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La «mano invisible»
La «mano invisible»
La acción económica tiene que buscar la armonización de motivos tanto de eficacia como de eficiencia y consistencia. La "mano invisible" smithoniana resulta inoperativa ante la nueva complejidad del mundo actual.


Por: Andreas Boehmler | Fuente: www.arbil.org




De algún modo, parece quedar reflejado en la teoría simmeliana el conocido fenómeno smithoniano de la "mano invisible". Por encima de toda imperfección este principio funcionalista o deista, según se lo mire, procura la armonía y el equilibrio del sistema económico. Simmel usa el término regularidad o utilidad «maravillosa» e «inconciente».


Es patente, sin embargo, que esta armonización milagrosa e inconciente se mueve puramente en un plano de eficacia. En la economía actual observamos, sin embargo, la necesidad de una armonía y de un equilibrio más amplios. La acción económica tiene que buscar la armonización de motivos tanto de eficacia como de eficiencia y consistencia. La "mano invisible" smithoniana resulta inoperativa ante la nueva complejidad del mundo actual. Los hombres, también en las organizaciones empresariales, hoy más que nunca, buscan motivaciones más completas que las puramente extrínsecas (eficacia); buscan perfeccionamiento intrínseco. La "motivación intrínseca" apunta a la eficiencia de los planes de acción y la "motivación trascendente" a "satisfacciones estructurales", o sea, exige una "consistencia apriórica" de los planes de acción. En consecuencia, de algún modo, motivaciones y consecuencias entran conscientemente en la teoría económica, algo de lo que la teoría neoclásica hace caso omiso59.

En Simmel la "mano invisible" sigue siendo smithiana: mero reflejo naturalista (funcionalista) de lo que cristianamente se llama "providencia divina" en cuanto que ésta cuida y conserva en su ser a los entes creados60. "(H)abríamos de suponer un espíritu omniabarcante, capaz de ordenarlo todo, según una sabiduría superior, independiente de los propios individuos, si no queremos recurrir a la regularidad inconsciente de la especie humana". La «providencia» simmeliana ha de entenderse como un principio funcionalista, una fuerza inmanente e inconsciente: un "Deus ex maquina". El proceso cultural en Simmel -semejante a la historia en Hegel- es un proceso de concienciación. En Simmel hay conciencia aguda de la dinámica desgarradora del proceso cultural, pero, desde sus presupuestos epistemológicos, como argumentamos anteriormente, no cabe armonización omniabarcante. Este tipo de armonía se mueve en el plano de la eficacia: La circulación económica es una armonía que "es superior a sus temibles incongruencias e irregularidades; hay, pues, que suponer la existencia de experiencias y cálculos inconscientes, que penetran el proceso histórico de la economía y lo regulan". Desde la «nueva complejidad», no obstante, es patente que la "mano invisible" de la eficacia se ha demostrado en parte inoperativa.

Para poner de manifiesto la imposibilidad de abandonar un "resto" sustancial en el dinero Simmel invoca, en segundo lugar, un problema moral. Este "resto" sustancial se exige como garantía contra el abuso del dinero: "(N)ingún poder humano sería suficiente para mantener las garantías necesarias contra abusos probables". Esta exigencia la cumple de algún modo un valor sustancial (p.ej. los metales preciosos). "Si se admite un metal que solamente adquiere su valor a través del cuño del estado, ello supondrá una garantía mayor para la necesaria limitación de la cantidad de dinero. Son ciertas cualidades funcionales de los metales nobles que posibilitan su empleo como medio de circulación". Recordamos, de paso, que el "BrettonWoods-Agreement" de la postguerra todavía reflejaba la conciencia de que "el papal moneda únicamente puede evitar el peligro de abuso a causa del aumento arbitrario a través de vinculaciones muy concretas al valor del metal que sólo se pueden fijar mediante ley o mediante el discurrir de la propia economía".

En la economía actual, sin embargo, hemos llegado a funcionar -aunque mal- sin esta última "frontera" para garantizar el dinero contra su abuso. Estamos "aprendiendo" a vivir con la especulación masiva y la inflación permanente. Mathieu hasta llega a defender conceptualmente el carácter intrínseco de la inflación a la economía.

En resumen: Simmel todavía no está de acuerdo con la posibilidad de renunciar por completo a una relación cualquiera del dinero con un valor sustantivo. No puede quedarse el dinero como pura funcionalidad, o sea, idealidad: "La teoría de la indiferencia de la cantidad absoluta del dinero existente que descansa sobre la relatividad de los precios es incorrecta porque al establecer prácticamente los precios, resulta que esta relatividad no existe como tal, sino alterada de continuo a la rigidez y al carácter psicológicamente absoluto que los precios toman con respecto a determinadas mercancias". La situación actual, sin embargo, refleja fielmente este imposible: "El estado de transición no demuestra que dentro de la insuficiencia de las relaciones humanas sea posible eliminar todas las barreras internas al aumento de dinero, puesto que en tal caso declararía permanente aquel estado de transición, cuyas oscilaciones y dificultades se confiesan". La locura actual por el llamado "money, cash-, currency-, interest-rate management" en la economía refleja paradigmáticamente esta actitud puramente técnica frente a una revolución permanente. Simmel, sin embargo, insiste: "el dinero cumple sus funciones del mejor modo cuando no es solamente dinero, es decir, cuando no se limita a representar el lado de valor de las cosas en abstracción pura. La realización de esta exigencia conceptual es técnicamente inadecuada".

De este modo se nos recuerda de alguna manera el «pacto fáustico» de la modernidad: "Aquí aparece la esencia -completamente específica- del dinero, sobre la que se construye la divergencia entre los intereses individuales y los sociales, una vez que hasta cierto punto ambos han coincidido. El dinero como sustrato del valor de las cosas es capaz de elaborar los intereses, movimientos y normas en sí que actúan de modo absolutamente opuesto a aquéllos de los objetos así simbolizados".

En consecuencia, Simmel infiere desde esta necesidad de carácter doble (sustancial y funcional) del dinero la negación del absoluto, es decir, la necesidad omnímoda de negatividad y relatividad: "La acción más eficaz de acaso todos los elementos de la vida depende precisamente de que, paralelos a ellos, se hallen sus opuestos. No obstante está justificado el concepto puro del dinero, como la mera expresión del valor de las cosas, medido en reciprocidad". Según esta concepción, lo ideal, lo puro, también en el dinero, quedaría exclusivamente legitimado por el servicio que presta a la vida práctica.


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