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Pensar para ser libre
Pensar para ser libre

¿Por qué a los alumnos les cuesta tanto pensar? ¿Por qué rige en casi todos los ámbitos la ley del “mínimo esfuerzo” o de las “recetas preestablecidas”? Pietro Ameglio habla sobre educación, libertad y democracia


Por: Pietro Ameglio | Fuente: usem.org.mx



¿Pensamos? Parece una interrogante pueril y una respuesta obvia. Sin embargo, creo que es el problema epistémico más imperioso de nuestro tiempo. En particular, para quienes trabajamos en la docencia a través de métodos constructivistas y nos enfrentamos periódicamente con ese problema: ¿por qué a los alumnos les cuesta tanto pensar? ¿Por qué rige en casi todos los ámbitos la ley del “mínimo esfuerzo” o de las “recetas preestablecidas”? El sistema educativo potencia permanentemente este tipo de aprendizaje conductista –empezando desde los inicios de la infancia– que garantiza al régimen en el poder su continuidad. Por ello, el problema va mucho más allá de lo educativo, tiene que ver con la construcción del conocimiento individual y colectivo y del orden social.

Hay un texto de Erich Fromm, El miedo a la libertad, que me parece muy útil para reflexionar sobre el tema, porque en forma clara aborda los obstáculos epistémicos más frecuentes para “no pensar”, analizando incluso el caso del genocidio nazi. El capítulo queaquí me interesa es el de “Libertad y democracia”, donde el autor comienza con una afirmación que haría enmudecer a gran parte de la humanidad: “El derecho de expresar nuestros pensamientos [...] tiene algún significado sólo si somos capaces de tener pensamientos propios”, y aclara más adelante que “Por (pensamiento) original no quiero significar [...] que una idea no haya sido pensada antes por algún otro, sino que se origina en el individuo, que es el resultado de su propia actividad y que en este sentido representasu pensamiento”. La mayoría de la especie humana correríamos el riesgo de permanecer la mayor parte del día mudos, porque casi siempre repetimos mecánicamente lo que otras autoridades nos dicen como verdad, sin procesarlo-filtrarlo-analizarlo- reflexionarlo. De esta forma, nuestro grado de libertad, en el sentido de ser nosotros mismos, está asociado con nuestra capacidad de tener un pensamiento original o propio.

Pero ¿cómo se construye esta ignorancia colectiva o vaciamiento de la capacidad de pensar? El mismo autor nos da unas pistas interesantes, sin olvidar que estas tendencias culturales tienen una explicación histórica, pues, en su origen, respondieron a importantes carencias espitémicas. Comienza apuntando que “prevalece la superstición patética de que sabiendo más y más hechos es posible llegar a un conocimiento de la realidad. De este modo se descargan en la cabeza de los estudiantes centenares de hechos aislados e inconexos [...] de manera que les queda muy poco lugar para ejercitar el pensamiento [...] La información sin teoría puede representar un obstáculo para el pensamiento tanto como su carencia”. He aquí una de las mayores trampas actuales: subsumir la idea de conocimiento a la de información, y suponer que mágica y mecánicamente la acumulación de información genera mayor conocimiento, desconociendo los mecanismos de construcción de esa información, la identidad de sus fuentes, cualquier principio elemental de la hermenéutica y del relacionamiento.

Un segundo punto sería el “considerar toda verdad como relativa [...] Las consecuencias de este relativismo son que el pensamiento pierde su estímulo esencial: los deseos e intereses de la persona que piensa”. Este aspecto, por ejemplo, tiene mucho que ver en la construcción de la apatía y el desánimo que atraviesa actualmente a todas las generaciones. El relativismo, con el argumento de “cómo sé quién dice la verdad” genera masivamente un estado de duda permanente que paraliza la acción, incluso ante la observación de masacres evidentes. También es factor decisivo para la gran expansión de todas las formas de literatura, las creencias y la religiosidad posmoderna o new age, carentes de perspectiva histórica o social y fomentadoras de todo tipo de encierros.

Un tercer aspecto, que colabora significativamente a alejarnos de la capacidad de pensar, está en la función que un amplio sector de la cultura ejerce en su tarea de “confundir las cosas. Un tipo de cortina de humo consiste en afirmar que los problemas son demasiado complejos para la comprensión del hombre común, tan monstruosamente complicados que sólo un especialista puede entenderlo [y decirnos] lo que [debemos] hacer y a dónde dirigirnos”. Se construye así un elemento central para la pérdida de autonomía y libertad del individuo: la obediencia ciega a la autoridad y a toda orden que se nos dé. El “hombre libre –escribía Elías Canetti en Masa y poder– es aquel que ha aprendido a liberar las órdenes” y no el que como un soldado “está permanentemente en espera de ellas”. La consecuencia de esto es, según Fromm, “la aceptación infantil de lo que se afirme con autoridad”, o sea, el infantilismo social.

Finalmente, Fromm apunta como un último aspecto “la destrucción de toda imagen estructurada del mundo, [su reducción] a muchas piezas pequeñas, cada una separada de las demás y desprovista de cualquier sentido de totalidad”. Los noticieros televisivos, al mezclar noticias de masacres o injusticias sociales con notas de bodas o deportes, lo ilustran muy bien. Como conclusión, podríamos entonces plantear que en muchos más casos de los que nos gustaría admitir, la pregunta inicial que nos hacíamos sobre si “¿pensamos?”, es legítima y urgente para la especie humana en su actual etapa de conocimiento, pues la presión del orden social, a través de sus mecanismos de control y direccionalidad social, va en la línea de la “obediencia ciega a la autoridad y sus órdenes”, del disciplinamiento y de la destrucción de la individualidad autónoma y original.





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