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La defensa de la fe y del país hasta la muerte

La defensa de la fe y del país hasta la muerte
Este testimonio de cristiano catalán, asesinado por los franquistas en 1938, demuestra que sentirse Iglesia no es ser de un color político


Por: Maria Victòria Giménez | Fuente: www.e-cristians.net





Carrasco i Formiguera: La defensa de la fe y del país hasta la muerte no conoce ideologías políticas


Este testimonio de cristiano catalán, asesinado por los franquistas en 1938, demuestra que sentirse Iglesia no es ser de un color político



El nombre de Manuel Carrasco i Formiguera es un referente de lo que se podría llamar "la tercera España". Hay muchos analistas que, cuando hablan de la Guerra Civil española y su contexto, identifican la fe cristiana con el franquismo y, por tanto, se consideran legitimados para desacreditar a la Iglesia católica cuando en los últimos años ha beatificado y canonizado a un importante número de creyentes asesinados por las tropas republicanas. Pero el reconocimiento que el Papa hace de su santidad no es porque hayan sido franquistas (además, en muchos casos no entendían lo que estaba pasando), sino exclusivamente porque murieron de forma violenta por el simple hecho de haber proclamado públicamente su fe cristiana. Y el contexto, ya lo saben muchos de nuestros lectores, está muy claro: durante los años 30, la izquierda sociológica española, que ciertamente formaba parte de un sistema político legítimamente constituido, utilizó medios moralmente ilegítimos para desprestigiar a la Iglesia católica. Se quemaban iglesias, se intentaba expulsar el hecho religioso de la vida pública, se tomaban decisiones políticas contra los sacerdotes y las congregaciones religiosas... Se hizo un daño muy grande a la Iglesia; éste es el dato objetivo.

Desde la voluntad de seguir impulsando la total reconciliación entre los españoles por aquel terrible episodio que fue la guerra civil (1936-39), es muy importante recordar que también hubo católicos que, sin complejos, defendieron su fe desde una posición integrada en la República, que era -al menos quería ser- un sistema democrático. Es el caso de Carrasco i Formiguera, un abogado catalán identificado con el catalanismo de raíz cristiana y comprometido con su fe y con su tierra. La defensa de la integridad del Estatuto catalán vigente en los años 30, el de Nuria, y la Iglesia católica fueron sus rasgos más característicos no sólo en el terreno de su vida personal, sino también como diputado electo en Madrid. Después de una militancia juvenil en la Lliga Regionalista y en Acció Catalana, pasó a Unió Democràtica de Catalunya (UDC), partido del cual llegó a ser uno de los dirigentes más destacados. Tras el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, que inicialmente no triunfó en Cataluña, se mantuvo fiel a la República y a la Generalitat de Cataluña.



La opción preferencial por los pobres
Esta coherencia con su pensamiento, y desde sus convicciones cristianas, hizo que Carrasco i Formiguera practicase la gran virtud del amor defendiendo a los desprotegidos del momento, que eran los perseguidos por sus ideas y por sus creencias religiosas. Esto le costó algunas persecuciones por parte de miembros de la FAI (anarquistas) y de grupos comunistas. Ante estas amenazas, se trasladó al País Vasco, donde colaboró con el Gobierno autonómico de entonces. En febrero de 1937, tras la caída de Guipúzcoa en manos de los franquistas, volvió a Cataluña, pero fue nuevamente perseguido por los mismos colectivos y decidió volver a Euskadi, en este caso con su familia y como representante de la Generalitat en Vizcaya. Pero Carrasco y Formiguera quería lo mejor para los suyos, y por eso decidió embarcar en el mercante Galdamaes hacia Bayona (Francia). El barco, sin embargo, fue capturado por el buque fascista Canarias y Carrasco i Formiguera fue capturado y trasladado al penal de Burgos como prisionero de guerra. El 9 de abril de 1938, fue ejecutado después de ser condenado a muerte.

Manuel Carrasco i Formiguera, perseguido por los dos bandos y asesinado por los franquistas, desarrolló durante la Guerra Civil española una acción solidaria y valiente que salvó muchas vidas. El Vaticano y miles de católicos trabajaron y lucharon para que no fuera ejecutado, pero el intento no sirvió de nada. Muchos han visto en la figura de Carrasco i Formiguera un ejemplo de común denominador entre republicanos y franquistas en aquel momento: perseguir a "todos aquellos que pusiesen en peligro la unidad de España". Pero no es ésta la visión más cristiana del contexto en el que este jurista y político catalán defendió su fe y su tierra. Lo más importante es que Carrasco i Formiguera murió amando a los demás, a los perseguidos, sin tener en cuenta su color político, su raza, su lengua o su creencia. La fe de este hombre es la fe de la Iglesia: la que no se identifica con ninguna ideología y respeta todas las tendencias políticas siempre y cuando utilicen medios pacíficos y moralmente justos.

Pero la vida de Manuel Carrasco i Formiguera (Barcelona, 1890 - Burgos, 1938) no es sólo el período 1936-1938. Ya antes, durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1929), fue perseguido y encarcelado durante seis meses por los contenidos del semanario L´ESTEVET, que él mismo había fundado. También fue multado y obligado a vivir fuera de Cataluña por haberse negado, junto con otros compañeros directivos, a dejar de publicar la GUIA JURÍDICA DE CATALUNYA que se editaba entonces. Carrasco, en cualquier caso, entendía su acción política como un servicio y, sobre todo, como una oportunidad muy valiosa para ayudar al prójimo.



Homenajes recientes

En el año 2001, Carrasco i Formiguera fue noticia porque sus restos mortales fueron trasladados, en un merecido homenaje, del cementerio de Sant Genís dels Agudells a una nueva tumba dentro del cementerio barcelonés de Montjuïc. En aquel momento, que coincidía también con el 70º aniversario de Unió Democràtica de Catalunya (uno de los dos partidos miembros de la actual federación nacionalista Convergència i Unió), algunos pueblos, ciudades, asociaciones y colectivos se unieron al recuerdo de su memoria. Es el caso de la localidad de Sant Pol de Mar, en la comarca del Maresme (16 kilómetros al norte de Mataró), donde se erigió en ese momento un monumento a Carrasco i Formiguera. Los ciudadanos de este pueblo, muy característico de la personalidad de los catalanes (discreto, abierto y entrañable), mantienen vivo el recuerdo de un hombre que actualmente nos tiene que hacer reflexionar.

Sólo Dios sabe el premio que se ha ganado este catalán ejemplar. Algunas personas, desde una visión civil, han exigido públicamente al Papa que beatifique a Carrasco i Formiguera. Está bien el fondo de la petición, pero no la forma ni la exigencia. Que Carrasco i Formiguera sea declarado oficialmente beato o santo no es ninguna condición para la reconciliación entre las personas enfrentadas en aquella horrorosa guerra civil en España. Los católicos, eso sí, podemos afirmar con claridad que estamos ante un testimonio de ejemplar vivencia de las virtudes cristianas; y esto es mucho más importante que un proceso de beatificación que -también hay que decirlo- sería motivo de celebración para todos los catalanes, tengan la ideología que tengan. Hablar de Carrasco i Formiguera es hablar de fraternidad y de reconciliación.






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