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El estallido religioso

El fenómeno de la disgregación religiosa es el gran desafío del fin del milenio, desafío para que los hombres reencontremos el valor supremo de la unidad, que solo es posible desde la Verdad y el Amor.




Por: Oscar Gerometta | Fuente: Catholic.net



Desafío para la sociedad del tercer milenio

Publicado Actualizándonos
SEP 1994


El poder de los medios de comunicación dentro de nuestra cultura es sin duda muy grande, tanto que tienen la posibilidad de imponer temas a la sociedad. Pero también es cierto que esos mismos medios son parte de la cultura y de la sociedad, y que por lo tanto no pueden permanecer por mucho tiempo ajenos a la problemática que esa cultura plantea.

Un ejemplo claro de esta dinámica es el fenómeno contemporáneo del estallido de la experiencia religiosa de nuestra cultura occidental, o lo que más comúnmente denominamos ´las sectas´.

Ocurre que a lo largo de la historia, cada cultura se ha desarrollado alrededor de un eje central que está constituido por la particular concepción de Dios que la alimenta, y por las formas distintivas de establecer relación con esa divinidad, a lo que denominamos ordinariamente ´religión´. De este modo, aunque aparentemente la simplificación pueda parecer muy grande, a cada cultura le ha correspondido una expresión religiosa particular. Pero esto no es así en nuestro caso. Si bien la cultura occidental se ha desarrollado y afianzado alrededor del eje aglutinante del cristianismo, a partir de la segunda mitad del siglo pasado hemos asistido a la progresiva disgregación de la experiencia religiosa, a punto tal de que hoy día las expresiones religiosas presentes en nuestra sociedad son tan variadas como que van desde el primitivo animismo africano hasta las sofisticaciones energéticas de los grupos nuevaeristas, pasado por supuesto por el tronco de las llamadas ´religiones históricas´.

Este fenómeno viene creciendo decíamos, desde la segunda mitad del siglo pasado; aunque sus dimensiones e implicancias han provocado que en este momento sea un tema cotidiano en nuestro medios de comunicación. Pero es también importante que en el planteamiento se tengan en cuenta varios aspectos diferentes.

Ante todo sin, duda que la problemática presenta un aspecto netamente religioso que es necesario no perder de vista en ningún momento, y que en consecuencia, el respeto de la libertad de conciencia de los individuos debe ser salvaguardado preciosamente. Esta perspectiva conduce a un debate de características claramente religiosas, y que debe encuadrarse en el debate propio de los distintos religiosos en el que el Estado y los medios de comunicación deben cuidar prolijamente no invadir el campo de las conciencias.

Hay también una segunda perspectiva, de carácter claramente individual, que deviene de la explotación que muchos de estos grupos realizan de las necesidades, angustias y expectativas de individuos inmersos en una cultura en proceso de disgregación que coloca al individuo muchas veces en una situación de indefensión cultural y afectiva que lo hace fácilmente captable, sin que medie un proceso de verdadera reflexión y por lo tanto una opción auténticamente libre. Este es el caso de tanto curandero, milagrero, desatador de ´nudos´ y muchos otros semejantes, que enancándose o no en una presunta predicación del Evangelio y en la imagen de Cristo, pretenden llenar su propia ansia de poder cuando no el propio interés económico.

Pero hay una tercera perspectiva que quizás sea la más grave. La perspectiva social, producto del modelo cultural que estos grupos proponen. La conducta sectaria es antes que una manifestación religiosa, una condición sociológica que tiende a la disolución de los grupos sociales desviándolos de un objetivo superior común y dividiéndolos o sectorizándolos a partir de opciones de carácter secundario. Una secta puede surgir en el ámbito de un culto religioso, de un club de fútbol o de un partido político; y en todos los casos es un proceso de disgregación social que distrae a los individuos del fin primario que es la consecución del bien común, para sumergirlos en el debate de elementos secundarios a la finalidad del grupo.

Así, como conducta religiosa se expresa en el hecho de que se deja de buscar la unión con Dios (objetivo último de todo planteo religioso), para ingresar en el debate de si los hombres deben usar bigote o no, dividiendo a la comunidad y perdiendo de vista el elemento primero propuesto por el mismo Cristo: ´Padre que ellos sea uno, para que el mundo crea´...

Este fenómeno es particularmente dañino a nivel social, ya que introduce en la cultura esta dinámica de división, y proyecta en el campo de toda la sociedad una modalidad de reunión, o más bien de disolución, que conduce con el tiempo a la atomización de las naciones.

Quizás el problema más grave que afronte Occidente hoy no sea el de la exacerbación de las nacionalidades, sino que debamos definirlo como una falta de equilibrio entre lo común que nos convoca y el respeto de las diferencias. Quizás de este modo podamos explicar que a la vez que registramos algunos fenómenos como el de la radicalización de los grupos étnicos, a la vez presenciamos la atomización interna de esos grupos a través de conductas sectarias en el orden religioso, político y social.

El fenómeno de la disgregación religiosa es el gran desafío del fin del milenio, desafío para que los hombres reencontremos el valor supremo de la unidad, que solo es posible desde la Verdad y el Amor. Desafío que convoca a la sociedad toda para que logre superar la tendencia disolvente que nos envuelve; que provoca a los individuos para que logremos sobrellevar con madurez y libertad nuestras angustias y limitaciones, sin falsos escapismos; que exige de los hombres verdaderamente religiosos el auténtico deseo de alcanzar la Verdad y la recuperación de un profundo sentido de Dios.
 





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