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La Identidad de la Superiora de Comunidad
Si falta la visión de fe en quien ejerce al autoridad, ni con la ayuda de las ciencias humanas podrá darse un verdadero servicio de la autoridad y su respectiva obediencia.


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net



Un trabajo apasionante para tiempos apasionantes.
Hablar de tiempos difíciles por los que pasa la vida consagrada en los inicios de este siglo, resulta ya algo común en nuestros días. Libros, ciclos de conferencias, cursos que pululan por doquier para tratar de entender el fenómeno y dar una solución adecuada. La ayuda de las ciencias sociales, así como de la Teología, ayudan a entender el fenómeno, a dar una plausible explicación y a buscar soluciones que ayuden a salir de estos momentos.

Personalmente creo que la visión negativa de la que se parte, -<>- refleja ya de por sí una postura un tanto errónea sobre la identidad de la vida consagrada. Para la persona consagrada no hay, o no debería haber, estaciones fáciles o estaciones difíciles. Debemos partir, siempre según opinión personal, de que la vida consagrada tiene una sola estación, y ésta es la estación de la fidelidad y de la coherencia. La vida consagrada debe ser coherente consigo misma y fiel a la identidad que su Fundador, Jesucristo, ha querido para ella. Si bien es cierto que las condiciones culturales por las que atraviesa la vida consagrada pueden afectar su propio desenvolvimiento, no podremos decir que hay estaciones fáciles o estaciones difíciles. Tomemos por ejemplo los inicios de la vida consagrada, cuando Jesucristo invita doce hombres a dejar todo por seguirlo a Él. No creo que pueda hablarse de momentos fáciles, para quien debe lanzarse a la aventura de una nueva forma y estilo de vida. Existe sin embargo la atracción fascinante de Aquel hombre que con su palabra y con su ejemplo arrastra a estos hombres que, no sin dificultades, son capaces de ser fieles y coherentes a este estilo de vida. Las dificultades culturales y personales para llevar a cabo con coherencia y fidelidad este nuevo estado de vida, son superadas cuando estos doce hombres se dejan llevar, diríamos enamorar, de este hombre que es Jesucristo.

Si este ejemplo lo trasladamos a todos los tiempos de la vida consagrada, podemos observar las mismas dos constantes: un hombre que es capaz de fascinar a otros hombres en el seguimiento de Cristo, y la coherencia y la fidelidad en este camino, a pesar de las dificultades personales y temporales. Por ello, podemos afirmar, que no hay estación fácil o difícil para la vida consagrada, sino que hay mayor o menor enamoramiento en el camino de seguir a Jesucristo y que hay mayor o menor coherencia y fidelidad para poder superar las dificultades personales o culturales implicadas en el seguimiento de Jesucristo.

Estas dos constantes, enamoramiento y fidelidad-coherencia, requieren conocer de antemano cuál es el seguimiento de Cristo en la vida consagrada, que puede traducirse en el Cristo que las personas consagradas se han propuesto seguir en diversas facetas: en la misión a la que Cristo llama, en el estilo de vida en fraternidad que se debe llevar, con una espiritualidad clara, objetiva y específica que ha dejado el Fundador. En pocas palabras, se debe conocer con claridad cuál es la identidad de la vida consagrada y la identidad específica de cada Instituto religioso. Sin una identidad clara se corre el riesgo de ir a la deriva, diluyendo el seguimiento de Cristo, adaptando la vida consagrada a la cultura de cada época. El proceso correcto debería ser siempre a la inversa, es decir, adaptar la cultura a la vida consagrada.

Para descubrir la identidad de la vida consagrada tenemos que partir del hecho que la vida consagrada está llamada en primer lugar a hacer visible a Cristo casto, pobre y obediente 1 . Bien podemos afirmar que esta es la esencia de la vida consagrada y que de ella, de acuerdo al principio filosófico que del ser se desprende el hacer, surge la identidad de la vida consagrada. En su constante búsqueda por hacer presente a Cristo en el mundo 2 las personas consagradas buscan antes que nada cumplir con la voluntad de Dios. Es algo que se desprende íntimamente de su esencia. Si hemos afirmado que la esencia de la vida consagrada es hacer visible los rasgos más característicos de la vida de Cristo, esta visibilidad se traduce en un esfuerzo por imitar su vida. No se trata por tanto de cumplir simplemente con unas funciones o un trabajo a favor de los pobres, los desheredados o quienes se ven pisoteados en sus derechos humanos. Es algo más que eso. La esencia de la vida consagrada es buscar transformar la propia vida en forma tal que a través de la vida de las personas consagradas, Cristo pueda hacerse presente, en primer lugar, en la propia vida de la persona consagrada, y después, para los hermanos.

Para que esta acción de transformación abrace todos los sectores de la vida de la persona consagrada, es decir su pensamiento, su voluntad y sus sentimientos, y además, para que dicha transformación se vaya realizando en todas las etapas de la historia propia de la persona consagrada, es necesario que se busque en todo momento agradar a Dios. Buscar lo que a Dios agrade es una de las manifestaciones de la identidad de la vida consagrada. “De manera que la persona consagrada es testimonio del compromiso, gozoso al tiempo que laborioso, de la búsqueda asidua de la voluntad divina, y por ello elige utilizar todos los medios disponibles que le ayuden a conocerla y la sostengan en llevarla a cabo.” 3

Si bien hemos hablado de la esencia de la vida consagrada, no debemos olvidar tampoco de la esencia del hombre. Los deseos del hombre no se llevan a cabo automáticamente. Su esencia es la de ser una creatura de Dios, caída por el pecado original y redimida por Cristo. Si bien la obra de la redención ha sido cumplida por Cristo en su vida, pasión, muerte y resurrección, las huellas que ha dejado el pecado original tienden a influir en el hombre, y a veces no puede ver con claridad cuál es la voluntad de Dios que se ha propuesto seguir como persona consagrada. O la fuerza de voluntad se debilita o duda. Y lo mismo puede suceder cuando las pasiones o los sentimientos se quieren revelar por seguir el cumplimiento de la voluntad de Dios. Es necesario que el hombre cuente con algunos medios para ayudarse a cumplir lo que prometió en su consagración, es decir, hacer visible a Cristo a través del cumplimiento de su voluntad.

Se presenta por tanto entre uno de esos medios, la ayuda de la autoridad. “Por esto, mientras en la comunidad todos están llamados a buscar lo que agrada a Dios así como a obedecerle a Él, algunos en concreto son llamados a ejercer, generalmente de forma temporal, el oficio particular de ser signo de unidad y guía en la búsqueda coral y en la realización personal y comunitaria de la voluntad de Dios. Éste es el servicio de la autoridad.” 4

La identidad de la superiora no es otra que la de ayudar a una comunidad a buscar y encontrar la voluntad de Dios. Su identidad se cristaliza en su función de guía, de ayuda para que las personas consagradas que la Providencia ha puesto bajo su cargo, se enamoren cada día más de Dios, proceso de enamoramiento, y que vivan con coherencia y fidelidad, dicho enamoramiento en el vaivén de la vida cotidiana. No suple ni la voluntad, ni la libre albedrío de las personas consagradas, sino que señala las pautas más idóneas para que la persona consagrada pueda cumplir su promesa de enamorarse de Cristo y de ser coherente y fiel a ese amor en lo avatares de su vida diaria. La palabra guía es clave para entender el servicio de la autoridad, ya que el guía, no suplanta la labor que debe desarrollar la persona. Esta ahí sólo para indicar el camino, sostener al que flaquea o se muestra dudoso, encauzar al que por inexperiencia o carácter quiere seguir su propia voluntad.


Los ídolos de nuestra cultura, de frente al servicio de la autoridad.
Hemos dicho que la vida consagrada no ha tenido estaciones fáciles o estacones difíciles. Todo depende del grado de enamoramiento que la persona consagrada tenga de Cristo y de dicho amor que se traduce en fidelidad y coherencia y se expresa en la vida diaria. La vida consagrada por tanto, no es de este mundo pero vive en este mundo.

El esfuerzo del Concilio vaticano II ha sido el de dotar a los distintos elementos de la Iglesia con las herramientas más adecuadas para transformar las realidades culturales más actuales. Se trata por tanto de una labor de “trasvase”, es decir, buscar las formas mejores, los mejores medios para que el evangelio pueda permear la cultura actual.

Como lo ha pedido el decreto Perfectae caritatis 5 , es necesario conocer la cultura de nuestro tiempo de forma tal que los elementos esenciales de la vida consagrada puedan permear y penetrar dichas realidades temporales. No debemos olvidar sin embargo, que en este esfuerzo de inculturación o de adaptación, puede perderse de vista el objetivo originario y se termina incorporando desmesuradamente la cultura de nuestros días a los elementos esenciales de la vida consagrada, acabando por desaparecer la esencia de los ismos. Quien debía ser sal de la tierra termina por ser tierra.

Se dan por tanto ciertos ídolos culturales que tal parece que son inamovibles y que la vida consagrada debe someterse a ellos, con el riesgo de que no hacerlo así, aparecerá como anacrónica, desfasada o no cumplirá adecuadamente su misión. Basta echar un vistazo a la historia del post-concilio y ver el grado de postración en el que se encuentra la vida consagrada, por el hecho de que, queriendo adaptarse a dichos ídolos culturales, han dejado a un lado la vivencia de lo que debería ser la esencia de la vida consagrada: buscar sólo a Dios, quarere Deum, como lo señala la regla de San Benito. 6

Los ídolos culturales a los que se enfrenta el servicio de la autoridad son la libertad, el valor individual de la persona, los deseos de realización personal y la visión subjetiva del carisma. Muchos de estos ídolos, y casi me atrevería a decir que todos ellos, provienen del relativismo en el que vivimos. Un mundo en dónde no existen principios, en dónde todo viene interpretado de acuerdo a la visión personal de los individuos, salpica también a la vida consagrada, haciendo difícil el servicio de la autoridad. Se cuestiona el principio de autoridad, porque se establece, o se da por establecido que cada persona es libre y que, actuando según su propia conciencia, puede alcanzar a vivir la voluntad de Dios. Queda por tanto desplazado el efecto del pecado original y sus consecuencias en la voluntad, el pensamiento y los sentimientos. Se cree que la profesión perpetua da un certificado de infalibilidad, o de inmaculabilidad, pretendiendo que todas las acciones son buenas y sirven para cumplir con la voluntad de Dios, sólo por el hecho de que se realizan por una persona que ha hecho una profesión de votos religiosos.

Se olvidan de que “cuando la libertad se hace arbitraria y la autonomía de la persona se entiende como independencia respecto al Creador y respecto a los demás, entonces nos encontramos ante formas de idolatría que no sólo no aumentan la libertad sino que esclavizan.” 7 La libertad se erige entonces como un ídolo y a él se debe sacrificar todo.

De ahí parte también el hecho de que debe a toda costa valorizarse la realización personal, como si éste fuera uno de los fines de la vida consagrada. La persona se realiza no al margen de la voluntad de Dios, sino precisamente cumpliendo la voluntad de Dios. Que no la despersonaliza, sino que la enriquece y la sublima. Tal parece que estas personas se olvidan que el hombre es por naturaleza un ser creatural, es decir, una creatura y que por tanto se realiza en la medida que sigue a su Creador. Toda creatura encuentra su felicidad y se realiza personalmente en la manera que cumple el diseño divino para su ser. El mundo vegetal, el mundo animal, y por ende el hombre, siguiendo la impronta del Creador llegan a encontrar la felicidad siguiendo el plan que el creado ha inscrito en su propia naturaleza. De esta misma forma, la persona consagrada, cuya esencia hemos dicho, es aquella de cumplir con la voluntad de Dios, encontrará la felicidad en la medida que busque cumplir dicha voluntad divina.

Por último, debemos mencionar que si bien en estos últimos años el esfuerzo que muchas congregaciones femeninas han hecho por conocer y vivir el propio carisma las han llevado a una nueva revitalización, algunas de ellas han querido leer el carisma en una forma eminentemente horizontalista, dejando la interpretación del carisma a cada persona. Quizás, en algunos casos, se haya dado una investigación no del todo científica para encontrar lo que debería ser el carisma de la Congregación, quedando los resultados siempre un poco en el aire y a merced de cualquier interpretación. Pero más bien pienso que el problema se ha dado cuando se ha hecho una lectura humana del carisma. Si el carisma es verdaderamente una experiencia del espíritu hecha por el Fundador para ser compartida por los discípulos espirituales, necesariamente esta experiencia del espíritu deberá encontrar a través de una espiritualidad específica, los medios para ser vivida y las obras concretas que las manifiesten. De lo contrario, sin una espiritualidad basada en el carisma y unas obras concretas que lo manifiesten, se deja todo al libre albedrío de cada persona.

Por el contrario, cuando se tienen claras espiritualidad y obras de apostolado, el servicio de la autoridad rinde un gran favor a la Congregación, pues es la autoridad la encargada de salvaguardar dichos medios, es decir, espiritualidad y obras concretas. Es más, la misma autoridad se valdrá de estos dos medios para llevar adelante su servicio, pues no hará nada según su propia voluntad, sino según la voluntad de Dios 8 , manifestada a través de la espiritualidad y las obras concretas.


Por último… una visión de fe.
Pero todos estos discursos sobre la autoridad no tienen validez alguna si no son fundamentados en una grande visión de fe. “Por eso es necesario, por parte de todos, agudizar la mirada de fe ante dicho cometido, que debe inspirarse en la actitud de Jesús siervo que lava los pies de sus apóstoles para que tengan parte en su vida y en su amor (cf. Jn 13, 1-17). 9 Si no se cree que se está obedeciendo la voluntad de Dios en aquellos que manda la superiora legítima, es imposible que la autoridad y la obediencia, que son un binomio inseparable, puedan llevarse a cabo.

Las ciencias humanas, como la psicología y la sociología, han tratado de explicar el concepto, la función y el desarrollo de la autoridad al interno de la vida consagrada. Su visión, sin ser errónea, es parcial, o mejor dicho, su visión puede venir en ayuda de muchos problemas, pero no puede tomarse como medicina viable y fiable para todos los casos. Podrá hablarse de una patología psicológica, de un problema de relación humana cuya solución podrá darse a través de los medios que la psicología, la sociología u otra ciencia humana puedan aportar. Pero si falta la visión de fe en quien ejerce la autoridad, para obedecer sólo a Dios, y en quien debe obedecer, para cumplir la voluntad de Dios, ni con la ayuda de las ciencias humanas podrá darse un verdadero servicio de la autoridad y su respectiva obediencia.

Para quien tiene fe, un simple deseo representa la voluntad de Dios.


NOTAS

1 “Con la profesión de los consejos evangélicos los rasgos característicos de Jesús —virgen, pobre y obediente— tienen una típica y permanente « visibilidad » en medio del mundo.” Juan Pablo II, Exhortación apostólica postsinodal Vita consecrata, 25.3.1996, n. 1.

2 No en vano Benedicto XVI saludó a la vida consagrada en su discurso inaugural de ministerio petrino como aquellos que son testigos de Dios: “Os saludo a vosotros, religiosos y religiosas, testigos de la presencia transfigurante de Dios.” Benedicto XVI, Homilía, 24.4.2005.

3 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad, 11.5.2008, n. 1.

4 Ibídem., n. 1.

5 “Promuevan los Institutos entre sus miembros un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz.” Concilio Vaticano II, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n. 2d.

6 El eminente biblista P. Ángel Pardilla, cmf., recoge datos del debacle que ha sucedido en la vida consagrada, dando como explicación la confusión y el desorientación de los años postconciliares, con las palabras lapidarias, quien siembra confusión, recoge deserciones. Cfr. Angel Pardilla, cmf., Le religiose ieri, oggi de domani, Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano 2008, p. 343.

7 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad, 11.5.2008, n. 2.

8 «Nada se haga sin tu conocimiento, ni tú tampoco hagas nada sin contar con Dios». San Ignacio de Antioquia, Carta a Policarpo 4, 1, en Padres apostólicos y apologistas griegos, BAC 629, Madrid 2002, 416.

9 Congregación para los Institutos de vida consagrada y las sociedades de vida apostólica, El servicio de la autoridad, 11.5.2008, n. 12.




 

 

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