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La Iglesia, lugar para vivir la vocación universal de la Santidad
Todo comenzó desde que Jesús en Galilea, en el Monte de las Bienaventuranzas lanzó su “plan programático” para la santidad


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net



La Iglesia, lugar para vivir la vocación universal y específica de la Santidad


Índice

A. La Iglesia y la santidad.
B. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. (NMI, 43) (1ª parte)
C. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. (NMI, 43) (2ª parte)
D. Contribución de la vida consagrada a la santidad de la Iglesia.



A. La Iglesia y la santidad.
1. La llamada universal y específica a la santidad: importancia de centrar todo en Cristo.
2. La necesidad de un lugar en dónde desarrollar la respuesta a la santidad.
3. La Iglesia, lugar adecuado para responder a la llamada a la santidad.


B. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. (NMI, 43) (1ª parte).
1. Reavivar y actualizar el misterio de la inhabitación de la Trinidad en los hombres.
2. Profunda comunión con los miembros del cuerpo místico.


C. Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión. (NMI, 43) (2ª parte).
1. Cultivo de una visión positiva y esperanzadora.
2. “Dar espacio” al hermano.


D. Contribución de la vida consagrada a la santidad de la Iglesia.
1. La vida consagrada como patrimonio de la Iglesia.
2. La santidad de la vida consagrada como maestra de humanidad para un mundo relativista.


A. LA IGLESIA.
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1. La llamada universal y específica a la santidad: importancia de centrar todo en Cristo.

Todo comenzó desde que Jesús en Galilea, en el Monte de las Bienaventuranzas lanzó su “plan programático” para la santidad (Mt. 5, 1 – 12). Pocas líneas, pocas palabras, pero con la fuerza de cambiar los destinos de la humanidad, que no es algo de despreciar. Y desde ese momento hasta nuestros días, ha corrido mucha agua.


Sin embargo la invitación permanece y muchos la han seguido… porque es una invitación universal, no exclusiva para unos cuantos. Así la habrían entendido muchísimos hombres y mujeres que por casi dos milenios, tomaron al pie de la letra esas palabras. “Sed perfectos… como es perfecto vuestro Padre de los Cielos” (Mt. 5, 48), inaugurando así la novedad de una vida santa. Novedad, porque dicha palabra “perfectos” no aparece antes en la Biblia. Pero a partir de esa cita, la encontramos ocho veces en el Nuevo Testamento: Juan 17, 23; 1 Cor. 2, 6; Fil. 3, 15; Col. 4, 12; Hebr. 10, 14; Hebr. 13, 21; Sant. 1, 4.


Y es ésta misma invitación la que ha hecho propia el Concilio Vaticano II, dedicando enteramente en capítulo V de la Constitución dogmática Lumen Gentium: “Por eso, todos en la Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya pertenezcan a la grey, son llamados a la santidad, según aquello del Apóstol : "Porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación" (1 Tes 4,3; Ef 1,4) (...) Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” Observamos que el desarrollo teológico seguido en el tiempo de la renovación, ha introducido interesantes conceptos que han contemplado esta invitación. Así, observamos lo que dice el Catecismo de la Iglesia católica en el número 2013: “Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad. Todos estamos llamados a la santidad: .” Y lo comprobamos más recientemente en la invitación que Juan Pablo II lanza a todos, después de la experiencia del Jubileo del 2000: “En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno, « ¿quieres recibir el Bautismo? », significa al mismo tiempo preguntarle, « ¿quieres ser santo? » Significa ponerle en el camino del Sermón de la Montaña: « Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial » (Mt 5,48).”


Cuando se dice que la vida cristiana comienza en el Bautismo, es necesario comprender en todo su profundo sentido esta expresión. En el Bautismo, Dios toma posesión de nuestra vida, nos introduce en la Vida de la Santísima Trinidad mediante una verdadera participación de su divinidad, nos convierte en hijos de Dios. Todo esto tiene una inmensa trascendencia que es necesario considerar con atención, para sacar consecuencias prácticas en el vivir cristiano. A partir del momento en que se recibe la gracia bautismal, el Espíritu Santo comienza a actuar en el bautizado, convertido en ese momento en santo: de tal manera que si muriese sin haber cometido un solo pecado, iría inmediatamente al Cielo. Es esa santidad fruto del bautismo, la que a lo largo de la vida el cristiano debe intentar conservar y hacer propia, con las gracias sucesivas y el esfuerzo personal por derrotar pecado y sus consecuencias.


Hecho partícipe de la vida divina, al bautizado sólo le queda un camino lógico coherente con la gracia recibida gratuitamente: corresponder con todas sus fuerzas. A esta correspondencia cabe llamarla adecuadamente santidad. La cual no es consecuencia de una vocación posterior, sino que tiene como punto de partida 1a gracia inicial, por la que fue introducido en la vida de Dios y de la cual tendrá que luchar con denuedo para no salirse. Los demás sacramentos irán desarrollando las virtualidades específicas de cada uno, siempre con miras a la plenitud cristiana bien como consolidación de la gracia bautismal y llamada al apostolado, en la Confirmación; como alimento necesario para recorrer el camino de la vida, en Eucaristía; recuperar la salud perdida por el pecado, en la Penitencia siempre y en la Unción de enfermos a la hora de la debilidad suprema; garantizar la supervivencia de la especie y de la Iglesia simultáneamente en los dos sacramentos sociales matrimonio y orden sagrado.


El Bautismo introduce una Vida divina en la persona, como una especial sobrenaturaleza, por la que queda dotada de lo que se puede denominar —con expresión original del Beato Josemaría Escrivá— de un instinto sobrenatural que, como él mismo afirmaba, lleva a purificar todas las acciones humanas, a elevarlas al orden sobrenatural y convertirlas en instrumento de apostolado. De este modo se adquiere la posibilidad de dar a la existencia una unidad de vida, sencilla y fuerte de cuya consistencia depende en buena parte la santidad.


Par aclarar mejor el concepto de santidad que hemos explicado, convendría hacer ver lo que no es, pues muchas veces se ha malinterpretado este llamado a la santidad. La santidad, en palabras del teólogo P. Paolo Scarafoni, l.c. no es un perfeccionismo que busca sólo una perfección basada en las propias fuerzas, o un sentimentalismo que consiste en un miedo a perder las sensaciones de la relación con Dios, o un legalismo en donde sólo cuenta las normas y el cumplimiento escrupuloso de todas ellas.


Siendo la santidad una nueva vida en Cristo, introducida por el bautismo, convendrá centrar los esfuerzos en la relación con Jesucristo. Si el bautismo da la posibilidad de ser santo, esta santidad no es otra cosa que reproducir en nosotros la vida de Cristo. “Convendrá advertirlo claramente: la vida del hombre nuevo se inspira en la vida de Dios, no en la del mundo y de los hombres. El cristiano no imita al animal, ni siquiera al hombre adámico (Rm. 8, 12; 12, 2), sino que vive según el Espíritu divino. Y el modelo eficiente, no sólo ejemplar, es siempre Jesucristo.” Si el alma humana anima a todo el hombre entero, su cuerpo, su razón, su voluntad y sus sentimientos, esta alma que está llamada a la santidad deberá estar animada por Cristo, configurando su entendimiento, su voluntad, sus sentimientos, su subconsciente y su cuerpo a Cristo.


Por el entendimiento, el hombre aprende a conocer las cosas con el pensamiento de Cristo, es decir, como las ve Cristo. Por la voluntad se aprende a buscar y querer los únicos amores que tiene Cristo. Por los sentimientos aprendemos a “tener los mismos sentimientos que tuvo Cristo” (Flp. 2, 5) siendo capaces de “cristianizar” nuestros sentimientos, no dejándolos al vaivén de las situaciones externas o de nuestras fuerzas o pasiones internas. Por el subconsciente aprendemos a impregnar nuestro ser del ser de Cristo, hasta tener una segunda naturaleza teologal .Y por el cuerpo tendremos un cuerpo semejante al de Cristo y esto se dará plenamente en la resurrección.



2. La necesidad de un lugar en dónde desarrollar la respuesta a la santidad.

Anotamos como elementos de la santidad una llamada por parte de Dios que se da en el bautismo para vivir la vida de gracia, es decir, una vida que asemeje lo más posible a la vida de Jesucristo. “La santità è la comunione con Dio in Gesù Cristo e lo Spirito Santo. Essa è possibile perché l’uomo viene chiamato da Gesù Cristo con l’azione dello Spirito Santo alla comunione con Lui, e riceve la grazia di poter rispondere a questa chiamata.”

Nos interesa ahora reflexionar sobre la respuesta que da el cristiano a esta llamada a la santidad. No ponemos en duda la llamada, pues sin duda alguna ésta se da en el bautismo. Dios lo quiere, por tanto, da las gracias necesarias para que el hombre acceda a la santidad. Pero, “la gracia no suprime la naturaleza”. Esta garcia de Dios no puede ir en contra de la naturaleza del hombre, y concretamente, no puede ir en contra de su libertad. Si bien es cierto que existe el llamado y que Dios pone a disposición del hombre las herramientas adecuadas –la gracia-, para que pueda ser santo, existirá siempre el elemento de la libertad. “Si quieres” es la invitación que parecería siempre lanzar Cristo a todos los bautizados. Existe el llamado, se dan las garantías para alcanzar y llevarlo a la plenitud, pero nada puede actualizarse si no es a través de la libertad del hombre.


Es el hombre que en el pleno uso de su libertad debe optar por aceptar la llamada. El hombre acepta la llamada a la santidad y la hace una opción fundamental en su vida. No es una opción que contempla sólo un período de tiempo. No es una opción que puede hacer o no. El hombre, por la facultad de su voluntad, está llamado constantemente a elegir. Elige siempre, para poder subsistir. Pero se dan categorías distintas de elección. Entre ellas esta una elección sobre la que centra toda su vida. Es la opción fundamental , en ella se juega toda su existencia.


Esta respuesta a la opción fundamental es la que hace posible la aglutinación de todas las facultades y operaciones del hombre para que queden amalgamadas o, para usar una mejor expresión, cubiertas por Cristo, de modo que su ser y su actuar vayan siendo más parecidos al ser y al actuar de Cristo. Esto requiere generosidad y constancia. No es obra de un día, sino que podemos hablar de un proceso. De un proceso pedagógico, pues es Dios que a lo largo de la historia del hombre le irá mostrando el camino a seguir, dejando siempre claro que su libertad no será tocada. Hablamos por tanto de una pedagogía de la santidad en donde Dios es el maestro, el hombre es el alumno y Cristo el modelo a imitar. “… es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona.”


Siendo que toda pedagogía es “la ciencia que se ocupa de la educación y la enseñanza.” hablamos de un proceso, de algo que está siempre por hacerse. Y si este proceso es espiritual, entonces con mayor razón la persona debe encontrar una ayuda para llevar a cabo este proceso de santidad. Porque en todo proceso se dan pasos, es necesario contar siempre con una guía, con medios, con un programa. Programa, guía y calendario serán los instrumentos más idóneos para avanzar en la aventura de la santidad.


Quien necesita de una ayuda profesional en todo proceso pedagógico, pide la ayuda de personas expertas. Se dirige a las Universidades, a los centros de estudio y de investigación, a consultorios profesionales que más puedan ayudarle en su proceso pedagógico. Sin establecer un parangón neto entre realidades humanas y realidades espirituales, conviene también buscar el lugar para poder desarrollar la santidad. Si los elementos fundantes de la santidad, como hemos dicho, son la llamada de Dios y la respuesta del hombre, ayudada por la gracia, debemos descubrir en estos elementos las pistas que nos orienten para buscar el lugar en donde se desarrollará esta santidad. Las conversiones a la santidad “autodidactas” no son el factor común en la historia de los hombres.





3. La Iglesia, lugar adecuado para responder a la llamada a la santidad.

Quien quiera responder al llamado de Dios a la santidad, deberá buscar las condiciones adecuadas para responder a la llamada. Si bien es cierto que podría usarse la comparación antes descrita, de buscar un lugar para santificarse, no debemos olvidar que estamos hablando de una realidad espiritual y que además, Dios es el que está queriendo nuestra santificación. Este último dato no debe pasar desapercibido en nuestra exposición. Si Dios quiere y busca nuestra santificación, Él, en su omnipotencia, hará todo lo posible, nos dará todos los medios y las gracias para que consigamos la santidad en nuestra vida. No se trata por tanto de que el hombre busque por sí solo la santidad. Más bien, deberá estar atento a responder adecuadamente a estos medios, a estas gracias. Las fuerzas deberán entonces enfocarse no sólo a responder en una forma global o general, sino en responder a esos medios y gracias, a todo aquello que Dios pone a nuestra disposición.

Posee un norte, un modelo: asemejarse en todo a Cristo. En la medida que el cristiano hace de su vida una sola vida con Cristo, en esa medida logrará su santificación . Para llevar a cabo la copia de este modelo en su vida deberá encontrar a Jesucristo en algún lugar. Podrá basarse en el Cristo de los evangelios, en el Cristo de los santos Padres o en aquellos autores espirituales que más le gusten o más le convencen. Sin embargo en empresa tan importante, no podemos dejar todo a la casualidad o al juicio de cada uno. Debemos luchar por encontrar la verdad objetiva de Cristo, si bien ésta se nos pueda presentar difícil de alcanzar. El Nuevo Testamento viene en nuestra ayuda, pues todo él nos revela que el hombre encuentra a Cristo en la Iglesia. Es en la Iglesia en donde Cristo se manifiesta y se comunica a los hombres. La Iglesia es la Vid y los sarmientos, es el Cuerpo místico de Jesús, es el Templo edificado con piedras vivas, sobre la roca fundamental que es Cristo.


Esta verdad ha sido recogida por el Concilio al decir que la Iglesia es “sacramento universal de salvación” y que “únicamente por medio de la Iglesia católica de Cristo, que es el auxilio general de salvación, puede alcanzarse la total plenitud de los medios de salvación.” Quien quiera encontrar a Cristo, quien quiera tenerlo como modelo para alcanzar la santidad, tendrá en la Iglesia un punto seguro de referencia.


Cristo ha querido que el llamado y la respuesta a la santidad se verificasen en la Iglesia. Una persona es bautizada, es decir, recibe el llamado a la santidad, dentro de la Iglesia católica. Hemos dicho que cuando una persona es bautizada, recibe la invitación de Dios para ser santo. Esta invitación que es el bautismo, se hace dentro de la Iglesia y no fuera de ella. Ella garantiza la totalidad de los medios para ser santos, porque Cristo le ha dado a ella una misión apostólica, y con esta misión, le ha dado también la palabra de vida y los sacramentos vivificantes: “id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas.” (Mt 28, 19). Por eso, desde los primeros cristianos, los que creían y se bautizaban “perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles, y en la unión, en la fracción del pan y en la oración.” (CC 2, 42).


Cristo quiere santificar a los hombres en su Iglesia. El dio su vida para “reunir en uno a todos los hijos de Dios, que están dispersos.” (Jn 11, 52). Es en la Iglesia en dónde Él sigue actuando (y no sólo, pero principalmente) para que los hombres puedan santificarse. Es ahí en dónde Él derrama sus gracias para todos los hombres. Quien quiera tener un lugar seguro para alcanzar la santidad, lo tendrá en la Iglesia. Ahí están los sacramentos, portadores de gracia. Ahí está la Palabra que recuerda y hace vida las enseñanzas de Cristo. Ahí se encuentran los pastores (obispos, sacerdotes y laicos) que guían al pueblo de Dios hacia la santidad, mediante el testimonio de su vida y el consejo sano y adecuado para acceder a la santidad.


Quien quiera avanzar en la santidad debe dejarse envolver por la Iglesia. Es necesario dejarse configurar intelectualmente por las enseñanzas de la Iglesia. Dejarse conducir por las directrices pastorales de ella emanada. Asimilar personalmente y realizar fielmente las normas que la Iglesia propone en la liturgia. Podemos decir con Rivera e Iraburu que “la acción de la Iglesia sobre los cristianos –como la acción de Dios- es activante, pero para beneficiarse de ella es necesaria una actitud suficientemente receptiva, que indudablemente se funda en la humildad.”


Quien quiera por tanto responder efectivamente al llamado a la santidad, tendrá en la Iglesia un camino seguro y cierto para cumplir cabalmente este compromiso de vida. Pero no basta con una acepción de mente. Es necesario un amor afectivo y efectivo por la Iglesia. Afectivo porque buscará formar su voluntad de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia para querer lo que la Iglesia quiera. Se afanará por mostrarle un amor de hijo agradecido por lo que ha hecho por él Y será también un amor efectivo, que se traducirá en una inquebrantable puesta en marcha de sus designios e indicaciones hasta el grado de secundarla no sólo en materia de fe y doctrina, sino incluso en sus deseos y disposiciones varias.




B. HACER DE LA IGLESIA LA CASA Y LA ESCUELA DE LA COMUNIÓN. (NMI, 43) (1ª parte).
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Introducción
Hemos hablado de la Iglesia como el lugar más adecuado para responder a la santidad y sin embargo, hemos pasado por alta definir lo que es la Iglesia. El Catecismo de la Iglesia Católica en el número 780 nos dice “La Iglesia es, en este mundo, el sacramento de la salvación, el signo y el instrumento de la Comunión con Dios y entre los hombres.”
Por ella recibimos el bautismo y a través de ella conseguiremos nuestra santidad. No podemos por tanto pensar en santificarnos fuera de la Iglesia. Por desagracia existen alguna concepciones erróneas de lo que es la Iglesia. Vale la pena dar un repaso a estos conceptos, que de alguna manera ensombrecen la verdadera imagen de la Iglesia y nos impiden hacer verdaderamente Iglesia. Se trata no sólo de comprender lo que es la iglesia sino de hacer Iglesia, ya que en la medida que hagamos Iglesia nos santificaremos. Veremos algunos conceptos erróneos y las consecuencias a la que llevan.


Si aceptamos una concepción política de la Iglesia, en donde se piensa que la Iglesia busca sólo la salvación del hombre en un sentido político o temporal caeremos en el error de pensar que la Iglesia busca sólo la salvación del hombre en un sentido político o temporal. Postura que de alguna manera viene defendida por la Teología de la liberación.


Otra concepción de la Iglesia la hace ver como un lugar sociológico en donde las estructuras humanas están basadas meramente en conceptos humanos, vaciados de un elemental sentido sobrenatural. De esta manera se ve la Iglesia como una asociación de personas con un fin específico. Es la Teología de la acción, que se deja guiar simplemente por un criterio funcionalista, originando una independencia entre el hacer de los hombres y el hacer de Dios. Es la visión horizontalista de la Iglesia.


Hay también quienes afirman que la Iglesia es un lugar en donde la mujer debe reivindicar sus derechos. Se habla de lucha por el poder, de reivindicaciones del sacerdocio para la mujer. Son aquellos –y aquellas- que tratan de imponer una Teología feminista en dónde la mujer en la Iglesia debe liberarse del hombre, pues sólo ha través de esa liberación logrará realizarse como mujer.


Otra postura ve a la Iglesia como una estructura superpuesta a los deseos de Cristo. Para ellos, Cristo nunca quiso fundar la Iglesia. Ha sido sólo el trabajo de los hombres. Siguen una postura netamente protestante (como Bultmann, Harnack, Scheleiermacher, Dodd, Werner) para dar origen a un concepto de Iglesia espiritual, no institucional, de forma que el cristiano pueda relacionarse directamente con Cristo, sin necesidad de intermediaciones, como aquellas que propone la Iglesia así llamada “institucional”. Ellos proponen una Iglesia meramente “espiritual”.


Una postura bastante parecida es la de aquellos que se fundamentan en el subjetivismo. Argumentando que no existe la posibilidad de conocer la verdad objetiva, ellos se prestan y dan pie a que se den innumerables interpretaciones personales y subjetivas de la autoridad de la Iglesia. Confirman que lo importante es creer (la “sola fides, sola gratia, sola Scriptura” de los protestantes) y no tanto obedecer a una autoridad, a la Tradición.


Una postura progresista quisiera ver a la Iglesia más democrática, en donde las decisiones se tomaran por consenso. Son aquellos que niegan que Jesucristo haya delegado una autoridad al Papa, o bien, enfatizan el subjetivismo en el argumento de la autoridad. Para ellos la Iglesia debería semejarse a un partido político o a un sindicato.


Otros tratan de infiltrar una Teología ecologista en la Iglesia y así niegan una cierta jerarquía dentro del orden de las criaturas. Para ellos, todas las cosas tienen el mismo valor. Así, tanto vale la piel de una foca como la dignidad de la persona humana. Quieren introducir el neopaganismo a través de una teología ecologista anticristiana.


Por último están quienes quisieran que la Iglesia fuera el lugar en dónde todos y todo tuviera cabida. Para ellos, la Iglesia debería renunciar a detentar “el monopolio de la verdad” y así aprender a compartir con todos sus respectivas teorías, teologías y modos de ver la vida. Estas personas parten del hecho de que es imposible conocer la verdad y de la equivalencia jerárquica de todas las religiones o grupos culturales, puesto que en nuestro mundo secularizado y pluralista no es posible seguir afirmando la supremacía de una religión sobre las otras. De ahí que se deban adaptarse los principios de la fe, fusionarse con otras tradiciones y estilos de vida, dialogar para diluir. De esta forma la fe queda diluida en la cultura y por lo tanto el mandato de Cristo “id y evangelizad” pierde su fuerza y se deja a un lado.


Dicho todo lo anterior conviene ahora considerar cuál es el verdadero concepto de Iglesia y cómo se puede hacer Iglesia. Para ello nos ayudaremos de San Pablo, quien ha desarrollado una eclesiología digna de considerarla en nuestro estudio.


San Pablo utiliza un símil muy frecuente y muy expresivo pues lo toma de la vida misma, para expresar lo que es la Iglesia y las relaciones que se dan entre ella y Cristo. Dice san Pablo que “La Iglesia es un cuerpo y Cristo es su cabeza” (1Cor 12, 12). El apóstol también utiliza otras expresiones tales como el tronco y las ramas (Rm 6, 5), los materiales que están unidos al edificio (Ef 2, 21 – 22). La Iglesia es por tanto un cuerpo que va desarrollándose y que debe llegar a su perfección. No se trata del cuerpo natural de Cristo, que se desarrolló de acuerdo a las leyes de la naturaleza, sino al cuerpo que son las almas. Esas almas constituyen juntas con Cristo un cuerpo único.


Pero este cuerpo místico también tiene un desarrollo. A veces podemos caer en el error de pensar que por la gracia recibida en el bautismo hemos ya conseguido la salvación o estamos en vías de conseguirla. Sin embargo se os olvida que como un organismo vivo, la Iglesia se desarrolla por la gracia de Cristo que el Espíritu Santo va infundiendo en cada alma. “Esta es una de las ideas con las que más encariñado vemos al gran Apóstol, que la hace resaltar al comparar la unión de Cristo y de la Iglesia con la que media en el organismo humano entre la cabeza y el cuerpo: <> (Rm 12, 4 – 5). <> (Ef 1, 23), como los miembros son complemento del organismo; y concluye: <> (Gal 3, 28).”


La Iglesia forma un solo ser con Cristo, por lo que Cristo, según San Agustín no puede concebirse cumplidamente sin la Iglesia, son inseparables, así como no se puede separar una cabeza de un cuerpo vivo. De esta manera el desarrollo natural que tiene la Iglesia es símil al desarrollo de un cuerpo: se alimenta para crecer y robustecer todos sus miembros. La gracia alimenta todos los miembros del cuerpo místico y los fortalece. De tal modo esto es cierto que no pide decirse que el desarrollo de un aparte del cuerpo sea independiente del desarrollo de todo el organismo. Así como en un cuerpo humano se dan los casos de monstruosidad, en donde una parte se desarrolla exageradamente en comparación a todo el cuerpo, o bien, algunos órganos o elementos no alcanzan un desarrollo proporcional a todo el cuerpo, de la misma manera podemos establecer que en la Iglesia ningún miembro es ajeno al desarrollo de todo el cuerpo. Si bien pueden existir elementos bien formados y proporcionados en el cuerpo de un monstruo, el balance general dará como impresión un cuerpo deforme. Sucede lo mismo con la Iglesia: aunque existan miembros que han llevado a cabo un desarrollo armónico y ordenado de sus propias facultades y virtudes, existen también algunos otros miembros que no han alcanzado dicha perfección. El balance por lo tanto es el de un organismo siempre en estado de crecimiento y de perfección.


Sin duda alguna que Cristo dispensará desigualmente entre las almas los tesoros de su gracia, pero todo esto lo hace para que de esa misma diferencia resulte mayor hermosura y perfección en la Iglesia, su cuerpo místico. “Así como un organismo natural reúne en su unidad miembros diversos, del propio modo la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se considera como formando con sus miembros una sola persona moral.”


1. Reavivar y actualizar el misterio de la inhabitación de la Trinidad en los hombres.

Siendo la Iglesia “el signo y el instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano” hemos de aprender a vivir la comunión del amor. No es posible santificarnos, éste es nuestro objetivo en la vida, al margen de la Iglesia. Y el desarrollo teológico del Vaticano II nos enseña que la forma de santificarse es en la Iglesia y para la Iglesia. No puede entenderse una santidad al margen de la Iglesia. La persona se santifica en la Iglesia, ya que a través de ella recibe las gracias y las ayudas necesarias para lograr este objetivo. Bástenos pensar lo que un alma puede hacer por su propia salvación sin la frecuente recepción de los sacramentos, o sin la oración, los actos litúrgicos la formación de una recta conciencia de acuerdo a la ley natural y a la ley revelada interpretada autorizadamente por el Magisterio de la Iglesia.


Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, nos da las claves para poder hacer de la Iglesia un lugar en dónde nos podemos santificar al pedirnos que vivamos la espiritualidad de la comunión. No se trata simplemente de una postura fagocitaria que se aprovecha de las gracias que Jesucristo nos transmite a través de la Iglesia. Es necesario participar activamente de ella, y participar activamente con ella, siempre bajo el signo del amor. El Vaticano II ha venido a descubrir el valor que cada cristiano tiene para la Iglesia, que no se reduce al aspecto clerical. Son todos los cristianos los llamados al cumplimiento de la santidad, pero no al margen de la Iglesia, sino dentro de la Iglesia, porque todos somos Iglesia.


El primer punto que la Carta apostólica nos señala para vivir la santidad en la Iglesia es el de la espiritualidad de comunión, llevada a cabo a través de cuatro propuestas. La espiritualidad de comunión responde al funcionamiento ordinario de un organismo. No basta que vivamos unidos e la cabeza, es necesario que cada elemento del organismo se relacione adecuadamente con el todo. No basta que el ojo funcione bien, debe estar en conexión con el sistema nervioso y con el aparato locomotor. “Os exhorto, pues, yo, preso por el Señor, a que viváis de una manera digna de la vocación con que habéis sido llamado, y con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros por amor, poniendo empeño en conservar la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.” (Ef 4, 1 - 3). Es necesario que todos los miembros de la Iglesia guarden la unidad del Espíritu, que es Espíritu de amor, ligados por los vínculos de la paz.


Juan Pablo II propone hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión y para ello propone cuadro medios que analizaremos con detenimiento: Reavivar y actualizar el misterio de la inhabitación de la Trinidad en los hombres; profunda comunión con los miembros del cuerpo místico; cultivo de una visión positiva y esperanzadora y “dar espacio” al hermano. No se trata de que repasemos nuestra teología, sino que la pongamos en práctica. Juan Pablo II propone una vivencia, no un estudio y por ello anima a todas las comunidades eclesiales a ser escuela de esta espiritualidad de comunión. En las congregaciones religiosas y en cada una de las comunidades, esta espiritualidad de comunión debe enseñarse sobre todo con la vida. “Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades.” Toca por tanto a las religiosas, y muy especialmente a las formadoras y responsables de comunidad, la tarea de hacer de enseñar y llevar a la práctica esta espiritualidad de comunión.


El primer medio para lograr esta espiritualidad de comunión es el de reavivar y actualizar el misterio de la inhabitación de la Trinidad en los hombres: “Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado.”


Cabe resaltar la primera indicación de este número en donde es importante la mirada del corazón. No se trata por tanto de realizar solamente un estudio teológico de la inhabitación de la Trinidad, sino de aprender a mirar con los ojos del corazón a la hermana, para que en verdad pueda ser vista y tratada como templo del Espíritu.

El desarrollo teológico que ha mostrado la vida consagrada después del Concilio Vaticano II nos ha hecho comprender la íntima relación de la Trinidad y la vida consagrada. Y debe entenderse la Trinidad no como un concepto teórico, abstracto, carente de influencia en el quehacer cotidiano. “La vida consagrada ha considerado la Trinidad Santa no ya en forma abstracta, en términos lejanos e incomprensibles, sino como una realidad personal que opera en la Iglesia y en la historia de ayer y de hoy, en dónde actúa su proyecto de vida y de amor liberador para la humanidad.” No es necesario que las formadoras o las responsables de comunidad se conviertan en teólogas para comprender estos conceptos, sino hacerse conocedoras de los principios básico de la Santísima Trinidad tratados en el catecismo de la Iglesia y saberlos aplicar a la realidad de la vida consagrada, porque “La vida consagrada es anuncio de lo que el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu, realiza con su amor, su bondad y su belleza.”

Es necesario por tanto, conocer cuál es el amor que existe entre las personas de la Santísima Trinidad para luego saber cómo la persona consagrada puede ser testigo de ese amor. Revisaremos, como hemos dicho, conceptos básicos de la Trinidad para entender quiénes son las tres personas divinas y sus obras y misiones trinitarias. El misterio de la Santísima Trinidad, como todos los misterios de la fe católica, no existe para intentar ser explicados desde la razón, sino que, como realidades de fe, deben ponerse en práctica en la vida cotidiana. Podemos de alguna manera releer el Kempis y decir más quisiera vivir el misterio de la Santísima Trinidad que explicarlo. Y la vida consagrada, como cualquier otra vocación en la vida cristiana, nos presenta una magnífica oportunidad para vivir el misterio de la Santísima Trinidad. Vivir el misterio no quiere decir explicarlo en su profundidad, sino vivir de acuerdo a las notas más características de este misterio.


La exhortación apostólica post-sinodal Vita Consecrata ha hecho una síntesis admirable de lo que podríamos llamar la teología de la vida consagrada del período de la renovación. Hasta antes del Concilio Vaticano II la vida consagrada no había conocido un desarrollo tan extraordinario del pensamiento teologal de la vida consagrada. Muchos se reducían meramente a tratados de ascética o mística, sin llegar a buscar las raíces de tales prácticas o sugerencias. Desde la Perfectae caritatis hasta Ripartire da Cristo la teología de la vida consagrada ha ido profundizando cada vez más en la explicación de la vida consagrada, a partir del misterio Trinitario. No en vano el primer capítulo de Vita Consecrata está dedicado a explicar la vida consagrada como un misterio trinitario: “Este especial <>, en cuyo origen está siempre la iniciativa del Padre, tiene pues una connotación esencialmente cristológica y pneumatológica, manifestando así de modo particularmente vivo el carácter trinitario de la vida cristiana, de la que anticipa de alguna manera la realización escatológica a la que tiende toda la Iglesia.”


El icono que el Papa desarrolla para explicar la vida consagrada dentro del misterio Trinitario es el episodio de la Transfiguración (Mt. 19, 1 – 9). Encontramos los elementos de la Trinidad en una iniciativa de Dios, para seguir más a Cristo, consagrados por el Espíritu. El sentido de la vocación consagrada es una iniciativa enteramente de Dios Padre, que exige de los llamados una entrega total y exclusiva. “La experiencia de este amor gratuito de Dios es hasta tal punto íntima y fuerte que la persona experimenta que debe responder con la entrega incondicional de su vida, consagrando todo, presente y futuro, en sus manos.”


Nos encontramos con el llamado, la atracción que Dios siente por su criatura, al grado que le hace sentir su amor en una forma íntima y fuerte. Este hacer sentir por parte de Dios no es más que una de las consecuencias de la obra trinitaria, pues “Dios quiere comunicar libremente la gloria de su vida bienaventurada.” Y la vida trinitaria, lo hemos visto cuando explicamos las procesiones y las relaciones que se dan al interno de la Trinidad, es vida de amor. Este llamado al amor de Dios, es una iniciativa que parte del Padre, como una continuación de su procesión, que se inserta en el hombre. Es Padre respecto al Hijo, por lo que hace proceder al Hijo. Es una pura iniciativa de Dios que le demuestra a la criatura cuánto amor le ha tenido. Así como Dios ama al Hijo y lo engendra en el amor, así Dios ama a la persona consagrada y le demuestra su amor, en un grado que la Exhortación califica de íntimo y fuerte.


Frente a este amor la persona consagrada no puede más que responder. Pero no será una respuesta cualquiera, será la respuesta de una entrega “total y exclusiva” . Esta totalidad y exclusividad se verifica en el seguimiento de Cristo, no en cualquier otro estilo de vida, ya que Cristo ha dejado ejemplo de una donación al Padre, como enviado. Nos insertamos por tanto en la misión de Cristo como enviado, como mandado del Padre. Cristo, enviado del Padre, sabe hacer oblación de su vida para cumplir el deseo de su Padre. Su vida entera está dedicada a servir al Padre. Su vida es un camino que conduce al Padre. “No se puede negar, además, que la práctica de los consejos evangélicos sea un modo particularmente íntimo y fecundo de participar también en la misión de Cristo, siguiendo el ejemplo de María de Anisarte, primera discípula, la cual aceptó ponerse al servicio del plan divino en la donación total de sí misma.” Las personas consagradas harán muy bien en centrar su consagración en la persona de Cristo, si quieren responder a la llamada al amor. Siguiendo a Cristo encontrarán el modelo para responder al amor de Dios. Cristo que no vino al mundo sino a hacer la voluntad del Padre, se presenta como centro y modelo del consagrado ya que Él, consagrado por excelencia, supo unificar toda su persona en el seguimiento íntimo y cercano de su Padre.


Pero bien sabemos que la persona consagrada por sí sola no puede responder al amor de Dios, ni puede seguir a Cristo imitándolo en su donación al Padre. Necesita una fuerza que lo lleve a dejar su egoísmo, sus tendencias que lo mantienen atenazado. “Es el Espíritu quien suscita el deseo de una respuesta plena; es Él quien guía el crecimiento de tal deseo, llevando a su madurez la respuesta positiva y sosteniendo después su fiel realización; es Él quien forma y plasma el ánimo de los llamados, configurándolos con Cristo casto, pobre y obediente, moviéndolos a acoger como propia su misión. Dejándose guiar por el Espíritu en un incesante camino de purificación, llegan a ser, día tras día, personas cristiformes, prolongación en la historia de una especial presencia del Señor resucitado.”


Nuevamente podemos ver reflejada la misión trinitaria. Dios que envía al Espíritu, a través del Hijo, para la inhabitación del alma. Y el alma consagrada en este caso hará muy bien en cooperar a las inspiraciones del dulce huésped del alma, ya que dichas inspiraciones son parte de la misión de la tercera Persona de la Santísima Trinidad.


Las personas consagradas son por tanto reflejo de la Santísima Trinidad. “En efecto, el estado religioso revela de manera especial la superioridad del Reino sobre todo lo creado y sus exigencias radicales. Muestra también a todos los hombres la grandeza extraordinaria del poder de Cristo Rey y la eficacia infinita del Espíritu Santo, que realiza maravillas en su Iglesia.”


Pero aún debemos reflexionar sobre mirada del corazón a esta realidad de la inhabitación trinitaria. El mismo Juan Pablo II en su carta apostólica Mane nobiscum Domine nos propondrá una forma de vivir esta mirada. “La Eucaristía es fuente de la unidad eclesial y, a la vez, su máxima manifestación. La Eucaristía es epifanía de comunión. (…) Es comunión fraterna, cultivada por una «espiritualidad de comunión» que nos mueve a sentimientos recíprocos de apertura, afecto, comprensión y perdón.” No cabe duda que ver a la hermana, o a cualquier persona, como inhabitada por la Santísima Trinidad requiere un acto de fe. No es fácil ver a la Santísima Trinidad en aquella religiosa o persona que tiene tantas debilidades y que precisamente se convierte en un obstáculo para la vida fraterna en comunidad. Se requieren grandes dosis de fe. Dosis que sin duda alguna no se adquieren por una gracia infusa, sino que provienen de la gracia santificante que nos da la Eucaristía. Ver en la hermana a una persona en la que habita la Trinidad no debería ser sólo una bella imagen para alegrar los ratos de recreación en la comunidad. Debería ser todo un programa de trabajo para mejorar la espiritualidad de comunión en nuestras vidas, en la vida de comunidad y en la vida de toda la Iglesia. Y sólo se puede tener acceso a esta visión de fe, cuando el alma se alimenta de la Eucaristía, y ahí sabe que el factor de unidad es la Trinidad y se siente en comunión con la hermana, a través de la misma Eucaristía. Es por tanto la Eucaristía la que permite ver en la otra hermana a un alma que participa del mismo Cuerpo Sangre de Cristo, convirtiéndose así en una persona habitada por la Trinidad.



2. Profunda comunión con los miembros del cuerpo místico.

Esta mirada del corazón de la realidad trinitaria nos servirá se base para explicar la segunda propuesta que hace el Papa para vivir la espiritualidad de comunión: “Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad.”


Si la Iglesia es un cuerpo, como hemos dicho, y Cristo es la cabeza, conviene analizar cuáles son las relaciones que deben existir entre todos los miembros. Esbozamos renglones arriba que debemos cuidar la relación entre todos los miembros. Ahora explicaremos con mayor profundidad este concepto partiendo del voto supremo que Cristo hizo en el momento de acabar su misión terrena. “Padre que sean uno como Tú y yo somos uno; que sean consumados en la unidad” (Jn 17, 21 – 23). Y San Pablo lo comento de la siguiente forma: “sois todos hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús” (Col 3, 2). Por lo tanto, la unidad en Dios, en Cristo y por Cristo, es la suprema aspiración para que “Dios sea en todos” (1 Cor 15, 28). Para que llegue a darse esta unidad, es necesario que la persona sienta al otro, como alguien que le pertenece. Este parece ser el núcleo de la espiritualidad de comunión. Si la religiosa no tiene como verdad y después, no la profesa con las obras el hecho de que el hermano me pertenece, sus discursos de comunión de espiritualidad son vanos.


Sentir al otro como parte que me pertenece requiere una refunda conciencia de saber que la Iglesia no está formado por miembros acéfalos, por células individuales que se mueven de acuerdo a sus propias normas internas. La espiritualidad de comunión nace del hecho de saberse guiados por una sola cabeza. Este saberse guiado por una sola cabeza pudo haber crear en las comunidades religiosas femeninas un estilo de vida individualista en donde lo único que importa es cumplir con las indicaciones de una Superiora y llevar unas relaciones con las hermanas de comunidad que puedan permitir el funcionamiento normal de la comunidad y del apostolado. Esta visión también incide en las relaciones que establece la religiosa en su apostolado. Las personas no dejan de ser los extraños de casa a los cuales se les tolera, se les hace el bien, pero siempre desde una perspectiva de lejanía.


Para lograr romper estas trabes que impiden el sentir al hermano de fe como uno que me pertenece, es necesario una profunda vida interior en donde el principio teologal base al corazón. Resulta contrastante el hecho de que podamos ser expertos en ciencias teologías, pero que bajando al campo de la realidad toda nuestra teología se esfuma. Si decimos que todos formamos un solo cuerpo en Cristo, debemos significar con las obras que nos preocupamos del otro, como si nos preocupásemos de nosotros mismos. Y siguiendo a San Pablo decimos que cuando un miembros del cuerpo se enferma, todos los demás miembros acuden a él, no por temor de que el deterioro de salud pueda afectarlos también a ellos, sino porque sienten como suyos esa parte del cuerpo.


Para sentir como propio al hermano no basta con saber mucha teología, sino que es necesario aplicarla en la vida real. La mujer consagrada tiene una gran ayuda en el carisma. Al ser éste el núcleo de su vida consagrada. El carisma infunde vida a cada una de sus actividades y le hace ver cómo toda relación con sus semejantes, por más superficial que pueda parecer, tiene como objetivo el vivir el evangelio. La relación con las hermanas en la comunidad, las relaciones con las personas ajenas con la comunidad y por ende, las relaciones con todas las personas viene inscrita en las relaciones con Dios. Si hemos dicho que una hermana es más hermana por la inhabitación de la Trinidad, significa que yo veo en la hermana una parte de mí misma porque compartimos la misma realidad teológica (la Trinidad) y el mismo código genético (el carisma). El interés que yo pueda sentir por ella nace del mismo interés que pueda sentir por mí misma, pues somos lo mismo, por el carisma que compartimos. Lo que a ella le pase o le deje de pasar no resulta indiferente para mí porque lo que a ella le afecte, le afectará al carisma, del cual yo también formo parte. Se establecen los vasos comunicantes espirituales en donde un miembro ve con preocupación y angustia lo que le sucede a otro miembro, pues participan de la misma linfa espiritual.


Y si esta es la realidad para las mujeres consagradas que comparten el mismo carisma, también lo podremos aplicar entre las mujeres consagradas y todas las demás personas, porque todos son partícipes del mismo cuerpo, que es la Iglesia. LA mujer consagrada se preocupará de lo que sucede no sólo a los niños desnutridos del África, sino que sentirá como propios las realidades del mundo que la rodea.


Podemos establecer algunos signos de esta espiritualidad de comunión llevada a la práctica, de tal forma que podas discernir el grado con el que sentimos al hermano: Sin descuidar la observancia de las constituciones o de los reglamentos, se pasa de la lógica de la observancia a la lógica de la comunión. No se busca solamente <> en la comunidad, sino que los miembros <> y se estimen entre ellos mismos. Aprende y enseña a vivir en el seno de la comunidad la comunicación de la fe y de la oración. Las relaciones en la vida fraterna en comunidad están modeladas por un estilo sencillo y familiar. Se testimonia la fe y la esperanza. LA comunidad aparece cada vez menos replegada en sí misma, de tal forma que puede incidir en la cultura local, en los apostolados en donde le toca desplegar el carisma, siendo otra señal la de aprender a compartir con los laicos el carisma, porque lo ve como un medio para ayudar en sus necesidades espirituales, no sólo materiales. Esta comunidad recupera el sentido de la acogida y de la hospitalidad, así como la vivacidad y energía por anunciar el evangelio, siempre a través del carisma.



C. HACER DE LA IGLESIA LA CASA Y LA ESCUELA DE LA COMUNIÓN. (NMI, 43) (2ª parte).
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1. Cultivo de una visión positiva y esperanzadora.

“Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente.”


Una postura muy humana es la de ver en el otro los errores, como si fuéramos hecho para ver la aguja en el pajar. La naturaleza humana es más propensa a ver el mal que el bien, a veces incluso revestida de caridad o corrección fraterna. La espiritualidad de comunión a la cual nos invita el Papa no pide que olvidemos los defectos de las personas, sino que sepamos ver sus virtudes y sus dones, es decir, todo lo que hay de positivo en él. La visión positiva no debe confundirse con una visión ingenua o idealística en donde se tiende a ver cualidades donde no las hay o a eliminar errores donde se dan. No es una visión positiva, sino que es una visión realista. Intentaremos dar una explicación de esta visión realista que requiere ver el reflejo de Dios en el otro y una gran dosis de ascesis.


La exhortación apostólica es muy clara cuando habla de capacidad. No esta hablando de don o de gracia de Dios, sino de una capacidad. Las capacidades van más allá de los talentos espirituales o de los dones recibidos. Se habla de capacidad cuando se ha ejercitado con paciencia ciertos actos tendientes a lograr un objetivo prefijado por el individuo. Pondremos el ejemplo, muy similar al que explicaremos posteriormente, de aquellas personas que quieren captar los detalles en un paisaje, quien para plasmarlos en un lienzo, quien para después hacer una descripción literaria o un poema, quien simplemente por la paz y la tranquilidad que le reporta el contacto con la naturaleza. De frente a una montaña comenzará contemplando sólo una mole inmensa de verde. Pasará después a focalizar la mirada en un parte de aquel verde inmenso, quizás en algún grupo de árboles que destacan en la montaña, una roca o un escarpado. Procederá a posar su mirada no sólo en los árboles, la roca o el escarpado, sino a percibir el juego de luces y sombras que juegan en aquel punto de la montaña. O bien en la armonía de formas que describen dichos objetos. Irá por tanto adquiriendo esta capacidad mediante el ejercicio paciente y continuo de su mirada, de su sensibilidad, unido quizás a ciertos conocimientos que le vendrán del paisajismo o de la teoría de los colores. Su capacidad irá creciendo conforme contempla los paisajes ejercitando los actos antes mencionados.

La capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, comienza quizás con la capacidad de silenciar o disculpar sus errores, sus defectos, sus deficiencias. No significa, como hemos dicho, cerrar los ojos al error o los defectos, sino silenciarlos, es decir, esforzarnos por que no griten más que sus aciertos, sus logros, sus cualidades, que conforman todo lo que hay de positivo en el otro. Por eso decíamos que se requiere de una gran dosis de ascesis. Por naturaleza humana tendemos a ver el mal que hay en los demás, y esto no por hacérselo notar al otro. Se da quizás en nosotros un acto reflejo de buscar inconscientemente lo negativo que hay en el otro para compensar de alguna manera el mal que hay en nosotros y así no sentirnos mal frente al otro o por lo menos, saber que somos igual que los demás. Al fin y al cabo no soy tan malo como los demás, podría ser el pensamiento que hace de chivo expiatorio, para justificar nuestros defectos y ni sentirnos tan mal. Pudiera ser también que buscamos inconscientemente el mal en los demás para no aceptar que los otros van más adelantados en la santidad a la que todos estamos llamados. Sea lo que fuera, existe en nosotros esa tendencia a ver el mal que hay en los demás, no fijándonos en el bien que puede haber en ellos.


Por ello el Papa Juan Pablo II nos invita a cultivar esta capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro. Cultivar esta capacidad partiendo en primer lugar de lo que es el otro: una criatura de Dios, amada y querida por Él. Y si es una persona consagrada como yo, darme cuenta que ha recibido la misma llamada que yo, y si el caso, con el mismo carisma. Para comenzar a cultivar esta capacidad se necesita, como decíamos, silenciar los defectos y los errores. Es lógico que salten a la vista, no podemos ni debemos suprimirlos, pero lo que debemos hacer es hacer que surjan sus cualidades y sus buenas obras. Por ello, podemos siempre preguntarnos al ver sus defectos y errores, este hermano mío, ¿no podrá ser un santo a pesar que tiene este defecto o ha cometido este error? A partir de esta pregunta, que silencia sus defectos y errores, podemos comenzar a preguntarnos por las cualidades, dones y obras que lo acercan al ideal de santidad, de acuerdo a su condición de bautizado o consagrado, según sea el caso. Comenzamos por tanto un ascesis al negarnos a ver sólo los errores y defectos, para comenzar a cultivar la capacidad de fijar nuestra mirada en los aciertos, dones y obras buenas que ha realizado y que seguramente realiza.


Una vez que se ha ejercitado esta capacidad podremos entonces acogerlo y valorarlo por lo que es, como un regalo de Dios para mí. Aquí radica la diferencia entre soportar al hermano y acoger al hermano. Se soporta al hermano cuando no se ha ejercido la capacidad de ver lo que hay de positivo en él. Se acoge al hermano cuando se le contempla por lo que es, como una criatura de Dios, con sus defectos y errores, pero también y sobretodo con sus aciertos, dones y obras buenas.

Esta postura acrecentará en nosotros la espiritualidad de comunión.



2. “ Dar espacio al hermano”.

“En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias.”


La situación del mundo, lo sabemos muy bien, la podemos sintetizar en un individualismo desenfrenado. “La realización rigurosamente individual se evidencia en los valores predominantes absolutizados en orden creciente: dinero, bienestar material, carrera, imagen, éxito, placer, poder.” Un individualismo que lleva a hacer de la persona el centro del mundo, olvidando incluso a sus semejantes: “Junto con la difusión del individualismo, se nota un decaimiento creciente de la solidaridad interpersonal: mientras las instituciones asistenciales realizan un trabajo benemérito, se observa una falta del sentido de solidaridad, de manera que muchas personas, aunque no carezcan de las cosas materiales necesarias, se sienten más solas, abandonadas a su suerte, sin lazos de apoyo afectivo.” Es tan sólo una manifestación más de la cultura de la muerte que el Papa Juan Pablo II explicitó en la encíclica Evangelium vitae.


Las personas consagradas tienen una tarea ingente para contrarrestar este individualismo y enseñar al mundo la posibilidad de vivir en paz y tranquilidad. Como un elemento esencial de la vida consagrada, la fraternidad, que refleja el misterio de la unidad trinitaria y el misterio de la unidad de Cristo con la Iglesia, es signo claro de la unidad que se puede alcanzar cuando se respeta y se da lugar, se da espacio, a los hermanos. Las personas consagradas, en el ejercicio de dar espacio a los hermanos, pueden servir de testimonio a lo sociedad para enseñarles a convivir entre ellos, sin hace caso a las diferencias de nacionalidad, cerdo religioso o político. Es respetar simplemente la misión que cada uno debe desempeñar en esta tierra. La misión que debe desempeñar cada uno, forma una amalgama que permite unir sin reñir, las más diversas diferencias que pueden darse entre los hombres. No se trata por tanto sólo de un respeto frío y ajeno al interesarse de la persona. Es poner en práctica la acogida favorable al hermano, de la que hablábamos renglones arriba, en la conciencia de que la misión que él debe desempeñar aportará un contenido a la misión global.


Las mujeres consagradas que viven de acuerdo a su misión, serán capaces de compartir un estilo de vida que permita a cada hermana de la comunidad desarrollarse de acuerdo a la misión a la que Dios le ha encomendado, no como una célula que desempaña en solitario su función, sino como una célula que comparte su función con todas las demás. “Pongan, pues, especial solicitud los religiosos en que, por ellos, la Iglesia demuestre mejor cada día a fieles e infieles, el Cristo, ya sea entregado a la contemplación en el monte, ya sea anunciando el Reino de Dios a las multitudes, o curando enfermos y heridos y convirtiendo los pecadores a una vida correcta, o bendiciendo a los niños y haciendo el bien a todos, siempre obediente a la voluntad del Padre que le envió.” Si la comunidad sabe hacer espacio a la hermana para que pueda cumplir con la misión asignada, desaparecerán los celos, las envidias, las competencias. Y este estilo de vida comunitario está llamado a ejercer de guía para las comunidades sociales. No en vano, líderes políticos indiferentes o en oposición con la religión católica, valoran y alaban el servicio prestado por las comunidades religiosas, no tanto por la eficiencia en sus servicios, sino por el espíritu de paz que en ellos se vive.


El proyecto comunitario no está en contraposición con el proyecto de cada individuo. Vivir la espiritualidad de comunión no es ni suprimir la misión individual, ni imponer la misión comunitaria al individuo. “El proyecto comunitario es matriz de identidad. Es <> para el crecimiento personal y comunitario, dado que ayuda al individuo a clarificarse a sí mismo quién es y los motivos por los que ha decidido dar la propia vida. Una fraternidad no es válida porque ayuda a la persona a satisfacer las propias necesidades ni porque la hace más sociable, eficaz o porque le ayuda a inserirse mejor (…) La comu

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