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El futuro integrado de la vida consagrada está en las manos de los superiores
El superior no se pertenece a sí mismo, desde el momento en que la Providencia le pide el servicio de la autoridad


Por: Germán Sánchez G | Fuente: Catholic.net



 

“El presente artículo es el último capítulo de un libro que el autor está preparando. Les rogamos tomarlo en cuenta en el momento de la lectura."


¿Qué le toca hacer al superior?
Si pensamos al final de un libro, tenemos que pensar forzosamente en el inicio. Despedir al lector con un mal sabor de boca no es bueno para el autor ni para el lector, especialmente para el autor, pues habrá invitado al lector a no leer ningún otro libro de su autoría. Queremos por tanto que el lector, superior o futuro superior, formador o futuro formador, pueda quedarse no sólo satisfecho, sino con un buen sabor, no sólo en la boca, sino también en el alma, de tal forma que quiera no únicamente leer otros libros del autor, sino poner en práctica lo sugerido en este Manual.

Y si para terminar el libro debemos recordar su inicio, conviene dar una breve explicación del título. Manual de sobrevivencia del superior (y la superiora) fue el título que venció después de una larga selección. El que por un momento quería quitarle la primacía era Cómo ser superior y no morir en el intento. Perdió la primacía porque era largo y de alguna manera un poco derrotista. Si bien Manual de sobrevivencia pudiera tener una connotación negativa, el carácter jocoso y hasta irónico del título, le da ligereza y expresa muy bien desde el inicio del libro la idea de fondo que hemos querido dejar a la largo del libro. Los tiempos que les tocan vivir a los superiores de comunidad no son tiempos para nada fáciles. Pero como un paradigma, la dificultad da a los superiores la posibilidad de ofrecer lo mejor de sí mismos para cumplir con éxito la misión que la Providencia les ha encomendado. Por ello se habla de sobrevivencia, no porque el panorama sea totalmente negativo, sino porque para afrontar las dificultades inherentes a los tiempos en los que vive la vida consagrada, es necesario que el superior explaye una serie de cualidades casi heroicas para poder llevar adelante su labor. Sin estas cualidades es casi seguro que el superior perecerá en el intento de serlo.

Hay que partir de lo esencial. El superior no se pertenece a sí mismo, desde el momento en que la Providencia le pide el servicio de la autoridad. La primera y creo que única cualidad en un superior, es el ejercicio de las virtudes teologales, aplicadas especialmente a la vida consagrada. Si la persona consagrada, desde el momento de la profesión religiosa, no se pertenece a sí mismo, cuanto más el superior que debe velar por cumplir y hacer cumplir la voluntad de Dios. Toda su misión se condensa en este conocer y vivir y hacer conocer y hacer vivir la voluntad de Dios en la comunidad que Dos le ha encomendado. “Sólo si el superior, por su parte, vive en obediencia a Cristo y en sincera observancia de la Regla, pueden comprender los miembros de la comunidad que su obediencia a él no sólo no es contraria a la libertad de los hijos de Dios, sino que la hace madurar en conformidad con Cristo, obediente al Padre.”1 Este dinamismo de búsqueda continua de la voluntad de Dios debe llevar al superior a basar su vida en las virtudes teologales aplicada a la vida consagrada, en forma tal que él crea, espere y ame la vida consagrada. De lo contrario su testimonio de vida para los hermanos en la comunidad será lánguido y sombrío2.

El superior no es el estratega de una empresa que busca obtener un beneficio, a través de la motivación de sus empleados, logrando de ellos el consenso y su buena voluntad. No es tampoco el dictador que impone sus criterios y sus puntos de vista, atropellando los derechos de las personas. A semejanza de Cristo, el superior es el Buen Pastor que da la vida por sus ovejas. “El guía de la comunidad es como el buen pastor que entrega su vida por las ovejas y en los momentos críticos no retrocede, sino que se hace presente, participa en las preocupaciones y dificultades de las personas confiadas a su cuidado, dejándose involucrar en primera persona.”3

Y en este dar la vida por los hermanos es necesario que el superior tenga una mirada fijada en el horizonte del futuro. Frente a los avatares por los que hoy pasa la vida consagrada, es necesario que tenga sus ojos más allá de los problemas cotidianos, de forma que su mente y su corazón estén puestos en el futuro de la vida consagrada.


El futuro de la vida consagrada se escribe en el presente.
Hoy más que nunca la pregunta sobre el futuro de la vida consagrada es relevante. Cuando se llevó a cabo el Sínodo sobre la vida consagrada en 19944 muchos dentro y fuera de la Iglesia se preguntaron sobre el futuro de la vida consagrada. Libros, artículos, congresos y debates han tocado este tema en profundidad. Porque es un tema que preocupa a la Iglesia. ¿Qué sería de la Iglesia y del mundo sin la vida consagrada?

Pensar al futuro de la vida consagrada ha sido la preocupación no sólo de la Iglesia sino de hombres y mujeres de Iglesia que han querido perfilar dicho futuro a partir de Concilio Vaticano II. Sustentados por el decreto Perfectae caritatis y alentados por un sano discernimiento, teólogos de la vida consagrada, superiores y superioras generales junto con un gran número de religiosos y religiosas, se dieron a la tarea de proyectar un futuro para la vida consagrada. Sin embargo, junto con estas esperanzas y buenos deseos, se mezclaron también las interpretaciones no del todo adecuadas de algunos que albergaban pensamientos ligeramente diversos o diametralmente opuestos a lo que los padres conciliares pensaron sobre la vida consagrada. Prueba de ello, son los numerosos documentos del Magisterio de la Iglesia que de alguna manera recogieron las esperanzas de aquellos tiempos al igual que las desviaciones de quienes esperaban un futuro de la vida consagrada poco en sintonía con lo que Cristo había pensado para ella.

Con los cambios en el mundo originados por la revolución cultural de 1968, muchos se preguntan sobre el futuro de la vida consagrada y su presencia en el mundo, especialmente en lo que se refiere a su participación en la política, el compromiso con los pobres, la justicia social y su participación en el mundo del trabajo. Son los años en los que se observan religiosos y religiosas injertados en los barrios más pobres de las periferias de las grandes urbes, o encabezando marchas de protesta por los derechos humanos y por la paz. Los vemos también enrolados en la teología de la liberación. El futuro de la vida consagrada se presentaba entonces con una fuerte connotación política y corría el riesgo de perder lo esencial, su identificación con la persona de Cristo. Por eso, el documento Religiosos y promoción humana marca los principios a seguir. Si de un lado los religiosos son los más sensibles a las injusticias sociales que se dan en el mundo, por otro lado están llamados a ser signo de comunión y de unidad. “Los problemas que la vida religiosa debe afrontar para renovarse, en la forma que le exige el armonizar evangelización y promoción humana, se reflejan en el plan formativo. (…) Bajo este punto de vista, una relectura de los criterios conciliares de renovación nos demostrará que no se trata de simples adaptaciones en cierto modo exteriores. Es una educación en profundidad de mentalidad y de estilo de vida, que capacite a los interesados para seguir siendo ellos mismos en nuevas modalidades de presencia. Presencia siempre de "consagrados" que orienten con el testimonio y las obras, la transformación de las personas y de la sociedad en la dirección del Evangelio.”5

Esta presencia de la vida consagrada en el mundo y su compromiso social que de dicha presencia se deriva, permitió que la vida consagrada se cuestionará su futuro en relación con su inserción en la misma Iglesia. Sin formar parte de la jerarquía, la vida consagrada es parte de la vida de la Iglesia. Había por tanto que definir su status dentro de la Iglesia y su relación con los obispos. Se establece por tanto que el futuro de la vida consagrada debe cooperar siempre con la jerarquía de la Iglesia. Sin esta clara cooperación no puede esperarse un futuro sano y adecuado para la vida consagrada. “Los Religiosos Presbíteros, dada la unidad del Presbiterio (cfr. LG 28; CD 28; 11) y en cuanto participan de la cura de almas, han de considerarse pertenecientes al clero de la diócesis en cierto real modo (CD 34); por lo mismo, pueden y deben facilitar la unión de los Religiosos y Religiosas con el clero y la Jerarquía local en orden a una cooperación eficaz.”6

El tiempo seguía avanzando y continuaban surgiendo experiencias y experimentos que pretendían poner en práctica las sugerencias del Concilio Vaticano II para la adecuada renovación de la vida consagrada. Sin embargo, muchas de esas iniciativas iban perdiendo la esencia de la vida consagrada, esto es, su identificación con la persona de Cristo en su afán por hacer visible sus características más esenciales a la luz de la experiencia espiritual que aportaba el carisma. “Los institutos religiosos de vida apostólica han intentado, además, afrontar los cambios exigidos por la rápida evolución de la sociedad a la cual son enviados y por el desarrollo de los medios de comunicación que condicionan sus posibilidades de evangelización. Al mismo tiempo, estos institutos se han encontrado con cambios imprevistos en su misma situación interna, elevación del promedio de edad de sus miembros, disminución de vocaciones, merma consiguiente de sus efectivos, diversidades en los estilos de vida y en las obras y, con frecuencia, incertidumbre acerca de su identidad. El resultado ha sido una experiencia comprensiblemente compleja, con muchos aspectos positivos y algunos otros notablemente dudosos.”7

No se pretendía frenar el desarrollo histórico de la vida consagrada, pero sí el delinear aquellos elementos esenciales que no pueden dejar de estar presentes en el futuro de la vida consagrada8. Lo primero que le toca al superior es saber distinguir entre lo esencial y lo accidental. Imbuidos en las afanes del mundo, rodeados de problemas apostólicos o de carácter espiritual, atenazados por la amenaza de una posible desaparición debido al calo de las vocaciones o al envejecimiento de la congregación o de la provincia, el superior, si quiere sobrevivir y llevar adelante su misión, debe hacer un esfuerzo mental y espiritual por separar los acontecimientos que rodean la vida consagrada, de lo que es realmente esencial y es el sostén, sustancia9, de dicha vida. Debe saber distinguir que todos los acontecimientos que rodean a la vida consagrada, buenos o malos, no pertenecen a la sustancia, a la esencia de ella. Pueden influirla, modificarla externamente, pero no pueden cambiarla en su esencia. Debe entender que como realidad sobrenatural que es, la vida consagrada se adapta a las circunstancias cambiantes de la historia, de la sociedad, de la psicología de las personas o de los pueblos, pero mantiene inalterada su esencia, que no es otra que la de hacer visible de manera especial por el carisma de cada congregación, los rasgos característicos de Jesús10. Aferrándose a esta esencia, podrá entonces aprender a distinguir entre lo esencial de la vida consagrada que se prolonga como algo natural a lo largo del tiempo, y las vicisitudes, algunas de ellas en verdad extraordinarias, por las que pasa la vida consagrada. La labor hacia el futuro por parte de los superiores consiste en saber que la misión de la vida consagrada, la de testimoniar específicamente alguna de las características de la personalidad de Cristo, esta por encima de los problemas ordinarios o extraordinarios en las que dicha vida consagrada se encuentra sumergida, porque se encarna en un espacio temporal y geográfico definido. “Las dificultades provenientes de la disminución de personal y de iniciativas, no deben en modo alguno hacer perder la confianza en la fuerza evangélica de la vida consagrada, la cual será siempre actual y operante en la Iglesia. Aunque cada Instituto no posea la prerrogativa de la perpetuidad, la vida consagrada, sin embargo, continuará alimentando entre los fieles la respuesta de amor a Dios y a los hermanos. Por eso es necesario distinguir entre las vicisitudes históricas de un determinado Instituto o de una forma de vida consagrada, y la misión eclesial de la vida consagrada como tal. Las primeras pueden cambiar con el mudar de las situaciones, la segunda no puede faltar. Esto es verdad tanto para la vida consagrada de tipo contemplativo, como para la dedicada a las obras de apostolado. En su conjunto, bajo la acción siempre nueva del Espíritu, está destinada a continuar como testimonio luminoso de la unidad indisoluble del amor a Dios y al prójimo, como memoria viviente de la fecundidad, incluso humana y social, del amor de Dios. Las nuevas situaciones de penuria han de ser afrontadas por tanto con la serenidad de quien sabe que a cada uno se le pide no tanto el éxito, cuanto el compromiso de la fidelidad. Lo que se debe evitar absolutamente es la debilitación de la vida consagrada, que no consiste tanto en la disminución numérica, sino en la pérdida de la adhesión espiritual al Señor y a la propia vocación y misión.”11

Se le pide por tanto al superior un esfuerzo mental y espiritual para separar las vicisitudes de lo esencial en la vida consagrada. Esfuerzo mental para reconocer en cada momento, frente al embate de las posibles tormentas y dificultades que la esencia de la vida consagrada debe prevalecer. Conviene que su cabeza permanezca serena de tal forma que esté siempre en capacidad de hacer un buen discernimiento para poder impulsar constantemente la finalidad de la vida consagrada. De lo contrario corre el peligro de matar lo bueno y quedarse con lo malo. O de impulsar iniciativas que poco o nada tienen que ver con la vida consagrada.

Se pide también un esfuerzo espiritual al superior para que pueda apasionarse con su cometido, es decir, hacer posible que tanto él como todos los miembros de la comunidad, en el más estricto respeto a la libertad individual, puedan amar el proyecto de la vida consagrada de tal forma que empleen todas sus energías en la consecución de este objetivo. Debe estar en guardia, siempre dentro del marco de la distinción entre lo esencial y lo accesorio, a no confundir la fuerza de voluntad con el amor y la pasión. Hay corrientes de pensamiento dentro de la vida consagrada que tiran mucho hacia un mal entendido psicologismo, en dónde la persona y su fuerza de voluntad está al centro de los proyectos y su consecución. Tal vez el lema más idóneo a este tipo de corriente es el de eres en tanto puedes. Se olvidan que la fuerza de voluntad sin el amor no es nada. Por eso, el superior de alguna manera de mantener siempre vivo el amor hacia el proyecto general, diremos hacia la esencia, de la vida consagrada, que dicho en palabras del Congreso para la vida consagrad de Roma en el 2005 no es otro que. “ser memoria de algo que va más allá de los servicios. La tarea de ser memoria y presencia del misterio de Dios y reforzar la dimensión específicamente religiosa de la existencia.”12

Bajo este esfuerzo espiritual el superior debe tener siempre presente la misión última de la vida consagrada que es hacer visible la vida de Cristo en todo momento. Es buscar en la propia vida y en la de los demás, una existencia cristiforme13. A esto debe tender su servicio. Y para ello debe identificar los sectores más importantes para alimentar en primer lugar esta existencia cristiforme para después individualizar los campos en dónde dicha existencia debe ponerse en práctica y hacerse visible. De esta manera el futuro de la vida consagrada se va construyendo en el presente.

Al hablar del futuro, necesariamente hacemos siempre referencia al presente y al pasado. Al presente, ya que es precisamente en el hic et nunc, en el aquí y en el ahora, en donde se construye el futuro. Sin una visión clara del tiempo presente, el futuro nunca llegará. El superior deberá considerar el presente como el kairos, como el tiempo de gracia que le otorga el Señor para trabajar en el proyecto del futuro de la vida consagrada de su comunidad. Sin una visión clara y certera del futuro de la vida consagrada, no hay proyecto para la vida consagrada. Pero sin el presente, ese futuro nunca llegará. Es aprovechar todo como gracia de Dios para poner en pie lo que Él quiere de la vida consagrada.

Y hacemos referencia al pasado para aceptar con tranquilidad y serenidad de ánimo bien sean los triunfos que los fracasos.

Los campos de la existencia <>.

Alimentar la existencia cristiforme con Cristo.
Si el consagrado está llamado a ser memoria viviente de Cristo debe alimentarse de Él. El cardenal Joseph Ratzinger ha dicho que en el futuro el cristiano o es un místico o no es nada. Y esto debe aplicarse principalmente al superior y a todos los miembros de una comunidad de personas consagradas. Para hacer visible a Cristo, hay que transparentarlo, hay que tenerlo dentro del corazón, dentro de la propia vida. Este bello deseo se concreta mediante una vida de piedad seria y una vida espiritual dinámica. Vida de piedad seria en donde las horas de la jornada vengan reguladas por la oración y no sólo por la acción. Y no me refiero precisamente a que todas las comunidades de vida activa se transformen en comunidades de vida contemplativa en dónde por vocación y misión propia el día se regula precisamente por las horas litúrgicas.

En una comunidad de vida activa en dónde los miembros realizan diversas actividades apostólicas, ya sea en común o individualmente, deberá ser más fuerte el deseo y la puesta en práctica de una vida de oración comunitaria. Requeridos por diversos ministerios, las comunidades de vida consagrada corren el peligro de convertirse en centros gratuitos de servicio social, sin ninguna referencia a la vida consagrada. El superior debe cuidar y garantizar estos servicios litúrgicos, de modo que alimenten de Cristo al alma individual y al alma comunitaria. “La autoridad está llamada a garantizar a su comunidad el tiempo y la calidad de la oración, velando sobre la fidelidad cotidiana a la misma, consciente de que se avanza hacia Dios con el paso, sencillo y constante, de cada día y de cada miembro, y sabiendo que las personas consagradas pueden ser útiles a los demás en la medida en que están unidas a Dios.”14

Igual de importante es el cuidado que debe darse a la vida de oración, haciendo hincapié en la gran libertad que los superiores deben dar a cada uno de los miembros, ya que no puede regularse ni forzarse el paso de Dios por un alma. La vida de oración es el respiro del alma15. Es el lugar en dónde el alma consagrada se explaya con Dios, lo escucha, lo atiende y en definitiva, en dónde se enamora de Él. Es a partir de la oración del lugar de dónde va a brotar la unión con Dios que le permitirá a la persona consagrada adquirir y reforzar su vida cristiforme. Nadie da lo que no tiene, por lo que no se podrá vivir la vida de Cristo ni hacerla visible a los demás si no se cultiva dicha vida mediante la oración personal16. Labor del superior de comunidad es vigilar su propia oración y vigilar la oración de sus hermanos en comunidad, no con un afán punitivo, sino como animador de la vida de unión con Dios. “

Hacer visible la vida <>.
“Una experiencia singular de la luz que emana del Verbo encarnado es ciertamente la que tienen los llamados a la vida consagrada. En efecto, la profesión de los consejos evangélicos los presenta como signo y profecía para la comunidad de los hermanos y para el mundo.”17

El superior debe buscar aquellos campos de presencia en los que se haga visible esta vida cristiforme. Sin una presencia activa en dichos campos, la vida consagrada tiende al peligro de esclerotizarse y de ser una luz que alumbre sólo las propias estancias. Dichos ámbitos deben ir siempre en consonancia con el carisma, ya que éste indicará al superior cuáles son los aspectos más característicos de la vida de Cristo a los cuales deben conformarse cada uno de sus miembros. “Siguiendo sus huellas (de los fundadores) muchas otras personas han tratado de encarnar con la palabra y la acción el Evangelio en su propia existencia, para mostrar en su tiempo la presencia viva de Jesús, el Consagrado por excelencia y el Apóstol del Padre.”18 Por ello, para individuar estos campos, lo primero que debe hacer el superior es cuestionar al carisma sobre su presencia real y efectiva en el futuro, de modo que pueda reflejarse y hacerse visible con nitidez algunos de los aspectos más específicos de Cristo que el Fundador quiso vivir e invitó a vivir a sus discípulos.

Presencia transfigurante de Cristo.
El superior es el primero en hacer visible los aspectos más característicos del Cristo del fundador. Es el guardián del carisma. “El ejercicio de la autoridad comporta también el ponerse al servicio del carisma propio del Instituto de pertenencia, custodiándolo con cuidado y actualizándolo en la comunidad local o en la provincia o en todo el Instituto, según los proyectos y orientaciones ofrecidos, en particular, por los Capítulos generales (o reuniones análogas). Esto exige en la autoridad un conocimiento adecuado del carisma del Instituto; un conocimiento que habrá asumido en la propia experiencia personal e interpretará después en función de la vida fraterna en común y de su inserción en el contexto eclesial y social.”19

El superior debe comenzar por tanto conociendo en la oración aquellos aspectos de Cristo que más han caracterizado la vida del Instituto. No se trata de lanzarse a la acción, con el temor de quedar relegado del futuro en la vida de nuestros días, sino de ir al pasado para contemplar en la oración aquel Cristo que transfiguró la vida del fundador y le permitió encauzar todas sus energías para llevar a cabo la fundación con su carga transformante y revolucionadora en la sociedad. NO se trata de un conocimiento de nociones, sino de un conocimiento personal que transforme en primer lugar la persona del superior. Una vez que ha captado esas características específicas de Cristo, debe ser capaz de transmitirlas a sus hermanos, más con una experiencia de vida que con palabras o discursos en forma tal que la vida personal y comunitaria se vea invadida de la luz de este Cristo.

Como una experiencia del espíritu, esta individualización de los aspectos más específicos de Cristo y su consecuente transmisión, no es una obra de un día o de un retiro espiritual. Es el fruto de una actitud permanente de búsqueda que el superior debe efectuar todos los días. Cuando el superior deja de buscar el rostro específico de Cristo, comienza el aburguesamiento espiritual, la tibieza y la mediocridad.

Realidad en la que se hará visible la persona de Cristo.
“Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz.”20 Conocer el ambiente en el que debe operar el carisma es la siguiente condición para poder hacer presente la persona de Cristo. Será un conocimiento con una doble vertiente que bien podemos llamar académico y existencial. En primer lugar los superiores deben conocer con realismo el territorio en el que se mueven. Y por territorio no me refiero únicamente a una realidad geográfica material, sino a una realidad espiritual. Resulta curioso ver como muchos Institutos religiosos, especialmente femeninos, operan maravillosamente en diversos ámbitos de la sociedad como la escuela, la parroquia, los hospitales, pero viven lejanas del mundo real, del mundo de aquellas almas con las cuales conviven diariamente. No hablan su mismo lenguaje, no conocen sus motivaciones y a veces incluso hasta se recluyen en su propio ambiente, lejanas al mundo que las rodea. Han perdido aquella sana incidencia que debe tener la vida consagrada en la evangelización. “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1Cor. 9, 16).”

Por ello, el superior debe promover un conocimiento sí, académico de la situación y del territorio en el que opera la comunidad, pero sobretodo debe promover un conocimiento espiritual de dicho territorio, es decir que los miembros de la comunidad sientan como propias las necesidades de los hombres que los rodean, de lo contrario la caridad será vana21, y no tendrán la fuerza suficiente para hacer presente las características específicas del Cristo de su propio carisma. Sin este amor por las almas que proviene del conocimiento claro y objetivo que deben tener de ellas, de sus necesidades y anhelos, la presencia de Cristo puede quedarse en un ambiente que no incide en la vida de las personas.


Apostolados operativos.
Incidir en la vida de las personas debe ser la nota característica de los apostolados de la vida consagrada del tercer milenio. En una época en donde asistimos al eclipse de la razón, la humanidad está perdiendo no sólo la capacidad de buscar a Dios sino la capacidad de ser persona. “La descristianización, que grava sobre pueblos enteros y comunidades en otro tiempo ricos de fe y vida cristiana, no comporta sólo la pérdida de la fe o su falta de relevancia para la vida, sino también y necesariamente una decadencia u oscurecimiento del sentido moral: y esto ya sea por la disolución de la conciencia de la originalidad de la moral evangélica, ya sea por el eclipse de los mismos principios y valores éticos fundamentales.”22 Por su misma esencia, aquella de mostrar a la humanidad los rasgos más característicos de la persona de Cristo, la vida consagrada tiene la oportunidad de salvar al hombre, comenzando por enseñarle lo que es un hombre23.

Muchas congregaciones religiosas han realizado un buen camino de renovación en sus apostolados. Comenzando por el carisma, han ahondado en las virtudes más específicas de Cristo que ha contemplado, vivido el Fundador y que han sido el factor detonante o la piedra angular sobre la que se ha construido la congregación y sobre la que se han iniciado las primeras obras de apostolado. Contagiadas del primer entusiasmo evangelizador24, han sabido aplicarlo a los nuevos retos que enfrenta la humanidad y sin dejarse llevar por los extremos del desaliento, del fervorín pasajero o de un trabajo estrictamente social sin vertiente apostólica y evangelizadora, han tomado en sus manos el reto de evangelizar esas nuevas realidades con el carisma. “De este modo la vida consagrada no se limitará a leer los signos de los tiempos, sino que contribuirá también a elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales.”25

Pero muchas congregaciones no han sabido leer los signos de los tiempos y si bien han realizado importantes esfuerzos por lograr una adecuada renovación de su vida consagrada, aún queda mucho por hacer en lo que se refiere al apostolado. No se trata de dejar a un lado lo que son los apostolados más característicos de la congregación y que reflejan mejor el carisma, sino se trata más bien de hacer una profunda revisión de dichos apostolados para saber si realmente están reflejando el carisma en la vida de aquellas personas que se están beneficiando del apostolado.

El superior de comunidad debe recordar a la comunidad en cada momento de su obrar cotidiano que el apostolado que realiza la congregación, ya sea como comunidad, ya sea en lo personal con el trabajo que cada individuo desempeña, no es un quehacer, sino que es el reflejo de un modo de ser. Muchos errores podrían y pueden evitarse si el superior mantiene vivo entre los miembros que componen la comunidad, el afán de llevar a Cristo a los demás. Cuando existe este dinamismo en cada uno de los miembros y en la comunidad entera, el apostolado necesariamente será incisivo y no periférico para la vida de los hombres. Incisivo porque penetrará en el alma de ellos, buscando la transformación de esas almas en Cristo. Si el apostolado se frena meramente en la obra exterior, no puede hablarse de un apostolado que refleje el carisma, sino de una buena obra social que hace el bien a los hombres26.

Por ello, el superior de comunidad junto con toda la comunidad debe estar siempre en una postura de sana tensión buscando aquellos apostolados, o aquellos medios en los apostolados ya establecidos que sean cristianamente operativos, es decir que ayuden a las personas que de ellos se benefician a transformar sus vidas, haciéndolas más semejantes a la vida de Cristo. Apostolados cristianamente operativos son aquellos que ayudan a las personas a transformarse en Cristo. Si bien es cierto que es Cristo con su gracia quien transforma a las personas, el apostolado es el medio por el cual esa gracia llega a las personas. De ahí que el superior de comunidad junto con los miembros que la componen deban estar en una constante actitud de búsqueda y análisis. Búsqueda de aquellos medios idóneos y apropiados para lograr la cristianización de la persona. Y análisis para verificar constantemente los resultados, no con un afán eficientista, sino con el afán de quien no quiere dilapidar los talentos recibidos en la misión encomendada.

Formación humana.
Los campos que hemos analizado en donde el superior cuidará que se haga visible la vida de Cristo (su presencia transfigurante, la realidad en la que se hará visible la persona de Cristo y los apostolados operativos, requieren una adecuada preparación, que bien puede ser parte de una formación permanente que compete a la congregación fijar y que debe poner en práctica el superior de comunidad. “En consecuencia, será responsabilidad de la autoridad mantener alto en todos el nivel de disponibilidad ante la formación, la capacidad de aprender de la vida, la libertad — especialmente — de dejarse formar cada uno por el otro y sentirse cada cual responsable del camino de crecimiento del otro.”27

Si bien los campos de la formación permanente son bastos, hay uno que no debe descuidar el superior de la comunidad, pero que a veces es el más descuidado porque se le da por ya adquirido o ya asimilado. Nos referimos a la formación humana28. La tarea que toca al superior es la de una animación espiritual para lograr que la comunidad pueda hacer visible los aspectos más característicos de Cristo que le viene por el propio carisma, lo cual implica por parte de cada miembro de la comunidad una cierta formación humana para llevar adelante el apostolado encomendado. Y toca precisamente al superior alentar y animar a cada miembro a que no descuide, sino que incremente su formación humana con el fin de que en el apostolado brille cada día más la persona de Cristo. Mediante dicha formación humana la persona consagrada estará en disposición de ofrecer lo mejor de sí mismo, sus cualidades, dones y talentos humanos, a favor de la comunidad y del apostolado. Cuando falla dicha formación humana, falla todo, ya que es el sostén de la persona.

Si muchos son los aspectos que conforman la formación humana como pueden ser la formación de la inteligencia, de la voluntad y de la afectividad, conviene que el superior de comunidad se centre en uno para lograr que los miembros estén bien preparados para afrontar los retos de hacer presente a Cristo en la sociedad con un apostolado operativo y transformante. Se trata de la madurez que se comprueba “en cierta estabilidad de ánimo, en la facultad de tomar decisiones ponderadas y en el recto modo de juzgar sobre los acontecimientos y los hombres.”29 Esta misma definición basta como todo un programa de trabajo para el superior de comunidad para fomentar el constante grado de madurez humana que permitirá a los miembros una formación humana adecuada que los capacite para llevar a cabo la tarea de hacer visible a Cristo en nuestros tiempos.


El futuro integrado de la vida consagrada.
“Íntegro es aquello a lo que no le falta ninguna parte y en lo que a ninguna parte le falta nada. Cada parte está unida a las otras, y forma un todo con ellas. Cada una al unirse al conjunto mantiene su identidad y la debida proporción en el conjunto.”30

De lo expuesto hasta ahora, queda claro al superior la labor que debe realizar si quiere convertirse en un verdadero guía para sus hermanos, cuidando que el futuro de la vida consagrada se escriba en el presente. Como buen constructor, el futuro no se construye en una forma aislada, enfatizando cada uno de los aspectos para llegar así al final deseado. Cada una de las partes forma un todo, deben por tanto integrarse en forma armónica dentro del todo, respetando la esencia de cada una de ellas y dándole a cada una de ellas su importancia relativa al todo.

El futuro de la vida consagrada es una unidad aún en su complejidad. Dios llama a la vida consagrada a construir un futuro en el que pueda hacer presente a Cristo en las circunstancias más actuales y con los aspectos más propios y característicos de cada carisma. Todos los aspectos del futuro de la vida consagrada tienden a este único fin31. Y una vez que el superior tenga conocimiento de ellos debe animarlos guardando la debida jerarquía entre ellos, de modo que al final se llegue a una vivencia armoniosa entre cada uno de ellos. Como un buen artista que quiere dejar en un lienzo una obra de arte, sabrá dosificar las tonalidades. O como un buen director de orquesta sabrá cuando pedir silencio, cuando resaltar los tonos graves o los agudos.

Construir el futuro integrado de la vida consagrada requiere armonía que se logra en primer lugar contemplando el resultado al que se quiere llegar y después aplicando los medios que tienen más probabilidad de producir el resultado esperado. No debemos olvidarnos que estamos tratando con un misterio de Dios, como lo es la vida consagrada y que muchas veces los planes humanos pueden ser distintos a los planes de Dios, por lo que el superior debe estar siempre abierto a las sorpresas que el Señor pueda tenerle deparadas por el camino. Pero en principio, la construcción del futuro de la vida consagrada requiere una visión íntegra de los resultados y una programación de los medios para lograrlo. Una programación que respete la jerarquía de cada uno de los medios para llegar a unos resultados armónicos.

El resultado bien sabemos que es hacer presente al Cristo del carisma en las nuevas realidades a las que se enfrenta la vida consagrada y la Iglesia en general. Los medios, como ya también los mencionamos, son conocidos: alimentar la existencia cristiforme con Cristo, hacer visible la vida cristiforme, presencia transfigurante de Cristo, estudio de las realidades en las que se hará visible la persona de Cristo, apostolados operativos y formación humana. Pero lo que no es conocido es la proporción con la que cada uno de esos medios debe participar en la construcción del futuro de la vida consagrada. Aquí es dónde el superior debe aplicar el criterio de la integridad.

No debe dejar de lado ninguno de estos medios, pero debe conocer la importancia relativa de cada uno de ellos. Todos son importantes, pero no todos cooperan de la misma forma para alcanzar el resultado deseado. Son todos importantes absolutamente, pero diferentes en relación con el futuro que se quiere alcanzar. Si se quiere hacer presente a Cristo en las realidades actuales, de acuerdo con el propio carisma, resulta de por sí evidente la importancia que debe darse a identificar los aspectos más característicos del Cristo que se quiere testimoniar y promover bien sea su conocimiento y su vivencia. Se establece por tanto la importancia de una adecuada vida espiritual que permita a las personas consagradas alimentar su espíritu diariamente de este Cristo que le presenta el carisma. Este punto nos recuerda aquel consejo que dieron los padre capitulares al inicio de la adecuada renovación de la vida consagrada y que desgraciadamente en muchas comunidades ha quedado un poco marginado. “Ordenándose ante todo la vida religiosa a que sus miembros sigan a Cristo y se unan a Dios por la profesión de los consejos evangélicos, habrá que tener muy en cuenta que aun las mejores adaptaciones a las necesidades de nuestros tiempos no surtirían efecto alguno si no estuvieren animadas por una renovación espiritual, a la que, incluso al promover las obras externas, se ha de dar siempre el primer lugar.32” Se pedía una centralidad de la renovación en la vida espiritual, alimentando de tal forma el espíritu de la congregación, de las comunidades y de los miembros, fuera quien animara todo el proceso de la renovación. Dejándose llevar por modas o por una visión demasiado horizontalista del mundo, se ha dejado a un lado la parte espiritual para dedicarse quizás demasiado a la acción o a formas alternativas de espiritualidad cristiana. El superior debe por tanto construir el futuro de la vida consagrada, integrando la parte espiritual poniéndola en el primer lugar. Todo lo demás, se dará por añadidura…

Por ello el superior no debe descuidar no sólo los tiempos dedicados a la oración, sino la calidad de la oración. Hemos visto en este libro cómo el superior no falta al fuero interno cuando se interesa de la calidad de la oración de sus miembros, ya que es una parte esencial de la vida consagrada y le toca a él responder delante de Dios de haber propuesto por lo menos los medios esenciales para procurar el progreso espiritual de las almas que Dios le ha encomendado.

Una vez cimentada esta dimensión del futuro de la vida consagrada debe ayudar a que los miembros de la comunidad perneen toda su vida de lo contemplado en la oración. Una labor nada fácil si se toma en consideración por un lado el abandono que la vida espiritual y la vida de oración experimentan en muchas comunidades y por otra en el exagerado eficientismo que se le ha dado a las obras, o más que exagerado eficientismo, podríamos decir en el descuido con el que se viven sobrenaturalmente las obras de apostolado. Si ya hemos mencionado que el futuro de la vida consagrada se consigue leyendo la realidad en la que operan los miembros de la comunidad y que después del estudio de dicha realidad se deben buscar aquellos medios más adecuados para que Cristo se haga presente en dichas realidades mediante apostolados operativos, estos apostolados deberán guiarse por los criterios sobrenaturales que se han contemplado en la oración. Toca por tanto al superior de comunidad supervisar que dichos criterios sobrenaturales se apliquen en las obras de apostolado, de tal forma que la vida de oración de las personas consagradas estén integradas en sus acciones y en sus obras.

Dentro de este futuro integrado no debe olvidar que la persona consagrada no es una máquina, sino que es principalmente y ante todo, una persona consagrada. “La autoridad está llamada a promover la dignidad de la persona, prestando atención a cada uno de los miembros de la comunidad y a su camino de crecimiento, haciendo a cada uno el don de la propia estima y la propia consideración positiva, nutriendo un sincero afecto para con todos, guardando con reserva las confidencias recibidas.”33 Todo el futuro de la vida consagrada está cimentado sobre las personas consagradas. Por más planes que existan, por más documentos que haya producido el Magisterio de la Iglesia o los capítulos generales, si el superior o la superiora de comunidad no saben que lo que tienen en sus manos es un alma y que como a tal la deben de tratar, todo su esfuerzo resultará vano o con pocos resultados positivos del punto de vista espiritual. Por ello el superior debe integrar un trato adecuado para con la persona consagrada, dentro de la construcción del futuro de la vida consagrada. El superior no debe olvidar que cada persona consagrada tiene un proyecto personal que cumplir dentro del proyecto comunitario y que es deber suyo ayudar con todos los medios necesarios a que dicho proyecto individual se cumpla en plenitud. El futuro integrado de la vida consagrada tiene a la persona al centro de este futuro y en ella basa toda su acción.


En las manos de los superiores.
Para que su labor refleje verdaderamente una entrega total y amorosa a la comunidad y a las personas que en ella habitan, el superior de comunidad deberá ante todo creer, esperar y amar la vida consagrada. Esta asimilación podría parecer a primera vista redundante o carente de significado. Si el superior está puesto ahí para proporcionar el servicio de la autoridad, se espera que como guía autorizado tenga un mínimo de aprecio por la realidad de la que es responsable. Sin embargo y tristemente, en amplios sectores de la Iglesia observamos exactamente lo contrario. Hombres y mujeres cansados de vivir la vida consagrada, débiles en su fe por ella, carentes de esperanza y con un amor que ha perdido la frescura de los primeros días. Avasallados por los problemas que en muchas latitudes experimenta la vida consagrada, contagiados del pesimismo de los falsos profetas, carentes de recursos espirituales para salir de la crisis en la que se hallan sumergido, muchos superiores dan más la impresión de gestionar una obra que está por morir que un estilo de vida querido por Jesucristo. “Este servicio de animación unitaria requiere, por lo tanto, que los superiores y superioras no se muestren ni ajenos y desinteresados frente a las exigencias pastorales, ni absorbidos por tareas simplemente administrativas, sino que se sientan y sean considerados en primer lugar como guías para el desarrollo simultáneo, tanto espiritual como apostólico, de todos y cada uno de los miembros de la comunidad.”34

Para sentirse guía de sus hermanos, el superior debe creer, esperar y amar en el servicio de la autoridad que presta por un momento determinado de su vida. Es una aplicación de las virtudes teologales, que si bien tienen como fin a dios, podemos hacer una aplicación a la vida consagrada, que es obra de Dios, ya que como dice el catecismo de la Iglesia católica sobre la virtud de la fe, “es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la verdad misma”35. Si la vida consagrada es un don de Dios como Jesucristo mismo nos lo ha revelado, entonces podemos aplicar las virtudes teologales a la vida consagrada, como una realidad que Dios nos ha revelado en la persona y en la vida de Cristo36.

Sentirse guías es el inicio para prestar un buen servicio al futuro integrado de la vida consagrada. Pero para sentirse guías se tiene que apreciar el don de la vida consagrada. Conviene por tanto que el superior haga una revisión personal de cual es la fe, la esperanza y el amor que tiene a la vida consagrada. “Se debe por tanto corresponder al don de la vida consagrada que el Espíritu suscita en la Iglesia particular, acogiéndolo con generosidad y con sentimientos de gratitud al Señor.”37

Creer en la vida consagrada.
Decían los latinos que nadie ama lo que no conoce y nadie conoce lo que no frecuenta. Para creer en algo se necesita conocer ese “algo”. Para que el superior de comunidad pueda creer, esperar y amar la vida consagrada debe conocer la vida consagrada. No sólo desde un punto de vista nocionístico, sino desde un punto de vista esencial. Pero comencemos a explicar lo que significa para un superior el conocer la vida consagrada.

Si bien es cierto que el Concilio Vaticano II ha traído grandísimos avances para la Iglesia, en su afán por evangelizar mejor y evangelizar más, no es menos cierto que debido a una inadecuada recepción y puesta en práctica del Concilio se vive hoy en una cierta confusión o desorientación de ciertas realidades de la Iglesia. Y la vida consagrada es una de esas realidades. Si antes del Concilio Vaticano II existía un cierto acuerdo general sobre el concepto y la vivencia de la vida consagrada, para ser que después del magno evento eclesial, el concepto y la vivencia de dicha realidad ha sufrido interpretaciones de todo tipo. Hay quien juzga demasiado progresista en Concilio Vaticano II y se ha quedado por tanto anclado en el pasado, en un estilo de vida carente de dinamismo para los tiempos presentes. Sin embargo, hay quien del lado opuesto, ha juzgado poco intrépido el Concilio vaticano II o lo ha adaptado a sus propios puntos de vista, y ve en la vida consagrada una realidad siempre nueva, siempre por hacerse, corriendo el peligro de secularizarse demasiado, perdiendo su verdadero carácter. No en vano ha afirmado Ángel Pardilla en su ya famoso libro I religiosi ieri, oggi e domani: “Bisogna ammettere che in non pochi settori della Chiesa, purtroppo, non c’è stata una fedele attuazione della dottrina del Concilio: La mancanza di un’autentica recezione dei testi si è sentita in modo speciale nel campo specifico dei contenuti relativi alla vita religiosa. L’inadeguata recezione è stata la deplorevole conseguenza di un’ermeneutica arbitraria.”38

Para creer por tanto en la vida consagrada el superior debe tener claro el concepto de la vida consagrada, de lo contrario creerá en aquello que no es la vida consagrada. No existen recetas ni fórmulas magistrales para conocer lo que es la vida consagrada. Como una realidad que ha sido revelado por Dios en la vida de su Hijo Jesucristo, debemos dejar campo al misterio. Sin embargo bien podemos afirmar que si el superior quiere fundamentar sólidamente su conocimiento de la vida consagrada, cuenta con dos fuentes fundamentales que son el magisterio de la Iglesia y su propio carisma. El primero el da el marco general sobre el cuál construir el concepto vivo de la vida consagrada. Mucho debemos agradecer a Juan Pablo II que en su polifacético pontificado ha animado siempre a la vida consagrada. Bajo su autorizado magisterio, el dicasterio para la vida consagrada ha producido documentos que bien pueden considerarse joyas de la teología de la vida consagrada. Documentos entre los que descuella la Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata considerada como la magna charta39 de la vida consagrada. Convendría por tanto que el superior, si quiere en primer lugar sentirse guía de sus hermanos en la vida consagrada, hiciera de esos documentos del magisterio de la Iglesia, no sólo una lectura espiritual, sino una meditación que le aportara luz para su alma.

La segunda fuente sobre la que basar el conocimiento de la vida consagrada lo tiene el superior en su propio carisma. Si el carisma, siguiendo siempre el magisterio de la Iglesia, “se revela como una experiencia del Espíritu (Evang. test. 11), transmitida a los propios discípulos para ser por ellos vivida, custodiada, profundizada y desarrollada constantemente en sintonía con el Cuerpo de Cristo en crecimiento perenne”40, el superior tendrá en él una guía infalible para conocer lo que es la vida consagrada según la mente y el espíritu del Fundador. Las constituciones, la regla de vida o directorio, los últimos decretos capitulares serán para él las fuentes en dónde su espíritu y su mente se abastecerán para conocer constantemente la voluntad de Dios para la vida consagrada. Conocer constantemente es una postura del superior que no da todo por hecho ni nada por ya sabido. Esta será la postura correcta para ponerse de frente al verdadero concepto de la vida consagrada. Una realidad sobrenatural que sobrepasa la realidad humana, por lo que ésta se informa y se forma a partir de aquélla. Es un afán no por saber más, sino por ser más cada día, ser más persona consagrada, siguiendo la línea de la formación permanente descrita por Juan Pablo II: “El proceso formativo, como se ha dicho, no se reduce a la fase inicial, puesto que, por la limitación humana, la persona consagrada no podrá jamás suponer que ha completado la gestación de aquel hombre nuevo que experimenta dentro de sí, ni de poseer en cada circunstancia de la vida los mismos sentimientos de Cristo. La formación inicial, por tanto, debe engarzarse con la formación permanente, creando en el sujeto la disponibilidad para dejarse formar cada uno de los días de su vida.”41

Del conocimiento de la vida consagrada, el superior debe pasar a la fe en la vida consagrada. Si la fe es creer y creer “es el acto del entendimiento, que asiente a las verdades divinas bajo el impulso de la voluntad, movida por la gracia de Dios”42, una vez que el superior tiene bien identificado el concepto de la vida consagrada, debe mover su voluntad para asentir con el entendimiento, aceptar con la razón, que la vida consagrada es una realidad que proviene de Dios. Mediante este acto de fe en la vida consagrada el superior estará en guardia de caer en aquellos sofismas que pretenden ver a la vida consagrada como un mero agregado de personas en busca de un ideal común, o como una profecía siempre por cumplirse, pero alejada del Magisterio de la Iglesia, o como paradigmas que hay que romper y crear43.

Centrándose en el concepto válido de la vida consagrada que le viene por el Magisterio de la Iglesia y por su propio carisma, la tarea del superior de comunidad de creer en la vida consagrada, consiste en iluminar su mente con estos conocimientos para aceptarlos en su espíritu y en su corazón como venido de Dios. No es un asentimiento irracional o de corte fundamentalista. Es un asentimiento que da la razón en forma tal que acepta que estas realidades que comportan la vida consagrada y que han quedado consignadas por el Magisterio de la Iglesia, reflejan los deseos de Cristo para la vida consagrada. De esta fe nacerá la seguridad de estar buscando en todo, para sí y sus hermanos, lo que es la voluntad de Dios para la vida consagrada y no sólo conceptos, ideas, paradigmas o teorías de modo. La fe en la vida consagrada permitirá al superior no dudar de su servicio ni de la persona a quien está sirviendo. “Por eso soporto esta prueba. Pero no me avergüenzo, porque sé en quien he puesto mi confianza, y estoy convencido de que él es capaz de conservar hasta aquel Día el bien que me ha encomendado.” (2Tim., 12).


Esperar en la vida consagrada.
“Las virtudes teologales –fe, esperanza y caridad- son potencias operativas por las que el hombre se ordena inmediatamente a Dios, como a su fin último sobrenatural. Dios es en ellas objeto, causa, motivo, fin.”44 Esperar en la vida consagrada, segunda tarea que se le pide al superior si quiere sentirse guía de sus hermanos y si quiere en verdad tomar en sus manos el futuro integrado de la vida consagrada consiste en confiar plenamente en la bondad, las cualidades y los frutos de la vida consagrada, como un don de Dios. Si hemos mencionado que la fe en la vida consagrada consiste sobretodo en creer que dicho estilo de vida ha sido querido por Dios, inaugurando de esta manera en Jesucristo un estilo de vida original, único y perteneciente por tanto a Dios mismo, la esperanza en la vida consagrada consiste en confiar que dicho estilo de vida producirá frutos y será lo que tiene que ser según el pensamiento y el diseño de Dios. Pero, vamos por partes, analizando primero la virtud teologal de la esperanza aplicada a la vida consagrada para después ver las posibles desviaciones que esta virtud ha tenido en el postconcilio y la tarea que toca realizar a los superiores de comunidad con respecto a esta virtud.

El catecismo de la Iglesia Católica nos dice en el número 1817: “La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.”45 La esperanza como virtud teologal tiene como objeto a Dios mismo. Quien espera está seguro de ver a Dios y de llegar al Reino de los Cielos. Esta esperanza pone también en el hombre la confianza en los medios necesarios para llegar a la posesión del Reino de los Cielos. Y uno de estos medios es la vida consagrada, por lo que esperar en la vida consagrada es confiar que ella nos llevará a la felicidad eterna. “A la vida consagrada se confía la misión de señalar al Hijo de Dios hecho hombre como la meta escatológica a la que todo tiende, el resplandor ante el cual cualquier otra luz languidece, la infinita belleza que, sola, puede satisfacer totalmente el corazón humano. Por tanto, en la vida consagrada no se trata sólo de seguir a Cristo con todo el corazón, amándolo « más que al padre o a la madre, más que al hijo o a la hija » (cf. Mt 10, 37), como se pide a todo discípulo, sino de vivirlo y expresarlo con la adhesión «conformadora» con Cristo de toda la existencia, en una tensión global que anticipa, en la medida posible en el tiempo y según los diversos carismas, la perfección escatológica.”46

El superior de comunidad al confiar en la vida consagrada no sólo sigue a Cristo más de cerca, sino que conforma su vida con Cristo, en forma tal que su vida es una anticipación de la vida eterna. Esta es la confianza que se le pide al superior de comunidad. No es una esperanza humana que consistiría en pensar que las cosas van a salir bien si se cumplen los reglamentos, las indicaciones o las Constituciones. Más bien, la esperanza en la vida consagrada consistiría en vivir dichos reglamentos, indicaciones o Constituciones, estando seguros47 que con dicho cumplimiento se está ya viviendo en forma anticipada el tipo de vida que viviremos en el Reino de los Cielos.

La esperanza en la vida consagrada cosiste no tanto en poner las fuerzas en ese medio para obtener resultados humanos, sino poner la confianza en ese tipo de vida, sabiendo que producirá frutos para la vida eterna, en esta vida y e la otra.

Sumidos en el mundo materialista y eficientista en el que vivimos en donde todo vale según los frutos concretos y materiales que aporte, la vida consagrada puede caer también en la tentación de medirse en base a su eficiencia humana. Es innegable la aportación de la vida consagrada a las distintas sociedades de todos los tiempos. Baste asomarse a la historia de Europa o de América para comprobar la incidencia que en la cultura de ambos continentes ha tenido la vida consagrada desde sus orígenes48. Pero la vida consagrada es más que aquello que produce. La vida consagrada vale por lo que es y no por lo que hace. A partir de la vivencia de los votos, la vida consagrada está llamada a reproducir la vida de Cristo y así ser señal para este mundo. Si en el pasado se valorizó más la vida consagrada por lo que producía, ahora debe ser valorada por lo que es.

Muchas de las disidencias en la vida consagrada y de las dificultades por vivir el compromiso de asemejarse a la vida de Cristo se han debido a que se ha fijado la esperanza en la vida consagrada sólo en la medida en que podía aportar algo útil o cuantificable (material) a nuestro mundo. Si bien en el pasado y en muchas de las culturas y sociedades actuales, el estado no era suficiente para abastecer todas las necesidades de la sociedad, se vería entonces a la vida consagrada como un paliativo. Su fuerza y su contribución a las sociedades eran enrome como enorme era el aprecio de muchos por este estilo de vida. La confianza en ella depositada era una confianza meramente humana, opacando su realidad escatológica principal, si bien presente en las mismas realidades materiales que producía: educación, sanidad, etc.

Ahora, la confianza debe depositarse en el aporte espiritual que puede dar la vida consagrada a nuestra sociedad49. Ahí radica la nueva esperanza que los superiores deben de tener en la vida consagrada y están llamados a imprimir, si quieren ser verdaderos guías de sus hermanos. Confiar en que con la vivencia fiel y gozosa de la vida consagrada se producirán los frutos que su Fundador, Cristo, espera de ellos. De esta manera los superiores podrán dar una palabra de aliento frente a las dificultades por las que atraviesa la vida consagrada. “Ante algunas situaciones difíciles de la vida consagrada, por ejemplo, allí donde su presencia parece debilitarse e incluso desaparecer, el que guía a la comunidad deberá recordar el valor perenne de este género de vida porque, tanto hoy como ayer y siempre, no hay nada más importante, bello y verdadero que dedicar la propia vida al Señor y a sus hijos más pequeños.”50

Esperar en la vida consagrada se convierte para el superior de comunidad en una tarea personal de todos los días. Es vivir apuntando hacia las realidades eternas, viviendo las realidades materiales. No es despreciar el mundo, sino que es meterse en el mundo, buscando siempre y en todo momento evangelizar dichas realidades a través del aporte de la vida consagrada. Es estar seguro y transmitir la seguridad de que la vida consagrada tiene un lugar en el mundo, pero sobretodo que la vida consagrada producirá ya en esta tierra los frutos de vida espiritual de los que el mundo tiene tanta necesidad. “La vida religiosa siempre ha sido y tiene que ser hoy también un signo visible de los valores del Reino: el Reino como utopía de fraternidad y solidaridad, como el gran proyecto de Dios para la humanidad. La Vida Religiosa debe ser una real alternativa a una sociedad cuyos principales valores se basan en el tener, en el poder y en el aparecer. Los grandes ideales del Reino se basan en la confianza en Dios, en su trascendencia, en su amor, en su gratuidad, que nos llevan a la solidaridad, la justicia, la equidad, el perdón, la misericordia…”51

Amar la vida consagrada

La última virtud que un superior debe practicar si quiere sentirse y ser guía de sus hermanos es la virtud teológica de la caridad, el amor, aplicada a la vida consagrada. El superior debe amar la vida consagrada. Parecería una verdad de Perogrullo, sin embargo no lo es. En varios sectores geográficos de la vida consagrada, especialmente en Europa, tal parece que algunos superiores han sido salpicados del virus de la indiferencia o del sopor con la que varios europeos soportan la vida52. La vida se sufre en vez de ser vivida. Y en muchos casos ese sopor y agotamiento se ha transmitido a la vida consagrada en Europa. De alguna manera lo mencionaba ya Benedicto XVI en su discurso a las superioras y a los superiores generales. “De hecho, la cultura secularizada ha penetrado en la mente y en el corazón de no pocos consagrados, que la entienden como una forma de acceso a la modernidad y una modalidad de acercamiento al mundo contemporáneo. La consecuencia es que, juntamente con un indudable impulso generoso, capaz de testimonio y de entrega total, la vida consagrada experimenta hoy la insidia de la mediocridad, del aburguesamiento y de la mentalidad consumista.”53

No es fácil detectar ese estado de mediocridad, aburguesamiento y consumismo en el que han caído algunas comunidades de vida consagrada. Los grandes escándalos se generan a través de pequeñas concesiones, de permisos más o menos fáciles, de excepciones siempre con las debidas justificaciones y dentro del marco legal de la obediencia. Pero se va perdiendo la frescura y la lozanía de los primeros años de vida consagrada, o del ardor con que vivían los primeros hombres o mujeres consagradas al lado del fundador o fundadora. Hoy en día parece que muchos se han acostumbrado al don de la vida consagrada, perdiendo su aprecio por ella. “En la vida religiosa que comenzó con tanta simplicidad y pobreza, se ha ido dando paso a la abundancia de bienes materiales innecesarios, a las relaciones sociales insulsas, a la ambición disimulada de poder y de fama. Ha ido entrando el espíritu mundano, postmodernista, pagano… y se ha ido perdiendo ‘el primer amor’.”54

Diversas son las causas de esta pérdida del primer amor o aprecio por la vida consagrada. La mentalidad secularizada, el eficientismo, la abundancia de bienes, la dificultad de llevar adelante el apostolado especialmente entre los jóvenes, la falta de vocaciones, el envejecimiento de las comunidades, la pérdida del sentido sobrenatural, el desprecio formal por la vida de oración y la vida espiritual, la sustitución de la vida sobrenatural por técnicas psicológicas, sociológicas o administrativas, han ido llevando a la vida consagrada a conformarse más con una caricatura que con la verdadera imagen que Cristo, su fundador, se había hecho de ella. “Los consejos evangélicos son, pues, ante todo un don de la Santísima Trinidad. La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza.”55 Recuperar la belleza de la vida consagrada es tarea del superior, a través del aprecio y el amor que debe demostrar a la vida consagrada.



La virtud teologal de la caridad “es infundida por Dios en la voluntad, por la cual amamos a Dios con todo el corazón y al prójimo como a nosotros mismos. Así como por la fe participamos de la sabiduría divina, por la caridad participamos de la fuerza y calidad del mismo amor de Dios.”56 Amar es por tanto querer lo mismo que quiere el amado57, que en este caso es amar lo mismo que quiere Dios. Querer y apreciar la vida consagrada de la misma manera que la quiere Dios. Él ha querido dejarnos la vida consagrada como un don para la Iglesia, como una gracia. “La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu.”58 El superior debe reconocer que la vida consagrada no es una carga pesada, ni tampoco una agregación cultural o un grupo sociológico con algún beneficio humano o psicológico. Es ante todo un don de Dios, esto es, una gracia que Dios da a la Iglesia para enriquecerla, adornarla y ayudarla en el cumplimiento de la misión59. Como don de Dios es una gracia, un regalo, algo que está más allá de las expectativas humanas y que sobrepasa los  méritos de las personas. El superior debe comenzar apreciando la vida consagrada como un regalo que Dios ha dado al hombre apara ayudar a construir y edificar a la Iglesia60, esto es para ayudar al hombre a su salvación. Su aprecio y amor deben nacer del mismo aprecio y amor que Dios tiene por ella como un medio par ayudar a la Iglesia a salvar a los hombres.

El amor, como una virtud infundida en la voluntad, es necesario hacerlo crecer. No basta que el intelecto conozca las bondades de la vida consagrada, ni que la voluntad se sienta movida por los bienes que pueden aportarle, es necesario mover la voluntad para que este aprecio se traduzca en obras. Es, de alguna manera, reobrar el amor primero de la profesión o del momento en que el superior se sintió embestido por el amor de Dios y dio su asentimiento a dicho amor. Se aama la vida consagrada no por los beneficios que de ella puedan seguirse, sino porque es la respuesta al amor que Dios ha tenido por la persona para elegirla en este  estado de vida.

El superior debe purificar su noción de vida consagrada, dejando a un lado las visiones demasiado secularizadas de ella para quedarse con el concepto de vida consagrada con el que Dios lo ha pensado: hacer visibe los rasgos característicos de Jesús. Su aprecio nace de la toma de conciencia de esta realidad y del sentirse elegido a ella. Es él y no otra persona que deben mostrar el amor de Dios a los hombre, como Cristo mostró el amor de Dios a los hombres. Sólo con esta visión de la vida consagrada es posible que el superior pueda construir el futuro  integrado de la vida consagrada. Por ello, quiero terminar este libro con el número 104 de la Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata que refleja el amor gratuito de Dios por la humanidad manifestado en la vida consagrada.

“No son pocos los que hoy se preguntan con perplejidad: ¿Para qué sirve la vida consagrada? ¿Por qué abrazar este género de vida cuando hay tantas necesidades en el campo de la caridad y de la misma evangelización a las que se pueden responder también sin asumir los compromisos peculiares de la vida consagrada? ¿No representa quizás la vida consagrada una especie de « despilfarro » de energías humanas que serían, según un criterio de eficiencia, mejor utilizadas en bienes más provechosos para la humanidad y la Iglesia?
Estas preguntas son más frecuentes en nuestro tiempo, avivadas por una cultura utilitarista y tecnocrática, que tiende a valorar la importancia de las cosas y de las mismas personas en relación con su « funcionalidad » inmediata. Pero interrogantes semejantes han existido siempre, como demuestra elocuentemente el episodio evangélico de la unción de Betania: «María, tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. Y la casa se llenó del olor del perfume» (Jn 12, 3). A Judas, que con el pretexto de la necesidad de los pobres se lamentaba de tanto derroche, Jesús le responde: «Déjala» (Jn 12, 7). Esta es la respuesta siempre válida a la pregunta que tantos, aun de buena fe, se plantean sobe la actualidad de la vida consagrada: ¿No se podría dedicar la propia existencia de manera más eficiente y racional para mejorar la sociedad? He aquí la respuesta de Jesús: «Déjala».
A quien se le concede el don inestimable de seguir más de cerca al Señor Jesús, resulta obvio que Él puede y debe ser amado con corazón indiviso, que se puede entregar a Él toda la vida, y no sólo algunos gestos, momentos o ciertas actividades. El ungüento precioso derramado como puro acto de amor, más allá de cualquier consideración « utilitarista », es signo de una sobreabundancia de gratuidad, tal como se manifiesta en una vida gastada en amar y servir al Señor, para dedicarse a su persona y a su Cuerpo místico. De esta vida « derramada » sin escatimar nada se difunde el aroma que llena toda la casa. La casa de Dios, la Iglesia, hoy como ayer, está adornada y embellecida por la presencia de la vida consagrada.
Lo que a los ojos de los hombres puede parecer un despilfarro, para la persona seducida en el secreto de su corazón por la belleza y la bondad del Señor es una respuesta obvia de amor, exultante de gratitud por haber sido admitida de manera totalmente particular al conocimiento del Hijo y a la participación en su misión divina en el mundo.
«Si un hijo de Dios conociera y gustara el amor divino, Dios increado, Dios encarnado, Dios que padece la pasión, que es el sumo bien, le daría todo; no sólo dejaría las otras criaturas, sino a sí mismo, y con todo su ser amaría este Dios de amor hasta transformarse totalmente en el Dios-hombre, que es el sumamente Amado»”61

 



 

 

1 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,  n. 17.

2 En la Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa Juan Pablo II recalca el hecho que la mejor pastoral vocacional es la imagen que las personas consagradas pueden ofrecer al mundo de hoy. Esta misma imagen la podemos adaptar al superior con respecto a los miembros de su comunidad. Si el superior no cree, no espera y no ama a la vida consagrada, ¿qué tipo de imagen de la vida consagrada dará las personas consagradas que Dios le ha confiado? “Y es indispensable que los sacerdotes (los superiores) mismos vivan y actúen en coherencia con su verdadera identidad sacramental. En efecto, si la imagen que dan de sí mismos fuera opaca o lánguida, ¿cómo podrían inducir a los jóvenes (los miembros de su comunidad) a imitarlos?” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 40 

3 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,  n. 13d.4 Asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos reunida para reflexionar sobre el tema « La vida consagrada y su misión en la Iglesia y en el mundo ».

5 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Religiosos y promoción humana, 25 – 28.4.1978, n. 32

6 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 36.

7 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Elementos esenciales de la doctrina de la Iglesia sobre la vida religiosa, 31.5.1983, n. 1.

8 “La Iglesia considera ciertos elementos como esenciales para la vida religiosa: la vocación divina, la consagración mediante la profesión de los consejos evangélicos con votos públicos, una forma estable de vida comunitaria, para los institutos dedicados a obras de apostolado, la participación en la misión de Cristo por medio de un apostolado comunitario, fiel al don fundacional específico y a las sanas tradiciones; la oración personal y comunitaria, el ascetismo, el testimonio público, la relación característica con la Iglesia, la formación permanente, una forma de gobierno a base de una autoridad religiosa basada en la fe. Los cambios históricos y culturales traen consigo una evolución en la vida real, pero el modo y el rumbo de esa evolución son determinados por los elementos esenciales, sin los cuales, la vida religiosa pierde su identidad.” Ibídem., n. 4.

9 Entendemos aquí por sustancia, lo descrito por Benedicto XVI. “Así pues, el concepto de « sustancia » queda modificado en el sentido de que por la fe, de manera incipiente, podríamos decir « en germen » –por tanto según la « sustancia »– ya están presentes en nosotros las realidades que se esperan: el todo, la vida verdadera. Y precisamente porque la realidad misma ya está presente, esta presencia de lo que vendrá genera también certeza: esta « realidad » que ha de venir no es visible aún en el mundo externo (no « aparece »), pero debido a que, como realidad inicial y dinámica, la llevamos dentro de nosotros, nace ya ahora una cierta percepción de la misma.” Benedicto XVI, Carta encíclia Spe salvi, 30.11.2007, n. 7

10 “La vida consagrada, enraizada profundamente en los ejemplos y enseñanzas de Cristo el Señor, es un don de Dios Padre a su Iglesia por medio del Espíritu. Con la profesión de los consejos evangélicos los rasgos característicos de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una típica y permanente « visibilidad » en medio del mundo, y la mirada de los fieles es atraída hacia el misterio del Reino de Dios que ya actúa en la historia, pero espera su plena realización en el cielo.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 1.

11 Ibidem., n.63

12 Congreso Internacional de la Vida Consagrada, Publicaciones Claretianas, Madrid  2005, pp. 222 – 223.

13 “El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida. Tal existencia « cristiforme », propuesta a tantos bautizados a lo largo de la historia, es posible sólo desde una especial vocación y gracias a un don peculiar del Espíritu.” .” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 14.

14 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,  n. 13b.

15 “Para mí, la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor tanto desde dentro de la prueba como en la alegría.” Santa Teresa del Niño Jesús, Manuscrit C, 25r: Manuscrists autohiographiques [Paris 1992] p. 389-390.

16 “La contemplación no se detiene en ideas bellas o en profundidades teológicas, sino que busca saciar el alma con el gozo de la mutua comunicación por amor, se busca como dice san Ignacio ‘sentir y gustar las cosas internamente’, es decir, que los conocimientos han de bajar al corazón. Contemplar significa mirar, pero también amar, es la ‘oración del corazón’ ”. Carlos Palmés, SJ., Ser o no ser, La vida religiosa del siglo XXI, Editorial Verbo Divino, Cochabamba  2008, p. 43.

17 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 15.

18 Ibídem., n.9.

19 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,  n. 13e.

20 Concilio VaticanoII, Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2d.

21 “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.” (1Cor. 13, 1).

22 Juan Pablo II, Carta encíclica Veritatis splendor, 6.8.1993, n. 106.

23 “Dando una mirada a las páginas del periódico o a las noticias en la televisión, no es difícil constatar cómo la virtud personal es sustituida por lemas políticos y condicionamientos psicológicos cambiantes como las modas. El vicio ha ocupado el lugar de la virtud, y los pecados son presentados como cosas normales o incluso como modelos a seguir por los jóvenes.” P. Luis Alfonso Orozco, L.C., Formación de las virtudes humanas y sociales, Ediciones Paulina, Lima  2010, p. 11.

24 “Es un testimonio espléndido y variado, en el que se refleja la multitud de dones otorgados por Dios a los fundadores y fundadoras que, abiertos a la acción del Espíritu Santo, han sabido interpretar los signos de los tiempos y responder de un modo clarividente a las exigencias que iban surgiendo poco a poco.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 9.

25 Ibídem., n. 73.

26 “La comunidad religiosa tiende a conseguir y manifestar la primacía del amor de Dios, que constituye el fin propio de la vida consagrada, y por lo mismo su primera obligación y el primer apostolado de cada uno de los miembros de la comunidad.” Cf. Código de Derecho Canónico, cann. 573; 607; 663, § 1; 673.

27 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,  n. 13g.

28 “La gracia de Cristo, que realiza el lento pero estupendo trabajo de santificación personal, se apoya necesariamente en la adecuada formación de las facultades humanas. Cuando mejor dispuesta se encuentra la naturaleza, mejor la puede moldear la acción del Espíritu Santo.” P. Luis Alfonso Orozco, L.C., Formación de las virtudes humanas y sociales, Ediciones Paulina, Lima  2010, p. 9.

29 Concilio Vaticano II, Decreto Optatam totius, 20.10.1965, n. 11.

30 Carlos Palmés, SJ., Ser o no ser, La vida religiosa del siglo XXI, Editorial Verbo Divino, Cochabamba  2008, p. 145.

31 “¡Vosotros no solamente tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa para seguir haciendo con vosotros grandes cosas. Haced de vuestra vida una ferviente espera de Cristo, yendo a su encuentro como las vírgenes prudentes van al encuentro del Esposo. Estad siempre preparados, sed siempre fieles a Cristo, a la Iglesia, a vuestro Instituto y al hombre de nuestro tiempo. De este modo Cristo os renovará día a día, para construir con su Espíritu comunidades fraternas, para lavar con El los pies a los pobres, y para dar vuestra aportación insustituible a la transformación del mundo.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 110.

32 Concilio VaticanoII, Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2e.

33 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,  n. 13g.

34 Sagrada congregación para los religiosos y los institutos seculares, La dimensión contemplativa de la vida religiosa, marzo 1980, n. 16.

35 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1814.

36 “El fundamento evangélico de la vida consagrada se debe buscar en la especial relación que Jesús, en su vida terrena, estableció con algunos de sus discípulos, invitándoles no sólo a acoger el Reino de Dios en la propia vida, sino a poner la propia existencia al servicio de esta causa, dejando todo e imitando de cerca su forma de vida.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 14.

37 Ibídem., n. 48.

38 Ángel Pardilla, I religiosi ieri, oggi e domani, Editrice Rogate, Roma  2007, p. 307.

39 “Merita speciale considerazione logica del discorso, che è davvero teologica, pastorale, positiva ed esortativa del documento, il cui fondamento è trinitario, cristologico, pervaso dallo spirito di comunione e fondato sul mistero pasquale. Per tutto ciò, come anche per il senso della contemplazione, della vocazione profetica, della missione ecclesiale, della preminenza della vita spirituale, questo documento è diventato la magna charta per un efficace rinnovamento della vita consacrata..” Cardinale Jan Pieter Schotte, secretario generale del Sinodo dei Vescovi, en I religiosi ieri, oggi e domani, (op. cit), p. 322.

40 Sagrada Congregación para los religiosos e institutos seculares, Mutuae relationes, 14.5.1978, n. 11.

41 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n.69.

42 Santo Tomás de Aquino, STh II – II, 2 – 9.

43 Diarmud O’Murchu, Consecrated Religious Life, The changing paradigms, Orbis Books, New York  2006.

44 José Rivera, José María Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, EDIBESA; Madrid  2003, p. 96.

45 Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1817.

46 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 16.

47 He aquí el núcleo central de la esperanza. Quien espera sabe que lo que está viviendo producirá un fruto, tarde o temprano, aunque ahora no lo vea. Tal es la esperanza de los profetas, como dice San pablo. “Todos ellos murieron en la fe, sin alcanzar el cumplimiento de las promesas: las vieron y las saludaron de lejos, reconociendo que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Los que hablan así demuestran claramente que buscan una patria; y si hubieran pensado en aquella de la que habían salido, habrían tenido oportunidad de regresar. Pero aspiraban a una patria mejor, nada menos que la celestial. Por eso, Dios no se avergüenza de llamarse «su Dios» y, de hecho, les ha preparado una Ciudad. (Heb. 11, 13 – 16).”

48 “El testimonio de las personas consagradas es particularmente elocuente. A este propósito, se ha de reconocer, ante todo, el papel fundamental que ha tenido el monacato y la vida consagrada en la evangelización de Europa y en la construcción de su identidad cristiana.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 37.

49 “En un continente, en el cual se manifiestan serias tendencias de secularización, también en la vida consagrada, los religiosos están llamados a dar testimonio de la absoluta primacía de Dios y de su reino. La vida consagrada se convierte en testigo del Dios de la vida en una realidad que relativiza su valor (obediencia), es testigo de libertad frente al mercado y a las riquezas que valoran a las personas por el tener (pobreza), y es testigo de una entrega en el amor radical y libre a Dios y a la humanidad frente a la erotización y canalización de las relaciones (castidad). “V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y de el Caribe, Aparecida, documento final, Conferencia Episcopal Peruana, Lima  2007, n. 219.

50 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad y la obediencia, 11.5.2008,  n. 13d.

51 P. Gregorio Iriarte, O.M.I, La vida religiosa frente al cambio de época, Ediciones Paulinas, Lima  2006, p. 29.

52 “Tantos hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están sumidos en este estado de ánimo. Hay numerosos signos preocupantes que, al principio del tercer milenio, perturban el horizonte del Continente europeo que, « aun teniendo cuantiosos signos de fe y testimonio, y en un clima de convivencia indudablemente más libre y más unida, siente todo el desgaste que la historia, antigua y reciente, ha producido en las fibras más profundas de sus pueblos, engendrando a menudo desilusión.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 7.

53 Benedicto XVI, Discursos, 22.5.2006.

54 Carlos Palmés, SJ., Ser o no ser, La vida religiosa del siglo XXI, Editorial Verbo Divino, Cochabamba  2008, p. 114.

55 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 20.

56 José Rivera, José María Iraburu, Síntesis de espiritualidad católica, EDIBESA; Madrid  2003, p. 97.

57 “Idem velle, idem nolle” Salustio, De coniuratione Catilinae, XX, 4.

58 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 1.

59 “El término Xaris que hallamos en el Nuevo testamento es el antecedente inmediato de nuestro vocablo actual <<gracia>>. (…) El término <<gracia>> designa en general, todavía en el uso actual, lo contrario a lo que es debido, es decir, la benevolencia, el favor que se da gratuitamente. (…) Como ya hemos indicado, ha sido Pablo el autor neotestamentario que ha dado al término Xaris su relevancia especial y lo ha introducido definitivamente en el vocabolario cristiano. Ante todo debemos notar que, antes que contenidos concretos, el término expresa la estructura formal de la salvación de Cristo: ésta e salgo que se da gratuitamente, por el favor de Dios. (…) En relación con esta dimensión formal de la gratuita, la gracia como don o favor de Dios indica también para Pablo el conjunto de los diversos aspectos concretos de la salvación, vienen a ser un sinónimo de esta última. (..) Con la palabra gracia se designa el acontecimiento salvador de Jesús, subrayándose según los casos aspectos distintos del mismo: la fuerza del Evangelio, la manifestación de la bondad de Dios, la remisión de los decado, la perenne intercesión de Jesús ante el Padre… En los escritos paulinos sobretodo se pone de relieve en mucca occasione la dimensión formal de la gratuita, característica de la salvación que el amor de dios nos han concedido.” Luis F. Ladaria, Teología del pecado original y de la gracia, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid  1993, pp. 144 – 149.

60 “La presencia universal de la vida consagrada y el carácter evangélico de su testimonio muestran con toda evidencia —si es que fuera necesario— que no es una realidad aislada y marginal, sino que abarca a toda la Iglesia. Los Obispos en el Sínodo lo han confirmado muchas veces: « de re nostra agitur », « es algo que nos afecta ». En realidad, la vida consagrada está en el corazón mismo de la Iglesia como elemento decisivo para su misión, ya que « indica la naturaleza íntima de la vocación cristiana » y la aspiración de toda la Iglesia Esposa hacia la unión con el único Esposo. En el Sínodo se ha afirmado en varias ocasiones que la vida consagrada no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 3.

61 Juan Pablo II, Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 104.

 

 

 

 

 

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