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Laura Vicuña, poema de amor filial

Laura Vicuña, poema de amor filial
El fervor de la comunión diaria y la confesión frecuente, la devoción al Santísimo Sacramento, al Sagrado Corazón, a María Auxiliadora, los sacrificios y oraciones por los pecadores, la pureza de vida y el encanto evangélico de Laura.


Por: Rvdo. P. D. José Antonio Martínez Puche O.P. | Fuente: Testigos de Cristo



Fuente: Libro Jóvenes Testigos de Cristo
José María Montiu de Nuix (Coord.) - José A. Martínez Puche (Coord.), Jóvenes testigos de Cristo. Ejemplos de vida y fe en nuestro tiempo, Ed. Edibesa, Colección "Santos. Amigos de Dios"/10, Edibesa, Madrid 2010, 360 pp.



Laura Vicuña, poema de amor filial



Autor: Rvdo. P. D. José Antonio Martínez Puche O.P.



En el marco salesiano de los jóvenes que encontraron en Cristo el amor de su vida y en el Evangelio el camino de la santidad, se encuentra Laura Vicuña, muerta en olor de santidad.

Chile: problemas desde la cuna

Laura Carmen Vicuña del Pino nación en Santiago de Chile, el 5 de abril de 1891. Su padre, José Domingo Vicuña, pertenecía a la aristocracia chilena y era militar de carrera. Su madre, María Mercedes del Pino era de familia modesta, y no fue aceptada de buen grado por la familia Vicuña, a causa de su clase social.

En el ambiente de la guerra civil que invadía la sociedad chilena a principios de 1891, el presidente José Manuel Balmaceda propuso como candidato presidencial a Claudio Vicuña, pariente de José Domingo. Cuando los rebeldes se hicieron con el gobierno, desataron una implacable persecución contra el presidente y sus seguidores. Los Vicuña tuvieron que escapar de los perseguidores, y en 1894 moría Temuco José Domingo, dejando a su esposa Mercedes y a sus dos hijas, Laura y Julia Amanda, en el más absoluto desamparo familiar, económico y social. La viuda y las dos huérfanas tuvieron que sufrir cinco años de penurias en Chile, hasta que en 1899 Mercedes decidió cruzar los Andes a lomo de caballo, con un grupo de emigrantes, en busca de un futuro con mejores horizontes en Argentina.

Después de días de fatigosa marcha, llegaron a la población argentina de Neuquen, de donde pasaron a Quilquihué. En 1900, Laura y Julia Amanda comenzaron a frecuentar las clases del colegio de las Hijas de María Auxiliadora en Junín de los Andes, a veinte kilómetros de Quilquihué. La vida había cambiado para las niñas, y mucho más para su madre, cuya amistad con el dueño de la estancia donde se alojaron al llegar, Manuel Mora, iba en sospechoso aumento. A sus nueve años, Laura comienza a intuir algo raro en aquella relación entre su madre y el hacendado argentino.

Argentina: con las Hijas de María Auxiliadora

Desde el primer día que llegó al colegio, Laura quedó cautivada del talante de las religiosas salesianas y pronto nació en ella el deseo de ser un día como ellas: muy cercanas a Jesús y al amparo de María Auxiliadora, de donde les venía aquella alegría y paz interior que transmitían a las niñas. Lo que el niño Domingo Savio sintió junto a Don Bosco en Turín cincuenta años antes, lo sintió Laura entre las Hijas de María Auxiliadora en Junín de los Andes. 1901 fue un año importante para Laura: hizo su primera comunión, iniciando así una relación personal con Jesús cada día más intensa, y el 8 de diciembre era admitida en las Hijas de María. Laura tenía diez años. Y, como Domingo Savio, prometió al Señor antes morir que pecar. Quería ser toda de Dios y para Dios. Y formuló tres propósitos:

- Dios mío, quiero amarte y servirte durante toda mi vida; por eso te entrego mi alma, mi corazón y todo mi ser.

- Antes quiero morir que ofenderte por el pecado: por eso quiero mortificarme en todo aquello que pudiera apartarme de ti.

- Propongo hacer todo lo que sepa y pueda para que tú seas conocido y amado y para reparar las ofensas que todos los días recibes de los hombres.

Poco a poco fue dándose cuenta de la situación moral de su madre, que seguía manteniendo relaciones con Manuel Mora. Fueron vanos todos los intentos de Laura para que su madre dejara aquella situación de pecado y escándalo. Sin embargo, en su corazón de niña cristiana no condenó la conducta de la persona a quien más quería. Sufrió por ella, oró por ella y, el 13 de abril de 1903, ofreció su vida para que su madre cambiara de vida y se salvara. Solicitó comenzar el postulandado entre las jóvenes que se iniciaban en la vida salesiana, pero por su edad no fue admitida. Sin embargo, obtuvo permiso para pronunciar privadamente los tres votos de pobreza, castidad y obediencia.

Pureza virginal: ofrece su vida por su madre

El internado de las Hijas de María auxiliadora se cerraba durante las vacaciones de verano, por lo que Laura y su hermana regresaron a Quiquihué. Laura ha ido desarrollándose y comienzan a aparecer los síntomas de la evolución de la niña a mujer, con encantos muy singulares. Tanto, que el amante de su madre, Manuel Mora, se fija demasiado en ella, y ella se da cuenta. Él hace todo lo posible por quedarse a solas con Laura. Y ella es consciente de las intenciones malvadas de aquel hombre que la acosa constantemente. Su único apoyo es Dios, que sale en defensa de quien a Él se acoge, y Laura vence a Manuel, que se ve despreciado y humillado por una chiquilla que viva en su casa y que va al colegio gracias a que él le paga la matrícula y la pensión del internado.

Una ocasión propicia para intentar seducir a la niña son las fiestas del pueblo. Después de la cena, Manuel invita a Laura a bailar con él, con halagos y promesas. Laura lo rechaza, y Manuel, furioso al verse despreciado ante la familia e invitados, arrastra a Laura hasta la puerta y la echa de casa. Intenta luego vengarse con la madre, que nada sabe del acoso de Manuel a su hija. Mercedes sale a convencer a Laura para que dé ese gusto a Manuel: si no lo hace por ella misma, que lo haga al menos por su madre y por su hermana, beneficiarias de la hospitalidad de Manuel. Pero Laura, entre lágrimas y sollozos, le dice a su madre que no puede acceder. Aquella noche, la tenaz resistencia de la niña llevó a Manuel a embriagarse y a desahogarse brutalmente con Mercedes.

Los meses de verano pasan y, a la hora de regresar al colegio de Junín, Manuel tiene preparada su propia estratagema: se niega a pagar la matrícula y la pensión colegial de las niñas, para retener a Laura en casa. Él está convencido de que, por las buenas o por las malas, antes o después, Laura caerá en sus brazos.

Laura se da cuenta de la trampa, habla con su madre, ya consciente de la vida angelical de su hija en peligro, y le pide que solicite de las Hermanas la vuelta gratuita al internado. Y las Hijas de María Auxiliadora admiten a Laura en aquellas condiciones. Julia Amanda permanece con su madre.

Estamos en el crudo invierno de 1903-1904. Al intenso frío acompaña la lluvia torrencial, que hace desbordarse el río Chimeuín. Todo Junín queda bajo las aguas de la riada, incluida la planta baja del colegio. Cuando pasó la riada, volvieron las Hermanas y las niñas internas. Pero las condiciones de salubridad de aquel colegio habían quedado bajo mínimos. La fría humedad resultante de la inundación afectó a la comunidad y a las internas. En particular, Laura Vicuña, que había ofrecido su vida a Dios por la salvación de su madre, siente que sus días están contados: una pulmonía galopante acabaría pronto con su vida terrena.

Un poema de pureza, sacrificio y amor filial

Hasta entonces, el ofrecimiento de su vida por su madre había sido el secreto mejor guardado de Laura. Pero se armó de valor y, cuando ya apenas podía hablar, le confesó a su madre que iba a morir víctima de su ofrecimiento a Dios por ella:

Mamita, voy a morir. Yo misma se lo pedí a Jesús. Hace dos años que le ofrecí mi vida para obtener la gracia de que tú vuelvas a Él. Mamita, ¡si antes de morir pudiese tener el gozo de saber que estás en paz con Dios!

Mercedes, que conocía algo de la grandeza espiritual de su hija, nunca pudo imaginar que su heroísmo y su amor filial llegaran a tanto. Las palabras de Laura la conmovieron. Y le prometió firmemente a su hija que abandonaría aquella situación de pecado: el día siguiente se confesaría y comulgaría junto con Julia Amanda.

Pero Laura no pudo ser testigo de aquel cambio de vida de su madre. Le bastaba su palabra para llenarse de alegría y de paz. Comprendió que Dios había aceptado su ofrecimiento generoso, y la llamaba a su presencia. Y, con la paz del corazón y la fama de santa, se durmió en el Señor el 22 de enero de 1904. Sus últimas palabras fueron:

¡Gracias Jesús! ¡Gracias, Madre mía! Ahora muero feliz.

Laura Vicuña iba a cumplir los trece años.

Su madre cumplió su promesa. Volvió con Julia Amanda a Chile, dejando en Argentina la prosperidad que le brindaba Manuel Mora, a cambio de su alma.

Desde el cielo, Laura ayudaría a su madre y a su hermana a hacer frente a la pobreza que les esperaba.

Aunque todos estaban convencidos de que había volado al cielo una santa, pasaron años hasta que el proceso de canonización se incoara en Roma, el 25 de febrero de 1982. Pero fue un proceso rápido. Quienes declararon como testigos subrayaron la madurez de juicio, la inclinación al bien, la prudencia, la humildad, la piedad sincera, la vida intensa de oración, el ejercicio consciente de la presencia de Dios, el fervor de la comunión diaria y la confesión frecuente, la devoción al Santísimo Sacramento, al Sagrado Corazón, a María Auxiliadora, los sacrificios y oraciones por los pecadores, la pureza de vida y el encanto evangélico de Laura.

Juan Pablo II, el 3 de septiembre de 1988, en su visita al pueblo natal de San Juan Bosco, Castelnuovo (Turín), beatificó a Laura Vicuña.

Sobre el sepulcro de la Beata Laura, en la capilla del colegio de las Hijas de María Auxiliadora de Bahía Blanca (Argentina), se lee este epitafio:

Aquí reposa, en el Señor, Laura Vicuña, flor eucarística de Junín de los Andes. Su vida fue un poema de pureza, sacrificio y amor filial.


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Rvdo. P. D. José Antonio Martínez Puche O.P.






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