por su forma de llevar la enfermedad. Los amigos y compañeros van a visitarla. "Al principio teníamos la impresión de ir a visitarla para sostenerla -dice un gen- pero pronto entendimos que no podíamos estar sin ella, nos atraía como un imán". Y uno de los médicos, Antonio Delogu: "Demuestra con su sonrisa, con sus grande somos luminosos, que la muerte no existe, sólo la vida existe".

Fue sometida a dos operaciones muy dolorosas. La quimioterapia le provoco la caída del cabello que cuidaba mucho. Ante cada mechón de cabello que pierde, repite un simple pero intenso: "por ti Jesús". Sus padres, siempre presentes, le recuerdan que en los sufrimientos se puede percibir un misterioso designio de Dios.

Y a Chiara no le cuesta sintonizar con el amor. Así, a un amigo que parte para la misión humanitaria de abrir unos pozos de agua en Benin, le entrega todos sus ahorros diciendo: "a mi no me sirven, yo tengo todo".

Existe una grabación de este periodo en la que Chiara cuenta lo que le ocurrió un día: "cuando los doctores empezaron a hacer la pequeña, pero dolorosa, operación, llego una persona, una señora, con una sonrisa muy luminosa, bellísima: se me acerco, me tomo de la mano y medio ánimo. Como llego, desapareció. No la vi más. Pero me sentí invadida de una enorme alegría, y se me quito el miedo. En esa ocasión entendí que, si estuviéramos siempre dispuestos a todo, cuantos signos nos enviaría Dios".

Momento especialmente doloroso fue cuando perdió el uso de las piernas, ella, que era buena deportista y joven activa. sin embargo, confiesa: "si tuviera que elegir entre caminar o el paraíso, elegiría esta última posibilidad".

La gran prueba llega cuando le diagnostican que no Irene curación posible. Pero Chiara no se derrumba, le ayuda también Chiara Lubich que le escribe: "Dios te ama inmensamente y quiere penetrar en lo más íntimo de tu alma y hacerte experimentar gotas del cielo". Es el momento para vivir en propia carne la espiritualidad Focolares del encuentro con Jesús sufriente que da sentido al propio sufrimiento humano.

Ciara afronta la enfermedad, rechaza la morfina: "Quita la lucidez, y yo no puedo ofrecer el dolor a Jesús, porque quiero compartir todavía con El la cruz". Y ofrece todo por la Iglesia, los jóvenes, la ser zonas que no creen, el Movimiento, las misiones..., quedándose serena y fuerte, convencida de que "el dolor abrazado hace libre". Repite siempre: "no tengo nada más, pero tengo aún mi corazón y con el puedo siempre amar".

Han pasado pocos meses en su vida desde el primer diagnóstico, pero Chiara ha caído muy de prisa, parece ya adulta. Le escribe un médico, Fabiola de Marzini: "no estoy acostumbrado a ver jóvenes como tú. Siempre he pensado en tu edad como en el tiempo de las grandes emociones, de las intensas alegrías, de los enormes entusiasmos. me has enseñado que es también la edad de la madurez absoluta".

Otro de sus médicos, no creyente, y muy crítico frente a la Iglesia, queda a cada vez más profundamente impresionado por su testimonio y el de su familia: "Desde que conocí a Chiara, algo ha cambiado dentro de mi. En ella hay coherencia, en ella todo el cristianismo me encaja".

La enfermedad no es para Chiara excusa para quedarse quieta; no deja de ayudar a los demás y se mantiene más activa de lo que se puede suponer: sigue por teléfono el grupo naciente de Jóvenes por un Mundo Unido de Savona; se hace presente en los Congresos y actividades varias a través de mensajes, tarjetas, carteles; hace locuras para que sus amigos y compañeros conozcan a los Gen y a la Gen… Invita a muchos de ellos al Genfest ’90 (manifestación internacional de los jóvenes por un Mundo Unido, en Roma, en mayo del 90), el cual por fortuna puede seguir en directo gracias a la antena parabólica instalada en el techo de su casa.

Todo por Jesús

Chiara se encuentra con Jesús en la enfermedad, a él se lo ofrece todo. Es su gran amor, con el que desea unirse cada vez más ardientemente. Se encuentra con él en la Eucaristía, en la lectura de la palabra de Dios y en la meditación. Muchas veces reflexiona sobre las palabras de Chiara Lubich: “Soy santa, si soy inmediatamente santa”.

Si alguien le comenta lo molesto del tratamiento por suero, le responde: “¿Qué es una gota que cae en comparación con los clavos en las manos de Jesús?”. Y acompaña cada gota con un “Por ti”. Recibe la visita del cardenal Saldarini, que le pregunta: “Tienes unos ojos estupendos, una luz maravillosa. ¿De dónde viene?” Y ella: “Trato de amar mucho a Jesús”.

A su madre que le pregunta si sufre mucho, responde: «Jesús me quita las manchas con lejía, también en los puntos negros y la legía quema. Así cuando llegue al Paraíso estaré más blanca que la nieve». Y si se muestra preocupada de estar sola cuando muera ella, le repite: “Mamá, confía en Dios, y tendrás hecho todo. Cuando yo no estaré contigo, sigue a Dios y encontrarás la fuerza para ir siempre adelante”.

Chiara está convencida del amor de Dios para con ella y afirma: “Dios me ama inmensamente”, y lo confirma con fuerza, a pesar de ser torturada por los dolores: «Sin embargo es verdad: ¡Dios me quiere!». Después de una noche de inmenso dolor llegará a decir: «Yo sufría mucho, pero mi alma cantaba…»

Los amigos que van a visitarla pensando en confortarla, vuelven confortados a sus casas. Poco antes de morir, les dirá: «…Vosotros no podéis imaginar cuál es mi relación ahora con Jesús… Percibo que Dios me pide algo más, más grande. Tal vez yo podría quedarme en esta cama durante años enteros, no lo sé. A mí me interesa solamente la voluntad de Dios, cumplirla en el momento presente: estar al juego de Dios». Más: «Yo estaba demasiado absorbida por tantas ambiciones proyectos y quién sabe lo demás. Ahora me parecen cosas insignificantes, baladíes y pasajeras… ahora me siento envuelta en un espléndido designio que poco a poco se me revela. Si ahora alguien me pidiese si quiero caminar (la operación la paralizó), yo diría que no, porque así estoy más cerca de Jesús».

Una vez, cosa insólita, pide a sus padres que no dejen entrar a su habitación a los amigos. Otro día les explica: “No es signo de menor afecto o de tristeza. Todo lo contrario. Era que me costaba bajar de donde estaba para después volver a subir”. Y “un clima de paraíso” es lo que experimentan quienes están a su lado. Escribe a los amigos: “Otro mundo me esperaba y no me quedaba más que abandonarme”.

El 19 de julio de 1989 Chiara sufre una hemorragia terrible que la deja al borde de la muerte; se salva “in extremis”. Sin embargo, dirá con plena lucidez: “No derraméis lágrimas por mí. Yo voy donde Jesús. En mi funeral no quiero gente que llore, sino que cante fuerte”.

Un año después, en el verano de 1990 los médicos decidieron interrumpir los tratamientos, pues la enfermedad era imparable. Chiara informa a Chiara Lubich: “La medicina ha depuesto las armas. Al interrumpir los tratamientos, los dolores en la espalda han aumentado, casi no puedo moverme. Me siento tan pequeña y el camino que hay que recorrer tan duro… Con frecuencia, me da la impresión de que me sofoca el dolor. Es el Esposo que sale a mi encuentro, ¿verdad? Sí, yo también repito contigo: Si Tú lo quieres, yo también lo quiero”. En esta misma carta, pedía que le diera un nombre, costumbre que la fundadora de los Focolares hacía con algunas personas del Movimiento.

Chiara Lubich enseguida le responde: “No tengas miedo de decirle a Él tu sí, momento a momento. Él te dará la fuerza ¡tenlo por seguro! Yo también rezo por esto y estoy siempre allí contigo. Dios te ama inmensamente y quiere penetrar en lo íntimo de tu alma y hacerte experimentar gotas del cielo. “Chiara Luce” es el nombre que he pensado para ti; ¿te gusta? Es la luz del Ideal que vence al mundo. Te lo mando con todo mi afecto…”.

Chiara no espera el milagro de su curación, a pesar que en una tarjeta había escrito a Nuestra Señora: «Mi Mamá Celestial, te pido el milagro de mi curación; pero si esto entra en la voluntad de Dios, ¡te pido la fuerza para no rendirme!»; y siempre mantuvo esta promesa. Asume el hecho de que ha llegado al final de su vida en la plenitud de sus dieciocho años; y sólo pide a Jesús ser capaz de hacer la voluntad de Dios; nada para ella. Escribe en uno de sus últimos días: “No le pido a Jesús que me venga a buscar para llevarme al paraíso; no quisiera darle la impresión que no quiero sufrir más”.

Desde niña, Chiara se había propuesto no “dar a Jesús a los amigos solamente con palabras, sino con el comportamiento”. Esto no es siempre fácil; de hecho, algunas veces exclama: “¡Qué duro es ir contra corriente!”. Y para lograr superar cada impedimento, repite: “¡Es para ti Jesús!”

Con impactante serenidad prepara la “fiesta de bodas”, su propio funeral. Elige un vestido blanco y se lo hace probar a una amiga, escoge la música, las flores, los cantos y las lecturas, y dice a su madre: «Mientras me preparas, mamás, deberás repetirte: “Ahora Chiara Luce va a Jesús”».

Llegó finalmente el día del encuentro definitivo de Chiara con su amado Jesús, con su “Esposo”. A su lado estaban el padre y la madre; fuera de la habitación, algunos amigos. Hay una paz casi natural. Sus últimas palabras fueron para su mamá: “Ciao. Sé feliz porque yo lo soy”. Era el domingo 7 de octubre de 1990, a las cuatro de la madrugada, festividad de la Virgen del Rosario.

Chiara vio la luz de Dios y, ya muerta, ayudó a que dos niños pudieran ver la luz del sol. En su día, el padre le había preguntado si estaba dispuesta a donar las córneas de sus ojos. Chiara respondió que sí con una sonrisa muy luminosa.

Chiara, una luz para los jóvenes

Al entierro de Chiara asistieron unas dos mil personas, la mayor parte jóvenes. El funeral lo presidió el obispo y concelebraron la Eucaristía muchos sacerdotes. Los componentes del Gen Rosso y del Gen Verda entonaron los cantos elegidos por Chiara. Fue una fiesta, como ella quería. Y se habló del Paraíso, alegría, elección de Dios… Mons. Livio Maritano dijo en su homilía: “Este es el fruto de una familia cristiana, de una comunidad de cristianos, el resultado de un Movimiento que vive el amor recíproco y tiene a Jesús en medio”.

La conmoción que Chiara causó en quienes la conocieron no menguó con su muerte; al contrario, fue en aumento y su vida llegó a ser muy pronto punto de referencia de muchos jóvenes, que encuentran en ella el sentido de la vida y un ideal. Muchos comenzaron a reunirse en los aniversarios de su muerte, en el cementerio de su pueblo, Sassello, para recordarla. Su “fama de santidad” se ha difundido en varias partes del mundo. El rastro luminoso que Chiara “Luz” ha dejado tras ella, lleva a Dios en la sencillez y en la alegría de abandonarse al Amor. Es una aguda exigencia de la sociedad de hoy y, sobre todo, de la juventud: el verdadero sentido de la vida, la respuesta al dolor y la esperanza en un “después”, que no acaba jamás y sea certeza de la “victoria” sobre la muerte.

El entonces Obispo de Acqui, Mons. Maritano, el mismo que presidió su funeral, inició el proceso de beatificación de Chiara en 1999. El Prelado asegura que tomó esta decisión por «su forma de vivir, especialmente el ejemplo extraordinario que ofreció en el último tramo de su vida. He comprobado que la presentación del testimonio cristiano de Chiara constituía un mensaje muy fuerte, una forma de evangelización, por lo que me preguntaba si era justo mantener escondido en una pequeña diócesis un tesoro tan grande sin ponerlo al alcance de toda la Iglesia. Por eso no tuve ninguna duda en decidir promover esta causa».

Cuando fue proclamada venerable, el decreto de la Congregación para la Causa de los Santos afirmaba que Chiara Badano practicó las virtudes cristianas en grado heroico, especialmente en los años de su enfermedad, cuando un tumor óseo le fue quitando progresivamente las fuerzas, pero no la alegría de vivir. Una alegría conquistada con heroísmo.

Lo que la sostuvo en los momentos más duros de la prueba fue el Evangelio, y el encuentro con un Dios cercano, sufriente también Él, descubierto en la figura de Jesús que sobre la cruz llega a gritar el abandono del Padre. Una fe viva, joven, que se nutría a manos llenas de la espiritualidad de la unidad y de la comunión.

Afirma María Amata Caló, realizadora de televisión que ha dirigido un documental sobre Chiara titulado: «Un espléndido designio»: “Pensaba que iba a contar una historia del pasado; sin embargo, haciendo una búsqueda en Google me encontré con un montón de jóvenes que se dirigían a Chiara Luce para pedirle una curación, tanto humana como espiritual. Fue una sorpresa que me descolocó”. No fue fácil realizar el documental, porque el material era escaso, las fotos de mala calidad y encima no había hechos heroicos. Era una vida demasiado normal. Pero no quise hacer una ficción. He dejado que hablen ella y los testigos vivos, que son muchos y muy distintos: sus padres, sus amigos, los médicos y los que han venido luego, que nunca la vieron pero dicen que la conocen y el encontrarse con ella les ha cambiado la vida.

Y concluye: «Sí, ella supo darle un sentido al sufrimiento, a la vida. Una muchacha frágil y consumida por una enfermedad, pero que trató de descubrir detrás de todo ello un esplendido designio. Sin duda eso te cambia la perspectiva que tienes de la vida. Incluso los actores de doblaje, acostumbrados a las emociones, tenían lágrimas en los ojos».

«Creo que Chiara es un buen prototipo de la santidad “moderna”. Su historia, incluso antes de la enfermedad, demuestra que una persona absolutamente normal puede llegar a vivir una vida tan extraordinaria que se torna extraordinaria ella misma», dice Franz Coriasco, autor “agnóstico” del libro «Chiara Luce» vista de tejas abajo, una de las biografías publicadas sobre la joven. «Resulta fascinante por muchas razones: su sencillez, su levedad y al mismo tiempo por la coherencia y la determinación con que supo darle consistencia a sus actos. Su forma de afrontar la vida era lo opuesto a la retórica y a la palabrería. Su amor a Dios y al prójimo constaba de pocas palabras y muchos gestos, prácticamente lo contrario de todo lo que cualquiera de nosotros se ve obligado a tragarse todos los días por la tele o de los autoproclamados maestros del pensamiento».

«Después del Evangelio, los santos son el único mensaje cristiano que de verdad “llega”. Sólo que los cristianos no sabemos hablar de ellos. Al hacerlo, caemos en el moralismo, y el mundo bosteza», dice Luigi Accattoli, vaticanista del Corriere della Sera. «Los responsables de los medios de comunicación consideran que el cristianismo es aburrido, mientras que, cuando es verdadero, inflama. Se trata de un prejuicio laicista y de pereza cultural. Los medios sí que son aburridos». Y añade: «Los hombres y las mujeres de hoy tienen una gran necesidad de los golpes en el estómago que saben dar los santos. El don que recibió Chiara para mirar a la cara a la “hermana muerte” podría resultar arrollador si se le propone a una generación que juega con la muerte inconscientemente».

Concluye Accattoli: «Esa recomendación que le hizo a su madre para que tuviera “cuidado con papᔠel día del funeral, su funeral, “porque si empieza a llorar, hará ruido y molestará, es de un realismo práctico sorprendente y a la vez demuestra un sentido del humor memorable. Cada vez que lo cuento, el auditorio estalla en aplausos».

En la ceremonia de su beatificación, el Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Mons. Angelo Amato, dijo que Chiara, con su testimonio de profundo amor y caridad en medio del dolor de su enfermedad, nos invita a reencontrar la frescura y el entusiasmo de la fe. Es una misionera de Jesús, un apóstol del Evangelio como buena noticia para un mundo rico en bienestar, pero con frecuencia enfermo de tristeza y de infelicidad.

Al elevar a los altares a esta joven, primera miembro del movimiento de los Focolares inscrita en el libro de los beatos, que vivió entre 1971 y 1990, el Prelado vaticano invitó a todos «a reencontrar el entusiasmo de la fe a todos, a los jóvenes especialmente, pero también a los adultos, a los consagrados, a los sacerdotes. A todos se ha dado la gracia suficiente para ser santos. Respondamos con alegría a esta invitación de santidad y demos gracias a Benedicto XVI por el don de la beatificación de nuestra Chiara Luce. Se trata de un signo concreto de la confianza y la estima que el Papa tiene por los jóvenes, en quienes ve el rostro joven y santo de la Iglesia».

El Arzobispo resaltó el testimonio de la joven con cáncer de huesos. «Afectada a los dieciséis años por el osteosarcoma, acepta la cruz con dolor, pero con serena fortaleza: “No tengo piernas y me gustaba tanto pasear en bicicleta, pero el Señor me ha dado alas”. Sufría, pero el alma cantaba. Rechazaba la morfina porque, “me quita la lucidez y puedo ofrecerle a Jesús mi dolor”».

Las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra. La frase de Chiara “Si tú lo quieres, Jesús, también lo quiero yo” es muy fácil de pronunciar cuando las cosas nos van viene, pero cuando, como en su caso, se ve cercana la muerte a los diecisiete años de edad, esa frase se convierte en un testimonio que cause verdadero asombro, admiración e imitación. Y es que la santidad es unir nuestra vida a la de Dios, nuestra voluntad a la Suya, y Chiara nos enseña, como todos los santos, que ahí se encuentra la felicidad que tanto anhelamos y que no encontramos satisfactoriamente en este mundo. A la hora de la muerte es cuando las cosas se ven más claras: lo fundamental como fundamental y lo secundario como secundario.

Con su beatificación, la Iglesia nos propone a Chiara “Luce” Badano como un ejemplo de verdadera alegría y entrega, especialmente a los jóvenes, de quienes ella decía: “… Los jóvenes son el futuro. Yo no puedo correr más, pero quisiera pasarles a ellos la antorcha como en las olimpiadas. ¡Los jóvenes tienen una sola vida y vale la pena gastarla bien!”







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