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Lo entregaste en presencia de Dios
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Por: Ángel Espinosa de los Monteros | Fuente: Catholic.net




20.LO ENTREGASTE EN PRESENCIA DE DIOS

El matrimonio es algo sagrado. No es un juego. En mi vida como sacerdote, guardo una experiencia en lo más hondo del corazón. Si no mal recuerdo fue el día 3 de enero del año 1991, estando yo como estudiante en Roma. Asistí a una celebración Eucarística en la que el Santo Padre ordenó a sesenta sacerdotes, entre ellos, algunos de mis compañeros. Durante la homilía le dijo a los neosacerdotes: “sabed que Dios cuida de vosotros”.

Sentí como si me lo hubiese dicho a mí que también me estaba preparando para el sacerdocio. Además, cuatro años más tarde, cuando a mí me llegó la hora, lo recordé en el momento de mi ordenación y esas poquitas palabras me llenaron el alma y me dieron una seguridad que no me daban todos los años de estudios, de preparación, de trabajo apostólico. Qué mayor seguridad podría yo tener. “Dios cuida de mí”. ¡¡¡Dios mismo!!!

Yo ahora se lo digo a todos aquellos que han contraído matrimonio en la presencia de Dios. Ahí, ante Él, le entregaste el anillo a quien te va a acompañar toda tu vida.

Entrar en la Iglesia no es acudir a un lugar sino buscar a una Persona. No se trata de alquilar la casa de Dios por media hora, ni de cumplir un requisito familiar o social. Van a la Iglesia a escucharlo y a aprender de Él, que es el Amor, cómo se construye un matrimonio, edificando sobre el amor. “Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles”. (Salmo 126)

No sé si soportarán las diversas dificultades. Si va a haber grandes sufrimientos. Si será una familia como siempre la pensaron o no. Si tendrán los recursos necesarios para educar como quisieran a sus hijos. Si se podrá viajar con todo el romanticismo con que lo pensaron y lo platicaron tantas veces tomados de la mano caminando por la calle. Pero hay algo de lo que sí estoy seguro, y es enorme: “DIOS CUIDA DE VOSOTROS”, porque delante de Él, en su presencia, se han comprometido.

¡Qué importante es la parte espiritual en el matrimonio! Un hombre, una mujer que viven cerca de Dios, con Dios en el centro de sus vidas, que se acercan frecuentemente a los sacramentos, son una garantía de fidelidad y de felicidad. Cuando rezan juntos, Dios como que no tiene nada que hacer, y los escucha, los convierte en el centro de su atención. Los protege. Cuida de ellos.

Qué tristeza pero sobre todo qué angustia dan esos matrimonios, incluso esos noviazgos, para los cuales Dios no cuenta. A veces pasa que el hombre ya no quiere asistir a Misa, y por tanto manda a la señora con los niños.

Si descuidamos la parte espiritual, qué confianza le podemos tener al cónyuge en los momentos de peligro, en los problemas, en las dificultades, que además son lo más normal en un matrimonio.

Hombres y mujeres hoy por hoy están muy expuestos a la infidelidad en todos los sentidos. Piensa qué gran seguridad y estabilidad puede tener una pareja en la que ambos comulgan cada Domingo, se confiesan cuando lo necesitan, tienen quizá un crucifijo en su cuarto, en su coche –además del que llevan en el propio nicho del corazón- o de vez en cuando se les sorprende con el Rosario en la mano.

Sinceramente, para una mujer, es una garantía tan grande esta amistad de su marido con Dios, que él puede salir a donde quiera de negocios, o a tomar una copa con unos amigos, que al fin y al cabo, Dios está con él, iluminando su conciencia, guiándolo en sus momentos difíciles, dándole fortaleza y acompañándolo.

Lo mismo dígase de la mujer que tantas veces se queda sola en casa o sale de viaje a ver a la familia que vive lejos.

No quiero decir con esto que quien no va a Misa, va a ser infiel y el matrimonio va a ser un fracaso irremediablemente.

No. Pero qué pensar de una persona que va a Misa cuando puede y cuando quiere. Que lleva seis meses sin comulgar y sin confesarse porque no le interesa tener bien clara y bien limpia su conciencia. Que no le importa nada sobre su fe, sus requisitos y consecuencias. Pregúntate cuando veas a una persona así: ¿qué hace cuando está de viaje? ¿cuando está solo? ¿cuando frecuentemente llega tarde a casa? ¿cuando no le interesa estar con la esposa o con los hijos todo el tiempo que es debido?

El anillo lo entregaste en presencia de Dios. El Señor te bendijo y te quiere seguir favoreciendo, pero sólo podrá ser así si te mantienes en su presencia.

Este artículo es parte del libro "El anillo es para siempre" de Ángel Espinosa de los Monteros



 

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