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¿Qué es participar? ¿Cómo debe hacerse? Parte I
¿Qué es participar? ¿Cómo debe hacerse? Parte I
José E. Morales Mancera (Yoinfluyo.com) nos presenta una primera aproximación reflexiva a lo que implica la participación en todos los ámbitos sociales.


Por: José E. Morales Mancera | Fuente: Yoinfluyo.com



Para la concepción socialista, y de hecho cada vez más para la social demócrata, participar consiste en recibir una ración igual de bienestar e instrucción, de modo tal que las plusvalías revierten a la masa conforme a criterios burocráticos.

Pero el resultado es que el monopolio de esa distribución y la determinación cualitativa y cuantitativa de la ración de cultura, confeccionada al efecto, lo asume el Estado, materialmente los burócratas y quienes detentan las palancas de mando de su poder. Son hombres tan de carne y hueso como los “de iniciativa privada”, con sus mismas pasiones y debilidades, pero con mayor poder en sus manos al concentrar en ellas conjuntamente el poder político, económico y cultural, y carecer en la práctica de responsabilidades, o de perjuicios si lo hacen mal, pues no corren ningún riesgo en su patrimonio personal, antes, “a ríos revueltos puede haber ganancia de pescadores”. Ni uno ni otro de estos conceptos captan la esencia de la participación, por eso llevan a contradictorios resultados.

Para alcanzar la verdadera libertad política asequible, hay que observar qué tiene la sociedad de organismo y luego comparar en qué se asemeja y diferencia de los organismos biológicos.

Participación biológica

Los miembros, los órganos, los tejidos, las células son distintas y muy diversas en todo ser vivo. Cada uno tiene su función. Por eso se complementan y coadyuvan diversamente al realizar sus funciones y cumplir sus finalidades.

Sólo el cáncer y, la putrefacción que sigue a la muerte, igualan a todos. En el cuerpo humano hay solidaridad, subsidiariedad, sentido de bien común, o sea, de salud. Si un dedo se lastima o enferma, todo el cuerpo acude a su ayuda.

Del mismo modo ocurre en las comunidades y sociedades humanas que quieren complementariedad y mutua ayuda entre sus componentes, lo que, a su vez, presupone entre ellos una desigualdad que no significa necesariamente superioridad de valor esencial, ni contradice que seamos iguales en esencia, pero existencialmente desiguales y con funciones diversas.

Observemos y reflexionemos: hombres y mujeres, padres e hijos; jóvenes, adultos y viejos; maestros y discípulos; aportantes de iniciativas, de bienes de organización y de trabajo; sabios, guerreros, técnicos y obreros. ¿Qué intercambios habría en una sociedad de iguales, fuera de un comercio verbal, falaz y vano?

El intercambio exige la diferenciación y la diferenciación exige, a su vez, la jerarquía de una dirección inteligente y honesta. También aquí es verdad que la variedad es la vida; y la uniformidad la muerte, pues es cierto que la igualdad que fascina a nuestros contemporáneos es la definición de la muerte social. Las sociedades humanas, a diferencia de los seres biológicos vivos, no unifican sus componentes en un todo unívoco, sino que sólo deben aunarlos en cuanto se refiere a su fin común, lo cual requiere de la participación, que es una interacción entre lo múltiple y lo uno, que confiere a la multiplicidad un cierto sentido de unidad funcional superior.

Debe producir una armonía que mantenga la unidad sin destruir la multiplicidad. Participar no es igual a compartir, pues las cosas materiales se comparten y al compartirse se agotan; las cosas espirituales o los valores humanos se participan y al participarse se enriquecen, nadie sale perdiendo, es un ganar-ganar.

Para participar se requiere:
• Ser distintos para así aportar valores diferentes.
• Ser mutuamente complementarios.
• Trabajar en equipo para un bien común operado o dirigido por alguien inteligente y honesto que implemente el juego y no lo estorbe. Éste sería el papel del Estado, del director de empresa o del capitán del equipo, más animador (coach) que dominador.

Toda sociedad es participativa o va al desastre, desde el equipo deportivo hasta la orquesta sinfónica. Ex pluribus unum. Universidad de la diversidad formar unidad.

No hay participación si en lugar de interacción hay dialéctica entre los elementos múltiples o entre éstos y la unidad integradora. Pero tampoco la hay si lo múltiple desaparece absorbido de una unidad superior, pues lo múltiple sólo es tal mientras cada elemento mantiene su propia individualidad en el ámbito de su competencia respectiva.

La verdadera participación, como armonía de lo múltiple con lo uno, requiere de diversidad de competencias en la unidad superior y de cada elemento en la pluralidad. Esa diversidad de competencias la determina, dinámicamente y de un modo natural, el principio de subsidiariedad, a partir de los elementos más simples hasta los de cada cuerpo integrado, por orden de complejidad y extensión, y en la medida de lo que no puedan realizar los más simples y elementales.

Falsas ideas de participación

• La llamada descentralización, efectuada por una desconcentración, en virtud de la cual la unidad multiplica sus tentáculos hasta la periferia.

La creación de un órgano colectivo, los comités, que absorba la resolución de los problemas de todos y cada uno de los componentes de la pluralidad allí representada.

La pluralidad y la responsabilidad se esfuman en la unidad colegial, tanto más cuanto más subsumida resulte aquélla en ésta y mayor competencia absorba y se atribuya al órgano colectivo en detrimento de las decisiones y actividades peculiares de los cuerpos integrantes de la pluralidad.

La regla dice que “tome la decisión quien tiene la información, el criterio o formación y la experiencia”; y mientras más abajo se cumpla esto es mejor, tanto en la administración pública como en la fábrica. Esto sólo es posible cuando los criterios estratégicos y de política son claros y entendibles por todos los participantes; o sea, en un estado de derecho de leyes justas e inteligibles por la mayoría y las mínimas indispensables.

Precisamente, la sociabilidad humana no se desarrolla en un solo grado, en una única comunidad política totalizante, sino en distintos órdenes y graduaciones de comunidades humanas.

Por eso, el Estado no es una comunidad de individuos sino una sociedad de sociedades; y, a través de ellas, la sociabilidad humana se desarrolla de modo natural y escalonadamente, sin que las formas más elevadas absorban a las inferiores, sino las complementen para el logro de los fines que éstas no alcancen.

La libertad civil y la libertad política quedan vulneradas en cuanto se produce esa absorción y los hombres se ven mediatizados en la libertad de asumir sus responsabilidades personales, familiares, profesionales, locales, etcétera, dentro de su propia esfera, con los demás componentes de la comunidad concreta en la que participan, mientras el bien común no requiera de la asunción del problema a un nivel social más extenso o superior, por necesidad de solución.

No debe olvidarse que la macroeconomía, la macropolítica y la macrocultura dependen de la microeconomía, la micropolítica y la microcultura, y aquéllas no pueden absorber a éstas sin sufrir las consecuencias de la asfixia que provocan.

La libertad económica, política y cultural se halla en juego. Son incontables las mentes que forjan el orden social vital cuando se organizan en grupos primarios participativos y tolerantes. Destruir esa participación y violar así el principio de subsidiariedad implicaría la muerte de la libertad de pensamiento y creatividad, base del uso de todas las demás libertades, que asumirían unas pocas mentes, que con una cultura de dominio político de poder, interpretarían y manejarían a una masa maleable. Así se realiza el fenómeno que se ha denominado masificación dirigida.
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