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Mujer consagrada: ¿Quien te robó la esperanza?
Sin esperanza no puede entenderse la identidad de la vida consagrada y su quehacer en el mundo convulso en el que vive Europa.


Por: Germán Sánchez Griese | Fuente: Catholic.net




1.Introducción.
a.¿Cómo surge Ecclesia in Europa?
b.¿Qué se propone?
c.¿Cómo está estructurada?

2.La situación de la mujer consagrada en Europa.
a.Signos que significan y dicen mucho.
b.La identidad desfigurada.
c.El robo de la esperanza.

3.Estás llamada a renovarte… las almas te esperan.
a.Mira los campos… ya están listos para la siega. La misión que espera a la mujer consagrada.
b.Sacúdete el cansancio y la desesperanza.

1.Introducción.
a.¿Cómo surge Ecclesia in Europa?

“La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo.”

Juan Pablo II, lo sabemos muy bien, pasará a la historia. No sabemos cuál será el título que se le quiera dar, pero tengo para mí que uno de los más acertados será el de profeta. Es un visionario que basado en la roca de su fe, sabe ver el futuro, podemos decir audazmente, visiona el futuro, si por visionar entendemos que ve las cosas que sucederán en un futuro, o las cree ya actuales porque cree en ellas.

La exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa formará parte de esos documentos, raros de encontrar, que saben leer el futuro en el tiempo presente y dan indicaciones claras y precisas para moverse hacia unas metas claras y objetivas. Cuando leemos la exhortación apostólica post-sinodal Ecclesia in Europa, no podemos menos que sentirnos inundados por una grande llamada a vivir la virtud de la esperanza cristiana. Y es por ello, que he querido comenzar este pequeño ensayo con la definición que da el catecismo de la Iglesia católica a la esperanza. Desafiando los presagios de los medios de comunicación que veían en las reuniones del Sínodo de Europa a médicos en torno a un moribundo, la exhortación post-sinodal nos presenta la realidad: una Europa que pasa, sí, por un momento difícil, un momento en donde la Iglesia en Europa “(está) afectada a menudo por un oscurecimiento de la esperanza” , pero que ve en esas dificultades “nuevos desafíos”. Los mismos hombres de los medios de comunicación han visto la diferencia con que Juan Pablo II condujo las labores de este sínodo, a diferencia de los sínodos de los otros continentes y la nota con que más han caracterizado a Ecclesia in Europa ha sido el de la urgencia el Papa da a Europa las pistas para lanzarse a la nueva evangelización.

La historia de Europa atraviesa por un momento crucial. Llega al siglo XIX estrenando nuevas repúblicas, nacientes democracias para entrar a nacionalismos exacerbados durante la primera treintena y darse cuenta, después de los descalabros de las dos guerras mundiales y el surgimiento del coloso económico de Norteamérica, que sin una unidad, Europa está destinada a la extinción, o por lo menos, a pasar a un papel secundario en la historia de la humanidad. Es curioso que viniendo de una unidad cultural, se haya desmembrado y ahora busque casi con frenesí, una nueva unidad.

Uniendo por tanto estos dos acontecimientos, la entrada del cristianismo en su tercer milenio de historia y la búsqueda de la unidad por parte de Europa, dan como resultado un momento de transición para el viejo continente. Un momento en dónde se busca una identidad propia, en dónde las preguntas ¿quiénes somos? y ¿hacia dónde nos dirigimos? permean a los europeos de los inicios del tercer milenio. Es así como ha surgido Ecclesia in Europa.

b.¿Qué se propone?

Ecclesia in Europa es un instrumento valiosísimo para la nueva evangelización en Europa. Busca “vivir, anunciar y celebrar el evangelio de la esperanza”. Su propuesta es muy sencilla: presentar a Cristo como la esperanza del continente.

Durante el Sínodo de los obispos Europeos el descubrimiento de signos esperanzadores fue imponiéndose a la innegable constatación de signos desalentadores que muy posiblemente podrían haber prevalecido en el análisis de Europa. Viniendo de una Europa en donde recientemente habían caído los muros de una ideología materialista, se vio la cantidad de santos, hombres y mujeres, que habían dado su vida por el evangelio. Y no sólo ellos, sino pueblos enteros que supieron mantenerse fieles al evangelio.

Dicha constatación hizo ver los problemas como retos. Cuando la persona tiene esperanza, cuando la persona tiene una base sobre la que pueda anclar, la vida se presenta entonces como una oportunidad inmensa para poner en pie un proyecto, bien sea personal o social. Tal es la visión del Papa al inicio del tercer milenio, visión que viene de la fe y de la esperanza: “¡Caminemos con esperanza! Un nuevo milenio se abre ante la Iglesia como un océano inmenso en el cual hay que aventurarse, contando con la ayuda de Cristo. El Hijo de Dios, que se encarnó hace dos mil años por amor al hombre, realiza también hoy su obra. Hemos de aguzar la vista para verla y, sobre todo, tener un gran corazón para convertirnos nosotros mismos en sus instrumentos.”

Y la propuesta de presentar el evangelio de la esperanza lleva una connotación muy especial: la de invitar a la acción. No se queda en especulaciones, en explicaciones teológicas. Sin duda alguna, parte de ellas para luego hacer propuestas pastorales muy concretas. Impresiona la audacia y la valentía con las que se recogen estas propuestas: “los cristianos deben tener…”, “hay que lograr…”, “se requiere un nuevo…”. Y así en nuestro caso que analizaremos con detenimiento, se refiere en términos similares a la labor que los/las religiosas deben llevar a acabo en Europa y que podemos sintetizar citando una frase: “urge una « nueva evangelización » del Continente”.
En conclusión, Ecclesia in Europa propone a los europeos (consagradas incluidas) descubrir a Cristo como base, como esperanza de vida, para lanzarse con vigor a la labor de la nueva evangelización de este Continente. Lo que no se haga ahora, difícilmente se hará en años venideros con el recrudecimiento del laicismo y, posiblemente, con nuevas formas de persecución.

c.¿Cómo está estructurada?
La exhortación tiene una introducción, seis capítulos y como conclusión presenta una oración mariana. La línea conductora y que forma la clave de lectura de la exhortación lo es sin duda alguna la esperanza.

La exhortación comienza presentando la situación de Europa. Una situación sin duda alguna difícil para el evangelio, por la cultura que en ella se está gestando. El Papa no duda en presentar la realidad tal como es. Sin cargar las tintas hacia el tremendismo o suavizar los tonos para devaluar la verdad, presenta un cuadro realista de la situación. Los signos, fenómenos y circunstancias se presentan en conexión directa con la esperanza, no en forma artificial, sino como producto natural de una investigación científica acuciosa. El factor común a los fenómenos observados es la falta de esperanza y resulta interesante como la conclusión de este análisis: “el hombre no puede vivir sin esperanza: su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable”, casi sin proponérselo, esta expresa una connotación psicológica del europeo, que actualmente se debate en una angustia existencial profunda, cuando curiosamente se ve rodeado de todo aquello que podría serle útil y necesario para vivir sin preocupaciones de ningún tipo.

Enseguida se enumeran los signos de esperanza que vive la Iglesia. Una lectura sumamente crítica y superficial nos haría pensar en la presentación de estos signos como una forma de contrarrestar los signos desalentadores vistos anteriormente. No hay nada más lejos de la verdad. La presentación de estos signos alentadores se debe a una visión justa y equilibrada de la realidad, que hablan de una sana psicología: se tienen que ver las luces y las sombras. De lo contrario podríamos llegar a perder la objetividad. Se presentan entonces una serie de signos de esperanza que se viven en Europa. Signos de tipos social, pero signos también, y muy numerosos, de tipo religioso y espiritual. El final de este capítulo se cierra con la presentación de la figura de Cristo, como esperanza para Europa.

El siguiente capítulo es la invitación al trabajo. Se dan sugerencias, puntos en los que se debe trabajar. Y curiosamente, no son indicaciones vagas. Son indicaciones muy concretas para ser puestas en práctica en forma inmediata. Aquí radica la genialidad del Papa en esta exhortación: en su capacidad de darse cuenta del momento privilegiado que para Europa representa la posibilidad de formarse como un lugar común –lugar cultural, no lugar geográfico- y la capacidad que tiene el evangelio de pernear de valores cristianos esta nueva sociedad. Cada hombre y mujer tiene un puesto definido en la creación de esta nueva cultura: depende del sentido misionero que se tenga y de la esperanza y confianza que el evangelio puede aportar al europeo del día de hoy. Este capítulo refuerza la idea de vivir en primera persona el evangelio de la esperanza.

Si el capítulo anterior hablaba de vivir, el capítulo que le precede tocará el tema de anunciar el evangelio de la esperanza. Y aquí el Papa quiere lanzar a todos a la acción, guiados por el Espíritu. Es como un eco de aquella invitación para dejarse guiar por la fantasía de la cariad, en este caso, aplicada a Europa bajo el signo de la esperanza: “Es la hora de un nueva « imaginación de la caridad », que promueva no tanto y no sólo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacerse cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como limosna humillante, sino como un compartir fraterno”. Y las propuestas del Papa son verdaderamente audaces y realistas, pues tocan los campos más importantes de la cultura europea: la educación, los mass media.

Después de vivir y anunciar, toca el turno a celebrar el evangelio de la esperanza. Y aquí el Papa pide redescubrir la liturgia como una respuesta a la sed que por lo religioso tienen los europeos del siglo XXI. En primer lugar se da la tarea de hacer descubrir en la liturgia el agua para apagar la sed de espiritualidad que deambula por el Continente, sin rumbo fijo. Por otra parte llama también a los católicos a una formación específica en la liturgia que permita ahondar el sentido del misterio y de lo sagrado para nutrir su fe y así atajar y rectificar los abusos y las desorientaciones litúrgicas.

Servir el evangelio de la esperanza es el tema central del quinto capítulo. Nuevamente el genio de Juan Pablo II se trasluce al dejar ver el imperativo pastoral y los campos de acción de dicho imperativo. Propone sin rodeos ni ambages como imperativo el ayudar al hombre europeo contemporáneo a experimentar el amor de Dios Padre y de Cristo, en el Espíritu Santo. Como medio propone el testimonio de la caridad, que lleva en sí misma una fuerza evangelizadora. Y los destinatarios de este servicio son los pobres –entre los que menciona a los desempleados y a los enfermos-, la familia, la sociedad civil y los inmigrantes.

El último capítulo lo dedica por entero a la visión de una nueva Europa. Abordará en primer lugar la vocación espiritual de Europa para después tratar de lleno la construcción europea. La audacia del Papa consiste en proponer un salto de calidad en la toma de conciencia de su herencia espiritual y a partir de ahí colaborar en la edificación de esta unidad europea. Es un vínculo que se debe dar en la cultura.

Y al final del documento el Papa no dejará de implorar la protección de la Virgen María sobre Europa, invocándola de manera especial como madre de la esperanza . No podemos pasar por alto la razón principal por la que el Papa ha querido invocarla como Madre de la esperanza en este momento de la historia de Europa. Ella ha sabido leer el significado de la historia de la humanidad. Y la luz con la que se ha valido para leer e interpretar esta historia, ha sido la acción salvífica de Dios. A esta lectura invita el Papa a todos los cristianos de Europa: a saber ver los diversos acontecimientos como guiados por la acción de Dios. Sin esta visión, no se puede tener una esperanza, una sana esperanza en el futuro de Europa.


2.La situación de la mujer consagrada en Europa.

a.Signos que significan y dicen mucho.

Después de haber pergeñado la estructura de la Exhortación apostólica conviene focalizar nuestra atención en el objetivo de nuestro artículo para conocer cuál es la realidad de la mujer consagrada en Europa según la visión de Juan Pablo II. Para ello me centraré en el análisis de los números 37 y 38 que harán de eje para nuestra exposición.

No es mi propósito el hacer una explicación de estos números, sino el comprender el contexto en el que se presentan, las causas por las cuales el Papa ha querido llamar la atención al papel que debe desarrollar la vida religiosa en la Europa de inicios del tercer milenio y las propuestas de acción sugeridas por él mismo.

Hay que entender en primer lugar el contexto de la vida religiosa en Europa. Los inicios del Tercer milenio, en donde está enmarcada la Exhortación Apostólica, arrancan con una visión de la vida religiosa después de 40 años de celebrado el Concilio Vaticano II. Es un dato que puede escaparse de nuestro análisis y sin embargo será un fundamental para entender la situación de la vida religiosa en Europa y el papel que está destinada a desempeñar en un futuro, según las pautas marcadas por el Papa. Volteando la vista hacia atrás vemos que el objetivo del Concilio para la vida religiosa no fue otro que el de una adecuada renovación de la vida consagrada, sugerida y fundamentada principalmente en cinco líneas: el seguimiento de Cristo, tal y como lo propone el Evangelio, el conocimiento y conservación del espíritu y los propósitos de los Fundadores, la participación activa en la vida de la Iglesia, el conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia y por último, una adecuada renovación espiritual.

A partir de este momento se dieron sucesivas interpretaciones de esta renovación en la vida religiosa. Interpretaciones que no tenían razón alguna de ser, si se quería ser fiel al Magisterio de la Iglesia y las enseñanzas el Concilio. Sobretodo, la gran crisis, o para ser preciso en el término, las grandes dificultades que ha venido sufriendo la vida religiosa femenina en Europa se han debido a las interpretaciones, no autorizadas y gratuitas, del concepto de la vida religiosa. No autorizadas y gratuitas, porque la identidad de la vida religiosa, desde que el Concilio anuncia la renovación, quedo netamente especificada en la Constitución Lumen Gentium y posteriormente clarificada, ampliada y explicitada en detalle por los diversos documentos del Magisterio que hablan de la vida consagrada, desde la Perfectae Caritatis hasta el Ripartire da Cristo. “Por los votos, o por otros sagrados vínculos análogos a ellos a su manera, se obliga el fiel cristiano a la práctica de los tres consejos evangélicos antes citados, entregándose totalmente al servicio de Dios sumamente amado, en una entrega que crea en él una especial relación con el servicio y la gloria de Dios”.

El desarrollo teológico que se dará durante los siguientes 40 años, no cambiará en nada este concepto de identidad de la vida religiosa, lo cual podemos observar en la Exhortación apostólica post-sinodal Vita consecrata: “La identidad de la vida consagrada no puede quedar establecida desde abajo o con criterios de carácter puramente natural. En efecto, no es una cuestión meramente filosófica o sociológica. Sus notas características pueden ser delineadas sólo sobre la base de la plenitud de la divina revelación, realizada en Cristo. Para describir la realidad de la vida consagrada es indispensable hacer referencia a la "realidad" de la "Santísima Trinidad", que es origen de la vida consagrada y que constituye su objetivo. No pueden ser descuidados (si se quiere entender el concepto de la identidad de la vida religiosa), la triple orientación de la vida religiosa a la Trinidad.”

La misma Exhortación ejemplifica este concepto con el icono de la Transfiguración: “En el Evangelio son muchas las palabras y gestos de Cristo que iluminan el sentido de esta especial vocación. Sin embargo, para captar con una visión de conjunto sus rasgos esenciales, ayuda singularmente contemplar el rostro radiante de Cristo en el misterio de la Transfiguración. A este «icono» se refiere toda una antigua tradición espiritual, cuando relaciona la vida contemplativa con la oración de Jesús «en el monte». Además, a ella pueden referirse, en cierto modo, las mismas dimensiones «activas» de la vida consagrada, ya que la Transfiguración no es sólo revelación de la gloria de Cristo, sino también preparación para afrontar la cruz. Ella implica un «subir al monte» y un «bajar del monte»: los discípulos que han gozado de la intimidad del Maestro, envueltos momentáneamente por el esplendor de la vida trinitaria y de la comunión de los santos, como arrebatados en el horizonte de la eternidad, vuelven de repente a la realidad cotidiana, donde no ven más que a «Jesús solo» en la humildad de la naturaleza humana, y son invitados a descender para vivir con Él las exigencias del designio de Dios y emprender con valor el camino de la cruz.”

Y más recientemente, como epílogo Ripartire de Cristo ha expresado el concepto de identidad de la vida religiosa con palabras de altísimo valor espiritual: “Caminar desde Cristo significa proclamar que la vida consagrada es especial seguimiento de Cristo, «memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos». Esto conlleva una particular comunión de amor con Él, constituido el centro de la vida y fuente continua de toda iniciativa. Es, como recuerda la Exhortación apostólica Vita consecrata, experiencia del compartir, «especial gracia de intimidad»; «identificarse con Él, asumiendo sus sentimientos y su forma de vida», es una vida «afianzada por Cristo», «tocada por la mano de Cristo, conducida por su voz y sostenida por su gracia»…
Caminar desde Cristo significa reencontrar el primer amor, el destello inspirador con que se comenzó el seguimiento. Suya es la primacía del amor. El seguimiento es sólo la respuesta de amor al amor de Dios. Si «nosotros amamos» es «porque Él nos ha amado primero» (1Jn 4, 10.19). Eso significa reconocer su amor personal con aquel íntimo conocimiento que hacía decir al apóstol Pablo: «Cristo me ha amado y ha dado su vida por mí» (Ga 2, 20).”

De esta forma podemos decir que la identidad de la vida religiosa femenina (y masculina) siempre ha quedado clara en la mente de la Iglesia y que no se ha dado nunca la necesidad de buscar opciones diversas o nuevos sentidos, como muchos autores lo han pretendido a lo largo de estos cuarenta años.

Lo que si es cierto es que los autores de la disidencia han querido hacer ver, erróneamente, que la Iglesia buscaba una nueva identidad de la vida religiosa, promulgada bajo el signo de la renovación. Y que ellos, como profetas de su tiempo, la llevarían a ese descubrimiento.


b.La identidad desfigurada
Si bien la identidad de la vida consagrada en el Magisterio de la Iglesia se ha mantenido a lo largo del periodo de renovación fiel a como Cristo, su fundador, la ha querido, hemos visto que se han dado interpretaciones que la han querido alejar de esta concepción.

Nos preocupa el hecho, no tanto que se hayan dado esas voces en la disidencia, sino el hecho que muchas mujeres consagradas (superioras generales con sus consejos) hayan dado oídos a esas voces y se hayan planteado y replanteado, sin necesidad alguna, la identidad de su vida consagrada, llegando en algunos casos, a vivirse la consagración en una forma del todo desfigurada.

Esta no es una apreciación personal, sino algo que trasluce en las palabras del Santo Padre cuando se dirige a las religiosas en el documento que estamos analizando. “El testimonio de las personas consagradas es particularmente elocuente. A este propósito, se ha de reconocer, ante todo, el papel fundamental que ha tenido el monacato y la vida consagrada en la evangelización de Europa y en la construcción de su identidad cristiana.) Este papel no puede faltar hoy, en un momento en el que urge una «nueva evangelización» del Continente, y en el que la creación de estructuras y vínculos más complejos lo sitúan ante un cambio delicado. Europa necesita siempre la santidad, la profecía, la actividad evangelizadora y de servicio de las personas consagradas. También se ha de resaltar la contribución específica que los Institutos seculares y las Sociedades de vida apostólica pueden ofrecer a través de su aspiración a transformar el mundo desde dentro con la fuerza de las bienaventuranzas.”

Si las religiosas hubieran sido lo que tendrían que haber sido durante el período que siguió al Concilio, esta invitación de Juan Pablo II podría no haberse dado. En efecto. El Papa comienza reconociendo el papel que las religiosas han desempeñado a lo largo de casi dos milenios en la evangelización de Europa y a nuestra mente nos vienen la cantidad de instituciones fundadas por santas y admirables congregaciones religiosas que a través de la educación, el arte, las obras de caridad cristianas y tantísimas otras, supieron injertar en la cultura los valores del evangelio. Y por contraste nos preguntamos también sobre las obras que no han puesto en pie las mujeres consagradas en estos últimos 40 años, para hacer frente a los retos del mundo moderno, respondiendo así a la invitación del Concilio para renovarse y renovar el mundo. Y esto es así, puesto que el Papa vuelve a urgir a las consagradas lo que desde hace 40 años deberían haber hecho y el Concilio, en boca de Pablo VI, había sugerido: “Promuevan los Institutos entre sus miembros, un conocimiento adecuado de las condiciones de los hombres y de los tiempos y de las necesidades de la Iglesia, de suerte que, juzgando prudentemente a la luz de la fe las circunstancias del mundo de hoy y abrasados de celo apostólico, puedan prestar a los hombres una ayuda más eficaz.”

Pero si quien debería haber ayudado al hombre de finales del siglo XX e inicios del XXI a encontrar el sentido de su vida en el evangelio, comenzaba ella misma a preguntarse –y a veces a perder- el sentido de su propia vida, hubiera sido muy difícil que ella ayudara a construir en otros lo que no tenía, lo que creía no tener, o lo que estaba perdiendo o aparentemente estaba perdiendo: su identidad como persona consagrada. En cuarenta años podría haberse hecho tanto. No son ya tiempos antiguos en los que para poner en pie una obra se necesitaban años y a veces quizás hasta siglos. Hoy, hubieran bastado mujeres que teniendo una visión profética, como la que Juan Pablo II ha venido señalando desde el inicio de su Pontificado hasta estos últimos años , se hubieran lanzado a poner en práctica lo dicho por el Concilio y así llevar el mensaje salvador de Cristo a Europa, que desde mediados de los años sesentas, era urgente re-evangelizar. Tan sólo hubiera sido necesario, a partir de los Capítulos Generales Extraordinarios sugeridos por la Santa Sede, el proponer al mundo el carisma originario del fundador y continuar la labor que aquellos hombres habían hecho en su tiempo .

Sin embargo, para ello, para seguir construyendo en esta tierra el Reino de los Cielos se necesita tener una gran esperanza . No es fácil tener encendida la luz del corazón y saber que todo lo que se hace es para que venga el Reino de los cielos. Sin esperanza no pueden leerse los signos de los tiempos para entender que todo tiempo es favorable para el advenimiento del reinado de Cristo y continuar, hasta la eternidad, la labor iniciada por el Fundador. Sin esperanza decae el ánimo y la lucha por la santidad se hace siempre como cuesta más arriba. Sin esperanza no puede entenderse la identidad de la vida consagrada y su quehacer en el mundo convulso en el que vive Europa . Y este tiempo especialmente difícil requiere de una gran esperanza para vivirlo, tal y como previene el Papa en el icono-guía de la Exhortación . Es la esperanza la que mantiene viva la fe y la que permite considerar todo desde la prospectiva de la historia de la salvación, de forma que sobre la mentalidad de la fe nace la nueva esperanza .

Y muchas veces la esperanza es lo que más hace falta a las mujeres consagradas en Europa. ¿Quién les robó la esperanza?


c.El robo de la esperanza.
El Concilio Vaticano II hizo un llamado al seguimiento de Cristo, como ideal que se debía conseguir todo fiel cristiano y específicamente la persona consagrada . Ideal que de alguna manera ha sido corroborado por Juan Pablo II . Pero para seguir a Cristo, se necesita tener un gran amor a Él. Pero cuándo se pone en duda la identidad de la propia vida, cuándo no se sabe quién se es en la vida, para qué sirve su existencia en este mundo, el amor, que es una potencia del alma, no puede expresarse. La voluntad busca un objeto que amar, pero es la inteligencia quien le debe proponer dicho objeto. Si la mujer consagrada no sabe presentar a su voluntad (su corazón) el objeto de Cristo como la persona amable, la persona a quien amar, es que estamos hablando entonces de una crisis del corazón originada por una supuesta crisis de identidad. Si yo no soy quién soy, mucho menos sabré a quién y cómo debo amar. Asistimos por tanto a una crisis no tanto de identidad –la identidad siempre ha existido-, sino a una crisis en el seguimiento de Cristo: “Puesto que todo cristiano recibe un bautismo en Cristo, todo cristiano tiene la responsabilidad vocacional de hacer a Cristo presente en el mundo. Aunque esa responsabilidad se vive de muchas maneras distintas, toda vocación cristiana comienza con el bautismo y con el compromiso bautismal de que la vida de cada uno sea conforme a Cristo…Todo cristiano está llamado a ser santo. Más aún, todo cristiano debe convertirse en un santo si es que quiere disfrutar de la vida eterna junto a Dios. Se necesita ser una clase muy especial de persona para vivir con Dios para siempre, hay que ser un santo… Todo cristiano yerra en el camino a la santidad. Algunos de nosotros fallamos a menudo, y muchos de nosotros fallamos estrepitosamente. Los hombres y las mujeres que han encontrado de verdad al Cristo Resucitado en la transfiguradora experiencia de la conversión (una experiencia que puede llevar toda una vida) viven un tipo de vida diferente: llevan la vida de un discípulo. Todos podemos y debemos esperar que nadie será llamado a la vida consagrada si no está dispuesto a dar fe pública de ese compromiso con Cristo, en todo momento, sin importar cuáles sean las dificultades… (Lo contrario) es una crisis de seguimiento de Cristo.”

La mujer consagrada en Europa, debería haber seguido a Cristo, teniendo siempre su corazón volcado en Él. Y de ahí hubiera nacido una gran esperanza, en Cristo, en ella misma y en los resultados de su apostolado. Pero algo ha fallado en estos cuarenta años, algo no ha andado bien. Ago que no debió haber sido, y sin embargo sucedió. Alguien que robó su esperanza.

Y para hacer un análisis de lo sucedido seguiremos la línea magistral de Juan Pablo II que relata lo sucedido… de una forma indirecta.

En la primera parte de la Exhortación, hemos dicho que el Papa describe la situación de Europa. A primera vista podría parecer la descripción del mundo laico y materializado de este Continente y pudiéramos muy bien correr el riesgo de no aplicarlo al aso de la vida religiosa. Sin embargo, por la fragilidad del hombre, y por las heridas que ha recibido la vida consagrada en este período del post-concilio, es sumamente válido la aplicación de la situación Europea a la vida consagrada femenina.

Podemos resumir la situación descrita por el Papa en los siguientes términos: “pérdida de la memoria y de la herencia cristiana, agnosticismo practico, indiferentismo religioso, la dificultad de vivir la fe en un contexto social y cultural actual, miedo para afrontar el futuro, fragmentación de la existencia, prevalece un gran sensación de soledad, se multiplican las divisiones y las contraposiciones, crisis familiares, conflictos étnicos y raciales, egocentrismo, cuidado exagerado de los propios intereses y privilegios, se da una disminución de la solidaridad interpersonal, se busca fundar una antropología sin Dios y sin Cristo, una cultura de los medios de comunicación contraria al Evangelio, un relativismo moral y jurídico, se dejan a un lado los valores del evangelio en la formación de la Europa.”

Explicaremos la forma en que algunas de estas circunstancias –las más significativas- han venido erosionado el corazón de la mujer consagrada en Europa, después de haber quedado vulnerado por una falta de vivencia en la identidad misma de la consagración.

Pérdida de la memoria y de la herencia cristiana.
Los años que siguieron al Concilio fueron años en que por un mal entendido concepto de renovación se quería buscar afanosamente lo más nuevo. Había que renovarse, pero renovarse era, antes que nada ir al evangelio y a las fuentes, al origen de la Congregación, es decir, al Fundador . Algunas congregaciones no lo entendieron de esa forma y pensaron que renovarse era despojarse de conceptos atávicos de la vida consagrada. Es cierto, con el paso de los años se habían mezclado muchos rasgos que no eran netamente pertenecientes a la idea originaria de la consagración, según el evangelio y según la mente del Fundador. Pero, en lugar de hacer una criba entre lo que era esencial y lo que era secundario, se optó por hacer tabula rasa de todo y, supuestamente, comenzar desde el principio, para inventar, de esta forma, un nuevo concepto de vida consagrada.

De esta forma se fueron introduciendo en no pocos institutos elementos ajenos a la gran herencia cristiana que el monaquismo había dado a Europa durante la formación de su identidad cultural y más recientemente, la aportación que en siglo XIX e inicios del XX, muchas órdenes dieron al saber combinar magistralmente la vida contemplativa con la vida activa en innumerables obras de ayuda a la sociedad.

Todo desapareció en pocos años. Y de esa manera se fueron introduciendo en la liturgia elementos de otras religiones, usos y costumbres que con un afán de enculturación, iban dejando a un lado lo esencial de la vida consagrada, al grado que hoy muchas mujeres consagradas no saben lo que son ni lo que buscan, por haber perdido la memoria, precisamente de lo que son y de lo que deben buscar .
Agnosticismo práctico
Si por agnosticismo entendemos toda actitud que declara inaccesible al entendimiento humano todo conocimiento de lo divino y de lo que trasciende a la experiencia, podríamos considerar que esta actitud está completamente descartada de una persona que se ha donado totalmente a Dios. Sin embargo, nuevamente las interpretaciones desviadas del Concilio han hecho lo suyo en este campo, especialmente cuando hablamos del campo de la sicología.

El Concilio hizo una invitación para dialogar con el hombre, para poder conocerlo mejor y así ayudarlo a alcanzar a Dios . Muchos creyeron erróneamente que este conocimiento debía basarse sobretodo en la Sicología. No cabe duda que la Sicología bien aplicada al conocimiento del hombre, nos da las bases para un mejor entendimiento de lo que es él y así ayudarlo mejor a alcanzar la salvación. Sin embargo, muchos no tomaron en cuenta que varias escuelas de pensamiento psicológico estaban fundadas en una antropología contraria a la visión cristiana del hombre: negaban sobretodo la apertura al trascendente y el libre albedrío. De esta forma, con el pretexto de aplicar únicamente los medios, se fueron introduciendo teorías, métodos, estudios que han ido llevando a crear en ciertas consagradas la idea de que todo puede resolverse en forma exclusiva por la Sicología y, en algunos casos, incluso se ha dado una falsa contradicción entre espiritualidad y sicología.

Por eso hablamos de que un cierto agnosticismo práctico se ha introducido en las mujeres consagradas de Europa, al pensar que todo puede hacerse por medios humanos y se abandona, se duda o se niega el valor fundamental de la espiritualidad. De ahí que no resulte extraño el que el Magisterio remarque la necesidad de volver a Cristo como centro de toda la vida consagrada .


Dificultad de vivir la fe en un contexto social y cultural actual.
El Concilio había pedido la renovación a las Congregaciones religiosas para que pudieran adecuarse a los constantes cambios del mundo y del hombre, con el fin de adaptar precisamente a esas circunstancias el evangelio y así ayudar mejor a la salvación de los hombres. Las actividades apostólicas, después de cuidadosos estudios del mundo actual y a la apropiada adaptación del carisma tendrían que haber servido de trampolín de lanzamiento de una serie de actividades tendientes a conseguir el objetivo propuesto por el Vaticano II. Sin embargo en muchas congregaciones no sucedió de esta manera, dándose desviaciones en dos vertientes.

Hubo quienes interpretaron el Concilio y su invitación a buscar nuevos apostolados, como un olvidarse del pasado o considerarlo como ya superado, y sin necesidad alguna de recurrir de él. En lugar de estudiar el carisma del Fundador, cómo se había desarrollado a lo largo del tiempo y desempolvar lo que había que desempolvar para mantener lo esencial y ver el derrotero que había seguido a lo largo del tiempo, aprendiendo incluso de la labor realizada por las hermanas de la Congregación en tiempos pasados, se sucedieron actividades que buscaban tan sólo la promoción del hombre. Se descuidó el carácter espiritual de los apostolados y la misma formación espiritual de los hombres. Se habló de opción fundamental por los pobres, promoción de la justicia y la paz como sinónimos de estar a la vanguardia en los apostolados de la Iglesia. De esta manera, la vivencia de la fe en el contexto social y cultural se fue abandonando o diluyendo en un cierto tipo de lucha social o e reivindicación de las masas. Como consecuencia, la vivencia de la fe en el contexto social y cultural actual se fue abandonando por considerarla ya superada o innecesaria para la labor que se quería hacer de adaptación del carisma.

Por otro lado se dieron casos en que la mujer consagrada no se abrió a este diálogo con el mundo, quizás, por un temor al ver lo que sucedía en otras Congregaciones e Institutos religiosos, o por la falta de visión profética al no considerar necesaria la adecuada renovación que pedía el Concilio.

Como resultado de estas dos vertientes nos encontramos con una Europa que en casi 40 años ha dejado de ser evangelizada, bien sea porque quienes debieron evangelizarla –las mujeres consagradas, entre otras- estuvieron y están haciendo promoción de la justicia social, bien sea porque se replegaron en actividades apostólicas que no eran ya del todo necesarias para el momento histórico por el que pasaba Europa. Es por ello que el Papa, reconociendo lo que hicieron las mujeres consagradas por Europa, constata que aún no se ha hecho lo que debía hacerse e invita por tanto a una acción verdaderamente evangelizadora de la Europa superando así la tentación de creer que la fe no tiene ya nada que hacer en el contexto socio cultural de la actual Europa .

Miedo por afrontar el futuro
En este campo se dieron varios fenómenos que pueden haber influenciado muchísimo a la mujer consagrada de Europa, de tal forma que comparte con sus congéneres del continente el miedo por afrontar el futuro.

De un lado muchas mujeres consagradas se preguntaron por el sentido de una vida totalmente consagrada a Dios en una sociedad materializada y secularizada como Europa. No fueron pocos los que pensaron que las transformaciones pedidas por el Concilio harían surgir un nuevo tipo e consagración diverso a como hasta entonces había existido. Hay algunos que siguen creyendo en que aún está por nacer un nuevo tipo de vida consagrada a través del concepto de la refundación .

Hay quienes también se han dejado llevar por la desesperanza al ver la gran baja de vocaciones sufrida en su consagración, de forma que el futuro de la misma se presenta realmente sombrío, haciéndose un sinfín de cuestionamientos, llegando siempre a la conclusión de una incertidumbre cada vez más creciente sobre el futuro.

Queda también el análisis que muchas hacen de la efectividad de sus apostolados en una sociedad posmoderna como la europea, en donde ya nadie parece necesitar la ayuda y el testimonio de la vida consagrada.

Todos estos fenómenos se reflejan en algunas mujeres consagradas que viven más en la incertidumbre, con la nostalgia del pasado y con el miedo a saber lo que el futuro les depara.


Se busca fundar una antropología sin Dios y sin Cristo.
El Concilio pidió las religiosas que tuvieran un conocimiento profundo del hombre con el fin de comprenderlo y así llevarle el mensaje de la salvación . Este conocimiento del hombre también se aplicaba por extensión, a las candidatas a la vida consagrada. Comenzó a utilizarse la sicología, junto con otras ciencias humanas y sociales, para conocer y acercarse más al hombre. Sin embargo, algunos extrapolaron este conocimiento y, en lugar de integrarlo, jerarquizarlo y armonizarlo, lo absolutizaron. Las desviaciones fueron dándose no por culpa de las ciencias sociales, sino de aquellos que sin un discernimiento adecuado, las trataron de aplicar indiscriminadamente a cuanta realidad se les presentaba . Sin duda alguna la Sicología es de gran ayuda para entender los problemas de la personalidad, especialmente cuando la formadora debe acompañar en el camino de la santidad a las candidatas para la vida consagrada. Un conocimiento equilibrado de caracterología, de la sicología del desarrollo, de las principales enfermedades mentales que pueden aquejar a la vida consagrada, le ayudará enormemente en su trabajo como pedagoga y guía espiritual. Los problemas se dan cuando se quiere reducir todo a un psicologismo exacerbado en donde Dios, la gracia y la libertad humana no cuentan para nada, fruto de una antropología quiere fundarse sin Dios y sin Cristo.


Relativismo moral
El relativismo moral anunciado por Paulo VI , se presenta hoy con mayor fuerza y así lo denuncia Juan Pablo II . Si bien queda claro que frente a los ojos de las religiosas no hablamos de un relativismo moral absoluto, bien se han podido introducir formas de pensamiento que dejan a un lado la fuerza de la verdad para relativizarla conforme a la ley máxima de la libertad: se cae en un individualismo y personalismo tal que reduce la actividad apostólica a la mera presentación de actividades humanas, se duda sobre la verdad absoluta de la religión católica, se titubea de la fuerza del Espíritu y se dan pensamiento paralelos, y hasta contrarios, al Magisterio de la Iglesia .



3. Estás llamada a renovarte… las almas te esperan.

a.Mira los campos… ya están listos para la siega. La misión que espera a la mujer consagrada.

Pero este panorama, que a primera vista podría parecernos desolador, lo debemos traducir en un campo de oportunidades. No es un simple idealismo, o no querer ver la realidad de las cosas, es verlo a través de los ojos de la fe, como quien sabe ver la historia a través del Señor de la historia. Y para ello el Papa utiliza nuevamente el icono del Apocalipsis: “La visión del Apocalipsis nos habla de « un libro, escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos », tenido « en la mano derecha del que está sentado en el trono » (Ap 5, 1). Este texto contiene al plan creador y salvador de Dios, su proyecto detallado sobre toda la realidad, sobre las personas, sobre las cosas y sobre los acontecimientos. Ningún ser creado, terreno o celestial, es capaz « de abrir el libro ni de leerlo » (Ap 5, 3), o sea de comprender su contenido. En la confusión de las vicisitudes humanas, nadie sabe decir la dirección y el sentido último de las cosas.
Sólo Jesucristo posee el volumen sellado (cf. Ap 5, 6-7); sólo Él es « digno de tomar el libro y abrir sus sellos » (Ap 5, 9). En efecto, sólo Jesús puede revelar y actuar el proyecto de Dios que encierra. El esfuerzo del hombre, por sí mismo, es incapaz de dar un sentido a la historia y a sus vicisitudes: la vida se queda sin esperanza. Sólo el Hijo de Dios puede disipar las tinieblas e indicar el camino”.

Con esta visión de fe, el Papa lanzará un llamado a las mujeres consagradas de Europa sobre la labor que les espera. Es una labor que se basa en la situación actual del continente y en las posibilidades que tiene en sí la vida consagrada . No se trata por tanto ni de inventar nuevas salidas apostólicas para la vida consagrada, ni de hacer obras que no respondan a una situación actual. Comentaremos estas aportaciones que pueda dar la vida consagrada en Europa refrendándolas con algún aspecto que viene mencionado en los tres capítulos que proponen el anuncio, la celebración o el servicio al evangelio de la esperanza.
La misión de la mujer consagrada en Europa según el Papa, se debe caracterizar por:
-La vivencia de su consagración que hace posible y real la supremacía de Dios en la vida de los hombres,
-Convertirse en un signo de esperanza,
-El testimonio de la fraternidad evangélica,
-Creatividad en la atención a los más necesitados y
-Disponibilidad a continuar la obra de la evangelización en otros continentes.

La vivencia de su consagración hace posible y real la supremacía de Dios en la vida de los hombres.
El Papa pide esta misión a los consagrados, porque en su análisis de Europa se da cuenta que los hombres tienen sed del trascendente, pero por diversos motivos, especialmente por una falta de evangelización, abrevan esta sed con diversas formas de espiritualidad.

Es aquí en donde surge una oportunidad para las mujeres consagradas, si es que son coherentes y radicales en su donación a Dios. Europa es sensible a los signos externos, como toda sociedad posmoderna. El ver a una persona que vive de cara a un ideal, cualquiera que éste sea, es siempre un imán que ejerce un poder de atracción. Los europeos, aunque no lo expresen están sedientos de una esperanza firme en la vida. Basta ver el cúmulo de fracasos existenciales que originan diversos tipos de pobreza. En los jóvenes se da una pobreza de sentido y de ahí que lo estén buscando en el paraíso fácil de las drogas, el sexo o el alcohol. En los adultos se da la pobreza del amor y así la familia y el matrimonio sufren irremediablemente la pérdida de la esperanza a través de los divorcios, los matrimonios rotos o las caricaturas de familia que se quieren construir sobre falacias –parejas de hecho, matrimonios entre homosexuales, todo tipo de manipulaciones genéticas-. Pobreza de compañía en las personas ancianas, destinadas a la soledad más terrible: la incomprensión y lejanía de sus seres queridos. Y pobreza de asimilación cultural, en los emigrantes que viven en Europa como forasteros.

Frente a esta pobreza de esperanza, las mujeres consagradas pueden con el testimonio de su vida, dar sentido y esperanza a todas estas personas. Lo único necesario es vivir la vida consagrada con la conciencia de estar testimoniando que Dios es el supremo valor, único necesario para dar sentido a la vida, al amor, a la soledad y a la integración cultural. Ver a una persona que tiene fija su esperanza en un valor trascendente es ya todo un trabajo de evangelización: “Iglesia en Europa, ¡te espera la tarea de la « nueva evangelización »! Recobra el entusiasmo del anuncio. Siente, como dirigida a ti, en este comienzo del tercer milenio, la súplica que ya resonó en los albores del primer milenio, cuando, en una visión, un macedonio se le apareció a Pablo suplicándole: « Pasa por Macedonia y ayúdanos » (Hch 16, 9). Aunque no se exprese o incluso se reprima, ésta es la invocación más profunda y verdadera que surge del corazón de los europeos de hoy, sedientos de una esperanza que no defrauda. A ti se te ha dado esta esperanza como don para que tú la ofrezcas con gozo en todos los tiempos y latitudes. Por tanto, que el anuncio de Jesús, que es el Evangelio de la esperanza, sea tu honra y tu razón de ser. Continúa con renovado ardor el mismo espíritu misionero que, a lo largo de estos veinte siglos y comenzando desde la predicación de los apóstoles Pedro y Pablo, ha animado a tantos Santos y Santas, auténticos evangelizadores del continente europeo” .

Convertirse en un signo de esperanza
Esta vivencia coherente de la consagración hará que las personas consagradas vivan su vida de dedicación total a Dios como un verdadero culto a Dios, haciendo de Él su centro de vida y por lo tanto su ideal y su esperanza. “En un contexto contaminado por el laicismo y subyugado por el consumismo, la vida consagrada, don del Espíritu a la Iglesia y para la Iglesia, se convierte cada vez más en signo de esperanza, en la medida en que da testimonio de la dimensión trascendente de la existencia” . El laicismo unido al materialismo ha traumatizado la esperanza en Europa, pues quien vive con un horizonte temporal, alejado de la trascendencia (laicismo) y ha puesto su felicidad en las cosas materiales, no puede contemplar los valores que dan un sentido verdadero a su existencia. La persona queda atrofiada para comprender el mensaje de la salvación pues no puede ver más allá de lo que le ofrece la vida dic et nunca. Es necesario por tanto destapar la esperanza en ellos, pero no podrá hacerse únicamente con palabras sino con un testimonio de vida que haga pensar y reflexionar. Por ello las mujeres consagradas deben convertirse en signos elocuentes, más que en palabras vanas. “El hombre contemporáneo « escucha más a gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio ». Por consiguiente, hoy son decisivos los signos de la santidad: ésta es un requisito previo esencial para una auténtica evangelización capaz de dar de nuevo esperanza. Hacen falta testimonios fuertes, personales y comunitarios, de vida nueva en Cristo. En efecto, no basta ofrecer la verdad y la gracia a través de la proclamación de la Palabra y la celebración de los Sacramentos; es necesario que sean acogidas y vividas en cada circunstancia concreta, en el modo de ser de los cristianos y de las comunidades eclesiales. Éste es uno de los retos más grandes que tiene la Iglesia en Europa al principio del nuevo milenio.”

Y para ser signo de la esperanza se necesita vivir en primera persona la esperanza, jugándose la vida con el riesgo de haber puesto todo el futuro en las manos de Cristo, sabiendo que Él, como dueño de la historia, sabrá aprovecharse de nuestra vida, como mero instrumento, para anunciar el evangelio a los pobres de esperanza en Europa. Sin esta convicción profunda, la vida de las mujeres consagradas puede también contaminarse de un cierto laicismo, privado de la visión de los bienes futuros. En cambio, una vida afincada en la vida futura servirá de guía para aquellos que sin saber han puesto su esperanza en las cosas terrenas.

El testimonio de la fraternidad evangélica.
No cabe duda que el pluralismo religioso, cultural e ideológico es una de las características que con mayor fuerza se da en Europa. Un pluralismo que ha hecho posible construir la Europa de la pos-guerra mundial, pero que llevada a excesos, o no entendida adecuadamente, corre el riesgo de borrar sus raíces. Un mal entendido concepto de tolerancia ha hecho disminuir el ardor apostólico por evangelizar, permitiendo de esta manera que una generación no conozca a fondo el evangelio y corriendo el riesgo que una segunda pase por lo mismo. Es necesario que las mujeres consagradas, con su estilo de vida comunitario, sean testimonio de un estilo de vida en donde se combinen la verdadera tolerancia y la propuesta atractiva y gozosa del mensaje evangélico. La propuesta es vivir la vida fraterna en comunidad en el contexto social de la Europa actual. Los mismos valores que se viven en la comunidad religiosa, deben extenderse a la comunidad social, de forma que pueda la sociedad ser evangelizada por el testimonio de la fraternidad evangélica: “« La actual situación cultural y religiosa de Europa exige la presencia de católicos adultos en la fe y de comunidades cristianas misioneras que testimonien la caridad de Dios a todos los hombres ». El anuncio del Evangelio de la esperanza comporta, por tanto, que se promueva el paso de una fe sustentada por costumbres sociales, aunque sean apreciables, a una fe más personal y madura, iluminada y convencida.

Los cristianos, pues, han de tener una fe que les permita enfrentarse críticamente con la cultura actual, resistiendo a sus seducciones; incidir eficazmente en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos; manifestar que la comunión entre los miembros de la Iglesia católica y con los otros cristianos es más fuerte que cualquier vinculación étnica; transmitir con alegría la fe a las nuevas generaciones; construir una cultura cristiana capaz de evangelizar la cultura más amplia en que vivimos” .
Creatividad en la atención a los más necesitados.
“La presencia de nuevas formas de pobreza y marginación debe suscitar la creatividad en la atención de los más necesitados, que ha distinguido a tantos fundadores de Institutos religiosos.”

Podríamos caer en el engaño y pensar que no hay nada nuevo en esta recomendación del Papa: la Iglesia siempre se ha preocupado por los pobres. Sin embargo la novedad está en un doble movimiento: no se habla de pobreza, sino de atender a los más necesitados y se pide salir al encuentro de ellos con el mismo espíritu que los fundadores o fundadoras de las congregaciones.

Para el primer punto, la misma Exhortación, en el capítulo sobre el anuncio del Evangelio de la esperanza, nos da las pistas para descubrir las necesidades más urgentes de la Europa. Es importante ver como la caridad más grande que puede hacer una mujer consagrada es la de analizar estas necesidades y tratar de darles, con la adecuada creatividad una solución justa. Son los nuevos rostros de Cristo , los que hay que contemplar en la Europa y ayudarles con el carisma de la Congregación. Se mencionan las siguientes necesidades:

-La evangelización de la cultura y la enculturación del evangelio, principalmente a través de la escuela católica y la Universidad, la valoración de los bienes culturales de la Iglesia y la promoción de nuevas expresiones artísticas de la fe, con el fin de atender una de las necesidades más importantes de Europa: la falta de sentido de la vida: “La evangelización de la cultura debe mostrar también que hoy, en esta Europa, es posible vivir en plenitud el Evangelio como itinerario que da sentido a la existencia.”

-La educación de los jóvenes en la fe, con el fin de remediar le necesidad que Europa tiene de ser evangelizada.

-Atención a los medios de comunicación social, como un areópago privilegiado en la evangelización de Europa.

Y el segundo punto nos hace pensar en lo que ha venido siendo el proceso de renovación en el que tanto ha insistido el Magisterio de la Iglesia: fidelidad creativa al carisma: “Se invita pues a los Institutos a reproducir con valor la audacia, la creatividad y la santidad de sus fundadores y fundadoras como respuesta a los signos de los tiempos que surgen en el mundo de hoy. Esta invitación es sobre todo una llamada a perseverar en el camino de santidad a través de las dificultades materiales y espirituales que marcan la vida cotidiana. Pero es también llamada a buscar la competencia en el propio trabajo y a cultivar una fidelidad dinámica a la propia misión, adaptando sus formas, cuando es necesario, a las nuevas situaciones y a las diversas necesidades, en plena docilidad a la inspiración divina y al discernimiento eclesial.

Debe permanecer viva, pues, la convicción de que la garantía de toda renovación que pretenda ser fiel a la inspiración originaria está en la búsqueda de la conformación cada vez más plena con el Señor.” Es necesario hacer una experiencia espiritual para salir al encuentro de todas estas necesidades con el mismo carisma que movió al Fundador. No se trata solamente de analizar los escritos del fundador sino de experimentar en el espíritu lo que él mismo experimentó para responder a estas necesidades con una gran coherencia al carisma apostólico. Aquí entrará en juego la creatividad, característica esencial del genio femenino.

Disponibilidad a continuar la obra de la evangelización en otros continentes
Frente a la cerrazón y al egoísmo que Europa puede experimentar en su confrontación con el mundo, y a pesar del número disminuido de vocaciones, siempre será elocuente el testimonio de las mujeres consagradas que, dejando atrás sus propias seguridades, se lanzan a la misión en otros continentes.

Un ejemplo claro de esta magnitud, no puede menos que servir de medio para hacer ver a los europeos que quien pone su confianza en valores trascendentales no tiene nada qué temer. Frente al egoísmo de los intereses particulares, defendidos a ultranza, este testimonio se alza como una invitación a buscar la esperanza más allá del materialismo.

b.Sacúdete en cansancio y la desesperanza.

“Europa reclama evangelizadores creíbles, en cuya vida, en comunión con la cruz y la resurrección de Cristo, resplandezca la belleza del Evangelio.”

La misión de re-evangelizar Europa no es fácil, de acuerdo al análisis que hemos hecho en el presente documento. Se presenta alas mujeres consagradas en forma imprevista y desproporcionada a sus posibilidades. Sin embargo la vida consagrada posee en sí misma la fuerza necesaria para infundir una nueva esperanza, con la única condición que se viva en forma coherente, fiel a su esencia, en perfecta armonía y fidelidad con el espíritu de cada Fundador.

No han sido fáciles los 40 años que llevamos de camino después del Concilio Vaticano II. Se han cometido errores en la vida consagrada, pero son más los que manteniéndose fieles, no han dejado de producir frutos.

Ahora es el momento de que la vida consagrada femenina en Europa sea lo que tiene que ser. Para ello hay que dejar atrás el cansancio y la desesperanza, frutos humanos de haber puesto el horizonte en medios humanos y renovaciones alejadas del Magisterio de la Iglesia. En la fidelidad al carisma y al Magisterio, la mujer consagrada encontrará las fuerzas y el vigor para llevar a cabo lo que el Papa le ha pedido en esta Exhortación: “Europa necesita siempre la santidad, la profecía, la actividad evangelizadora y de servicio de las personas consagradas.”


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Bibliografìa
Juan Pablo II, Catecismo de la Iglesia Católica, 11.10.1992, n. 1817
Nos referimos a la segunda Asamblea especial para Europa del Sínodo de los obispos que se celebró durante el mes de octubre de 1999. Este sínodo, como los restantes sínodos para los otros continentes, es el fruto de la carta apostólica Tertio Millennio Adveniente,en donde Juan Pablo II hacía referencia a los sínodos como medios privilegiados para preparar la entrada de la humanidad al tercer milenio.
Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 7
Ibidem. n.3
“Of all the continents to which the Pope has addressed such documents, none has elicited from him such a sense of urgency as did Europe - given the continuing marginalisation of its Christian heritage amid growing materialism and secularism”. Michael Gilchrist en AD2000 Vol 16 No 7 (August 2003), p. 3

Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001 n. 58
Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 37 y 38
Ibidem, n. 10
Juan Pablo II, Novo Millennio Ineunte, 6.1.2001 n. 50
“María se nos presenta como figura de la Iglesia que, alentada por la esperanza, reconoce la acción salvadora y misericordiosa de Dios, a cuya luz comprende el propio camino y toda la historia. Ella nos ayuda a interpretar también hoy nuestras vicisitudes bajo la guía de su Hijo Jesús. Criatura nueva plasmada por el Espíritu Santo, María hace crecer en nosotros la virtud de la esperanza. Juan Pablo II, Ecclesia in Europa, 28.6.2003, n. 25
Pablo VI, Decreto Perfectae caritatis, 28.10.1965, n.2
Interpetaciones que originaron la así llamada crisis de identidad de la vida religiosa, señalada por numerosos

 



 

 

 

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